Limpieza en la granja

Autor: 

G Rei
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03 Septiembre 2020
| |
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Crédito de fotografía: 

G. Rei/Ilustraciones del autor

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Cumplir trece años por séptima ocasión es un hecho especial. Por eso los nervios, por eso se ajusta la corbata una vez tras otra y examina el reloj en su delgada muñeca. ¿De qué otro modo puede reaccionar? Este día, después de una larga espera de siete años, va a visitar la granja.

Recuerda que este momento parecía inalcanzable cuando cumplió trece años por primera vez. Recuerda, sobre todo, el discurso del presidente de la comisión de inmortalidad. Vaya tertulia deprimente. Aquel burócrata no hacía más que infundirle miedo ante los obstáculos que debía superar para alcanzar este trabajo. Casi logra que desista. No obstante, aquí esta.

Escudriña su smoking en busca de virutas de polvo y rectifica el nudo de la corbata que, por alguna razón, parece aflojarse con el ritmo de la respiración. Puros nervios, piensa. No quiere darle al entrevistador una imagen incorrecta. Este trabajo es demasiado importante para perderlo por una primera impresión errónea. Dentro de los límites humanamente posibles, debe ser perfecto.

El reloj de pulsera le indica que solo faltan cinco minutos. Cinco simples minutos. ¿Por qué entonces la aguja del segundero parece sufrir de una anquilosis temporal? Siete años de espera parecen nada al lado de esta minúscula fracción de tiempo. Corrige el nudo de la corbata, comprueba la limpieza de sus uñas, el brillo de los gemelos de la camisa, se recuesta en la butaca de cuero negro y vuelve a la posición anterior, examina la blancura de la habitación en la que no hay más que cuatro paredes, su asiento y el del entrevistador. Quizás por esto los minutos se niegan a transcurrir, adormilados por el miasma de la nada.

Llegada la hora exacta (siglos-mentales después), el entrevistador aparece por la puerta. Es un joven de cabellos rojos que aparenta doce años, aunque es probable que, por el puesto que ocupa, tenga más de setenta. Toma asiento, se aclara la garganta y empieza:

— Marius G., ¿verdad? -pregunta por mero formalismo.

— Sí, señor.

— Analizamos su expediente, Marius. Ha realizado usted una magnífica labor de estudios en estos siete años de inmortalidad.

— Gracias, señor -Marius sonríe y al momento vuelve a ponerse serio. Piensa que un halago como ese debe ser parte de la misma formalidad. Sonreír por dicha acción solo demuestra idiotez de su parte.

— Nos consta que, desde antes de recibir el suero de la vida eterna, su primera opción de trabajo ya era nuestra granja. ¿Puede explicarnos por qué?

— Claro. La labor de este grupo empresarial es uno de los principales bastiones de nuestra sociedad, señor. Si no fuese por las investigaciones que se realizan aquí, nuestro mundo volvería al caos de la era antigua. Además, las tareas que se ejecutan en la granja me parecen casi imprescindibles. No creo que exista mayor honor que trabajar en esta — miente Marius. Es el clásico discursillo que se espera de un candidato. Su único motivo de interés es la buenísima paga de la granja, uno de los mejores salarios del mundo.

— Sí, por supuesto. Ahora, le voy a ser sincero, Marius, nos sorprende mucho que desde un inicio haya sido tan específico con el puesto de trabajo al que quiere usted acceder.

— ¿Limpiador?

— Exacto. El puesto de limpiador, aunque importante, es algo que no es del agrado de muchas personas. Y que usted, al cumplir sus primeros trece años, haya sido tan firme con esa decisión es muy raro.

— No sabría explicarle — un atino de verdad. Los nervios se apoderan de él: se arregla el nudo de la corbata que ahora en vez de aflojarse parece querer ahorcarlo, endereza la espalda, mira los ojos del entrevistador que no muestran expresión alguna, siente gotas frías de sudor en su espalda. Lo único que siempre ha sabido, desde que tiene uso de razón, es que los limpiadores cobran mucho por hacer casi nada — . Soy de ese tipo de personas…supongo.

— Tranquilo, no somos prejuiciosos. Era simple curiosidad. Cualquier trabajo de la granja es digno de respeto.

