Homo reciclens
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Toda ruina cuenta historias, pero solo en su transmutación: los artistas la reviven en sus obras; los ingenieros, con el reciclaje.
Esta –que, si se nos antoja, es la reencarnación de las materias– no precisa de la alquímica e ignota piedra filosofal, aunque por sus beneficios podríamos apostar a que posee el anima mundi del que hablara Platón, quien consideraba cada parte de la naturaleza un ser viviente, dotado con alma e inteligencia.
No reciclar es, pues, un ecocidio, y si nos ponemos platónicos significa el exterminio de una especie, de una historia por contar.
En una economía global, fundamentalmente lineal, extractiva, superproductiva y contaminante, se impone incrementar y renovar las estrategias y tecnologías para hacer, de la mayor cantidad de desechos, nuevas materias primas seminales. Y urge, porque las fuentes naturales se están agotando y, por tanto, encareciendo; y por el alto consumo de energía y la emanación de poluciones que conlleva la fabricación de bienes necesarios (y otros no tanto).
El modelo actual parece contradecir ese principio de la economía que, se dice, es el juego de “suma cero”: el equilibrio perfecto.
¿Será que la sociedad está condenada a sufrir el castigo de Sísifo? Ese que fue empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada y antes de que alcanzase la cima de la colina, siempre rodaba hacia abajo. Y Sísifo tenía que empezar nuevamente desde el principio, una y otra vez. ¿Estará realmente condenada nuestra estirpe, Platón, sin más ni más?
Desaprovechar las ruinas reutilizables no parece encajar mucho con nuestro proceso civilizador. Bien visto, al grabado de la comparsa evolutiva humana, ese que nos resume el avance de nuestra especie desde los primeros y encorvados homínidos hasta el apuesto homo sapiens con su maceta en una mano, parece faltarle un nuevo ser, más listo y progresado: el homo reciclens.
Pero este personaje no puede esperar a que biológicamente le nazcan nuevas extremidades para colectar residuos en los diversos contenedores (amarillo para envases ligeros, plásticos y latas; azul si es papel y cartón; verde destinado al vidrio; gris para materia biodegradable; rojo cuando son desechos peligrosos; y naranja para aceite de cocina usado), cada uno predestinado a marchar hacia su correspondiente planta de transmutación. ¿Tendríamos que mutar? ¿Qué hay entonces, Platón, de nuestra anima mundi?
Según los estudiosos, la cartografía del reciclaje se inscribe en la estrategia de tratamiento de residuos de las tres R: reducir (la producción de objetos susceptibles de convertirse en residuos), reutilizar (con tecnologías para darle una segunda vida a un producto desechado, con el mismo uso u otro diferente), y reciclar (con operaciones de recogida y tratamiento de desperdicios que permitirán reintroducirlos en un ciclo de vida).
Aún son pocos, incompletos e ineficientes los esfuerzos en Cuba para lograr una cultura del reciclaje y casi todos pensamos, no sin razón, que la indisponibilidad financiera es una cruz que deben cargar los más entusiastas promotores de un nuevo modo de vida, apegado a la economía circular y la protección del medio.
Pero alguna vez hubo algo de dinero y mucha voluntad, y un experimento realizado hace unos años en parte de La Habana, para el que se ubicaron contenedores de residuos domésticos con sus correspondientes colores, resultó un rotundo fracaso.
Por una parte, los residentes no aprendieron bien o irrespetaron la clasificación de la basura (incluso, destruyeron o desviaron hacia otros usos los recipientes). Por otra, el sistema de recogida no consiguió mantener la puntualidad en la recogida y el cuidado de los colectores, lo que provocó, como serpiente que se muerde la cola, que la población disciplinada se decepcionara y tuviera que botar sus desechos en el tanque que encontrara menos repleto.
Hoy, antes de que llegue el día en que el reciclaje sea una especialidad universitaria (¿alguien duda de que sea necesaria, aunque sea de cuatro años?), se deben tomar acciones para promover otra R, la de reeducar a la ciudadanía y a su líderes, a fin de modificar las actuales culturas de producción, consumo, gestión de residuos, reaprovechamiento e innovación tecnológica, y así crear un mundo no solo más racional, sino más limpio.





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