La Diosa

Autor: 

Malena Salazar
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27 Mayo 2016
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Yury Díaz Caballero

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Morgo tenía una corazonada de que todo saldría bien. Ese día, su partida de cazadores del Mercado Negro iba a conseguir la cabeza de la Diosa del Lago: una mujer de cuerpo brillante que se transformaba en serpiente y asolaba el río Azona en época de crecidas. Muchos intentaron aniquilarla, pero según las circunstancias actuales, era obvio que sus huesos reposaban entre algas. Los pocos sobrevivientes de los ataques hablaban de un zumbido metálico que rasga el viento, de súbito, y ya sus compañeros estaban muertos. O puede ser que desmembrados, pero a nadie le apetecía mirar dos veces antes de poner pies en polvorosa. Otra referencia del poder de la criatura, más fantasiosa, se sostenía en que algún que otro poblador de las orillas juraba que en sueños, una mujer de plata yacía con ellos hasta dejarles seca la vaina y, desde ese entonces, eran libres de pescar en el Azona sin temor alguno. Testimonio dado, por supuesto, antes de que desapareciesen misteriosamente a los pocos días. Otros afirmaban la existencia de chamanes de tribus salvajes que la adoraban: realizaban sacrificios de sangre y criaban a su prole nacida del apareamiento onírico con gentiums hasta que pudiesen valerse por sí mismas. Si todo era cierto o no, no importaba, porque los ataques de la Diosa del Lago continuaban muy frecuentes durante las crecidas: desaparecían barcazas de pescadores y, en las noches sin luna, una mujer luminosa danzaba sobre el agua, cerca de los poblados asentados en las orillas del Azona para después masacrarlos. Si las autoridades de Terra Oeste pagaban muy bien a quien les llevase la cabeza de la Diosa, el Mercado Negro pagaba el doble. Por eso Morgo prefería asociarse al último y, si su empresa tenía éxito, significaba buen dinero para vivir sin necesidades por al menos los próximos cinco años.

El jefe cazador confirmó que tendrían suerte. El cielo se perfilaba sin tormentas que volviesen el suelo del bosque un enorme lodazal. Aunque eso nunca era problema para los bestchanĭcus que usaban como monturas. Las máquinas a vapor con formas animales, eran el transporte ideal en Terra Oeste: construidas con placas de metal que protegían sus decenas de tuberías flexibles y articulaciones, avanzaban infatigablemente mientras recirculase agua en sus depósitos. Los aerodeslizadores quedaban para los Domini, que odiaban ensuciarse siquiera con el pensamiento y preferían las carreteras pavimentadas a los senderos intrincados de la selva. Tampoco era que pudiesen servir de mucho en los bosques, debido a sus grandes proporciones y formas acorazadas.

Ante el repentino sonido de un galope de precisión militar, Morgo se irguió sobre su bestchanĭcus: un caballo de bruñido revestimiento negro. Detrás de él se movían dos bestchanĭcus bueyes con las provisiones y equipamiento. Congregados a su alrededor, ibanseis cazadores sobre máquinas equinas, más uno de repuesto. Formaban un conjunto ruidoso de entrecho que metálico, siseos de vapor que escapaba de las articulaciones y rechinar de placas faltas de aceite. Morgo admitía que no era apropiado si querían pasar desapercibidos, pero no había otra solución: era peligroso trasladarse a pie en Terra Oeste. Distinguió a uno de sus cazadores, Palco, quien se acercaba aprisa. Su máquina no tenía la terminación y gracia del que pertenecía a Morgo. Palco se apresuró en abrir y cerrar las llaves que regulaban la presión las cuales estaban en la base de la nuca de la máquina y ésta redujo velocidad hasta caminar a la par de Morgo.

— ¿Todo bien atrá? —le preguntó Morgo. Sin esperar respuesta, continuó—: ya ahoritica llegamo. La Diosa debe estar en el Lago, porque no ha llovío ná en esto día y no vapa´l río. Vamo a montar campamento a una milla, páque ella no pueda oírno llegar. Hay que coger carná pá que venga pá arriba…

—Tenemo problema —lo cortó Palco. Era un Gentium de piel broncínea con ojos de lobo—. Eso dópobladore que recogimo, piensan que somo negociante y creen que lo vamo a llevar al poblao cercano… No podemo llevarlo, el lago támu cerca y nó van a descubrir. Pueden decirle a lo guardiane que nosotros somo cazadore de Mercado Negro y nó matan a tó. ¿Qué hacemo? Tú di, que tó el mundo tá preocupao…

Morgo volvió a alzarse en su montura para mirar al final de la partida. En el bestchanĭcus de repuesto iban a horcajadas dos pobladores perdidos que les habían rogado caridad. Él no se pudo negar, porque pretendían ser negociantes por si se tropezaban con guardianes encubiertos, con una infalible media docena de refuerzos escondidos entre los árboles. Los rescatados eran un gentium y su hija, atacada por un tigre sombra. Ella era hermosa: de piel muy pálida, cabello negro tinta y figura agraciada. Bien podría pasar por hija de algún Dominus[1]. Tenía las manos heridas y el pecho, a juzgar por los retazos de tela que le apretaba los senos. Llevaba los ojos vendados. Su angustiado padre no parecía perder la esperanza. Posaba una mano sobre la frente de ella y la recostaba en sí mismo. Le susurraba palabras tranquilizantes, sin bien la muchacha no emitía sonido. Morgo admitió que le habían partido el corazón. No era su costumbre negar auxilio a los desvalidos. Siempre que se tragaran sus disfraces de negociantes, por supuesto. Pero ahora veía el resultado de su caridad como un problema. Palco llevaba razón. La prioridad era alcanzar a la Diosa del Lago, no había tiempo de conducirlos a algún poblado, así que tendrían que irse con ellos al campamento. Esos gentiums tenían lengua y el padre todavía conservaba los ojos.

