El extraño caso del chocolate articulado

Autor: 

Héctor García Torres estudiante de Periodismo
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06 Julio 2016
| |
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Crédito de fotografía: 

Rolando Padilla Hernández

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Pocas son las maneras para desmitificar la idea preconcebida de los científicos aburridos y dedicados solo a la ciencia.  De hecho, cualquier mención a un estudioso de la matemática nos hace pensar en un señor mayor, ataviado con traje, un poco despeinado y cargando una mochila o maletín gigantesco con muchos libros complicados, ensayos extraordinariamente difíciles y papeles emborronados con fórmulas interminables.

Claro está, hay excepciones mundialmente reconocidas como la foto de Albert Einstein, “ligeramente” despeinado y sacando la lengua, una  versión artística y desenfadada del eminente físico alemán. Sin embargo, quedan dudas acerca de si su expresión jocosa estaba dirigida a aquellos que no entendían sus fórmulas.

Pero no es de extrañar que los cubanos tengamos nuestro propio ejemplo de ciencia humorística, o de humor con ciencia, como se prefiera llamar. Su nombre es Proyecto Delta y su intención: acortar la brecha que muchos piensan que existe entre  palabras,  risas, ciencia y educación.

En un río, el delta recibe el nombre debido a la forma de letra mayúscula que así se denomina.  En Matemática,  y en ciencias aplicadas,  delta es una variable utilizada para indicar variación. Usualmente, en mayúscula (Δx) es designada para cambios grandes o macroscópicos, mientras que en minúscula (δx) es usada para transformaciones pequeñas o microscópicas.

Algo parecido sucede con Delta, un proyecto humorístico que presenta espectáculos interactivos sobre cualquier tema del diario con un enfoque distinto, de ahí lo acertado del término escogido por nombre. Y sin tratarse de cambios de significado, ni de sentido, sino de puntos de vista, los jóvenes Fernando, Gabriela, Andy, David, Javier, Pedro, entre otros que nos presentan tan refrescante propuesta, utilizan a su favor suficiente información científica como para resolver cualquier ecuación, solo que con humor.

La génesis

Fernando, interlocutor principal de función, en la que se cuelan algunos personajes reales y virtuales (La pelirroja, Juanito, el barbudo de la fila 7 y Yoss, conocido escritor de ciencia ficción y fantasía heroica)

“A finales de la década de los 90 recién comenzaba mis estudios en la Facultad de Matemática y Computación (MATCOM) —cuenta Fernando Rodríguez Flores, hoy profesor del Centro y director del proyecto— y ya desde entonces se hacían allí unas peñas muy interesantes y divertidas. Los estudiantes aficionados al arte ponían su talento y era un espacio muy querido por todos”.

La Facultad tiene esa tradición desde hace mucho tiempo, se invitan artistas siempre que se puede y, por supuesto, también se promociona el talento interno. De esas peñas salieron Pánfilo, con el Monólogo del pan; Jorge Bacallao, con el de La Habana, y otros.

Cada una de ellas se basaba en un tema distinto; un día era sobre Harry Potter; otro, sobre la década de los 70 o cualquier cosa sugerente.

A partir del 2008-2009, cuando Fernando comenzó a organizar las peñas, se mantuvo esa tradición, pero hacia el 2012 se decidió que se concentraran en un tema matemático; dado que el público era de la Facultad. En vez de hablar del transporte o del antiguo Egipto, el humor trataría sobre sucesos relacionados con la Matemática y la Computación.

Funcionó bien, y lo que comenzó con profesores y estudiantes de MATCOM, se extendió a los novios(as), luego a alumnos de otras Facultades, que igualmente disfrutaban lo que sucedía allí. Hasta que en  una ocasión, asistieron padres y abuelos de algunos estudiantes. Surgió entonces la pregunta ¿Por qué no se hace esto para un público más amplio, más diverso?

Comenzaron las gestiones con el Proyecto 23 y con el Centro Promotor del Humor, rememora Fernando. “Había que explorar si les interesaba el Proyecto y qué posibilidades reales existían de extenderlo. Las peñas en la Facultad continuaron realizándose y el Proyecto Delta comenzó a gestarse”.

A Kike Quiñones, director del Centro Promotor del Humor, le gustó la idea y la aprobó, basada en la premisa de ofrecer espectáculos humorísticos siempre sobre algún tema de tecnología y cultura asociadas. “De esta manera, contamos con Delta desde hace dos años y medio”.

La primera sede de las funciones fue el cine 23 y 12 hasta que se convirtió en Cinemateca de Cuba en enero del 2015. Delta se trasladó entonces a su epicentro actual, el cine La Rampa. Ahora, diez personas integran el equipo: una profesora de la Facultad de Contabilidad, una licenciada de Periodismo (que trabaja en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana), una graduada de Informática de la CUJAE, una estudiante de MATCOM y el resto son profesores de esa Facultad.