Una melodía los interrumpe. Proviene de un bolsillo en el smoking del entrevistador. Con mucha calma, este introduce la mano y saca un teléfono, descuelga la llamada y la melodía se detiene. Musita unas palabras, asiente, cuelga y guarda el objeto.

— Dígame, Marius, ¿se siente preparado para su primera prueba?

— Por supuesto, señor — vuelve a mentir. No la esperaba tan rápido. Por costumbre, el día de la prueba era uno diferente al de la entrevista.

— Acompáñeme.

Ambos se levantan. Marius sigue al entrevistador por una serie de pasillos igual de blancos que la habitación anterior. Al doblar por el quinto (o sexto) recodo, se pregunta cuánto hace que están caminando. No le agrada que el tiempo se dilate de esa forma, le da inseguridad, poco control de la situación y de sí mismo. Más ahora, que va a ser puesto a examen para el trabajo por el que ha esperado tanto y por el cual ha estudiado sin parar estos siete años de inmortalidad. Cuenta hasta cincuenta, y de manera regresiva hasta cero, hace tres respiraciones profundas con algo de dificultad por la marcha, se ajusta el nudo de la corbata que vuelve a aflojarse sin su consentimiento. Todo esto lo hace con extremo sigilo para que el pelirrojo no se dé cuenta de su nerviosismo.

Luego de unos veinte (o cincuenta) pasillos, encuentran una puerta que da a un corredor con paredes de vidrio, a través de las cuales se observa el exterior de la estancia. En lo que lo surcan, el entrevistador le habla:

— Resulta, Marius, que tenemos en la granja tres artefactos que necesitan limpieza hoy mismo.

— ¿Tres para hoy? -se sorprende. No puede creer que esa sea la prueba. No concuerda con lo que ha leído. Es imposible. Los limpiadores profesionales tienen estrictamente prohibido atender más de un artefacto al mes. Es una de las principales reglas que tienen para cuidar su salud mental, y aún con esta normativa, es sabido el caso de muchos de estos profesionales que pierden la cordura de igual modo.

— Comprendo su asombro. Pero esta es una ocasión especial. Si aprueba, el trabajo será todo suyo.

Marius asiente. Su mirada se distrae al exterior y divisa, a lo lejos, unos campos de cultivo donde varios hombres aran la tierra bajo la inspección de un niño que tiene un fusil en sus manos.

— Debo confesarle — prosigue el entrevistador con expresión inalterable — que este no es el examen que hacemos con regularidad.

Marius lo sabe. Claro que lo sabe. No es un ignorante, durante siete años ha estudiado todos los perfiles de su anhelada carrera. Cuando la granja recluta limpiadores, la prueba consiste en que los aspirantes deben hacerse cargo de tres artefactos, mas cada uno lo limpian con una diferencia de cuatro meses.

— Hay algún problema en la granja que requiere…

— No, no. En la granja todo va perfecto. Se trata de usted. Jamás hemos tenido un aspirante con sus calificaciones perfectas y su gran interés. Pensamos que usted es un prodigio.

Marius lamenta el régimen al que se ha dogmatizado para alcanzar su meta. Ahora todo queda a la suerte. Puede que se encargue de los tres artefactos uno tras otro sin problemas, o puede que no. Puede que en verdad sea un prodigio, pero también cabe la posibilidad de ser un fantoche que solo brilla en el campo teórico. El nivel de riesgo es muy alto y no sabe qué tanto valga la pena. En ese mundo las reglas no están hechas por gusto.

— Señor, disculpe mi evasiva — se justifica en un intento de aumentar sus posibilidades — , pero ni los mejores profesionales se arriesgan a…

— ¿Quiere el trabajo o no?

El entrevistador se detiene. Lo observa con el mismo rostro sereno. Sin embargo, Marius se percata de una ligera diferencia en el aura del pelirrojo.

— Por supuesto, señor. Haré mi mayor esfuerzo.

Al final del trayecto les espera una puerta de metal que conecta con un edificio. La sombra que este proyecta sobre el corredor de vidrio crea un cambio de atmósfera increíble, como si el punto en que la sombra recorta la luz perteneciera a otra dimensión. Antes de entrar a la nueva estancia, Marius experimenta un frío que le eriza los vellos de la nuca. Puros nervios, se convence.

