Dolores Torres Pérez: No quería ser profesora y el magisterio se convirtió en mi vida

Autor: 

Daniela Hernández Alfonso estudiante de Periodismo
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20 Mayo 2022
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Llegué a la Facultad de Química más temprano de la hora acordada. No sabía dónde podía encontrar a la persona que buscaba, era la primera vez que iba a la institución que forma a futuros químicos del país.

La fachada de piedra me dio la bienvenida, subí los primeros peldaños de las escaleras y unos estudiantes me recibieron: repasaban conceptos y me escrutaron curiosos.

Saludé al grupo con un simple buenos días y les pregunté por la profesora Dolores Torres. Quizás mi voz sonó un poco más baja de lo normal, porque no me escucharon bien y tuve que repetir la interrogante. Sus miradas y la falta de respuesta me hicieron dudar porque me decían claramente: estás confundida. Recuerdo que pensé: ¿Es posible que no conozcan a su profesora?

La pregunta permanecía en el aire cuando una muchacha contestó:

– ¡Ah! te refieres a la profe Lolita, ella ya llegó — dijo y me explicó el camino a su Departamento. Les agradecí, esbocé una tímida sonrisa, que quedó oculta bajo el nasobuco, y terminé de subir los escalones hasta la entrada.

Las palabras de aquella alumna se quedaron en mi mente, las subrayé con marcador rojo en la libreta de notas de mi memoria para no olvidarlas después, porque gracias a ellas comprendí que en aquel lugar y entre esas paredes, Dolores Torres se despojaba de su nombre y era llamada con cariño, el cariño que solo pueden sentir los estudiantes por una profesora excepcional, profe Lolita.

Dolores Torres Pérez me recibió con mucha amabilidad, teníamos poco tiempo para conversar pues solo media hora después comenzaría un “Mundial” en la Facultad. Nos sentamos en las sillas de un pasillo desolado. Tranquila, serena, en su “ambiente”, de pronto se giró hacia mí, “¿por dónde empiezo?”, dijo. Por el principio, le respondí.

“Cuando terminé sexto grado tuve la oportunidad de realizar un examen y pasar directamente a estudiar el bachillerato, por lo que no cursé ni séptimo ni octavo grados. Hice primer y segundo año, luego triunfó la Revolución y nos cambiaron para el Instituto de la Víbora. Allí, nos ofrecieron hacer el bachillerato más rápido porque ya había otros planes de estudio. Cursé cuarto y quinto al mismo tiempo, fue muy cómico”, cuenta.

“Nos quedamos sin profesor a mitad del curso y solo daba la Química de quinto año. Lamentablemente, fue bastante mala y con una profesora que estaba por completo en contra del plan de estudio y nos tenía, como se dice, `fichados´. Tuvimos que esforzarnos mucho para aprobar; sin embargo, lo conseguimos y entramos en la universidad”.

Dolores empezó a estudiar en la Facultad de Química con tan solo 16 años y tuvo que pedir un permiso al rector para poder matricular. No vislumbró que la Química le llegara a apasionar tanto, su interés al principio eran las Matemáticas. Sin embargo, entró con muchas ganas de dedicarse a la investigación, por eso renunció a estudiar lo que quería.

Poco a poco la Química se coló por sus poros y ya no pudo desprenderse de ella, “aunque no conocía mucho al inicio, desde primer año me encantó, el tiempo que pasaba en el laboratorio me emocionaba y me enamoré completamente. Incluso, en mi casa querían que escogiera Farmacia, decían que era muy buena para las mujeres, pero me enteré de que se estudiaba después, como una especialidad y dije: `no, que va´, ya estoy en lo que me gusta”.

“Además, tuvimos suerte, al triunfar la Revolución vinieron muchos profesores alemanes, rusos e italianos. Impartieron asignaturas como la mecánica cuántica y polímeros que aquí ni se soñaba que se podían estudiar. Su nivel era muy elevado, contribuyeron extraordinariamente al crecimiento de la carrera y de nosotros como estudiantes”.

