Francisco Rojas Ochoa: derroche de memoria y ciencia

Autor: 

Claudia Alemañy Castilla
|
30 Mayo 2020
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Alba León Infante

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Tranquilo y solemne, el doctor Francisco Rojas Ochoa es capaz de contar con detalles gran parte de la historia de la medicina cubana en las últimas siete décadas. No es posible estar más cerca del estereotipo de anciano sabio al cual todos deben acudir en busca de consejo. Quizás sus colegas no son conscientes pero, frente a él, inevitablemente adoptan esa postura de respeto sutil que es tan común en los japoneses al saludar.

Entre las fortunas del científico está su propia memoria.

A punto de cumplir noventa años, puede mencionar los nombres de antiguos alumnos y colaboradores, también de quienes lo instruyeron en la universidad y hasta de la pareja de profesores que le ayudaron a terminar la enseñanza secundaria en solo dos años para llegar al instituto.

Su pensamiento claro y sed de conocimientos, todavía insaciables, le empujan a reflexionar tenazmente sobre la realidad que lo rodea. Los avatares de las ciencias médicas en el mundo, y en Cuba, aún son la causa de muchos de sus desvelos.

Entre los temas que le preocupan, hace especial referencia a cómo la formación de los doctores cubanos se inclina mucho a enseñar cuestiones prácticas y “no toma vuelo teórico”.

“Yo ya he dicho esta opinión tan crítica muchas veces, incluso la tengo publicada. Son pocos los médicos que se lanzan a la investigación científica de alto nivel. Por ejemplo, tú vas a los centros del polo y casi no se ven doctores. La mayoría son químicos, físicos, bioquímicos y otros especialistas afines”, fundamenta con serenidad.

Rojas Ochoa no solo se conforma con enunciar el dilema, sino también en sus potenciales causas. “Cuando la escuela de medicina se separó de la Universidad todos los médicos aplaudimos; y hoy yo digo que todos nos equivocamos”, confiesa.

Según su criterio, el distanciamiento ha significado un retroceso, una mutilación. La confluencia en un mismo espacio y bajo un mando único de los estudiantes de medicina con los futuros matemáticos, psicólogos,  abogados, geógrafos y demás, permitía alcanzar graduados con una mayor solidez científica, con una base cultural más amplia.

“Los médicos estamos muy metidos en el enfermo”, señala. “Muchos rehúyen la discusión de las determinantes sociales de la salud, que hoy en día causan más daños que los factores biológicos. El estrés es un ejemplo de ello. Pero casi no nos detenemos en esos debates.

Estar dentro de la universidad obliga a los alumnos a mezclarse más, a ser interdisciplinarios”.

El científico puntualiza que hay muchos profesores geniales dentro de las filas de expertos de batas blancas, pero su aspiración sería que fueran más numerosos y que el escenario académico propiciara un mejor desenvolvimiento para todas las aptitudes.

La génesis de una vocación

El doctor Rojas Ochoa no recuerda exactamente cuándo comenzó a decir que quería dedicarse a curar enfermos. Según le contaron su madre, abuela y otros parientes, fue a una edad muy precoz. Sin embargo, le consta que cuando empezó a crecer y tener conciencia, repetía la misma afirmación una y otra vez.

“El fundamento que he encontrado a esta temprana elección es la presencia en mi familia de un tío, hermano de mi mamá, y médico de profesión. Era el sujeto más buscado en el pueblo. Trabajaba en el central azucarero y era un personaje dentro de la comunidad. Tenía el mejor caballo y luego hasta se puedo comprar un jeep”.

De esta admiración infantil pareció germinar una sólida vocación. Su constancia fue determinante. Años más tarde, el profesor de secundaria de Francisco acudiría al hogar de los abuelos maternos para interrogar a las familias sobre las aspiraciones que tenían para el futuro del joven.

“Mientras él siga estudiando, lo vamos a ayudar”, dijeron entonces. Aquel muchacho, que apenas había salido de su natal Tacajo, hoy Báguano, en Holguín, comenzó a prepararse para asistir al bachillerato en la cabecera provincial.

