Jorge Núñez Jover: Vivo en un país libre.

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
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28 Junio 2016
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Crédito de fotografía: 

Daymaris Martínez Rubio

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Y un día, de pronto, La Habana amaneció con miles de manuales de Konstantinov entrando por la bahía. Y el país se inundó de aquella edición de la editorial Progreso. “En pasta, preciosa, que... ¿cuánto costaría como promedio?”. Aun se lo pregunta. Porque la Revolución no dijo cree, sino lee. Y toda Cuba leyó.

Corrían los años 70 del pasado siglo y nada era sencillo. Ni ser. Ni pensar. Pero él, Jorge Núñez Jover, un profesor universitario “sin grandes pretensiones” y ningún árbol, ningún libro, estaba fascinado.

En medio de la grisura de un paisaje confuso, el joven químico recién titulado iba encontrando su propio modo de “explorar el azar”, como alentara un graffiti del mayo parisino.

Tenía par de razones de peso. La gran ola que en plena guerra fría empujó a su generación a una nueva épica, la arena científica, muy pronto lo había situado frente a una verdad desnuda: “La química no era (ya no sería) un gran amor”. En cambio, las ciencias sociales lo traían renacido.

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Jorge
A inicios de los 70, la Universidad de La Habana recibió el encargo de reclutar profesores, de ciencias sobre todo, para adiestrarse en la enseñanza del marxismo-leninismo.

La idea era dar tiempo a la llegada de jóvenes formados en el antiguo bloque socialista, brindar un breve servicio social y retornar luego a las carreras de origen. La mayoría de quienes dieron el paso tocó la meta y giró en el acto. Pero Jorge venía inspirado. Y siguió, al horizonte.

Tenía 24 años y estaba seguro de que hay quien viene al mundo a leer y ser leído. Solo en nombre de aquel dulce hallazgo soportó el régimen de claustro que requirió la instrucción en tiempo récord. “Nunca estudié tanto en toda mi vida. Las clases las impartían en Ciudad Libertad unos profesores soviéticos que cayeron en montones. Era El Capital ‘a pulso’, con traductores, una cosa muy intensa”.

Pero, ¿qué le desconcierta, qué, todavía? “Los estereotipos”, sopesa. “Ahí no había nada de Luz y Caballero, nada de Martí, no... Para aquellos soviéticos, Martí era un demócrata revolucionario ruso nacido en el Caribe (risas). Entonces, decir que fue una formación filosófica que admitiera el debate entre corrientes distintas, no, eso no”.

Hoy, sin embargo, descree de quienes tiran el sofá por la ventana. “Porque no todo lo que se movía dentro de la ortodoxia soviética era deleznable. ¡Para nada! Consumir aquella literatura espesa, asimilar todos aquellos conceptos, más el tiempo que dedicábamos a aprenderlos y luego a enseñarlos..., aquello era una gimnasia intelectual tremenda”.

Tampoco nunca “el dilema de las dos culturas” de Charles P. Snow le pareció más claro que cuando la anatomía de su formación científica chocó con la soberbia del canon impuesto. ¿Reasunción?, ¿renuncia?, ¿distancia?, ¿tormento? Distancia crítica, supone. Porque la Revolución no había dicho cree, sino lee. Y mientras Jorge creía, aun con desconcierto, Núñez Jover leía, alucinado.

Núñez Jover
A fines de los 70, frente a los claroscuros del lienzo de su época, comprendió que discernir por sí mismo era una buena fórmula de placer (est)ético. Vivía una re-evolución, introspectiva, intensa, gracias en parte a Pensamiento crítico*.

De sus páginas proscritas lo recuerda casi todo. Régis Debray, Che Guevara, la guerrilla en América Latina… “En Cuba, algo así no estaba en el algoritmo de una carrera montada en el programa de estudio de la Lomonósov (Universidad Estatalde Moscú); pero sí por fuera, en las bibliotecas,y podías llegar y leer a Fernando Martínez Heredia hablando de cosas como Teoría de la revolución.¡Cosas distintas!

“Por ese tiempo, también coexistieron aquí asesores de la URSS y de la República Democrática Alemana (RDA). Entonces, leías e ibas descubriendo que dentro de la filosofía soviética había diferencias importantes, serias; y que, por otra parte, en el mundo del pensamiento alemán democrático había mucha riqueza”. Aunque, nada comparable con la perspectiva latinoamericana en ciencia, tecnología y sociedad (CTS). Aquel campo de fuerza lo cautivó.

