Faena de Prometeos

Autor: 

Toni Pradas
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08 Diciembre 2015
| |
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Refieren por ahí, cientos de folios, que en 1870 desembarcó en el Muelle de Luz, en la bahía de La Habana, un joven delgado en sus 33 abriles, enfundado con una sotana negra y con las ventanas de su inteligencia auxiliadas por pequeños lentes. Aún sobre la escala del bajel de bandera francesa, el hombrecillo encandiló su curiosidad con la majestuosidad de las fortalezas de la villa; quién sabe si ruborizado se tragó un espontáneo verso y tomó una bocanada de aire para desterrar el cansancio del largo viaje. Persistió, sin embargo, su aspecto cansino, de ausencia, como el de aquellos que han dedicado muchas años al estudio.

Efectivamente, largas jornadas de lecturas y recogimiento al fin le habían recompensado con su ordenación como sacerdote de la Compañía de Jesús. Y como tal –“soy el padre Benito Viñes Martorell, de Cataluña, para servirle a usted y a Dios”– se presentó ante el Real Colegio de Belén de la Orden de los Jesuitas en esta ciudad, donde le esperaban para asumir la dirección del observatorio físico-meteorológico (luego también geomagnético), fundado allí con el mejor instrumental parisino al amparo de una Real Orden del 18 de diciembre de 1860.

De manera que si usted, lector del siglo XXI, gusta de efemérides “redondas”, anote que en los meses corrientes el emblemático laboratorio cumpliría 155 años de instituido, mientras la providencial llegada del clérigo a la Isla celebra su aniversario 145.

Ambos sucesos cambiarían la historia de la meteorología de este archipiélago, gemelo univitelino de los caprichos huracanados de la naturaleza. Aunque para entonces ya se realizaban ciertas mediciones atmosféricas y de granizos y terremotos, casi nada podía hacerse para vaticinar ciclones (poco más que nuestros ancestrales aborígenes, podría decirse).

Si duda,  podemos considerar un hecho providencial la venida de Viñes, piense que siete meses después –7 y 8 de octubre de ese año– una iracunda espiral de lluvias y vientos (el famoso Huracán de Matanzas que causó unos 700 muertos; el mismo que retrasó en dos semanas la llegada del joven independentista José Martí a su destierro en la Isla de Pinos), signó su bautizo como ciclonólogo, y le alfombró el camino que lo llevaría más adelante a ser considerado el Príncipe de la Meteorología Tropical y, hoy, padre de esta tradición científica en Cuba.

Vivaz como un Lionel Andrés Messi Cuccittini para la meteorología de esos tiempos, el catalán, nacido en Poboleda, descubrió –pongamos como ejemplo– la primera ley sobre el anticiclón del Caribe. Sentó así un hito en la biografía de estas indagaciones en el planeta, y dejó para la posteridad un testimonio sin precedentes sobre este tipo de fenómeno.

Cuentan quienes hormiguean entre actas y legajos, que los estudios de Viñes partían de una práctica sistemática con la lotería de ciclones, a los cuales, con su habitual mirada ausente, desafiaba sin parpadear. Apenas arrasaba uno, raudo se trasladaba al lugar por donde había pasado el turbión e investigaba sobre su duración, las precipitaciones y, sobre todo, la forma en que habían caído los árboles. Así logró tejer el primer estudio científico realizado no solo en Cuba, sino también en la región, sobre el impacto de desastres de origen hidrometeorológico.

Ya con un hatajo de datos, el eclesiástico pudo delinear un modelo teórico acerca de la estructura vertical de los ciclones tropicales, la que dedujo a partir de la dirección y forma de las nubes, el rumbo de los vientos en diversos niveles de la troposfera, y el valor de la presión atmosférica a diferentes distancias del centro del huracán. Es más: según la posición geográfica de tales tormentas y la época del año, llegó a establecer regularidades en sus trayectorias que llegaron a ser conocidas entre navegantes y meteorólogos como “Leyes de Viñes”.

Eso, contando en sus comienzos con apenas un barómetro y un termómetro como instrumentos meteorológicos. Y aun así logró describir acertadamente la estructura tridimensional de los ciclones y pudo estudiar con precisión los movimientos de las nubes al aproximarse alguno.

De modo que Benito Viñes Martorell, director del Observatorio de Belén y amigo personal de un tal Carlos J. Finlay (médico del Colegio; el único que le arrebataría tiempo después el más alto peldaño de la ciencia criolla decimonónica), estuvo en condiciones de obrar ya un milagro más grande que la conversión del agua en vino: El 11 de septiembre de 1875 redactó y e hizo llegar a los diarios una nota de alerta sobre un huracán que cruzaría las inmediaciones de La Habana durante las siguientes horas.

Anote, pues, otra efeméride “cerrada”: el 140 aniversario del primer pronóstico de ciclón tropical documentado, suerte de don que este Prometeo moderno robó al Olimpo para regalar a los hombres.

Aquel día, en edición extraordinaria, con formato de boletín o volante, varios periódicos publicaron de inmediato la revelación, llegada no por la Providencia, sino por la sistematización de conocimientos y la experiencia ganada durante años de centinela meteorológico  –a falta de satélites que le sirvieran de escaleras al cielo–, más el análisis de varios despachos telegráficos recibidos desde Saint Thomas y Barbados, en el mar Caribe.