—Bueno… sí, é malo —admitió Morgo. Se limpió la nariz con el dorso de la mano y esbozó una sonrisa—. Necesitamo carná, ¿no é así, Palco? Y dicen que a la Diosa del Lago le gustan los gentiums —el cazador imitó la sonrisa de su jefe—. Dale, dile a lo otro… yo doy la seña de parar.

Morgo alzó una mano y los cazadores que custodiaban los bueyes bestchanĭcus se acercaron a ellos para cerrar las llaves de paso y detenerlos. El mismo Morgo maniobró en la nuca de su montura con maestría. Los depósitos de agua dejaron de funcionar y así su bestchanĭcus se detuvo con una serie de silbidos, envuelto en una nube de vapor. Verificó que tuviese la pistola bajo la camisa de lino y desmontó. Sus cazadores ya empuñaban distintas armas, desde dagas de doble filo hasta pistolas eléctricas y de proyectiles.

Palco había cumplido la tarea de comunicar las órdenes a los suyos y ahora estaba al final de la partida. Aferró al gentium y a su hija y los tiró de la montura sin miramientos. Cuando Morgo los alcanzó, hombre y muchacha estaban arrodillados en el suelo mugroso del bosque, espalda con espalda. Morgo desenfundó la pistola y miró al gentium a los ojos. Los tenía de un somero verde, con una estrella miel alrededor de la pupila.

—Dijimo mal, poblador —dijo Morgo—. Nosotro no somo negociante, somo cazadore de Mercado Negro… ¡y vaya suerte que tienen! Vamo a cazar a la Diosa del Lago, esa mujer-serpiente que tiene loco a tó el mundo en el río Azona cuando hay crecida. Ustede pueden ayudarno. No teníamo carná pá la Diosa… pero creo que ya la encontramo…

Apuntó a la frente del gentium arrodillado. Para su desconcierto, se mantuvo tranquilo.

— ¿Buscan a la Diosa para decapitarla y venderla en el Mercado Negro? —preguntó en voz baja, con acento distinto y lenguaje de Dominus. Eso lo puso nervioso—.Sí, es curioso. Muy curioso.

— ¿Qué, gentium? —barbotó Morgo—. Dilo ante de matarte. ¿Qué sabe uste de, qué é curioso?

El hombre sonrió con amplitud y dijo:

—Responderé por orden. Sabemos que no es fácil matar a la Diosa. Y menos decapitarla.

Morgo no tuvo oportunidad de comprender la confesión. Tampoco sus cazadores. Se escuchó un zumbido metálico y vio a dos de susgentiumscon las tripasafuera. Palco quedó sin cabeza y brazo derecho, otrocazador perdió ambas piernas al nivel de los muslos.Todo sucedió en lo que dura un parpadeo. Antes de que Morgo pudiese reaccionar, sintió un golpe agudo en el estómagoy le arrebataron la pistola. En un segundo la situación se revirtió. Él estaba en el suelo, el gentiumque pretendía lanzar de carnada de pie ante él, apuntándole con el arma. Vio a la muchacha de los vendajes ensangrentados realizar movimientos gráciles, como quien baila sobre el agua para atraer a pobladores incautos a su perdición y los últimos cazadores cayerondestazados entre alaridos.Muertos ante el mismo sonido del que hablaban los sobrevivientesde la Diosa del Lago. Morgo percibió el poder invisible zumbar cerca de él, mas el gentium que lo dominaba gritó:

—¡Así está bien, querida! Este es mío.

Morgo escuchó apagarse el ruido y temblando de terror, miró al gentium. Mantenía aquella sonrisa triunfante de quien lleva cinco pasos por delante de su enemigo.

—Y lo curioso… es que ustedes buscaban ala diosaysu hija los encontró. Ahora, puedes dejar de existir en paz —volteó la cabeza con una mueca y usó una voz que era suya y, a la vez, no lo era—: O podemospermitirte existir, para que hables dela nueva Diosa que camina enTerra Oeste

Morgo se encontró asintiendo frenéticamente ante esa opción. Se arriesgó a incorporarse al ver que el gentium perdía el arrojo.Mastambién vigilaba a la muchacha junto al bestchanĭcus de repuesto.Su piel casi era luminosa, hechizante. Cuando Morgo ya estaba totalmente de pie, jadeó al sentir el cañón de la pistola presionarleel pecho. El gentiumle ofrecía una sonrisa socarrona.

—Bromeaba. El viaje ha sido largo y mi pequeña está hambrienta.

El proyectil impactó a Morgo y lo lanzó al suelo. Segundos antes de recibir otro disparo en el entrecejo, pensó que había sido un estúpido.Los Dioses eran capaces de obligar a los gentiums a hacer cosas de las que no estuviesen conscientes. Incluso, brindar caridad a sus hijos y servirles de alimento involuntario.



[1] Singular de «Domini»

 

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