“Cuando por primera vez leí a Oscar Varsavsky no me levanté de la silla. ¡No podía separarme de aquel libro! Ciencia y política de América Latina, de Amílcar Herrera, ¡fue una revelación! Para mí fue un enorme descubrimiento saber que América Latina podía ser objeto de estudio, que Cuba podía ser interesante, que temas de política científica podían ser parte de una agenda de discusión...

“Aquello no estaba en los planes de la Lomonósov.  La dimensión de temas de política científico-tecnológica, de cultura científica, de comunicación social, los debates políticos, estrictamente sobre ciencia y tecnología, no existían para nada. Esa agenda tuvimos que montarla nosotros; irla descubriendo en la medida en que fuimos leyendo, entonces sí, dentro de una plataforma que ya habíamos asimilado”.

Estaba “entregado en alma y vida” a todo aquello, cuando empieza a hacerse preguntas. “Me di cuenta de que la filosofía no me alcanzaba. Pensé: ‘¿me sirve para interpretar la ciencia en Cuba, aquí y ahora...?’”. Y no, no le servía.

Zaira
Entonces, una mañana en que solo contaban sus dudas, el azar lo saludó en estos términos: confianza. Zaira Rodríguez, “por mucho, la filósofa más importante del país en los 80” y responsable del departamento de Materialismo Dialéctico de la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana, lo había convocado a su oficina. Tenía par de naipes en la mano.

“Me llamó y me preguntó si me sentía bien haciendo lo que hacía. Le respondí que sí, pero que estaba inseguro. ‘Porque yo tengo otra formación’, le dije, ‘yo vengo de las ciencias’. ‘Pero, eso es una ventaja’, me respondió ella y me dio el libro de (John D.) Bernal, en dos tomos. ‘Estúdiatelo y vas a descubrir que tienes unas enormes potencialidades para el trabajo en Filosofía, siendo quien tú eres’.

“Zaira era brillante, absolutamente brillante; una persona con una formación humanista descomunal. Había sido alumna ayudante de Alejo Carpentier. Y era, sobre todo, un ser angelical que transmitía mucha seguridad.

Al progreso de la educación y la ciencia cubanas, Núñez Jover  ha consagrado la mayor parte de sus denuedos y afectos. En la foto, aparece junto a su esposa y cercana colega, Aurora Fernández, actual viceministra de Educación Superior y Fernando Vecino Alegret, ex titular de ese ministerio. (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Y, sí, fui privilegiado. Porque, además, en el departamento había un asesor soviético que nos prepararía para impartir clases de Teoría del conocimiento. Nal Alexandrovich Jojlov era un tipo encantador. Tenía una capacidad de comunicación impresionante y una visión de los problemas que a mí me fascinaba. Entonces, entre Zaira y el soviético, me atraparon y fui a partir de ese momento el ser más feliz del mundo (risas)”.

A fines de los 80 estaba cada vez más seguro de su plan: estudiaría la ciencia y la tecnología por dentro, pero una curiosidad le corroía los sesos. ¿Qué podría obtenerse al mezclar filosofía con nociones de economía, sociología o política? Un campo interdisciplinar, le confirmó una década después su colega y amigo José Antonio López Cerezo, todavía con asombro. Para el coordinador de la red iberoamericana de Cátedras CTS, los cubanos, sencillamente, se habían adelantado a los tiempos.

En lo adelante, toda su obra creativa contendría una ansiedad, una épica discusión y también un equilibrio, un modo propio de desafiar el abismo con una eficaz herramienta de bolsillo: el método científico.

“Llegó un momento en que había leído mucha literatura soviética sobre la revolución científico-técnica, y ahí decía clarito que la ciencia estaba en contradicción inevitable con el capitalismo. Que el capitalismo ponía freno al desarrollo de la ciencia. Que ese freno era insuperable y que el socialismo era el que tenía las condiciones para llevarla hasta su punto más elevado.

“Pero yo me iba a la biblioteca de la Unesco, que está en la calle Calzada, y consultaba las estadísticas reales sobre el comportamiento de la ciencia y la tecnología a nivel mundial. Datos: número de investigadores, de publicaciones, resultados… O sea, la ciencia no como algo que se dice que es así, sino como datos para avalar certezas.

“Hoy en día sigo pensando que, efectivamente, el capitalismo le da una orientación al desarrollo científico y tecnológico muy asociado a los valores, prioridades e intereses que se mueven en su sociedad, y eso es sin dudas malo. Pero decir que el capitalismo no desarrolla la ciencia y que ese matrimonio era frustrado a priori chocaba con lo que estaba pasando”.

