Los extranjeros

Autor: 

Amilcar Rodriguez Cal
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04 Octubre 2016
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Yury Díaz Caballero

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MENCIÓN. CONCURSO DE CIENCIA FICCIÓN

Al atravesar la atmósfera de Baradar sentí la sensación que siempre me invade cuando viajo entre nubes altas de grafeno líquido, esa picazón entre mis dos ombligos que desemboca en malestar de estómago y diarrea azul. El droide de mi compartimiento me dio de beber vapor gélido con su pizca de tantor, la hierba del país. El sudor cayó en goterones desde mis cuatro brazos, y maldije a Ignato por haberme involucrado en aquella aventura.

-Resiste –siseó mi amigo en mi trompa-. Piensa en la exquisitez que vamos a encontrar dentro de poco.

     Porque Ignato, buscando obsesivamente en las redes, había dado con la dirección de aquella baradareña irresistible, que nos miraba desde la pared incitándonos a visitar su planeta para degustar los placeres prohibidos. Pero ir contra las leyes siempre me da escozor.

-Es una menor de edad –dije.

-¡Eso es lo fantástico!... En los viejos relatos de la guerra se cuenta que los cachorros de Baradar eran la mercancía más cara en los lupanares. Las terminaciones nerviosas de sus túbulos descargan electricidad blanca en los cuerpos que tocan, provocando un éxtasis indescriptible que no conoce límites galácticos. Luego de los tratados de paz las autoridades establecieron mecanismos de protección para los menores de todas las especies...

-Bien lo sé. Aún recuerdo el caso Propys.

-Ajá. El ardid de la policía para atrapar incautos. Imágenes tridimensionales que simulaban una baradeña prohibida, se capturaron más de doscientos pedófilos que contactaron su cuadrícula universal.

-Me aseguraste que eso no pasaría con nosotros.

-Lo reafirmo. Tengo los programas de Fantan que dosifican las trampas de la cibervigilancia. De hecho ya avisé a mis amigos de dos nidos virtuales para que puedan diferenciar la buena mercancía de la mala.

     Los dolores intestinales se me fueron apaciguando. En el astropuerto tuvimos el contratiempo de que los sensores antinarcóticos me señalaron sospechoso. Una oficial me retuvo en los cubículos hasta dejar aclarado el asunto. Los nativos de Orbis, como nosotros, solemos evacuar nandrolinia cuando el cuerpo anda desestabilizado, y como es sabido esta sustancia tiene prohibida su circulación en la mitad del universo civilizado. En total somos tres especies las que nos beneficiamos del pasaporte excepcional, pero como después de mis cuatro operaciones ya no parezco mucho un orbitum, la oficial necesitó auxiliarse de colegas suyos más experimentados. Los baradareños en especial son muy sensibles al olor de la nandrolinia, lo detectan a varias millas de distancia. Como consecuencia perdimos el tren–luz hacia la segunda ciudad del planeta y nos retrasamos todo un día local camino a nuestro encuentro.

     El día baradareño es un poco más largo que el de Orbis, a lo que se suma la mayor gravedad del planeta. Dormimos en el arcón de recién llegados más tiempo del previsto. Cuando la tapa se abrió para permitirnos andar como lugareños de toda la vida, Ignato maldijo la poca fortuna que nos estaba acompañando.

-Ya perdimos la hora de la cita. ¡Lo peor que podía pasar! Tengo que volver a contactar para que la perla me conceda una nueva oportunidad.

-Dijiste que lo tenías todo planeado... ¡Espero que no me hayas hecho venir al fin del mundo para nada!

     Tuvimos que esperar tres días en la ciudad. La comida de aquellos parajes tenía siempre un ligero sabor a hojarasca, a hierba recién cortada, y su simple aroma me revolvía el intestino ya enfermo desde mi llegada. Probé con la cocina de varios restaurantes especializados en nutrición de otros mundos, pero siempre asomaba la cabeza la sazón a llanura. Me mudé entonces a las bebidas energizantes y vitaminas en cápsulas. Ojalá cuando llegara la hora de la baradareña las fuerzas no me fallaran.