Sus notas demostraban que “pasaba por listo” y durante esa etapa se esforzó al máximo y aprobó con excelencia los exámenes de ingreso. Luego buscó una nueva meta: la universidad.

Rojas Ochoa arribó a la capital cubana a mediados de 1951. Había sido aceptado en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, cercana al Hospital

General Calixto García.

“Dentro de la escuela descubrí que donde se aprendía, mucho y bien, era en el hospital. Ese centro sigue siendo la primera fábrica de médicos de Cuba. Muchos grandes fueron formados en sus salas, y después también dieron clases allí. Es un sitio con mucha historia y tradición, lo cual tiene un peso”, afirma el galeno con añoranza por su alma mater.

De estudiante a profesor... a observador


A pesar de no ser experto en estadística, el investigador tuvo que ampliar sus conocimientos en la materia. (Foto: cortesía del entrevistado)

 

La extendida vida del doctor Rojas Ochoa le ha permitido apreciar las diferentes transformaciones que atañen a los planes de estudio de su profesión en la Isla.

“Cuando yo llegué a la escuela de medicina no digo que fuera mala, sino desorganizada. Los programas estaban desactualizados, los libros de texto envejecidos.

Cada profesor, al asumir un puesto como titular, instauraba su propia bibliografía y solo era cambiada si este se jubilaba o fallecía”.

En aquella época, durante los primeros dos años lectivos, los estudiantes solo trabajaban con cadáveres y apenas tenían contacto con los pacientes.

“No estaba prohibido que interactuáramos con los enfermos. De hecho, yo me metí muy pronto en una de las salas de medicina interna. Ahí, el personal médico, los especialistas y residentes que trabajaban, nos ayudaron a prepararnos. Pero solo acudíamos los espontáneos, era voluntario”, narra el galeno.

Como alumno, asistió frecuentemente al piso inferior de la sala Cabrera Saavedra, conocida popularmente como “clínica bajos”. Llegó a laborar durante ocho horas, como un internista más, y se codeó con excelentes profesores que después serían sus colegas.

Durante aquel tiempo, Rojas Ochoa aprendió con avidez. Quizás en ese momento de su vida no era notorio, pero su interés por cuidar de los pacientes directamente beneficiaría su posterior carrera. Historia de Cuba. El dinamismo de la Revolución se instaura para transformar “todo lo que debe ser cambiado”.

La escuela de medicina no escapó a esa realidad.

En los primeros años hubo cuatro o cinco planes de estudios distintos que se debatían entre opiniones y criterios, unas veces distantes y otras más cercanas.

A finales de los años 60, el científico vio germinar una idea sólida sobre cómo debía ser instruido un médico.

Casualmente, el doctor Fidel Ilizástigui, su primer jefe en el Hospital Calixto García, estaría al frente del proyecto.

“De conjunto con el pedagogo Oubiñas, estudió la situación nacional antes de plantar una propuesta. Hicieron una investigación de Oriente a Occidente y de norte a sur, en busca de averiguar qué debe saber un médico recién graduado”.

Los expertos identificaron más de 200 problemas de salud y los enumeraron como aquellas dificultades que todo profesional debía saber resolver antes de obtener el título de graduado. A partir de esas conclusiones, se armó un plan académico sobre bases científicas.

“Ya no era la experiencia individual de unos, la opinión de otros o que en tal país se hacía de una determinada forma.

Nos ajustábamos al contexto cubano y así empezaron a obtenerse mejores resultados”.

Otra tendencia que marcó la época en que el doctor

Rojas Ochoa fue estudiante era la enseñanza exclusiva en los hospitales.

“En los grandes centros más bien se tratan enfermedades raras, pacientes graves, incluso, ya terminales.

Esto provocaba que antes los médicos no supieran a veces tratar algo tan sencillo como un dolor de cabeza.

Las cosas simples se iban de las manos”.

También señala que los años posteriores al triunfo de la Revolución trajeron consigo una importante transformación.

“Hemos adelantado la clínica desde el primer año con la asignatura Medicina General Integral. Antes, al principio se daban las materias de ciencias básicas exclusivamente.