El recibidor del edificio está repleto de niños, algunos con batas de médicos, trajes de enfermeras, otros uniformados de guardias con fusil en mano. Atraviesan el salón hasta una puerta que está custodiada por dos infantes con rostros muy serios. El entrevistador saca de su traje una credencial, los guardias asienten y les ceden el paso. Marius se siente intimidado al entrar, el ambiente es algo hostil: hay unos diez niños, todos de cabellos rojos como el entrevistador, sentados con bolígrafo y agendas en mano para tomar nota. A un costado hay una mesa con un maletín plateado y una carpeta. Al fondo, tres figuras vestidas con camisas de fuerza, sujetas al suelo y con mordazas: una mujer bastante mayor como evidencian sus cabellos grisáceos, otra que quizás tenga veinticinco años, y la última figura es un chico contemporáneo a los demás en la sala. ¿Un niño? Qué cosa más atípica, piensa Marius, jamás había escuchado que un artefacto pudiera ser de índole masculina. ¿Habrá algún truco?

El entrevistador se sienta con los otros pelirrojos que le entregan una agenda y un bolígrafo. Le hace un ademán a Marius para que comience. Marius se acerca a la mesa y abre la carpeta. Dentro, están las fichas de los artefactos. El primero necesita limpieza porque es demasiado viejo, ya no es útil, está seco; el segundo, es un artefacto defectuoso que nada más pudo ser utilizado tres veces y en la última gestación creó un individuo nada funcional; el tercer artefacto, el caso especial, se trata de un joven de trece años que se niega a tomar el suero de la inmortalidad. Marius se queda impactado con esto último. Nunca había escuchado de alguien que renegara el suero de la inmortalidad. Pero lo que más hace mella en su lógica de pensamiento es que los varones no pueden ser artefactos. ¿Por qué entonces la limpieza? De hecho, el término pierde sentido cuando no se aplica a un artefacto, por lo que pasaría a ser un simple asesinato.

Los examinadores empiezan a escribir. Marius se da cuenta de que el tiempo que demora en hacer las cosas es parte de la evaluación. Deja las fichas en la mesa y se dispone a abrir el maletín. Este contiene un revólver y tres balas. Marius coge las municiones, las introduce en el barril del arma y se aproxima a los artefactos. Los dos mayores se retuercen, lloran y claman auxilio tras las mordazas, el artefacto más joven observa el piso, parece casi dormido. Sin pensarlo mucho, Marius dispara a la anciana, un balazo en medio del entrecejo que sale limpio por detrás. El cuerpo cae de lado sobre la segunda mujer que aumenta su nivel de histeria. Esta se retuerce para quitarse el cadáver de encima, se le afloja la mordaza y profiere un grito de clemencia. El arma vuelve a sonar e interrumpe el ataque de pánico. El segundo artefacto cae sin vida a los pies de Marius y un murmullo se esparce entre los examinadores.

Marius retrocede un paso pues la sangre empieza a fluir hacia él. Bastante fácil, piensa. Mira de reojo a los chicos pelirrojos, muchos de ellos sonríen, lo que le confirma que está superando la prueba con sobresaliente. Bien. Es lo que esperaba después de todo. De hecho, mucho más fácil de lo que pensó. Puede que, al final, sí sea un prodigio y reforme las reglas de la limpieza de artefactos. Todo su esfuerzo no fue en vano. Las recompensas vienen en camino.

Marius se posiciona delante del joven para acertarle un disparo bien preciso. El chico levanta la cabeza y sus miradas coinciden. El limpiador levanta el arma y se percata que su mano tiembla. El joven no deja de observarlo, aunque a Marius le cuesta desentrañar con qué expresión lo hace. Ambos tienen trece años, Marius por séptima vez, el chico por primera y última. Una sensación rara se aloja en el pecho del examinado al reflexionar sobre este hecho. Le parece ilógico que alguien rechace la inmortalidad y quiera convertirse en adulto, con todo lo que eso conlleva. ¿Acaso en eso consiste la prueba? ¿En discernir entre lo que es un artefacto de reproducción o no? Vuelve a mirar de reojo al público, todos están ansiosos, incluso su entrevistador. El chico es sin dudas otro artefacto que necesita ser limpiado de este mundo. Otro artefacto, aunque…

Marius pone el dedo en el gatillo del revolver y traga saliva. El chico no deja de mirarlo, ni siquiera cuando el trueno del disparo se propaga por toda la habitación.

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