La hora cero

Autor: 

Maielis González Fernández
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10 Julio 2016
| |
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Crédito de fotografía: 

Yury Díaz Caballero

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Igor atravesó despacio la sala común del Departamento de Astrofísica y pudo sentir cómo los ojos suspicaces de sus colegas lo espiaban al pasar, aunque a primera vista pareciesen no separarse de las pantallas de las laptops o de los teléfonos celulares. El físico presentía que ya toda la comunidad científica se había enterado del fiasco y que al salir de la Facultad lo estaría esperando en la acera una turba de periodistas y paparazis, de tecnófilos enardecidos dispuestos a arrojarle cualquier cosa a la cara o de fanáticos religiosos pidiendo su inmediato linchamiento. Pero luego recordó que los científicos no eran estrellas de Hollywood y que a nadie le interesaba en realidad si su proyecto había sido alegremente suspendido por la Comisión de Doctorados. Así que se tranquilizó ante la perspectiva de encontrar la calle frente a su Facultad tan solitaria como de costumbre.

 

  En verdad, no podía haber sido otro el resultado de un movimiento tan atrevido como el suyo. Sobre todo, por presentarse sin un tutor que lo respaldase. De habérsele dado la aprobación para continuar, quizás su estudio hubiera terminado en un escándalo equiparable al caso Bogdanov. Acaso ser cancelado había sido lo mejor que podía pasarle. Se esforzaría pues, en lo adelante, por mantener la homeostasis en su vida, aunque sí que seguiría recibiendo las visitas de Alf, solo que ahora no hablarían más que de cosas triviales, como su amigo había querido desde el principio. 

   Todos, más tarde o más temprano, terminarían por olvidar su excéntrica hipótesis y que había defendido teorías alarmistas sobre el inminente fin del Universo. ¿Quién podía afirmar, en todo caso, que Alf –como a manera de broma había bautizado a la entidad cosmogónica que lo visitaba hacía meses– no se equivocaba? ¿Cómo estar seguro de que sus propios cálculos no fueran incorrectos y la hora cero no habría de alcanzar a la Tierra unos cientos de millones de años más tarde? ¡O mejor! ¿No era posible que los congéneres de Alf estuvieran errados absolutamente y el final de los finales habría de ser el ya resuelto por los científicos humanos décadas atrás?  

   Aunque, a decir verdad, la paulatina rendición ante la entropía resultaba excesivamente monótona, lenta y aburrida; sobre todo si se le comparaba con la posibilidad de un big crack intempestivo que borrase a la Vía Láctea y al Universo entero, de una vez y por todas, de la faz de la eternidad. Y lo de intempestivo era una forma de hablar puesto que, según le contara Alf, el Universo ya había hecho «crack» hacía miles de millones de años, allá, por alguna lejana coordenada imperceptible desde la Tierra; mientras los humanos seguían contando estrellitas indolentemente, ignorantes de que todo a su alrededor no era más que fuego y polvo cósmico que se aprestaba a devorarlos. Esa era la hipótesis de Ygor: el Universo se estaba agrietando y en muchísimo menos de lo que transcurría un año cósmico –pongamos unos 600 mil años terrestres– aquella mortífera grieta, que había disuelto a la civilización de Alf, los iba a alcanzar. Sin embargo, desde que expusiera esta hipótesis ante su rancio tribunal algo le martillaba la conciencia, como si estuviera perdiendo de vista alguna cosa.

