José Antonio Díaz Duque: el Duque de las minas

Autor: 

Adriana B Rosa Peralta
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04 Junio 2018
| |
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La naturaleza invade el lugar, sin dudas aquí vive el Duque. Entre pinturas y fotos de familia se balancea en su sillón. Mientras me alisto, la mirada se le pierde en las afueras, como recordando un amanecer en el valle. “Yo he visto todas las montañas de Cuba, pero Viñales es excepcional, no la cambio por nada”.

Enciendo la grabadora: “A veces pienso que ya uno está en la curva final, pero siempre hay algo que aportar. ¡Jubilado, mas no retirado! Regresé a la Cujae porque me realizo cuando imparto clases. Ha sido un verdadero oasis, un bálsamo. Además, ahora tengo más tiempo para investigar sobre la sostenibilidad del agua en Cuba…Y también me dedico a mi jardín”.

Solo unas pocas canas hacen la diferencia. Diecisiete años atrás, lo vi por primera vez. Me parecía mucho más alto. Yo tenía cinco y levantaba la mirada para verlo. Su presencia es tan impresionante como entonces.

De todo un poco

“Yo no dejé el CITMA, el CITMA me dejó a mí”. Y la voz se le torna sombría, entrecortada. Reconoce que ha sido su mayor decepción: “No salí por voluntad propia, tenía muchos proyectos e ideas que quedaron truncas. Fue en febrero, hace nueve años.

“Siempre la verdad tiene un costo. Cuando tus posibilidades reales son inferiores a las de personas que no quieren escuchar tu verdad, esto lleva un precio en el orden profesional. Y a mí no me gusta trabajar en las tinieblas”.

Recuerda una anécdota cuando fungía como viceministro de Medio Ambiente con Orfilio Peláez, el periodista del diario Granma, . “En un pleno de la Academia de Ciencias, viene él y me pregunta si había leído su artículo sobre la basura en La Habana. Imagínate que aún lo tengo guardado. Entonces le dije: magnífico Orfilio, me encantó tu trabajo porque fuiste objetivo, señalaste los problemas reales. Y él me comenta, ´menos mal, me viene el alma al cuerpo, porque en el Consejo de Administración de la ciudad lo han criticado mucho´.

“Me quedé preocupado y le hice una carta a un directivo del CITMA de La Habana, comunicándole que estaba dispuesto a apoyar sus acciones para solucionar el problema que mencionaba el artículo. Sin embargo, para sorpresa mía, ese funcionario me responde diciéndome que yo estaba equivocado, que La Habana era una de las capitales más limpias de América Latina. Aquello me sacó tanto de quicio que fui a verlo y le dije, tú estás adaptado a caminar por Miramar, vamos conmigo a caminar la calle Barcelona, la que corta el Capitolio por un lado para que veas la inmundicia.

“Ese fue uno de varios desacuerdos. En otra ocasión se daba una conferencia de prensa para los periodistas que trataban la Ciencia, el Medio Ambiente y la Tecnología. Cada viceministro debía ofrecer información sobre su área de acción. “A mí me correspondía informar sobre el medio ambiente y específicamente sobre la carga contaminante, que era el indicador más significativo del estado de avance en materia ambiental.

“El control de este factor empezó alrededor de 1998. Anualmente se hacía un inventario y se veía cómo la carga iba reduciéndose paulatinamente. En 2006, por primera vez, se detecta un incremento nacional de un 1,4 por ciento con respecto al año anterior, lo cual nos dejó perplejos e investigamos el problema. Pero en 2007 subió a un 10,7 por ciento, y la tendencia era ascendente. Yo había alertado a toda la gente en el Ministerio, y estaba preparado para la conferencia de prensa. Sin embargo, se me indicó no informar esas cifras. Como sabía que los periodistas iban preparados y preguntarían, no fui a la conferencia”.

Otra divergencia se relacionó con un movimiento sísmico ocurrido en Santiago de Cuba en 2007 o 2008. “Me llaman de la provincia para ver si podían publicar una nota sobre el hecho. ¡Claro, publica la nota!, les dije.´Es que nos habían vedado publicarla´, me explican. Y añadí: Publíquenla que de lo otro me encargo yo. La información salió en el periódico Sierra Maestra y en el Granma y nuevamente hubo quien se molestó muchísimo. ¡El responsable soy yo!, dije. Sigo pensando que era lo correcto”.

No obstante, celebra los muchos momentos gratificantes, en que se sintió muy realizado “trabajando por el medio ambiente cubano y en contacto directo con la entonces ministra de Ciencia, Rosa Elena Simeón”.

Como viceministro del CITMA, donde se desempeñó desde el 2004 al 2009, Díaz Duque participó de manera directa en una polémica relacionada con un propósito inversionista para la expansión de la industria del Níquel en el Parque Nacional Alejandro Humboldt. De Rosa Elena, a quien evoca con admiración y cariño, recibió el encargo de representar al organismo en los análisis que se hicieron al respecto.