Pero nosotros hemos hecho bien en adelantar las prácticas desde el principio y en tener a nuestros estudiantes en los policlínicos para que se familiaricen con las dolencias comunes antes que con las rarezas”.

Más allá de las loas, el investigador tiene algunas insatisfacciones con los métodos actuales de enseñanza.

“La escuela (de medicina) tiene un programa muy específico, controlado. Y el alumno tiene que ir solo a donde le dicen. A la clase práctica, la teórica, al policlínico, aquí o allá.

“No hay ese alumno que se puede meter espontáneamente en la sala y permanecer en ella para reforzar su formación de manera autodidacta. Quienes lo hace corren con un gran esfuerzo extra y tienen que ´cazar´ algún momento para zafarse del plan de estudios y, además encontrar a algún especialista que los reciba de forma receptiva”, opina el entrevistado.

El campo, un espacio de aprendizaje

El doctor Rojas Ochoa asegura siempre con orgullo que no se graduó verdaderamente cuando recibió su título universitario. La fecha exacta data de aquel momento cuando concluyó su servicio social como médico rural.

“Esa fue la etapa que completó mis conocimientos como profesional. Desde La Habana yo lo hacía todo, porque era fácil, lo tenía a mano, o porque me indicaban hacerlo como alumno. Sin embargo, en el campo tuve que aprender a decidir por mí mismo y madurar”, asevera.

Durante tres años conoció varias regiones y poblados del Oriente cubano. Además, vivió numerosas e intensas experiencias. En la medida en que él crecía en conocimiento también aumentaba su prestigio como doctor.

“Hay famas que se adquieren por casualidad”, comenta.

Con cierta jocosidad y minucioso detalle, es capaz de relatar una de las anécdotas que, por azar, le valieron el respeto de sus pacientes.

“Yo nunca he hecho un parto, ni siquiera de estudiante.

Una vez tuve la oportunidad de ver el trabajo de los obstetras gracias a unos compañeros que eran alumnos al igual que yo, decidí que eso no era para mí.

Ya cumplía servicio social cuando se me presenta un alumbramiento”.

Un domingo, para mayor dramatismo, cerca de las diez de la mañana, un hombre vino preocupado a buscarlo:

—Médico, mi mujer está por dar a luz, pero el niño no sale, y la comadrona no sabe por qué.

Rojas Ochoa decidió acompañar al futuro padre hasta la casa donde esperaba la esposa. En el hogar, el galeno se ocupó de aspectos más bien técnicos. Procuró que se tuvieran en cuenta las medidas de higiene, auscultó a la señora, aunque decidió no examinarla porque no tenía sus guantes esterilizados.

Tras conversar también un poco con la partera, se volvió al marido y le indicó:

—Si a las cuatro de la tarde no ha parido, veme a buscar al pueblo. Yo estaré en la cafetería del hotelito, no me moveré de ahí este día.

De regreso en el pueblo, el médico mandó buscar a un colega obstetra que se encontraba en una localidad vecina. El amigo llegó temprano pero decidieron esperar un poco por las noticias.

Ya pasada la hora congeniada, ambos galenos comenzaron a prepararse para volver a casa del campesino cuando lo vieron acercarse sonriente. Frente a ellos el hombre se exaltó todavía más:

—Médico, pasó justo como usted dijo. Ella parió a las cuatro en punto de la tarde.

El solo recuerdo de la anécdota consigue sacar un par de sonoras carcajadas de los labios del doctor. “Yo trataba de dar el máximo. No quería mandar a nadie para el hospital de Guantánamo y después recibir un regaño por desplazar y gastar recursos con una persona que no tenía ningún problema grave. Hay otros casos como ese que, poco a poco, me hicieron ganar en seguridad”.

La fábrica estadística: el logro de una vida

 

Francisco Rojas Ochoa estuvo casado durante 61 años con Rosa Belkis Barbeito Rey. Solo la muerte los separó. Tuvieron dos hijos, una hembra y un varón, que a su vez le han dado cuatro nietos. El doctor se siente realmente honrado y admirado de la familia que conformó.