Advertidos del diableo que se avecinaba, los cubanos de entonces se sugirieron unos a otros que durante la tempestad no se acercaran a los perros, pues “llevan electricidad en el rabo” y “atraen a los truenos”. Mejor recogerse hasta que todo pasara, y acostar y cubrir a los niños con pañuelos de seda o mantas, pues estos tejidos los “aislarían y protegerían”.

Tomando un puñado de atmósfera

Cuando el mal tiempo azotaba sobre San Antonio de Río Blanco, poblado de la hoy provincia de Mayabeque, el niño José María Rubiera Torres se ponía un abrigo amarillo, su “abrigo del ciclón”, porque fue primero usado durante el huracán de 1948, dos años después de nacer allí.

Ya en la secundaria, iba a la planta de radio del central Camilo Cienfuegos y escuchaba las comunicaciones sobre el ciclón Flora del año 1963, y esperaba fielmente el boletín que impartía el doctor Mario Rodríguez Ramírez, auxiliado, como un chamán, por misteriosos mapas.

Entonces aparecía en televisión cada vez que merodeaban las cuitas de la naturaleza. Hoy, de solsticio a solsticio, Rubiera y una cohorte de científicos –y no actores, como ocurre en otros lugares– revelan a sus coterráneos, mediante la radio y la tele desde los tiempos blanquinegros de los 80, qué les deparará el tiempo, luego de estudiar intimidades arrancadas al cielo con el beso de sus instrumentos. Puede llover, osan decir cuando incluso raja el sol; viene un huracán que no cree en sedas y mantas, alertan una semana antes y movilizan a la Defensa Civil.

Son, vaya responsabilidad, el mascarón de proa de una entidad que en agosto cumple sus primeros 50 años de conformada, continuadora de una tradición surgida en aquel Colegio de la villa intramuros.

Luego del triunfo de la Revolución en 1959, el descomunal impacto del huracán Flora y también del Cleo (1964), convencieron a las autoridades científicas sobre la necesidad de una institución que multiplicara las funciones del Observatorio Nacional, fundado en 1908 en la loma de Casa Blanca, cuando los hombres solían usar gomina.

Ya desde la mitad del siglo XX las postales de esa colina habanera enfocaban el domo de la antena de aerología del Observatorio. Sin embargo, tal modernidad empezó a no ser suficiente y un nuevo equipamiento fue entregado a la Academia de Ciencias por la entonces Unión Soviética y otros países socialistas. El objetivo era montar al menos 50 estaciones meteorológicas que conformarían un sistema solar en torno al Observatorio, pero que además de su labor operativa, de alerta y seguimiento de ciclones, realizara acciones de investigación y desarrollo. Así, con esa égida, se inauguró el Instituto de Meteorología el 12 de octubre de 1965, con la impronta directiva de Rodríguez Ramírez.

Eso explica que cinco décadas después, el Instituto capitalice una ciencia de alto impacto y fortalezca la innovación tecnológica, a partir del hurto de un puñado de atmósfera para curiosearle sus instintos.

Y más, pues los trabajos se han orientado hacia la variabilidad y los cambios en el clima; los estudios del medio ambiente atmosférico; la prevención de fenómenos peligrosos como los ciclones tropicales; el sustento de una agricultura científica; las investigaciones sobre la interacción océano-atmósfera en torno al archipiélago (y coadyuvar al manejo del medio en casos de desastres tecnológicos); el conocimiento de los factores que influyen en la contaminación atmosférica en el espacio zonal; la aplicación de métodos y procedimientos de influencia activa; y la formación profesional de miles de técnicos y especialistas.

Con semejante estrella, el Instituto maneja hoy una red básica de 68 estaciones meteorológicas (se incluyen las torres aerológicas), ocho radares (modernizados y automatizados por ingenieros cubanos), un servicio de imagenología satelital,  tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas a las necesidades específicas. Más de mil 400 trabajadores, de ellos casi 500 graduados de nivel superior, laboran en la sede de Casa Blanca, 14 centros meteorológicos provinciales y nueve centros especializados en servicios e investigación.

Décadas atrás –he escuchado, sí–, los campesinos de la Isla poseían un singular sistema de alerta de tormentas. Cuando una se acercaba, los guanajos se intranquilizaban y salían del corral o escondrijo para encaramarse en los árboles y desplegar en rueda las plumas de su cola.

Cuando se cumplen 50 años de este Instituto de nuevo porte, las indagaciones sobre el tiempo y el clima se han convertido en un encargo social que no depende de otra cosa que de los individuos y su ciencia. ¿Cuánta es la efectividad de la previsión de un guanajo? No lo sabe ni el mismísimo Rubiera, actual jefe del Departamento de Pronósticos del Instituto de Meteorología. La de los estudiosos sí la conoce: supera el 90 por ciento, lo cual permite contabilizar así lágrimas que no se llorarán, y sacudir esa fina capa de polvo, casi invisible, que es la tristeza dejada por Zeus, “el que lanza el rayo”.

Vaya faena se gastan estos modernos Prometeos…

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