Su extraño amigo era una criatura de energía, una inteligencia que había surgido en alguna porción de una galaxia lenticular muy lejana, indetectable desde la Tierra pero bastante similar, según sus descripciones, a una que los humanos habían nombrado NGC 2787. Su «raza», por así decirlo, había arribado temprano a la conclusión de que el Universo se estaba destruyendo. Antes de que el big crack –como lo había bautizado Ygor en su proyecto de tesis– los afectara, cada una de estas entidades cosmogónicas eligió un destino y huyó a través de atajos hiperespaciales. Alf, que siempre tuvo predilección por los sitios más periféricos y aparentemente insignificantes, luego de mucho deambular, había llegado a la Tierra –una zona suburbial, una villa miseria en la megalópolis que suponía el Universo–, y con tan mala suerte que había venido a encallar en la conciencia de un astrofísico que ahora lo forzaba a explicarle los años luz de avance intelectual que los separaban a ambos; cuando todo lo que quería Alf era aprender las costumbres de los humanos, hacer un poco de turismo interestelar y luego marcharse, como siempre hacía. Pero ya sentía cierto cariño hacia aquel humano.

Ygor, por su parte, no podía desaprovechar una oportunidad como esta. Aunque Alf fuera una inteligencia mediocre en comparación con las conciencias más avanzadas de su raza, poseía conocimientos infinitamente mayores que los de cualquier humano. Por lo que el astrofísico fue exprimiendo poco a poco y casi siempre a partir de inferencias, aquello que podía aportarle Alf sobre la localización de la rajadura inicial y el momento en que esta afectaría y destruiría finalmente la Vía Láctea. A ese momento en que el big crack alcanzara su galaxia lo había denominado Ygor, la hora cero.

Cada día le había pedido a Alf que hiciera memoria e intentara describirle los sistemas planetarios por los que había pasado para ver si podía identificarlos y, de acuerdo con la distancia a la que estos se hallaban del Sistema Solar, realizar un estimado del tiempo que transcurriría antes de que sus efectos pudieran ser perceptibles.  Pero los datos proporcionados por Alf eran muy caóticos y tornadizos. Ygor le reprochaba su holgazanería por no haberse preocupado en llevar un registro minucioso de sus andanzas y del tiempo empleado en ellas. Si su plan era alejarse lo más posible de la destrucción final ¿cómo podía haber sido tan descuidado? La hora cero le podía haber sorprendido a la vuelta de la siguiente galaxia.

Pero Alf había huído ya por demasiado tiempo. Ygor sospechaba, incluso, que su amigo había querido perder la cuenta a propósito. «Los que creen que conocer su final los hará libres se equivocan terriblemente», solía decir Alf a Ygor para intentar disuadirlo de hallar el cómputo que fijaría una fecha límite para la existencia terrestre. Pero Ygor no estaba de acuerdo con esa filosofía. Si bien los hombres aún no habían alcanzado el desarrollo necesario para realizar viajes interestelares, tenían al menos el derecho a saber qué ocurriría con el mundo que habían tratado de descifrar desde la primera vez que miraron hacia las estrellas. Creía el humano que 600 mil años era tiempo más que suficiente para continuar hacia arriba, en la escala evolutiva, y llegar a crear mecanismos para poder emigrar a otros sitios donde el fin del mundo todavía no hubiese llegado, tal y como hicieron Alf y los suyos.

Porque respetaba su optimista manera de ver las cosas, Alf le prestó su ayuda durante los meses que le llevó al astrofísico concebir una propuesta coherente para presentarla ante la Comisión de Doctorados; no solo por la vanidosa perspectiva de alcanzar un PhD, sino también para poner su descubrimiento a disposición de las mentes más avezadas en la materia, para visibilizar ante la comunidad científica un hecho que cambiaría la perspectiva del Universo tal y como se había concebido hasta la fecha. Y he aquí el fatídico resultado. Su proyecto había sido suspendido por razones de acartonada burocracia y a él lo habían tratado con la condescendencia con que se le suele hablar a los enfermos o a los imbéciles. 

Ygor, de camino a la salida, fantaseó por un momento con la idea de estar equivocado. Un error intelectual paradójicamente lo consolaba más que un impedimento para seguir su tesis por motivos burocráticos. Quizás todo no fuera más que una broma pesada de Alf, quien había decido burlarse de él como represalia por la petulancia que siempre le reprochaba. Esa petulancia que Alf había descubierto era muy característica del resto de los humanos; al punto de estos ser capaces de imaginar religiones con dioses dispuestos a morir para lavar sus faltas o esgrimir desfachatadamente la hipótesis de ser el único sitio con vida «inteligente».

