Las flores y la ciencia: a 400 años de una carta de Galileo.

Autor: 

Osvaldo de Melo
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02 Junio 2015
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Supongamos que tengo algún problema de salud, voy al médico y me receta unas gotas que contienen esencia de alguna flor muy disuelta en agua, tratamiento este conocido como terapia floral.

Yo, que no soy médico, debiera disciplinadamente administrarme las gotas, pero por curiosidad me aplico a buscar en Internet y, no sin cierta sorpresa, encuentro un artículo titulado “Remedios florales: una revisión sistemática de la evidencia clínica”[1], en el que a partir de un estudio de diferentes trabajos precedentes, se concluye que “no está probado que la terapia floral produzca algún efecto más allá del efecto placebo”[2].

Poco después reviso artículos más recientes, igualmente publicados en prestigiosas revistas, y noto que en ellos se arriba a conclusiones muy similares. De hecho, me entero que la terapia floral se toma como paradigma de los tratamientos que producen efecto placebo y que no tienen ninguna efectividad real más allá de este.

Entonces, como no soy médico, antes de administrarme las gotas decido informarme un poco sobre el origen de la tal terapia. Y encuentro que también se conoce como “Flores de Bach” por el nombre de su inventor, Edward Bach (Moseley, Inglaterra, 1886 – Sotwell, 1936), que en su momento definió un grupo de remedios a partir de un proceso de dilución de ciertas plantas. Tiene su origen en una reconocida seudociencia, la homeopatía,[3] de la cual parece ser una variante más “poética”, pues como su predecesora, en la terapia floral se realizan grandes disoluciones, solo que de extractos de flores.

Bach no utilizó ninguna pista para preparar sus formulaciones; se dice que seguía una práctica antiguallamada doctrina de las signaturas, hoy declarada sin fundamento, según la cual las propiedades curativas vienen indicadas de alguna manera en el nombre o en la morfología de las plantas.

Otros dicen que él mismo admitió que las formulaciones le fueron reveladas. Y a mí, que no creo en las revelaciones, se me revela de pronto, no una certeza, sino una pregunta: ¿cuáles son las razones por las que debemos creer en algo? ¿Simplemente por ser antiguo o porque se ha usado tradicionalmente en algunos lugares durante mucho tiempo?¿O tal vez porque ese algo fue sugerido por alguna persona importante?

¿En que creer?

Superficialmente la respuesta a estas preguntas puede parecer sencilla: cada uno es libre, con sus razones, de creer en lo que quiera creer. Así, si para curarse de una enfermedad uno prefiere tomarse un vaso de agua, otro probar esencias de flores, otro más ir al médico y un cuarto hacer las tres cosas a la vez, cada uno es soberano de llevar a cabo su decisión. No hay nada que objetar a que toda persona realice sus válidos deseos a gusto y sin intromisiones. Es más, la experiencia universal ha demostrado que ir en contra de esta libertad de realizar prácticas legales ha resultado la mayor parte de las veces contraproducente si no nefasto.

Sin embargo, en este asunto tan llevado y traído, tan delicado y tan complejo del libre albedrío y el uso de las libertades, hay un detalle que no debe perderse de vista: no siempre las decisiones son tomadas por las personas realmente en libertad. Porque el ser humano está “bombardeado” de información tanto valiosa como superflua, tanto científica como seudocientífica, tanto importante como banal. Y parte de sus decisiones y convicciones se va formando, en gran medida, a partir de esa información. No en balde decía el maestro aquella frase que no por repetida ha perdido un ápice de su profundo sentido: “ser cultos es el único modo de ser libres”.

Para un individuo, la realización de algún tipo de práctica ya sea espiritual, religiosa, deportiva, artística, medicinal, científica o de otro tipo es una elección personal que le entretiene o le ayuda de alguna manera y que realiza a costa de su tiempo y de su economía.

Sin embargo, a nivel de la sociedad debiera velarse por la eficacia de determinadas inversiones y por el cuidado a la hora de promocionar determinados hábitos. Siguiendo en la línea de las libertades, si una persona que tiene una enfermedad decide tratarla con agua o con esencias de flores, está en todo su derecho.

Pero si esa persona realiza dichos tratamientos porque alguna autoridad le dice que la saliva de la serpiente de cascabel o el extracto de una flor, digamos, diluidos en agua o en alcohol, tienen propiedades curativas o que definitivamente pueden curar su enfermedad, entonces eso ya no suena tan bien pues esas propiedades no han sido demostradas. Si además la persona paga por eso, peor. Y si tomamos en cuenta que estamos en el siglo XXI, y que la ciencia y su método existen desde hace más de 400 años, peor aún.

