Federico Engels: un asteroide que se busca en noches claras

Autor: 

Paquita Armas Fonseca
|
28 Noviembre 2020
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Bitácora marxista-leninista

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El título no es una metáfora. El 14 de marzo de 1999, Matteo Santangelo, desde el Observatorio Monte Agliale, en Italia, descubrió un miembro más perteneciente al cinturón de asteroides: Friedrich Engels.

Inicialmente se nombró 1999 EK3 a la masa de seis mil 345 km de diámetro que emplea mil 509 días en completar una vuelta alrededor del Sol. Pero, si se busca la causa por la cual Matteo cambió el nombre a su descubrimiento, lo que emerge no es sino la admiración por el filósofo que nació el 28 de noviembre de 1820 en Alemania, en la provincia de Renania, ciudad de Barmen, hace hoy 200 años​

Por supuesto, Engels, Federico para los hablantes hispanos, es mucho más que el nombre de un asteroide, sino uno de los más grandes filósofos alemanes, políglota, escritor de varios libros, que terminó el tercer tomo de El Capital, cuando su artífice principal, Carlos Marx, su gran amigo, había muerto. A propósito, en 1969 se descubrió TH6, que en 1983 llevó el nombre del gran amigo de Engels.

Precisamente, a finales de noviembre en 1842, se supone que en días de su cumpleaños 22, Engels visitó La gaceta del Rin para conocer a su director, al que ya le había escrito unos versos en ese propio año:

“¿Quién es el que avanza luego con estrépito salvaje?/ Un moreno muchachote de Tréveris, un auténtico/ monstruo, avanza, sin pararse, a grandes saltos avanza / y truena, lleno de ira, como si quisiera asir / la vasta lona del cielo y a puño traerla a tierra, / ambos brazos extendiendo a todo lo ancho del aire, / el recio puño apretado, blandiéndolo sin descanso, / como si diez mil demonios tirasen de su chaqueta.”.

Marx, el Moro, sin embargo, fue casi cáustico con el joven alto, de ojos azules, cuerpo esbelto, fuerte por la equitación y esgrima que practicaba. En aquel momento Marx tenía serias contradicciones con los neohegelianos berlineses que cuestionaban su hacer en el periódico y pensó que el recién llegado era uno más.

Fue París el escenario donde se inició la amistad, dos años después. En un viaje de regreso de Inglaterra a Alemania, en agosto de 1844, Engels, que esta vez se hizo anunciar, realizó una escala en la ciudad de los poetas. Pasó 15 días compartiendo sus criterios con Carlos, y este descubrió cuántas coincidencias existían entre los dos.

Imagen: Ismael Rodríguez Gómez/tomada de La Soga

Marx le escribió en una oportunidad: “te constan dos cosas, primero que a mí me llega todo más tarde, y segundo, que no hago más que seguir tus huellas”. La afirmación vale para desmontar la consabida frase: el segundo violín. Federico Engels, fue un hombre tan brillante como Marx, tal vez sin el grado de acuciosidad y precisión del descendiente judío, y quien, al decir de él mismo, padecía de “su conocida pereza en fait de theorie”.[1]

El parto de El Capital, con una gestación cercana a los 20 años, se produjo en agosto de 1867. El día 16 Marx reconoce ante Engels: “Este tomo está, por tanto, listo. Y esto ha sido posible gracias a ti. Sin lo que tú te sacrificaste por mí, jamás hubiera podido realizar los inmensos trabajos para los tres volúmenes. Te abrazo, lleno de agradecimiento ¡Salud, amigo mío, mi caro amigo!”.

Es difícil encontrar una amistad tan fuerte como la que unió a Engels con Marx. Quizás el primero comprendió que, a los efectos de la causa revolucionaria, el segundo resultaba más importante y necesario. Por eso se dedicó al “vil comercio”,como lo definió, para mantenerse a él y a la familia Marx.

En Moro, el gran aguafiestas se lee:

“En plena crisis económica de 1857 Marx le escribía: No sé absolutamente nada respecto a lo que debo hacer y mi situación es, realmente, más desesperada que nunca”.

Para Engels fue un mazazo, acababa de comprarse un caballo con el dinero que le regaló el padre por Navidad.

“(…) y me da rabia ―contestaba el 22 de enero― tener un caballo para pasear, mientras tú en Londres, estás pasando agobios con tu familia”.

Desde 1854 en que lo asaltó por última vez la idea de convertirse en un escritor profesional, a la par de su compañero, Engels se radicó en Manchester, primero como empleado. A partir de ese momento regularmente llegaban a los Marx billetes por una, dos, cinco o diez libras. Pero el matrimonio, sin ningún don administrativo, buenos dolores de cabeza le daban a su protector. El propio Marx libraba letras a su nombre sin avisarle; llegaba el vencimiento y Engels movía la cabeza con un reproche amistoso”.[2]

Ni Marx, ni su esposa, Jenny de Westfalia, le respondieron como merecía aquella actitud continuada.