     Por los noticieros me enteré de la polémica del momento en Baradar. Luego de la introducción desde otro universo de la sustancia conocida como legumbre, la segunda raza del planeta, los débiles gablones, sufrían una especie de metamorfosis en la que se transformaban por breve tiempo en otros seres vivientes, antes de volver al estado natural. Sucedía que aprovechaban esta circunstancia para estafar y suplantar personalidades, y los baradareños estaban divididos en dos bandos, los radicales que proponían exterminar la raza gablon, y los conciliadores que eran partidarios de otros controles y la armonía con la nueva situación.

     En la ciudad era imposible hacer turismo. Las manifestaciones del clan más explotado del planeta copaban las principales arterias, una baba negruzca producto de las constantes secreciones de los manifestantes corría por las calles. Aunque a ellos no parecía importarles para mí era todo un suplicio. Por cierto, también olía a hierba.

     Finalmente Ignato consiguió una nueva cita con la chica prohibida. Hacia allá nos fuimos en una flotadora alquilada.

     El barrio de Chamud Addeta estaba en las afueras, enclavado en el anfiteatro que formaban las colinas aledañas. Muchos baradareños deformes, algo tan común en esa raza, se entretenían jugando en las callejas y fumando sus burbujas de metano. Nos detuvimos frente a una casa de altos puntales flanqueada por un par de chozas.

     Ignato silbó tres veces desde el portal. En lo alto asomó una cabeza y enseguida abrieron la puerta.

     Después de identificarse y mostrar su cita Ignato avanzó delante y yo le seguí. Un baradareño que arrastraba con dificultad los pies nos condujo a una alcoba amueblada únicamente con una cama inmensa flanqueada por cortinas de plumas.

-Esperen aquí –dijo-. Enseguida pasará Naina.

     Nos sentamos en el borde de la cama. Como es costumbre en este país las paredes de la habitación estaban pintorreteadas con escenas de épicas batallas donde los baradareños aplastan en masa a invasores de grandes colmillos y armas atómicas. El planeta se consolaba viviendo de pasadas glorias, si acaso no eran inventadas tales hazañas.

     Sentí un agudo dolor en los intestinos. Me doblé sobre el vientre y dije a Ignato:

-Tengo que buscar un baño...

-¡Sí que eres antojado!

     Me señaló a un rincón al fondo de la alcoba. Fui hasta allá, la pared tenía un recodo antes de dar a una ventanilla baja. Pero no tuve tiempo de salir por allí y me agaché a descargar mis trompas.

     En eso estaba cuando vi entrar a la baradareña. Caminó hasta Ignato y preguntó su nombre... Apenas escuchó su respuesta Naina abrió el pecho y extendió uno de sus túbulos. Ignato lo sujetó con fuerza e intentó conectarlo a su nariz... Eso fue todo. La puerta se abrió y entraron en tropel varios miembros del cuerpo de policía local.

-¡Está detenido por violar las leyes antipedófilas! –gritó uno de ellos.

     Ignato no tuvo tiempo de replicar, le echaron las garras y casi que lo arrastraron por la habitación. Naina entonces bajó la cabeza, emitió un resoplido de trombón y comenzó a temblar. Las extremidades se encogieron, la espalda se ensanchó, cambió de coloración y en un santiamén recuperó la forma de gablon. ¡Porque Naina era un gablon con apariencia de baradareña!

-Muy bien... –dijo un policía-. Tenemos que hacer el reporte al alto mando. Los escépticos del uso de la legumbre tendrán una prueba más de su equivocación.

     El gablon se fue muy contento de su proeza.

     Nadie me había visto en el rincón, así que lentamente entreabrí la ventana para escabullirme. Salí a un jardín. Ya me enfilaba hacia la cerca cuando escuché una voz gritar:

-¡Hay un tremendo olor a nandrolinia!

     Y otro rugido:

-¡Eran dos los extranjeros! ¿Dónde está el otro?

     Desgraciadamente pude comprobar lo sensible que son los baradareños a la nandrolinia. A pesar de que me aplasté contra el terreno estuvieron junto a mí en un suspiro. El más grande de los policías me sujetó por una de las trompas:

-¿A dónde pensabas ir? –dijo.

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