Los encantos de las flores y una carta de Galileo Galilei

Inspiradoras de amantes y poetas, las flores son bellas, coloridas y muchas de ellas deleitan con agradables perfumes. Estas propiedades les confieren singular atractivo, son apreciadas y demandadas sin necesidad de acudir a ningún argumento científico. Sería muy bonito, y hasta deseable, que las flores machacadas y diluidas en agua tuvieran algunos efectos medicinales como propone la terapia floral. Pero esto sí que necesitaría de pruebas científicas y la verdad es que no las hay.

Muchas cosas importantes, cada vez más, son susceptibles de ser tratadas científicamente, de ser demostradas a partir del método científico. El aprecio por la belleza de las flores no entra dentro de estas cosas pero la formulación de medicamentos a partir de ellas sí.

En la Edad Media se decía que no eran necesarias las demostraciones; que había que creer en lo que decían las antiguas escrituras. Esto era asunto de disciplina y ya se sabe lo dañina que es la disciplina cada vez que impone cumplir con presupuestos errados. Pero hoy se conoce que eso no es así, que las demostraciones son imprescindibles. Lo aclaró bien uno de los primeros científicos, Galileo Galilei, antes de que la estupidez humana lo hiciera abjurar públicamente de sus escritos que eran mayormente ciertos y luego se han mostrado inmensamente fructíferos. En efecto, escribió en 1615 a la gran duquesa de la Toscana, Cristina di Lorena, que las Escrituras eran infalibles en cosas de la fe, pero que no siempre han de entenderse en sentido literal y explicó:

“… Repetiré aquí lo que he oído a un eclesiástico que se encuentra en un grado muy elevado de la jerarquía, a saber, `que la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo´…dentro de las proposiciones que no son de Fe, debe preferirse la autoridad de los Textos Sagrados a la autoridad de textos humanos cualesquiera, que no estén escritos con método demostrativo…No puedo creer que Dios nos haya dotado de sentidos, palabra e intelecto, y haya querido, despreciando la posible utilización de éstos, darnos por otro medio las informaciones que por aquéllos podamos adquirir, de tal modo que aun en aquellas conclusiones naturales que nos vienen dadas o por los experimentos o por las oportunas demostraciones, debemos negar su significado y razón…”

Este año se cumplen cuatrocientos de aquella carta. Hoy tenemos, entre otras cosas, motores de combustión interna, transistores, láseres, microprocesadores, computadoras, sistemas de posicionamiento global, naves espaciales y antibióticos. Hoy sabemos el origen de la evolución de las especies y las causas de la herencia. Todo eso y mucho más ha sido fruto del manejo de asuntos que pueden comprobarse a partir de “experimentos u oportunas demostraciones”.  

No hay ninguna justificación hoy para promover prácticas de las que se sabe fehacientemente que no existen pruebas de eficacia y que no tienen fundamentos científicos de ningún tipo. No importa que sean antiguas y tradicionales, provengan del oriente lejano, o se basen en el uso de plantas. Si su efectividad no está comprobada, no debieran promoverse, mucho menos bajo el manto del engaño, haciéndolas pasar por científicas.



[1]Ernst, E. (30/12/2002). Flower remedies: a systematic review of the clinical evidence, Wien Klin Wochenschr114 (23-24): pp. 963-966

[2]Este efecto consiste esencialmente en que una persona puede sentir alivio de algunos síntomas solo por la expectativa de estar siguiendo una determinada terapia o por estar tomando algún medicamento. Por eso, para determinar si un determinado medicamento o procedimiento tiene una efectividad real (aquí real quiere decir más allá del placebo) se realizan comprobaciones. Para ello, además del grupo al que se le suministra el medicamento que se quiere verificar, se usa un segundo grupo de personas a las cuales no se les suministra el medicamento sino alguna sustancia inocua y que se llama grupo de control. Un medicamento se considera efectivo, si en el grupo de control, la efectividad observada es significativamente menor que en el otro. Para evitar posibles sesgos se busca la manera de que ni los pacientes ni los encargados de evaluar las pruebas tengan conocimiento del grupo en que está cada paciente. Esto se conoce como experimento a doble ciego.

 

[3] Vease en esta misma revista: O. de Melo, EL AGUA NO TIENE MEMORIA, Revista Juventud Técnica, No. 374, p. 16 (2013)

 

 

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