 
“Me encanta leer, yo tengo dos libreros grandes, uno de ciencia y otro de literatura”

“La Industria Básica (hoy Ministerio de Energía y Minas) pretendía explotar una zona cúspide del un alto ingreso de divisas al país. Sin embargo, era un área de un valor incalculable. Se inutilizaría el mayor reservorio de biodiversidad del Caribe Insular, que se encuentra a 800 metros sobre el nivel del mar; además, allí nacen 13 afluentes del Toa, nuestro cuerpo de agua más caudaloso y menos contaminado. Íbamos entonces a perder el río y, por tanto, el agua de Cuba.

“Por si fuera poco, significaba violar una serie de leyes y principios establecidos en el país, porque implicaba una zona que es Parque Nacional, Reserva de la Biosfera y Patrimonio Natural de la Humanidad, categoría otorgada por la UNESCO. En aquellas discusiones yo involucré a todo el mundo: a la Comisión Nacional de Patrimonio, del Ministerio de Cultura, a Lupe Véliz, viuda de Antonio Núñez Jiménez, al Ministerio de Relaciones Exteriores, pues si se perdía, nadie podría pararse a hablar de medio ambiente en Cuba. Esa fue una batalla ganada con el concurso y apoyo de muchas personas, y se salvó el Parque.

 
Indiscutiblemente, DD ha sido un hombre de las aulas. Por esa labor ha recibido varios premios Tiza de Oro, un reconocimiento que otorgan los estudiantes a sus maestros

Antes y durante ese periodo fue diputado por 15 años (de la IV a la VI Legislatura). En ese espacio de tiempo fue primero vicepresidente y luego presidente de la Comisión Permanente de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología (se incorporó después Medio Ambiente) de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

“Esta comisión era muy compleja, allí solo aporté un granito de arena, junto al resto de los compañeros. Analizamos muchos problemas, incluso tabúes en la época, como las drogas, la prostitución o el jineterismo, como se le llamaba entonces. Yo salí diputado en el año 92, por Pinar del Río, en la cuarta legislatura. Fue algo que me llevó mucho tiempo, que le usurpé a mi familia”.

Pinar, sin vacaciones

El Doctor, como le decimos, tal vez por respeto, tal vez por admiración, hace una pausa y levanta la taza de café con elegante ademán, como de lord. Me habla ahora de Pinar, su ciudad, su equipo de pelota… “aunque estén perdiendo”.

“Hasta el 2004 fui el Delegado del Ministerio de Ciencia en Pinar del Río. Inicialmente tenía mis prejuicios, un referente negativo del CITMA. Y mira que pataleé para no ir, pero no logré evitarlo y para allá fui en enero del 96. Luego le tomé mucho amor, tanto que no quería regresar a La Habana a trabajar. Solo consentí por la solicitud expresa de Rosa Elena.

“Sucede que me sentía muy tranquilo en la Universidad, donde estaba todo bastante organizado y funcionaba bastante bien. Habían pasado inspecciones y el centro fue reconocido. Impulsé todo lo referente a los doctorados, pues casi no teníamos doctores. Y, de buenas a primera, a finales de 1995, me piden que vaya a trabajar al CITMA.

“A pesar de mis aprensiones logramos importantes avances. Implantamos una política de Áreas Protegidas, incluso primero que a nivel nacional y trabajamos junto al gobierno de la provincia en las estrategias territoriales de ciencia e innovación tecnológica y de medio ambiente.”

 
Con Leda Menéndez, principal estudiosa de los manglares en Cuba y su hijo José Guzmán, con quienes compartió una visión común sobre la protección del medio ambiente.

De esa época son mis recuerdos. Crecí en los pasillos que rodeaban su oficina, un espacio de muebles cómodos, con un escritorio carmelita, una computadora.

Anteriormente, desde marzo o abril del 82, recién llegado de Moscú, y categorizado como profesor titular, había comenzado a trabajar, prácticamente sin vacaciones, como Vicerrector de Investigaciones y Posgrados en la Universidad de Pinar del Río. Desde entonces, a lo largo de su vida, perdió muchos días de descanso.

Vida plena en Matahambre

“Noviembre de 1972, con tremendo frío, yo andaba en una microbrigada de Alamar, trabajando como voluntario por un mes en un edificio que era para Juventud Rebelde. Entonces, el director de la escuela de Ingeniería Geofísica, César Rodríguez y el secretario del núcleo del PCC, Julio Astorga, me hablan de la necesidad de dar clases de Matemática en la nueva sede de la universidad, en Minas de Matahambre. El lunes por la madrugada fui para allá. Y ese es el lugar del que nunca hubiera salido”.

