Intento imaginar lo que sufren

Autor: 

Flor de Paz
|
22 Julio 2017
| |
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Crédito de fotografía: 

Cortesía del entrevistado

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El olor a antisépticos y desinfectantes condicionó el olfato de Cristina González de Armas. Muchas horas de sus juegos infantiles transcurrieron en con­sultas donde sus padres, médicos, daban asistencia, incluso en meses de vacaciones escolares.

Intranquila, traviesa, aplicada en la escuela, la hermana menor. Así se caracteriza en esa etapa. Y jugar, le gustaba mucho jugar, principalmente a los “médicos”, claro está, una profesión que desde la secundaria sintió como suya.

Cuenta y su sensibilidad es inocultable.

—Me emociono fácilmente. Hay cosas que me lle­gan más de lo debido. Cuando empecé a ejercer la psiquiatría me quedaba mucho tiempo pensando en las situaciones de los pacientes, en cómo ayudarlos, incluso cuando me iba a dormir.

“Una vez, en una psicoterapia, se presentaron si­tuaciones muy fuertes y se me salieron las lágrimas. Hay circunstancias que te movilizan más que otras y no puedes controlar la emoción. Y me es difícil ma­nejarlas. Aunque he aprendido a delimitar un poco los problemas profesionales del resto de mi vida, porque lo contrario no es saludable”.

***

La cotidianidad de la doctora Cristina González De Armas, especialista de la Sala Paredes, del Hospi­tal Psiquiátrico de La Habana, es tan intensa como emocionante, según sus juicios. Ella camina a paso apurado de un sitio a otro de aquel espacio donde todas las camas pueden visualizarse sin dificultad y por donde los pacientes pululan como en casa. Atiende las demandas de un enfermo en crisis, la interrogante de otro que la detiene a medio andar, mientras intenta encontrar unos minutos de tranqui­lidad para empezar este diálogo.

—Para mí los días son muy agitados. En la Sala veo a los ingresados por adicción, atiendo su terapia indivi­dual, hago psicoterapia de grupo y en el matutino inte­ractúo con los psicólogos y con el resto del equipo. En esa misma jornada también puedo tratar a pacientes con otros trastornos psiquiátricos y a familiares.

“Me encanta lo que hago y es interesante porque siempre hay descubrimientos, búsquedas, satisfac­ciones. Estas últimas llegan, principalmente, cuando alguno de mis pacientes logra un mes de abstinen­cia u otro me dice que ya no escucha voces.

—¿Es tu voluntad trabajar en el Hospital Psi­quiátrico?

—Sí. Mi primer año de la residencia lo hice en el Galigarcía, pero en el segundo y tercero me tocó en el Hospital Psiquiátrico. No había venido antes, pero siempre pensé que este era el lugar para aprender. Cuando me gradué de especialista me ubicaron aquí y pedí quedarme en la sala de adicciones, donde ha­bía recibido gran parte de mi formación.

“Trabajar en este hospital es difícil. Es muy gran­de, con numerosos pacientes, y la mayoría viven en sus instalaciones. Muchos tienen familia; algunas los vienen a ver, los sacan de pase, otras no. Y son po­cos los que se han reinsertado en la sociedad.

“Quizás por todo eso aquí se me ha despertado una sensibilidad enorme por los pacientes, que son muy cariñosos, te besan, te abrazan. Caraballo, por ejemplo, a cada rato me regala un cuadro. Pone su firma y debajo las siglas del hospital”.

—¿Por qué elegiste la Psiquiatría?

—Desde que decidí estudiar Medicina dije que iba a ser psiquiatra o cirujana. Creo que mi preferencia tuvo que ver con la apreciación de un fenómeno: lo que es capaz de hacer una persona que no conecta con la realidad que la mayoría percibimos. Y la verdad es que lo tuve bien claro en quinto año, incluso antes de que mi hermana se hiciera psiquiatra infanto-ju­venil, aunque durante casi toda la carrera había sido alumna ayudante de cirugía. Además, por suerte, ter­miné y, por vía directa, empecé la especialidad.