Abogados, informáticos, médicos y, quizás, futuros enfermeros —vocación de uno de sus descendientes más jóvenes— conforman su pequeña pero trabajadora prole. Aparte del orgullo doméstico, este cubano tiene otro gran motivo para sentirse realizado en la vida. Gracias a su labor es considerado el padre de la bioestadística en Cuba.

En febrero de 1966, Rojas Ochoa había terminado su servicio rural. Además, durante tres años se ocupó de dirigir la medicina de la antigua provincia de

Camagüey y cursó en México unas lecciones para formarse como administrativo. De regreso en La Habana, fue convocado José Ramón Machado Ventura, quien entonces se encontraba inmerso en la conformación actual que hoy conocemos del Ministerio (MINSAP) y el Sistema Nacional de Salud (SNS).

“Comencé a estudiar estadística. Me puse a buscar expertos, pero estaban escasos. Solo encontré dos o tres. Por tanto, me empeñé en fabricarlos”.

Primero se preparó un buen grupo de auxiliares y posteriormente de técnicos. También aunó a un grupo de matemáticos como el doctor Luis Carlos Silva y la licenciada

Mercedes Rubén. Hasta que un día consiguió crear la especialidad de médico bioestadístico.

“Me costó mucho trabajo que la aprobaran. Algunos me decían que no existía en ninguna otra parte o que ese no era trabajo del médico. Yo tenía que explicarles siempre otras experiencias foráneas, literatura actualizada sobre el tema y hasta hacer referencia sobre algunas figuras internacionales que visitaban el país y se dedicaban a esa área de la ciencia. Pero siempre tuve apoyo del MINSAP”.

En aquella época la calidad del sistema de trabajo instaurado por Rojas Ochoa despertaba dudas fuera de las fronteras cubanas. Cada año, el departamento regido por el médico enviaba sus recopilaciones de datos a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que a su vez tributaba a la Mundial (OMS).

Los Anuarios Demográficos de Naciones Unidas, confeccionados con la información de casi todos los países del orbe, traían las cifras cubanas siempre escritas con letra cursiva. El experto y sus subordinados pronto tuvieron constancia de que esa caligrafía se usaba para indicar que los resultados emitidos por la Mayor de las

Antillas no eran confiables y estaban incompletos.

Rojas Ochoa y su equipo quedaron realmente contrariados por esa situación. Sin pruebas reales, los científicos internacionales asumían que la Isla presentaba un elevado número de enfermos subdeclarados.


El doctor Rojas Ochoa plasmó su vida en la autobiografía. Actor y testigo. FOTO: ALBA LEÓN INFANTE

Era imprescindible revertir esa situación. El prestigio de la medicina nacional estaba en juego.

En acuerdo con las autoridades del MINSAP, los bioestadísticos solicitaron a la OPS una auditoría que evaluara la calidad del trabajo de los cubanos.

“En respuesta a nuestra petición, fue enviada al país la doctora Ruth R. Puffer, quien era entonces Jefa de la

Unidad estadística de la organización regional. Ella era una experta de alto nivel que acumulaba larga experiencia en el campo internacional y gozaba de prestigio. Sus criterios sobre nuestro método sería de gran valor”.

La investigadora llegó a La Habana y, en un principio, se quedó analizando las recopilaciones ya procesadas por los estadísticos nacionales. A pesar de la calidad de los documentos estudiados, la auditora seguía teniendo dudas acerca de cómo eran obtenidos esos números y si eran fidedignos.

El doctor Rojas Ochoa le propuso entonces salir de las oficinas, acercarse algún municipio fuera de la capital.

De esa manera Puffer podría ver no solo el trabajo de estadística, sino las acciones del SNS en general.

Al parecer, la especialista no quiso arriesgarse a hacer una travesía muy larga por el territorio cubano. Escogió el poblado de Güines como el escenario idóneo para llevar a cabo sus mediciones.

“Cuando llegamos allá, de inmediato la puse en contacto con la médico que estaba al frente del sistema estadístico. Además, con una ginecóloga que había desplegado una fuerte estrategia de trabajo para el control de las embarazadas y la natalidad. La experta extranjera quedó muy impresionada”, relata el doctor. Puffer abandonó Cuba y, poco después, emitió a las autoridades de la OMS un documento titulado Informe acerca de la calidad y cobertura de las estadísticas vitales y sobre los estudios de mortalidad infantil en Cuba.