El magisterio, su vida

— ¿Cuándo se estrenó como profesora?

— En el año 1966, estaba en tercero, me contrataron como Instructora no graduada en el departamento de Química Orgánica. Di clases en Camagüey, Las Villas y en un Plan Fidel que preparaba a jóvenes en veterinaria y agronomía, durante los dos últimos años de la carrera, hasta que me gradué en el 68.

“Reconozco que nunca me imaginé dando clases, no quería ser maestra, pero en aquel momento con el éxodo tan grande que hubo de profesores fue necesario asumir esta tarea y lo hice con un gusto tremendo. Ya son 55 años en el magisterio. Es increíble, tienes una idea preconcebida de lo que va a pasar en tu vida y al final, las cosas suceden de una forma inesperada.

“Siempre estuve aquí, mañana y tarde; la Facultad se convirtió en mi segunda casa porque hay que dedicarse por completo a lo que se quiere, si no, no se obtienen buenos resultados.

“Hubo una época en que tuve que dar clases en los cursos por encuentro y eran de noche. Me tenía que llevar a mis hijos para el aula; en ese tiempo aún eran pequeños. El varón era más tranquilo, pero la niña me seguía a todos lados tocándome la saya. Fue difícil, pero ellos sabían que era mi trabajo.

“Increíblemente, aunque en nuestro hogar siempre estuvimos rodeados de química, pues mi esposo me acompañaba en esta pasión, ya que era ingeniero en alimentos y sabía mucho de ella, a mis hijos no les gustaba. Mi hija es médico y el varón abogado; siguieron sus intereses y construyeron su propio camino. La vida es así”.

“Si no eres científica no puedes ser profesora”

Desde el inicio de la carrera Lolita se inclinó por la investigación en la rama de la Química Orgánica. Empezó a trabajar en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC) junto a profesores alemanes, italianos, franceses y rusos.

“Ellos, nos dieron todo lo que es la espectroscopía -estudio de la interacción entre la radiación electromagnética y la materia, con absorción o emisión de energía radiante- que aquí no se conocía y el centro disponía de los equipos necesarios. Formaron a un buen grupo ahí, éramos cuatro profesores que combinábamos la investigación con la docencia.

“Con el profesor ruso estudiamos los derivados del furfural- líquido incoloro, aceitoso que se vuelve rojizo amarronado cuando se expone a la luz y al aire. Logramos prepararnos muy bien”.

Posteriormente, hizo la maestría y el doctorado sobre la síntesis orgánica de sustancias. El doctorado lo defendió en el CNIC en el 1993, “mi tutor fue discípulo de Irina P. Beletskaya, quién fue, en su momento, la más joven científica rusa. Una persona muy inteligente y de ideas avanzadas. Me aportaron mucho indudablemente”.

“Luego pasé para el departamento de Química General, quería una química que lo abarcara todo. Por lo tanto, cambié de tema y empecé con colorantes en el Instituto Nacional de Reservas Naturales (INRE)”.

Al pasar los años, se dedicó a la enseñanza de la química, ya como profesora principal y jefa del grupo. “Investigo muchísimo en esta rama porque atrapa, es muy bonito y ves los resultados. Aunque hay que realizar un gran esfuerzo.

“Ahora estamos enfocados en que los estudiantes aprendan cómo debe ser el trabajo seguro en los laboratorios, que no tengan ningún problema y la importancia de no desperdiciar los productos.

“Con respecto a las maestrías, se han defendido algunas tesis sobre temas dirigidos al cuidado del medio ambiente. Una de las últimas, del 2019, fue del profesor graduado de Química, Magdiel Pulido Legro, titulada: Estrategia didáctica para las prácticas de laboratorio de Química en el Instituto Técnico Militar José Martí”.