“El monumento a la amistad, tallado pieza a pieza por los dos grandes genios alemanes, casi se rompe en 1863 por culpa de El Moro. Engels vivía maritalmente con Mary Burns desde 1843. Nunca se casó con ella por ser consecuente con los criterios que sostenía acerca de los enlaces burgueses. Mary, obrera irlandesa, que le enseñó los barrios pobres de Manchester, que trató de cultivarse culturalmente para entenderlo mejor, que lo comprendía en su esencialidad humana, lo hizo muy feliz, y ella misma lo fue. Estaban por encima de los papeles y las normas sociales.

En la noche del 6 al 7 de enero la joven muere, y su amante se desgarra con el amigo: “No acierto a decirte lo que me pasa. La pobre me quería de todo corazón”.

El Moro, agobiado por las deudas ―su situación habitual― le responde con un pésame frío y pasa a hablarle de sus problemas: su casa no se sostendría ni dos semanas si no encuentra solución inmediata, y declara cuán:

(…) repugnantemente egoísta le parecía a él mismo irle al amigo, en aquellos momentos con tales cuitas. Pero ¿qué he de hacer? En todo Londres no hay una sola persona con quien pueda hablar a mis anchas, y en casa tengo que adoptar aires de silencio estoico, para contrarrestar un poco las explosiones de la otra parte.

El General, como lo apodaron los Marx por sus conocimientos militares, que esperaba un mensaje más cálido, con toda razón, se lo hizo saber en su respuesta, aunque de forma magnánima le recomendaba varias vías para salir del apuro económico.

Marx, quien comprendió el grado de desconsideración al que había llegado, más si se toma en cuenta que Jenny no había acusado ni una línea de condolencia, esperó unos días hasta que se calmaron los ánimos. Le contestó reconociendo su culpa; era una carta llena de tacto y conciliadora, con una justificación especial para su esposa:

Las mujeres son unas criaturas la mar de cómicas, aun aquéllas dotadas de una gran inteligencia. Mi mujer se pasó toda la mañana llorando por Mary y tu desgracia, sin acordarse para nada de sus desdichas propias, que llegaron precisamente a su apogeo aquel mismo día; por la tarde, ya creía que ningún hombre del mundo podría sufrir lo que nosotros, con todos nuestros hijos y los agentes de embargo en casa.

El coloso de la amistad no tenía necesidad de muchas palabras de arrepentimiento. El 26 de enero respondía:

No es posible convivir largos años con una mujer sin que a uno le conmueva dolorosamente su muerte. Siento que con ella he enterrado todo lo que me quedaba de juventud. Cuando recibí tu carta, todavía tenía en casa su cuerpo. Te digo que esa carta no se me quitó en toda la semana de la cabeza; no había podido olvidarla. Pero tu última carta la ha borrado, no sabes la alegría que me da ver que con Mary no he enterrado también a mi viejo y mejor amigo.”[3]

Aquel hombre excepcional, también caricaturista y músico aficionado, tiene obras tan valiosas que lo sitúan por sí mismo entre los grandes filósofos de todos los tiempos: La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Anti-Düring (1878), Del socialismo utópico al socialismo científico, (1880, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884 , Dialéctica de la naturaleza (un libro inconcluso publicado en la URSS en 1925) y Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofía Clásica Alemana (1886)

En colaboración con Marx escribió La sagrada familia o Crítica de la crítica crítica (1844), Manifiesto del Partido Comunista (1848) y El Capital (1885, el segundo tomo y 1894, el tercero ).

Sobre Engels, Eleanor Marx, hija de Carlos, escribió “Cualquiera sabe lo que ha hecho Engels desde entonces. La mayor parte del tiempo lo dedicó a la publicación de las obras de mi padre, a la corrección de nuevas ediciones y a la revisión de las traducciones de El Capital. Tanto este trabajo como sus obras originales no requieren de mis palabras, únicamente aquellos que conocen a Engels pueden apreciar el cúmulo de trabajo que realiza diariamente”.

Mientras, Vladimir I. Lenin, en 1895, año de la muerte de Engels, afirmaba:

“La publicación de estos dos tomos requirió de un trabajo extraordinario. El social-demócrata austriaco Adler expresó, con toda razón, que Engels, con la publicación de los Tomos II y III de El Capital, había levantado un monumento grandioso a su genial amigo, en el cual había inscripto, sin intentarlo, su propio monograma con letras imborrables. De hecho, estos dos tomos de El Capital son la obra de ambos, de Marx y de Engels”.

El 5 de agosto de 1895 murió Engels por un cáncer de esófago, y por su decisión fue cremado. Sus cenizas, cumpliendo su voluntad, fueron tiradas al mar en las cercanías de Eastbourne, a cinco millas de la costa. Eleanor fue una de las que cumplió el deseo del gran amigo de la familia Marx.

Monumento a Engels en la escuela vocacional que lleva su nombre en la provincia de Pinar del Río, en Cuba.

Mirando el mar, los seguidores de Engels pueden adivinar su barba encrespada en una ola, otros escrutarán el horizonte en busca de un asteroide homónimo, todos deberíamos volver sobre su vida, repleta de ciencia, de amor y sobre todo de una amistad a la que no se le encuentra parangón en la historia ni en la ficción.

Notas bibliográficas

[1] (en francés, cosas de la teoría)

[2] Armas Fonseca, Paquita : Moro, el gran aguafiestas, Segunda Edición Editorial Pueblo y Educación, 2010

[3]Ibídem

 

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