Rememora que ese día el ómnibus para Matahambre no apareció y tuvo que tomar otro hasta el entronque de Santa Lucía, para luego subirse a una “guarandinga” de los trabajadores de Sulfometales. “Llevaba puesto el jake verde olivo de siempre, de mis trabajos voluntarios, y una mochila. El sol estaba tremendo; eran como las dos de la tarde y tenía tremenda hambre. Sentía que el trayecto se iba alargando, interminable.

“Hasta que al fin llego. Mi amigo, el profesor Gladstone Oliva, director de la filial, estaba inaugurando el curso. Me asomo a una de las ventanas del aula donde era el acto. Había dos profesores más y como 50 estudiantes, y cuando Gladstone me ve, dice: ´acaba de llegar el ingeniero Díaz Duque, es el profesor que les va a dar su primera clase´. Y esa fue la primera vez que me dijeron ingeniero, el 27 de noviembre de 1972, a las tres en punto de la tarde. Tuve ese privilegio de dar la clase inaugural universitaria en Pinar del Río, en la época revolucionaria. Me siento muy orgulloso de esas convergencias”.

Díaz Duque estuvo en Matahambre el curso escolar 1972–73 y luego regresa a La Habana, al departamento de Matemática de la Cujae, donde permanece dos años más. “Pero en 1975 me llega una solicitud de Julio Camacho, secretario del Partido de Pinar del Río, para que vuelva a la filial, como prestación de servicio, porque había carencia de profesores. Y regresé.

“Matahambre fue un momento importante para mí. Ya en 1977 estaba casado y nos dieron un apartamento en el reparto Viet Nam Heroico. Allí vivimos hasta mediados de los 80. Yo trabajaba en la filial universitaria y Mercedes, mi esposa, en la Empresa de Geología, muy tranquilos. En ese entorno minero de pueblo próspero nacieron nuestras dos hijas, comenzamos la vida, hicimos amistades; la gente era muy sana, muy honesta, muy solidaria. Mercedes es habanera, pero había vivido mucho tiempo en Pinar del Río. Para nosotros, Matahambre fue muy diferente a Pinar y a Guanajay, donde nací. Allí hice mis investigaciones, de allí salió mi doctorado. Hubiera terminado perfectamente mi vida en este lugar”.

Un apellido, todo un nombre

Desde niño lo identificaron por los apellidos, prácticamente nadie le dice José Antonio. Hasta las personas más allegadas lo llaman Díaz Duque, pero “nada que ver con rimbombancia o alejamiento.

“Jamás pensé llegar hasta donde lo hice. Vengo de una familia muy pobre. Ni siquiera imaginé hacer una carrera universitaria. Las perspectivas eran nulas, llegar al sexto grado era una heroicidad, pero siempre me gustaron la Matemática y la Física. Tanto, que cuando gané un premio de un concurso de literatura en el preuniversitario, pedí como estímulo los dos tomos de Física, de Halliday y Resnick, que se lo había visto a una profesora”.

Díaz Duque ha obtenido patentes por varias innovaciones e invenciones: “Expresiones matemáticas obtenidas para la polarización inducida en medios anisótropos: Condiciones de frontera para la ecuación de Laplace en medios anisótropos” y “Campo de la PI de una fuente puntual en un contacto vertical de dos medios homogéneos anisótropos”.

Asimismo ha participado en tribunales para el otorgamiento de Categorías Docentes de títulos de máster y doctor y ha sido invitado por instituciones de más de 33 países de Europa, América Latina, Centroamérica y África. Todavía es miembro de más de 20 órganos científicos, sociedades y comisiones nacionales e internacionales y Miembro Emérito de la Sociedad Cubana de Geología.

Sin embargo, “me quedo con las clases. Y eso que nunca quise ser profesor; yo quería investigar, pero terminé amando la docencia”.

— Usted tiene importantes premios como la Orden “Carlos J. Finlay”, la Medalla “Hazaña Laboral”, la Distinción “Por la Educación Cubana”, la Medalla 40 Aniversario del PARLATINO, ¿Cuál sería el mayor, el más apreciado?

— La familia que tengo. Aunque el trabajo constituyó un elemento esencial, ahora me doy cuenta que le robé mucho tiempo a la familia y al descanso, y mirándolo desde esta perspectiva sé que me perdí muchas cosas importantes en la vida de mis hijas, ocasiones en que hacía falta que estuviera y no estaba.

 
“Ahora me dedico a mi familia y a mi jardín”, dice con una sonrisa, aunque además de continuar como
docente, es coordinador de la maestría de geofísica aplicada y forma parte del Programa de Medio Ambiente
de la Universidad Tecnológica de La Habana. (Cujae)

— ¿Entonces, cuándo dejará de trabajar?

— “Cuando se me cierre el cerebro, y hasta que me falle el disco duro, el brainware, aun cuando no pueda caminar”.

— ¿Contaría su historia?

— “Si algún día contara mi historia, comenzaría por el final”.

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