En el lento morir de un planeta

Autor: 

Por Carlos Manuel Ramírez González
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16 Agosto 2016
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Yury Díaz Caballero

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Tercer Lugar:

El planeta giraba alrededor de su gigantesco sol rojo, peligrosamente cerca, y a lo largo de los años se había ido acercado más a medida que la estrella crecía. El planeta moría lentamente y el verdor de antaño se había transformado en incandescentes tonos rojizos. En la superficie no quedaban rastros de vida,  pero bajo las ardientes arenas desérticas  un hombre caminaba a través de largas galerías metálicas.

    El  hombre avanzó por el  corredor durante unos momentos más hasta detenerse frente a  una  compuerta, la abrió y penetró en unas acogedoras habitaciones, acondicionadas con todas las comodidades que se podía desear. En la segunda habitación descansaba Kesia, su pareja, en avanzado estado de gestación. Al ver a Ormund ella comenzó a levantarse. 

– ¡No te levantes, no es bueno para el bebé!

– ¿Y quién va a prepararnos algo de comer?

–Yo lo hago.

– ¡Nada de eso! No estoy inválida y al niño no le pasará nada porque yo camine un poco.

– Está bien, tienes razón –Ormund decidió dejar de discutir con ella.

    Kesia se desplazó hacia otra de las habitaciones donde agregó agua a un paquete de comida deshidratada y al instante tuvo listos dos platos de nutritiva y sabrosa pasta.

    Comieron en silencio, pues después de varios años viviendo juntos, solos en aquel inmenso lugar preparado para cientos de personas, no tenían muchos temas para hablar. Al final,  ella salió del mutismo.

– ¿Lograste terminar de arreglar el sistema para el lanzamiento? –en su voz se notaba un tono de esperanza.

–Sí –en la voz de Ormund se podía apreciar el orgullo.

    Kesia iba a continuar la conversación cuando todas las luces de la habitación se apagaron, de algunos equipos eléctricos escaparon chispas y un leve olor a quemado invadió la estancia. No parecieron sorprendidos.

– Las llamaradas solares se están volviendo más fuertes y frecuentes –dijo Ormund. Debo terminar la nave para cuando el niño nazca. En cuanto pase la llamarada me voy a trabajar de nuevo.

– Ya pasaste más de ocho horas trabajando, descansa un poco y continúa mañana

– No, Kesia, el tiempo es vital para nosotros y hay que aprovecharlo.

– No hay tanto apuro, nada importan unos días más o menos, sólo serán unos días que yo pasaré con mi bebé –el tono de ella reflejaba un silencioso dolor.

– Sí, hay apuro y mucho. No sabemos cuando las llamaradas se volverán constantes.

   Ella siguió intentando convencerlo de que se quedara pues secretamente deseaba que la nave no pudiera ser terminada pero él, inflexible, se marchó hacia el recinto donde estaba la pequeña cápsula espacial.

   Comenzó a trabajar con premura haciendo pequeños ajustes en el sistema informático y en el sistema de criogenia. Luego procedió a ocuparse de los propulsores pero el cansancio acumulado conspiraba contra él y al fin, maldiciendo, se vio obligado a abandonar el trabajo y regresar al dormitorio.

   Al verlo regresar, derrotado,  Kesia no pudo contener su alegría y, al percatarse del estado de ánimo de ella, la furia asomó en el rostro de Ormund. De nuevo recomenzaron la discusión que llevaban teniendo desde que Ormund tuvo la idea de adaptar la pequeña nave para enviar al hijo de ambos a otro planeta.

– Pudieras dejarme pasar un tiempo con mi hijo.

– ¡No! Las tormentas solares pueden convertirse en permanentes y el niño se cocinaría vivo dentro de la nave. ¿Quieres eso para tú hijo?

– No, lo que quiero es poder disfrutar de unos días con él.

–Yo también quisiera eso –el tono de la voz de él se hizo más suave–, pero no es posible.

– ¿Y quién decide eso? ¿Tú? –ella gritaba.

– Sí, yo mismo. No permitiré que la única posibilidad de sobrevivir que tiene mi hijo se malgaste por un capricho de su madre. Es un sacrificio que tenemos que hacer.

– Pudiera vivir con nosotros. Él desechó la alternativa con la cabeza.

– Esa idea tuya lo condenaría a la muerte solitaria y a podrirse en este maldito lugar

– Podemos tener otros hijos.

– ¿Y qué? ¿Deseas que se reproduzcan entre ellos degenerando así nuestro linaje?

– Claro que no. Pero podrían tener una vida como la que hemos tenido nosotros en vez de la muerte en un impredecible viaje por el cosmos.

   En Ormund, la ira pudo más que la razón y procedió a gritarle que sus conocimientos técnicos, pasados a través de las generaciones, eran suficientes para preparar la nave.

