Fidel y el legado científico

Autor: 

Toni Pradas
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26 Noviembre 2016
| |
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Tomado de Instituciones.sld.cu

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Si la Revolución cubana se hubiera contentado con alcanzar las metas de independencia, soberanía, justicia social, igualdad de derechos y desarrollo económico, sin lugar a dudas pasaría a la historia como un proyecto loable. No obstante, quizás lo que la hace más trascendental con respecto a otras que en el mundo han sido, es su voluntad de alcanzar las cimas más altas del intelecto humano y en particular, del dominio científico.

Bien temprano, en el mismo año que alcanzó el poder la insurrección nacional tras ardua lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y desigual confrontación contra el poderío tecnológico militar suministrado por los Estados Unidos, el Comandante en Jefe de la Revolución, Fidel Castro Ruz, avizoró que el futuro del país estaría protagonizado por hombres de ciencias.

Esas primeras fechas, cuando la prioridad era la subsistencia de la nación ante las amenazas militares y sabotajes terroristas, no faltó tiempo para que Fidel impulsara la Campaña de Alfabetización, una de las más épicas cruzadas que darían sentido, décadas después, a su previsión.

Luego promovió nuevas universidades, los primeros centros científicos, la mecanización industrial y agrícola, los movimientos tecnológicos de innovadores y de recuperación de piezas negadas por el bloqueo norteamericano, y la formación de cuadros y profesionales científicos en ramas no tradicionales en la Isla hasta entonces. Aquel sueño empezó a andar.

En la doctrina del desarrollo nacional propuesto por Fidel, la ciencia ocupa un lugar preponderante como fuerza productiva, en tanto los valores añadidos por esta promoverían el salto cualitativo que no pueden sostener otros modelos que han perpetuado el subdesarrollo: la extracción y exportación de materias primas, la generación de productos semielaborados o semiprocesados, o la dispensación de servicios con escaso valor agregado.

Para Fidel, la independencia depende del desarrollo, y esta de la tecnología y la ciencia más actualizada. Así lo conceptualizó en 1991, y ya para entonces empezaba a cristalizar la apuesta que vehementemente hiciera a la industria biotecnológica y farmacéutica, la que con el tiempo se convirtiera, junto con los servicios médicos y profesionales, en la primera fuente de ingresos del país.

Pocos años después meditó:

“La ciencia y las producciones de la ciencia deben ocupar algún día el primer lugar de la economía nacional. Pero partiendo de los escasos recursos, sobre todo de los recursos energéticos que tenemos en nuestro país, tenemos que desarrollar las producciones de la inteligencia, y ese es nuestro lugar en el mundo, no habrá otro”.

En consecuencia, lo que en 1959 fuera un sueño, el de construir en Cuba un futuro –en buena medida, ya un presente– de hombres de ciencias; lo que fuera uno de los desvelos más grandes de Fidel y una de sus obras más encomiables, con la muerte del héroe de la Revolución se convierte en uno de los legados que con más fuerzas se debe defender.

 

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