“El debut en el teatro dejó bastante que desear, pues había solo unas 40 personas, la mayoría amigos y familia. Ese espectáculo se titulaba Ojo por ojo, y trataba acerca de cómo resolver conflictos mediante la teoría de Juegos, enunciada en la Matemática”, recuerda Fernando.

Sin embargo, poco a poco el público fue creciendo y actualmente el espectáculo abre mientras el cine lo permita;  los límites son los propios de la cartelera. Cuando hay Festivales o alguna gala, el proyecto recesa; el resto del año, todos los viernes, hay función.

Cada semana, invitado por Proyecto Delta, también se presenta un humorista o científico, con  propuestas amenas e ideadas para hacer pensar y reír.

La tecnología

Podría pensarse que lograr un espectáculo como Delta, que utiliza la tecnología como medio de comunicación entre los artistas y el público, implica un sinnúmero de equipos sofisticados puestos a disposición del Proyecto.

Tal vez en otro país, en otro contexto, un espectáculo similar se desarrollaría con un enorme aparataje electrónico, pero estos jóvenes lo han montado a base de buenas ideas, más que sobre un gran “parque tecnológico”.

No son muchos los equipos que utilizan: solo un par de laptops, algunos audífonos y micrófonos, una webcam y algunos smartphones o tabletas. Luego crean un punto Wi-Fi, al cual puede conectarse el público para enviar mensajes acerca de lo que sucede en el escenario.

“En la cabina usamos una laptop conectada a la salida del audio y al proyector del propio cine. Con eso llevamos imágenes a la pantalla y tenemos salida por los altavoces. Una webcam filma a quien opera la laptop de la cabina y lo transmite en vivo; otros miembros del grupo están sentados en el cine, seleccionando los mensajes más graciosos o elocuentes para compartirlos en la pantalla cinematográfica y leerlos; así los asistentes no solamente interactúan con nosotros, sino también entre ellos”, explica Fernando.

Durante el espectáculo se hacen dos preguntas en diferentes momentos, las cuales, al decir de sus autores, no tienen una respuesta única o correcta, sino que son abiertas y provocativas para que el público pueda sugerir lo que desee.

Esas interrogantes, y por supuesto las respuestas a ellas, le confieren singularidad y una gran riqueza a cada espectáculo. “Aunque ya se conozca de lo que vamos a hablar, la participación del público siempre es diferente, así que la dinámica cambia en cada presentación”.

Para ese momento fue necesario crear un programa que permitiera controlar y administrar la representación. Por eso fue diseñado un software específico, a partir de  los conocimientos adquiridos en la Universidad.

Fernando controla la función con algún teléfono o tableta desde el escenario; así escoge cuándo proyectar  los videos, a la vez que interviene con comentarios jocosos, basados en información científica.

El premio gordo


Con sus móviles, tabletas o laptops, el público disfruta con un espectáculo que él mismo construye con sus mensajes y ocurrencias.

A lo largo de varias funciones ha podido constatarse que el público predominante repite y ya está “acostumbrado” a lo que viene a hacer. Excepto algunos neófitos, la gran mayoría de los asistentes arriba con sus tabletas, laptops o smartphones  para conectarse a la Wi-Fi.

A diferencia de otros espectáculos, donde no se permite el uso de dispositivos móviles, aquí son imprescindibles para disfrutar a plenitud de la función. Así, en cada  fila, muchas pantallas brillantes –pequeñas o grandes- desafían las reglas de los teatros encumbrados para reforzar la idea de que Delta es diferente.

Beatriz Siverio asistió por primera vez hace varios meses y desde entonces no ha dejado de ir. “Es como un rito venir con mis amigos, muchas veces llego directo del trabajo y mis amistades vienen de la Universidad; primero es el Proyecto Delta y después el Malecón. Muchas caras me son conocidas pues están acá a menudo, incluso familias completas. Por eso conocemos a todos los integrantes del Proyecto y si hay algún chiste interno, también lo entendemos”.

Los asiduos saben que quien responda “mejor” las preguntas recibe un premio. Cada espectador escoge un nombre de usuario y una contraseña, y los evaluadores dan una puntuación basada en las risas o algarabía que genere su comentario en el resto del público. Si resultas elegido, puedes llevarte a casa algún regalito (un paquete de caramelos o algo por el estilo).

El premio de la noche, un chocolate articulado, dígase peter divido en dos y con posibilidades de movimiento, cual ómnibus habanero, es otorgado al grupo que cree la frase más larga con las letras escritas en las tarjetas que reciben al entrar.

David, en la cabina de transmisión, recibe los chistes, mensajes en clave, presenta el popular “chocolate articulado” e intenta –por suerte sin éxito– tararear un reguetón. (Foto: Rolando Padilla)

El proyecto audiovisual parte de que los espectadores son inteligentes y desinhibidos. La interacción es, por tanto, la principal arma humorística del grupo; y el público, el mejor protagonista.

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