Sí, era una contradicción, lo admite. Y ser contradictorio tenía su precio. “Uno podía ser ‘interrogado’, ‘cuestionado’, sobre los porqués de tomar este camino del estudio del desarrollo de la ciencia. Porque ‘era cosa del positivismo’, porque ‘no era lo que el marxismo preveía’. ¿Se imaginan, después de leerse El Capital completo, que alguien les diga que Marx no tenía interés en el desarrollo de la ciencia? Era como burlarse. A mí que me perdonaran, pero si había que leerse a Kedrov y Meliujin, también me interesaban Imre, Lakatos y Thomas Kuhn”.

JNJover
“Los premios llegan con la vejez”, dice entre risas y todo lo que le pasa con el 2016 es que lo trae medio preocupado. ¿Tendrá cara de enfermo?, ¿será que...? Bromea y, por primera vez en todo el diálogo, ríe libre, sin ego, largo, y nota que le sientan muy bien las costuras de ese estilo casual y relajado.

Por su orden y sosiego, la oficina de la Dirección de Postgrado de la Universidad de La Habana, donde ha trabajado por años, parece una compleja ecuación despejada. Pero, el hecho —no precisa aclararlo— requiere de un esfuerzo a veces ingrato. Luego, si le preguntan ¿qué es JNJover?, no sugerirá que “un nombre académico”, sino un equipo, un extenso trayecto y un humano desafío a eso que otros llaman “destino”.

Por tanto, no es nada de si lo que llevaría al desierto. Llevaría, entre otros afectos, la mano de Jorge Alejandro Núñez Vega, su hijo, “que escribe… como los dioses”. El saber que cambia para bien la vida. Y la lucidez de esta comunidad científica cubana “llena de gente sideral”.

“El día que me dieron la Orden Carlos J. Finlay yo miraba al resto de los compañeros y veía héroes. Son héroes los que allí estaban. Yo siento un profundo respeto por personas así (...). Ese mismo respeto podría sentirse por un científico argentino o brasileño, pero aquí se dice distinto, porque ha sido muy duro. Aquí hubo periodo especial y un agosto de 1993 en que la gente pedía trabajar para ‘comer’ en el comedor universitario”.

Una mañana de trabajo con Carlos Rodríguez Castellanos,  colega, “amigo admirable” y uno de los pilares de la física cubana hecha en Revolución. (Foto: Daymaris Martínez).

Aquí, subraya con una urgencia que no sintió en mucho tiempo, “se ha luchado” y su angustia es la eficacia del alud del olvido. “Fernando Martínez Heredia lo ha dicho, es su tesis, ‘este país desaprovecha la inteligencia que ha creado’”. ¿Pero qué hacer, qué? Pensar. ¡Eso!

“No digo que seamos una república de científicos, pero el país debería estar organizado de modo que fluya la comunicación entre decisores y comunidades del conocimiento. Cualquier cosa que se vaya a hacer debería estar sometida a una discusión crítica colectiva, de la cual la comunidad académica debería ser parte. No digo protagonista, digo parte.

“Eso también juega con el despliegue de canales de información. Porque tampoco los medios de comunicación están a punto para que esos diálogos puedan realizarse. Me han contado que la comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología del Parlamento es muy polémica, pero eso no es lo que sale en la televisión. Muchos no tenemos acceso a esos debates, cuando, a lo mejor, muy modestamente podríamos dar algún juicio”.

Lo ha dejado claro en “El conocimiento entre nosotros: reflexiones desde lo social”, un artículo publicado en Temas en 2011, donde el lector astuto hallara el ADN mitocondrial de grandes dilemas de estos tiempos.

Quería sistematizar esa perspectiva y ponerla a discusión con la gente. “Lo publiqué y me sentí aliviado”. Y nada pasó. ¿Por qué? Porque hay muchos modos de decir las verdades —sostiene— y porque vive “en un país libre”.

Lo necio, siguiendo al poeta, sería salvarse mirando a otro lado. Por eso, cuando piensa en ese país lo hace en función de cosas trascendentes. Como su emigración, que “¡no importa donde esté!, porque además del sentido de lo cubano, hay un modo de producción de conocimiento que ha cambiado radicalmente con la introducción de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

“Y porque el sentido de compromiso, de pertenencia, las relaciones humanas... no se disuelven tan fácilmente. Eso –lo sabe muy bien– se da en la ciencia, pero también en el beisbol y claramente en el arte. Entonces, ¡¿vamos o no a aprovechar las capacidades creadas?!

“Ampliar el sentido de lo cubano y aprovechar las redes de trabajo, donde quiera que las haya, sería una posición que yo defendería”. Sin dudar, sin leer. Porque hay cosas en las que cree, así, “firmemente”.

Junto a parte de su equipo de trabajo, un peculiar punto de encuentro de talentos, generaciones y destinos. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Una versión ampliada del diálogo está disponible aquí.

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