Llegó a pensar que, en el peor de los casos, incluso cabría la posibilidad de que Alf hubiera sido una invención de su mente trastornada. Quizás Ygor simplemente hubiera enloquecido. Pero ahora no le quedaba más remedio que intentar seguir con su vida. Se limitaría a continuar impartiendo sus clases semanales sin mucho entusiasmo, y quién sabía si se decidiera a incursionar en la divulgación científica o, ya para el caso, en el esoterismo. Llevaría una existencia mediocre, puesto que en la mediocridad parecía radicar la fórmula infalible de una vida tranquila y, por qué no, feliz.

El astrofísico atravesó la verja principal y descubrió, no sin cierta extraña decepción, que la calle frente a la Facultad estaba libre de paparazis. Caminaba en dirección a su automóvil cuando escuchó la voz de Alf hablarle desde el fondo de su cabeza. Apresuró el paso hasta entrar al vehículo y pensó en hacerle mil reproches, el primero de ellos, que por qué lo interpelaba cuando específicamente le había prohibido hacerlo en el horario en que iba a trabajar. Pero Alf se percibía muy contrariado y le pidió, por favor, le prestara toda su atención.

—Ygor, me marcho. Lamento mucho no poder hacer nada por ti y por los tuyos —le dijo Alf con voz excesivamente parsimoniosa—. Esto ya lo he sentido antes… va a ocurrir de un momento a otro.

—¿Qué dices, Alf? Termina con la broma. Ya destruiste mi carrera. ¿Para qué insistir en este absurdo? Si el Universo estuviera a punto de colapsar ¿crees que no lo sabríamos? ¿Tanto subestimas nuestra inteligencia?

—Has realizado mal los cálculos, Ygor. Se trató más bien un error de enfoque. Pero yo tengo la culpa, no te corregí en un evidente equívoco. El Universo se ha estado agrietando, es cierto. Pero ¿qué te hace suponer que se trata de una única rajadura? ¿Qué te hace pensar que se expande exclusivamente en un sentido y solo por las dimensiones que tú conoces?

—¿De qué mierda estás hablando?

Pero Ygor entendía perfectamente a lo que Alf se refería. Era precisamente eso lo que le había estado molestando desde su exposición. ¿Y si las rajaduras (ahora en plural) podían propagarse a través de atajos hiperespaciales tal y como hacía Alf? ¿Qué si utilizaban agujeros de gusano y en un milisegundo estaban en una coordenada y al siguiente milisegundo a años luz de distancia de allí?

—Preferí no decirte nada. ¿Para qué te ibas a angustiar con antelación por algo que no tenía remedio? Sin embargo, está sucediendo ahora mismo y no quisiera marcharme sin antes despedirme —Alf hizo una pausa e Ygor se percató de que le estaba costando mucho respirar desde que entrara al automóvil—. Por mi parte, quisiera poder parar de huir —siguió Alf—, enfrentar el final y la muerte; pero ya no sé hacer otra cosa. Ojalá pudieras venir conmigo.

—Todo esto tiene que ser una broma tuya. Lo hubiéramos sabido… habría cambios detectables… no puede…

 —Espero que logres perdonarme, Ygor. Gracias por dejarme ser tu huésped. Adiós.

Ygor pronunció varias veces el nombre de su amigo. Incluso apretó detrás de su oreja derecha para intentar restablecer una comunicación, en un gesto instintivo e infructuoso. Quedó boquiabierto unos segundos frente al volante de su automóvil sin saber qué hacer a continuación. Entonces, frente a sus ojos, a través del parabrisas, vio como la tarde se iluminaba violentamente de una mezcla de colores que nunca antes había conocido el cielo terrestre. Un intenso silbido lo ensordeció y supo, durante la breve fracción de segundos en que aún le fue posible saber alguna cosa, que la hora cero lo había alcanzado.  

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