– Nuestro hijo, nuestro linaje, sobrevivirá al viaje y encontrará a los descendientes de nuestros antepasados en el planeta hacia donde partieron sus ancestros.

   Ignoró el resto de las palabras de ella y se marchó a dormir. Al otro día se dirigió directamente hasta la nave y continuó su trabajo. Pasó horas intentando conectar los propulsores al sistema principal y, tras decenas de intentos, lo logró. En ese momento la oscuridad cubrió la habitación y él se lanzó a apagar la nave mientras las chispas brotaban de todos los componentes eléctricos del hangar. Ormund esperó horas y horas hasta que remitió la tormenta solar y la encendió de nuevo. Comprobó con alivio que los daños eran insignificantes e iba a proceder a arreglarlos cuando oyó el zumbido de su equipo de comunicación.

– ¡Ven rápido, estoy a punto de dar a luz!

   Las palabras mágicas lo hicieron abandonar la habitación y corrió, a todo lo que daban sus piernas y sin soltar las herramientas, hacia sus habitaciones. Kesia se encontraba tendida en la cama, aturdida por los dolores del parto.

– Debes seguir mis indicaciones –dijo ella.

– Sí, lo que tú digas. Vamos.

   Durante las dos horas siguientes Ormund siguió los consejos de la mujer, conocimientos transmitidos por línea materna durante generaciones, y al final se oyó el llanto del recién nacido.

   Ambos se quedaron embobados mirando al simpático bebé y al instante el chico empezó a llorar pidiendo alimento. Ella lo alimentó hasta que el niño estuvo satisfecho y él miró los alrededores buscando las herramientas que habían quedado tiradas por doquier, pero al final cambió de idea y se marchó a descansar.

– Arreglaré la nave mañana –pensó–, y luego enviaremos a nuestro hijo hacia la salvación o la muerte, pero se negó a considerar esa frase.

   Lo despertó el llanto del niño y vio a Kesia alimentando al bebé. Se sintió un poco culpable al pensar que pronto la madre se tendría que despedir, para siempre, de su hijo pero al momento su corazón se endureció con la certeza de que el sacrificio sería válido en pos de ahorrarle una vida bajo tierra.

    Se levantó y se dispuso a recoger sus herramientas.

– ¿Ya te vas a continuar arreglando esa nave? –ella apartó la vista del chico cuando él comenzó a recorrer la habitación.

–Ya la terminé pero la tormenta solar de ayer le hizo algunos daños pequeños.

– ¿Cuándo quieres enviarlo hacia ese planeta? –el tono de súplica en su voz era evidente.

– Hoy mismo –él no tuvo corazón para mentirle.

– No… – Ormund se marchó para no oír las siguientes palabras.

   Un poco más tarde terminó de arreglar la nave y la programó para el viaje hacia el lejano planeta donde, según decía en los bancos de información, habían partido sus antepasados cuando se había hecho evidente que la vida en el planeta estaba condenada. Deseó mil veces que no hubiesen existido un grupo de cobardes que había decidido irse a vivir bajo tierra antes de afrontar los peligros del espacio sideral.

   Entró a la habitación de ambos. El niño se encontraba sobre la cama y ella estaba sentada esperándolo.

– ¿Ya estás listo para separarme de mi hijo? –le soltó a quemarropa.

– Ya estamos listos para salvar a nuestro hijo –fue la respuesta dada por él.

– Me niego, lo he pensado y he decidido que mi hijo se quedará conmigo.

– Estás loca, apártate –y comenzó a dirigirse hacia el niño.

– No lo permitiré –y ella se colocó entre Ormund y el lecho.

   Ormund intentó evitarla pero ella se movió para impedirle el paso. Él la agarró por los hombros y la movió hacia un lado y siguió acercándose a la cama. Kesia, con fría determinación, se inclinó a recoger algo. Afortunadamente para él, Ormund sintió el leve zumbido del soldador láser que, como no lo iba a necesitar, había dejado por la mañana en la habitación y pudo volverse para detener el golpe mortal que ella le dirigía pero, en el acto de defensa, la herramienta alcanzó a Kesia en el rostro. Cayó muerta al  instante.

   Tras un breve instante de parálisis, tomó al niño y se dirigió lentamente, como un autómata, hacia el hangar. Besó al chico de ojos azules como su madre, y llorando lo colocó en la nave al tiempo que la programaba para salir.

   Unos minutos más tarde la nave encendió sus propulsores y se elevó hacia el infinito. Logró escapar del peligro de las llamaradas solares y al final de un largo viaje descendió en una planicie, en un planeta calentado por un sol amarillo.

    Poco más tarde una pareja se acercó a la pequeña cápsula que se abrió mostrando a su único ocupante.

– Mira, José, es un niño. Llevémoslo a casa –dijo María y José asintió con religioso respeto–. Lo llamaremos Jesús

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