Francisco Argilagos: el oftalmólogo de los mambises

Autor: 

Osvaldo Pupo Gutiérrez
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06 Septiembre 2020
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Ricardo Valdivia Matos

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La mirada lo delata. Esos ojos verdes, habitualmente serenos para observar a través del oftalmoscopio, se tornan ahora impacientes, cobran vida propia. La calma parece huir de su cuerpo esbelto. Toma fuerzas de sus adentros, agarra el maletín, comprueba que está allí su set de cirugía y sale rumbo al vendaval insurrecto desatado en Las Clavellinas.

Es 4 de noviembre de 1868. Hace dos meses cumplió 30 años. Francisco recuerda las palabras de su maestro José de la Luz y Caballero y repite para sí las lecciones de Varela sobre la dignidad de la Patria, esas que ya se sabe de memoria, pues están adheridas a su ser y lo motivaron a conspirar unos años antes junto a sus hermanos. Nada lo detiene, es la hora. Olvida por un segundo los procedimientos de medicina aprendidos en Francia, pone al doctor en segundo plano, deja salir al mambí.

Francisco sabe lo que arriesga. Hace solo unos días estuvo preso por una noche tras arribar de Nassau, donde junto a otros compatriotas, entre ellos Manuel de Quesada, organizaba una expedición, el Galvanic, que llegaría el 27 de diciembre de 1868. Con anterioridad a su estancia en la cárcel, escapó de un intento de asesinato en el Hotel Inglaterra.

Su frente lo vuelve a delatar. En medio de la contienda se pregunta si podrá disparar sin remordimientos y con la misma habilidad de cirujano. Su ceño está fruncido, pero no duda. Sostiene el arma y abre fuego.


Con apenas 14 años Francisco sale rumbo a Francia. Sus padres, un catalán (don Juan Argilagos Millet) y una criolla (doña María Soledad Ginferrer de Socarrás), lo envían allí para estudiar el bachillerato. En París también se gradúa de doctor en Medicina, Cirugía y Oftalmología en 1860.

Al final de su carrera varios colegas perciben en él un repentino interés por los gatos. Los felinos huyen al verle. El galeno coloca una luz intensa sobre la retina de los animales. Tras continuas indagaciones concluye que los rayos de todas las gamas ocasionan daños a la vista. Él lo sabe bien. Ahora ve menos que cuando inició los ensayos.

Es 1861. El doctor Francisco Argilagos Ginferrer es convocado a la Academia de Ciencias parisina y se viste para la ocasión. Ante un tribunal prestigioso y en fluido francés, el cubano expone sus ideas sobre la luz aneritra o libre de rojos, de sus efectos en los estudios de fondo de ojo.

Le aclara a los científicos que, si se modifica el oftalmoscopio de Hermann von Helmholtz con un lente con filtro de óxido de uranio, este no dejará pasar los rayos rojos del espectro y la luz aneritra permitirá visualizar de mejor forma las estructuras del polo posterior del ojo, así como disminuir las molestias causadas por la luz intensa.

Todos quedan atónitos. Llaman a su invento la “lentilla Argilagos” y una publicación académica acoge entre sus páginas su artículo “Sobre un nuevo método de corregir la enojosa influencia que ejerce la luz sobre los ojos sometidos al examen con el oftalmoscopio”, que explica en profundidad el invento: modificar la coloración amarilla o roja de la luz de la lámpara de combustión mediante un lente de tinte verde claro.

Un centenar de médicos se reúnen en la capital francesa para fundar la Sociedad Universal de Oftalmología en 1861; entre ellos, Argilagos. Al concluir el encuentro los doctores lo eligen por voto secreto como el primer secretario de esa organización, sin fijarse en su reciente graduación o sus 23 años.

Francisco Argilagos Ginferrer no imagina la magnitud de sus investigaciones, que no se detienen con la luz libre de rojo. Entre los años 1860 y 1861 publica en Europa otros 12 trabajos científicos acerca de nuevas tecnologías que desarrolla y trata de incluir en la práctica médica. Entre ellas, un instrumento para medir el diámetro antero posterior del ojo, que tiende a aumentarse en determinadas enfermedades oftalmológicas.