“A través de análisis de los procedimientos en uso y de la documentación disponible se estima que el registro de nacimiento y defunciones es prácticamente completo en la Isla. Se recomendará la eliminación de las cursivas, o letras bastardillas, para los datos cubanos en las tablas del Anuario Demográfico”, fueron las palabras escritas en el texto, las cuales llegaron a esta entrevista gracias a la resguardada papelería de Rojas Ochoa y su autobiografía.

La sugerencia de la investigadora fue aceptada. Desde entonces las Naciones Unidas dejaron de emplear la tipografía en las cifras nacionales. De esta forma se reconocía la confiabilidad de las estadísticas provenientes del país.

“El informe de la doctora Puffer fue de gran importancia para la consolidación del trabajo que ya realizábamos y para avanzar a mejores resultados. A partir de entonces pasamos a ser reconocidos internacionalmente.

A nivel global saben que eso se ha mantenido con profesionalidad”, fundamenta Rojas Ochoa, complacido del alcance de la auditoría.

Ante todo, el rigor

En los últimos años, y en colaboración con otros académicos, Rojas Ochoa se ha incorporado a un peculiar debate. El científico cuestiona el rol que en algunas instancias se confiere a la llamada medicina natural y tradicional (MNT). “Aquí (Cuba) se ha tomado un fervor con ese tipo de práctica médica que es perjudicial.

“Yo reconozco la utilidad de esos remedios, la mayoría caseros, fruto de la experiencia colectiva. Probablemente fueron los primeros que yo recibí en mi hogar, en el campo. Hay productos naturales con efectos muy beneficiosos, incluso curativos. Las drogas de las industrias farmacéuticas son más potentes, con más efectos adversos. Pero la MNT también los tiene, aunque sus defensores lo nieguen”, explica el galeno.

El experto reconoce que la desconfianza en los productos químicos médicos ha sido provocada, en gran medida, por los crímenes, omisiones e incongruencias de la industria farmacéutica a escala global. Sin embargo, el ascenso experimentado por la medicina natural y tradicional le parece “desmedido e incontrolado”.

“He peleado mucho contra darle más importancia de la que realmente tiene a esa medicina. Tampoco se puede seguir afirmando y pretender que con ella se resuelven todos los males y no necesitamos a la otra.

“También he luchado porque se realicen los ensayos clínicos correspondientes. Sin ellos no sabemos cuánto sirve o no un producto en particular. Estos exámenes son determinantes en dos sentidos, para evaluar la efectividad y por otro lado la seguridad. Conocer las dosis realmente necesarias puede ser definitorio, un cantidad inadecuada puede incluso matar. Si le exigimos a la industria, que por ley no puede sacar ningún derivado químico a la calle sin las pruebas necesarias, ¿por qué no hacer lo mismo con la MNT?”

El galeno defiende que todo depende de la comprensión y fiabilidad que los científicos logren obtener y analizar de cada aporte médico. El estudio constante y las mediciones precisas son la única manera de no caer en prácticas  pseudo-pantanosas que emborronen la calidad de otros logros ya asentados.

Max se ha convertido en un importante acompañante en la vida del profesor Rojas Ochoa (Foto: Alba León Infante)

Aunque por edad, algunos creerían que es momento de descansar, Rojas Ochoa no parece estar de acuerdo.

Ha tomado por asalto el comedor de su casa. Solo va a la oficina cuando necesita entregar o recoger algo —si consigue transporte—. En la mesa se sienta, revisa documentos, hace anotaciones, prepara dictámenes a mano.

“No suelo escribir en computadora. Pasé más de la mitad de mi vida sin esos aparatos y todavía me siento inseguro de meter un dedo donde no es”, dice mientras se cerciora de tener a mano lápices, bolígrafos, gomas de borrar.

Dedica incontables horas al desarrollo de las ciencias médicas y con ello parece satisfecho. Camina despacio, habla pausado y, aunque no hace alarde, se apoya con naturalidad en esa envidiable herramienta que es su memoria.

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