En el año 2014 impartió el curso de Metodología de la investigación científica de la maestría en Química desarrollada en el Instituto Universitario de Tecnología “Dr. Federico Rivero Palacio” en el Estado Miranda, República Bolivariana de Venezuela. Fue la primera profesora cubana allí: “lo calificaría de excelente, me sentí muy bien allá. Lo consideraron como Misión Internacionalista, ya después cuando regresé fueron más profesores a continuar hasta que culminó el programa”.

También, ha dado conferencias y seminarios en universidades extranjeras: en la Lomonósov de Moscú, ya como Doctora y en Barcelona, España, donde se enfocó en lo relacionado con la enseñanza de la química.

“La profesora Ana Yitos, nos invitó. Un tiempo antes había venido para prepararse en cómo hacer las prácticas más seguras y el cuidado del medio ambiente. Colaboró mucho con el grupo de Química General con el que se hicieron videos explicativos y talleres. Realmente, hubo mucha retroalimentación y cuando fuimos allá aprendimos sobre la modalidad a distancia y el programa nos sirvió mucho para recrearlo en el país. Gracias a él, fui una de las primeras que comenzó a utilizar la plataforma EVEA para impartir metodología de la investigación”.

Dolores es coautora de algunos textos docentes. Junto a un grupo de profesoras escribió el libro Química Física Orgánica. “El tutor nuestro, Arturo Macías, se dedicaba a esta parte y nos impulsó a redactarlo partiendo de los resultados de las investigaciones”.

“Después, hicimos dos de Química General, que son textos básicos para las carreras de Química, Ciencias Farmacéuticas, Ciencias Alimentarias, Microbiología, Bioquímica, Biología, Geografía y Física. Aunque, ya uno de ellos se encuentra en desuso. No he dejado de escribir, hay que facilitarles a los estudiantes la mayor cantidad de material docente, imprescindible para su preparación”.

“No me jubilé para descansar”

“Me jubilé, pero no pude estar tranquila y me volví a contratar. Hace ya cinco cursos que soy profesora principal de primer año. A pesar de que me decían que no asumiera esa cantidad de trabajo, es lo que quiero, nunca he cogido vacaciones, mi misión es educar.

“Además, ser parte de los primeros pasos que dan los estudiantes por el camino universitario es muy gratificante. Acaban de empezar en una enseñanza totalmente diferente y es mi labor guiarlos, un proceso muy bonito.

“Después, los veo graduarse y me lleno de orgullo. También, en todo momento me he sentido parte de un equipo; el claustro que me acompaña en esta tarea es muy bueno y apoya muchísimo. Nunca me he sentido sola”.

Huellas

La profesora Dolores es merecedora de numerosos reconocimientos, como la Orden “Frank País” de 2do grado, la Medalla Rafael María de Mendive, la Excelencia Universitaria, distinciones por más de 30 años en la Universidad de La Habana o el más reciente, el Premio Nacional a la Enseñanza de la Química.

Este último, otorgado por la Sociedad Cubana de Química, premia toda su trayectoria: “me presenté, aunque no quería, pero los compañeros me convencieron; argumentaban que era la ideal para representar al Departamento. En esa circunstancia no me pude negar y menos cuando todos me dieron su aval, tenían su confianza depositada en mí. Ganar fue muy emocionante e importante. Lo agradezco mucho”.

Sin embargo, cuando mencioné el Premio Alma Mater que le otorgaron los estudiantes el pasado año 2021, sentí un suspiro cargado de gratitud. La felicidad era palpable en su mirada. “Me sorprendió, no me lo habían dado nunca. Este lo atesoro en mi corazón como un regalo especial”.

Dolores Torres mantiene su compromiso, sus ganas de hacer, de educar, de enseñar. Es querida y admirada. Su soltura, su seguridad y su confianza al moverse por un aula, tan inquieta, no han cambiado con el tiempo. A sus 75 años porta la misma pasión que cuando comenzó, y no duda en compartirla con sus alumnos.

 
 
 
 
 
 
 

 

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