Esos procederes han sobrevivido. Con el tiempo se le han añadido mejoras y aún están presentes en los oftalmoscopios más modernos. Sin embargo, el empleo de la luz aneritra se atribuye al italiano Etienne Ginestous, quien llegó a esa misma conclusión 40 años después, en 1911. Además, la generalización de la técnica ocurrió luego que el neuroftalmólogo norteamericano Wiffiam Hoyt fuera bautizado como su redescubridor. Nadie menciona al cubano, a pesar de dejar todo escrito.


Unos años antes del alzamiento en Las Clavellinas, Francisco Argilagos y su hermano Rafael regresaron a Cuba. Ejerció su profesión primero en Camagüey, urbe que lo vio nacer el 4 de septiembre de 1839. Luego, se trasladó a Santiago de Cuba. En ambas localidades su desprecio por la esclavitud lo colocó en la mira de la alta sociedad. Por su mesa de operaciones pasaron lo mismo ricos que pobres, blancos que negros. Fue señalado por tal razón como trastornador de las instituciones legales y el capitán general recibió una petición de deportación, que no fue aceptada.

Es 27 de noviembre de 1868, Napoleón Arango intenta apaciguar la insurrección camagüeyana en complicidad con el español Blas Villate, el sanguinario conde de Valmaseda. La voz de Ignacio Agramonte en la reunión de Minas es apoyada por sus tíos políticos, los hermanos Argilagos Ginferrer (Rafael, Francisco y Juan), también participantes. Así, entre parientes, también unidos por los lazos de dignidad y la independencia, evitan los planes de los traidores.

La guerra continúa. Francisco, sin abandonar su set de cirugía, empuña el fusil. Su arrojo lo convierte en coronel del Ejército Libertador y médico cirujano de su Estado Mayor. En la manigua también encuentra el amor; contrae nupcias con la hija de patriotas Mercedes Loret de Mola.

En 1871 es capturado por los españoles. Ya le apuntaban los fusiles cuando un soldado lo reconoció como el doctor que curaba a los heridos de ambos bandos después de los combates y así salva su vida. Poco después logra escapar hacia las Isla de Saint Thomas.

Tras establecerse allí por dos años, Francisco inicia un periplo por varias naciones del Caribe, en donde colabora como especialista en medicina. Viaja a Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Venezuela y Colombia. En esta última trabaja como cirujano en un hospital en Barranquilla y desarrolla otros de sus talentos: historiador, periodista, escritor, arqueólogo, filólogo, etnólogo, pintor, poeta, inventor…Nunca deja de conspirar y apoyar la independencia de Cuba.

Inicia la contienda de 1895. Francisco envía a sus hijos mayores, Franklin, Arturo y Roberto, a la lucha y promete incorporarse con otros tres de sus 11 herederos. En tanto, funda clubes del Partido Revolucionario Cubano en Colombia.

Cuando acaba la guerra y ve destrozados sus sueños de libertad, anuncia furibundo “para mí la revolución no ha terminado” y el resto de su existencia pelea en contra de la ocupación norteamericana.


El Hospital Civil de Santiago de Cuba se convierte en el nuevo centro laboral del doctor Francisco Argilagos a su regreso. Cuando fallece su colega Joaquín Castillo Duany, lo sustituye temporalmente en su cargo de dirección. Sin embargo, el presidente Tomás Estrada Palma lo releva de esa responsabilidad en una especie de reprimenda por sus ideales. El experimentado médico volvió a Camagüey como forense. Un coterráneo le envidia el puesto, lo acusa de no poseer título — lo había perdido entonces — y el gobierno le impide ejercer.

Carlos Juan Finlay Barrés, entonces jefe nacional de sanidad y ex condiscípulo de Argilagos, lo restituye como médico y lo ubica al frente del Caney.

Pese a los esfuerzos del descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla, Francisco muere en la extrema pobreza. Tal fue su desgracia que sus amigos ayudaron con el entierro en Santa Ifigenia; la familia estaba en ruinas.

El oftalmólogo mambí, catalogado por Gómez como un hombre de valor a toda prueba, falleció a los 70 años, el 9 de noviembre de 1908, sin más herencia que la moral, despojado de sus logros científicos de gran alcance y sin ver el suelo patrio libre de metrópoli.

 

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