“Creo que el puntapié definitivo lo recibí en la pri­mera guardia que hice en mi rotación por psiquia­tría como estudiante de medicina. Ese día llegó una paciente, en medio de tremendo alboroto, con un montón de papeles y un fuerte olor a alcohol. Decía que quería inmolarse en la Plaza de la Revolución, pero que se le habían olvidado los fósforos. Aquello me impactó mucho. Después estuve en el Centro de Higiene Mental, donde me evalué con el caso de una mujer adicta al alcohol. Entonces pensé, quie­ro ayudar a las personas con estos problemas y a quienes padecen trastornos psiquiátricos, porque la mayoría son maltratadas y estigmatizadas.

“Entonces terminé mi vínculo con la cirugía. Y, en sexto año, opté por Psiquiatría y me la otorgaron. De lo contrario, hubiera estado dispuesta a hacer los dos años de Medicina General Integral y luego optar por esta especialidad. Ya no tenía dudas; como cuando terminé el preuniversitario, solo pedí Medicina”.

—¿Continuarás dedicándote al tratamiento de las adicciones?

—Ahora trabajo fundamentalmente en ese cam­po, pero la psiquiatría en general me fascina. Dis­fruto la atención a todo tipo de paciente, aunque las adicciones me interesan bastante. Para los afec­tados, la enfermedad es muy complicada. Y como médico, intento ponerme en su piel, en sus zapatos, acercarme a lo que ellos y sus familiares sufren. Hay quienes los tildan de descarados, antisociales, pero realmente les cuesta asumir que están enfermos y esa es la primera ayuda que necesitan.

“Muchos pacientes alcohólicos, por ejemplo, piensan que pueden salir de su situación y llegar a ser consumidores sociales. Sin embargo, no es posi­ble: su padecimiento es incurable. En la abstinencia total radica la rehabilitación.

“Actualmente me dedico, sobre todo, al trata­miento de los hombres. Aunque mi tesis de espe­cialista estuvo centrada en los trastornos depresivos y de ansiedad en mujeres adictas. Ellas son más es­tigmatizadas todavía. Muchas empiezan a consumir alguna pastilla o alcohol mientras hacen las tareas del hogar. A veces son capaces de reconocer el pro­blema con prontitud, pero les cuesta más trabajo recibir ayuda, por la discriminación que sufren de parte de las personas que la rodean. Además, la mayoría de los centros de atención a adictos están orientados a hombres”.

—En tu interacción con los pacientes y fami­liares, ¿qué entregas y qué recibes?

—Trato de entregarles todo lo que sé, con amor, de modo que consigan asumir el problema, sin imponér­selo. En el caso específico de la adicción, les trasmito la idea de que sí pueden lograr salir de la enfermedad.

“Además, intento imaginar lo que sienten y su­fren. Y nunca les digo: pon de tu parte. ¿Qué parte van a poner si están mal? Cuando una persona se siente deprimida, no puede satisfacer determinadas demandas sociales, no puede trabajar. De lo contra­rio, no fuera a pedir ayuda. Entonces hay que ser muy empáticos con ella. Dar amor para recibir amor.

“En la sala, tenemos una capacidad de 50 camas. A veces me voy a la consulta con tres disponibles y me encuentro con 30 pacientes necesitados de in­greso, que equivalen a 30 madres o 60 familiares. Es difícil que lo entiendan, pero mientras les ofre­cemos tratamiento ambulatorio mediante psico­terapias (fundamental para esta enfermedad). Las hacemos en la Sala y en el espacio de la consulta (martes y viernes), en el estadio, donde disponemos de un centro de atención a pacientes con cualquier dependencia. Después algunos no llegan a requerir ingreso, pero casi siempre la primera vez se presen­tan con la necesidad de alejarse del medio propio para lograr rehabilitarse.

