Exámenes... de conciencia
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Con apenas 11 años, Álvaro enfrentó de la peor manera posible el primer debate científico de su vida. Su maestra de quinto grado explicaba la evolución de las especies cuando hizo un alto intempestivo en medio del discurso para proclamar: “pero yo no creo que eso sea cierto. ¿Cómo es posible que hayamos surgido de los monos?” Y punto. Sin más explicaciones. La consiguiente revuelta del niño frente a tal frase quedó registrada como una majadería. La maestra nunca retomó el tema.
Ya en la secundaria la historia tuvo segunda temporada. De visita en la clase de ciencias, ignorando las palabras y la autoridad de la educadora a cargo de la asignatura, la profesora guía del grupo notificó también su incredulidad frente a la teoría evolucionista. Nuevamente, el ahora adolescente intentó defender su punto de vista, pero otra vez quedó solo frente al auditorio; la maestra de ciencias prefirió evitar frente al aula la confrontación con su colega.
Afortunadamente el tema nunca fue a examen; si hubiera sucedido, qué hubiera contestado el alumno, sobre qué bases, con cuáles argumentos: ¿los de los libros o el de las maestras? y bajo qué criterios (o claves) hubieran calificado las educadoras.
La anécdota, un clásico en los debates internos de JT, salta a la palestra pública a razón de los anunciados cambios en los sistemas de evaluación de las diferentes enseñanzas, en el año en que solo el 44,7 por ciento de los estudiantes que se presentaron a pruebas de ingreso a la universidad lograron aprobarlas, con los peores resultados para la asignatura más impartida desde la primaria, Historia de Cuba.
En los últimos cursos se han ensayado diversos modos de comprobar los conocimientos, pues con demasiada frecuencia las notas no han sido el reflejo justo de lo que se sabe. Más o menos preguntas escritas u orales; trabajos individuales hoy, en equipo mañana; exámenes de aptitud para unas carreras y no para otras con demandas semejantes de habilidades particulares. A la par, mientras algunos reciben pasaporte a la Universidad preotorgamiento mediante, y solo tienen que aprobar los exámenes de ingreso, otros deben luchar la máxima nota posible para alcanzar los primeros puestos del escalafón.
José Ramón Saborido, vicetitular primero del Ministerio de Educación Superior, declaraba hace unos meses que el nuevo sistema de exámenes de ingreso a la educación superior se edificaba en aras de disminuir al máximo las posibilidades de cometer fraude.
Desde nuestro punto de vista no es un modelo de examen el que evita el fraude en primera instancia, ni garantiza que el alumno sepa más o menos, sino el rigor y profundidad con que se asuma la trasmisión de los saberes en clases, de acuerdo con las peculiaridades de cada estudiante. Exámenes rigurosos solo se sostienen sobre clases rigurosas. No se puede pretender evaluar lo que no se enseña o aceptar que solo quienes puedan pagar repasadores estén listos para presentarse a las mejores opciones.
Cuando hoy se habla de la flexibilización del horario escolar para que los alumnos preparen en la biblioteca o en el aula los seminarios que muchos padres les han hecho hasta ahora bajo la mirada complaciente de la escuela, uno no puede dejar de sorprenderse con la "novedad".
Y es que, por ejemplo en el nivel secundario, desde hace tiempo las tardes libres se desaprovechan para estudio individual o la preparación de los propios seminarios, desoyendo sugerencias de los padres, a pesar de que el maestro ha tenido un rango de flexibilidad para definir en la práctica pedagógica variantes para tal proceso. Sencillamente, ha faltado iniciativa, sentido común y exigencia; se ha hecho lo más fácil o cómodo.
Si la enseñanza no se asume desde los maestros como un acto de creación, no servirán disposiciones y ensayos en materia de exámenes. La formación de un cubano analítico, patriota, humano, disciplinado, decente, trabajador y solidario implica tener frente al alumno un maestro que lo sea y un modelo de enseñanza flexible, actualizado y problémico.








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