El evangelio según San Vinton

Autor: 

Toni Pradas
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06 Abril 2016
| |
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Tomado de Autographvip.blogspot.com

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“Confieso que al comenzar, nunca se me ocurrió que alguien pusiera un refrigerador en Internet”, admitió en La Habana el doctor Vinton Gray Cerf, el padre de la mundial red de redes.

Que alguien conecte su tostadora en la web y busque el paquete de control para ver cómo quiere su tostada, tal cual ocurre hoy, no le pasó por su cabeza en 1973. Ese año se enroló con Robert Khan, el otro padre de la supervía (y padre no es cualquiera, como mal se afirma) en el desarrollo de un sistema que permitiera la interconexión de heterogéneas redes de paquetes, satelitales y de radio, y creara una malla única para el intercambio de información.

Tras frotar la lámpara, brotó el diseño conjunto de un protocolo de transmisión (TCP, Transmission Control Protocol) y el protocolo de Internet (IP, Internet Protocol), encargado de dar una dirección a los paquetes y reenviarlos. De tal suerte, el TCP/IP se convertiría en la lengua madre, el supersemáforo, de la nueva red.

Cuatro décadas después, Cerf tiene su casa atestada de dispositivos que miden la temperatura y la humedad de cada habitación cada cinco minutos. Por radio, los registros llegan al sótano, donde se acumulan por largo tiempo. “Sé que solo un fanático puede hacer eso, pero al final del año tengo buenos datos de cómo están mi ventilación, mi aire acondicionado y mi calefacción”, compartió en una conferencia magistral que dictó en marzo pasado durante la celebración de la convención internacional Informática 2016.

Como buen hijo de New Haven (Connecticut), la primera ciudad planeada de Estados Unidos, Cerf tiene todo planificado. En su hogar atesora una cava que debe permanecer con 15,5 grados Celsius y una humedad de 35 por ciento para evitar que los vinos se sequen. Si la temperatura sube, los sensores le envían un SMS a su móvil diciéndole: “Se está echando a perder tu vino”.

Quisquilloso enólogo, pensó que con la red podría saber si alguien entraba a hurtadillas en su bodega y puso marbetes a cada botella “para saber si alguna ha salido de la cava sin mi permiso”. Eufórico, alardeó su control ante un amigo, quien lo desdeñó: “Bueno, podría entrar, tomarme el vino y dejar la botella allí”.

Vint aceptó el desafío y decidió poner sensores también en el corcho. Además, podría controlar así los ésteres que hace que el vino tenga su sabor. De manera que antes de abrir una botella interrogaría al corcho si esta, por algún error, había superado los 29 grados de temperatura. “Esto es algo muy práctico: esa es la botella que usted regala a alguien que no conoce la diferencia”, rió.

Todas las creaciones –afirmó el Premio Turing de 2004, suerte de Nobel de la Informática–, nuestras oficinas, nuestros automóviles, nuestras casas, pueden tener estos tipos de sensores para darnos a conocer cuán bien o cuán mal estamos utilizando los recursos: la electricidad, el petróleo, el gas, etc.

Según evangelizó en su conferencia magistral “Pasado, presente y futuro de Internet”, dictada en el capitalino Palacio de las Convenciones –así como ante los estudiantes y profesores de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), poco después–, la infovía continúa evolucionando en nuevas formas.

Sin embargo, clamó por la estandarización para convertir a Internet en un buen territorio para nuevas aplicaciones. Al normalizar las interfaces y los protocolos, “en vez de negociar con millones de personas para ponernos de acuerdo sobre cómo funcionan las cosas, las normas hacen eso por nosotros”.

Lord Bit

Alto, delgado, de aspecto austero y cara de abuelo consentidor a pesar de su temprana sordera, el hoy vicepresidente de Google no tiene la pinta hippie de otros geniecillos de Mundobit. Tira más a lo Sean Connery, a caballero inglés, a Round Table. Pero no esgrime a Excalibur, sino su pico de oro, y por ello tiene en la empresa un extravagante título: Jefe de evangelización de Internet.

Parece un chiste, pero no lo es: su trabajo es convencer, a empresas y países, de que inviertan en infraestructura para el desarrollo de la red. “Tengo unos tres mil millones de personas a los que debo convertir”, echó mano a su buen humor. “El presidente de Google me dijo que yo me iba a cansar mucho porque ni remotamente he terminado mi trabajo. Espero que al final del decenio lleguemos al 90 por ciento de la población mundial”.

Cientos de miles de redes constituyen hoy la red global, describió San Vint, y cada una opera independientemente de la otra. Sus administradores deciden qué hardware y qué software utilizarán, con quiénes van a interconectarse y en qué términos y condiciones. Es un sistema totalmente distribuido, sin un control central. Lo más centralizado que existe es la base de ubicación de direcciones IP y los sistemas de enrutamiento de los dominios.

Según actualizó, existen 15 mil millones de dispositivos en Internet (laptops, pads, móviles…) que tienen un número de dirección asignado. El número de usuarios estimado en 2015 es de tres a cuatro mil millones de personas.

El evangelio del septuagenario reza que el éxito de la red se debe a que no fue diseñada para hacer algo en específico, a diferencia de la red telefónica, que fue pensada para llamadas. Internet fue delineada para sencillamente mover paquetes de bits de un lugar a otro y entregarlos con una probabilidad mayor de cero.

Otra razón para triunfar es que se pensó para adaptarse a cualquier tecnología de comunicación que apareciera, si bien en 1973 no se sabía cuáles ni cómo serían estas.

“Dijimos: los paquetes de Internet no deben saber cómo se transportan. Como las tarjetas postales, que no conocen si irán en avión, bicicleta o camión. A medida que las tecnologías surgían, como la fibra óptica y nuevos satélites, pudimos ponerlas en Internet para apoyar el transporte de paquetes”, recordó.

Igualmente los paquetes no saben lo que transportan, como una postal no conoce lo que lleva escrito. “Por eso, cuando se inventa un nuevo producto o servicio no tiene que cambiarse la regla en la red, pues esta no sabe cuáles son las aplicaciones”, acotó.

“No sabíamos cuantas computadoras o redes serían parte de Internet, por lo tanto tratamos de garantizar que pudiera crecer”, expresó Cerf. “De hecho, tuvimos un error: En 1973 no sabíamos cuantos puntos de terminación necesitaríamos y brindamos cuatro para cuatro mil millones de dispositivos (direcciones IPv4), el tamaño de la población mundial de entonces. Logramos corregir el error a tiempo al desarrollar un nuevo protocolo, el IPv6, que tienes direcciones de 128 bits, 350 cuatrillones en total. Suficientes hasta que yo me muera; entonces será el problema de otra gente”.

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