“Los familiares expresan un agradecimiento enor­me cuando ven que su ser querido se ha restablecido o que empieza a recuperar la confianza. Y ver una madre llorar porque su hijo va saliendo de la crisis, da ganas de llorar con ella. Pero no lloro” (sonríe).

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Cristina González De Armas nació el 25 de octu­bre de 1988 y nunca fue al círculo infantil. Cuidó de ella su abuelita Aurora, quien la dormía en las tardes y siempre la consintió mucho, además de contribuir a su educación. Sus padres, abuela y hermana son las personas que más han influido en su vida.

“Mi mamá, muchísimo. Es mi patrón a seguir. Le tocó estar a cargo de las enseñanzas, de las reglas, de las responsabilidades de la vida. Cuando le dije que quería estudiar medicina me apoyó, sin obviar la alerta de que esa carrera iba a demandar mucho esfuerzo de mí par­te, desde su experiencia como especialista en obstetricia y ginecología. Con mi papá también he podido contar siempre. Es especialista en Medicina Interna. Ellos se se­pararon cuando yo era muy pequeña. Y mi hermana, cinco años mayor que yo, es otro de mis pilares. Recuer­do cuando empecé el prescolar; estábamos en la misma escuela y ella iba a verme al aula a cada rato, y todos los días me llevaba a casa. Yo seguí sus pasos. ¿Mi abuelita Aurora? Ay, mi abuelita… No lo puedo creer, ¿me voy a pasar la entrevista llorando? Es que nunca me habían hecho estas preguntas. Mis dos abuelos también han sido muy cercanos en los momentos importantes.

“¿Amigos? Tengo buenos amigos. Siempre han sido muy necesarios para mí. Y los he mantenido. Algunos desde la secundaria, el preuniversitario, la carrera, y ahora también. Son personas que aprecio por sus valores. Tengo una amiga desde el prescolar en la escuela Felipe Poey, ubicada en los límites de mi Centro Habana natal, que recientemente se fue a vivir a otro país, pero continuamos muy cercanas”.

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El promisorio futuro de esta joven médico de 28 años, especialista en Psiquiatría, es tan cierto como la ternura con la que trata a sus pacientes y el tiem­po sin fin que les dedica. Pero en su empeño por enriquecer el camino que ha elegido, también se ha propuesto obtener la categoría docente y así hacer realidad otro de los roles predominantes en sus jue­gos infantiles: el de maestra.

“Quisiera, dar clases, impartir los conocimien­tos que he adquirido en mi experiencia práctica y, quizás, despertar en otros jóvenes el interés por la psiquiatría. A la vez, como alumna, deseo continuar el curso preparatorio del doctorado en Ciencias Médicas y mi estudio del inglés, sin abandonar el diplomado en Abordaje Integral de las Adicciones. También, tengo la categoría de aspirante a investi­gador, pero me propongo llegar a la de investigador con otros trabajos sobre adicción.

“¿Relación de pareja? Con Armando, desde hace un año. Es ingeniero eléctrico. Dos puntos de vista diferentes”.

Escuchar música, ir al cine, al teatro, a exposicio­nes de pintura, compartir con los amigos en cual­quier espacio, y con su familia en casa un fin de semana, está entre las preferencias de la doctora Cristina González de Armas.

“Y relacionarme con el colectivo de la Sala en otros ambientes. Porque el trabajo con las adicciones con­lleva un desgaste importante. La psiquiatría, como tal, implica esfuerzo, pero con las adicciones es aún mayor. Los pacientes llegan carentes en lo material, pero sobre todo en el aspecto afectivo y darles el apoyo que necesitan demanda mucho tiempo y ener­gías. A veces ya estoy lista para irme, con la cartera en la mano, y alguno de ellos me llama. Entonces viro, me siento y le pregunto: ¿qué sucede?”

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