María Andrea Cordero: una mujer pegada a la tierra

Autor: 

Kenia Méndez Mederos
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23 Agosto 2021
| |
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Crédito de fotografía: 

cortesía de Oxfam en Cuba

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María Andrea Cordero ya supera las seis décadas de vida. En la provincia de Artemisa lidera una finca de innovación y aprendizaje. Se trata de una iniciativa familiar que aporta a la sostenibilidad alimentaria y al desarrollo local de su municipio en el marco del proyecto PROSAM.

PROSAM constituye una apuesta por la producción sostenible de alimentos en cinco municipios cubanos, promueve el liderazgo de las mujeres y contribuye a la implementación de la Estrategia de Género del Sistema de la Agricultura.

La iniciativa es implementada por el Instituto de Suelos de conjunto con diversas instituciones cubanas y acompañada por las organizaciones canadienses CARE y OXFAM.

Para María Andrea, PROSAM vino a ponerles los espejuelos para ver más allá, hasta donde no alcanzaban: “estamos dominando ya lo que es la agricultura, porque nuestra familia producía, pero con pocos conocimientos. Ahora producimos con productos biológicos, hacemos los abonos orgánicos por nuestra cuenta y todas las producciones que hemos estado sacando han sido orgánicas, sin productos químicos, y eso lo hemos ido aprendiendo por el proyecto. Además, esos conocimientos que hemos adquirido tratamos de compartirlos con otras personas para que vayan desarrollándose”.

Una de las alegrías de María Andrea es la posibilidad que tiene ahora de contribuir a dinamizar la producción de alimentos en su municipio: “todas nuestras producciones están yendo a las instituciones de acá. A la Facultad de Ciencias Médicas que tenemos aquí no le faltan las hortalizas porque nosotros se las suministramos, se le entrega también a la Universidad y al Hospital, y también mandamos a la población, a los puestos de la cooperativa, al hogar de ancianos, al materno, a todos esos lugares”.

Las fincas de innovación y aprendizaje son una herramienta metodológica de formación, en ellas participan otras familias de la cooperativa apreciando las prácticas de estas fincas, de forma guiada por especialistas de la Delegación Municipal de la Agricultura y especialistas de PROSAM.

Francisco Martínez Rodríguez, investigador auxiliar y jefe del Departamento de Biología y Nutrición del Instituto de Suelos, quien ha sido el encargado de la estrategia de producción del proyecto, comenta que la idea de estas fincas surge por la necesidad de tener un lugar donde, participativamente, se pudiera transformar el trabajo agrícola.

“Se trata de fincas que además de ocuparse de la producción de posturas, frutales, o de la producción de vegetales, son diseñadas de manera integral. Cada finca pertenece a una cooperativa y la cooperativa tiene además varios finqueros y finqueras, que son quienes dan sentido al proceso de transformación de la finca. Organizamos visitas y recorridos por las fincas para identificar colectivamente los elementos que se pueden mejorar en ella”.

Para Francisco el principal valor de este proceso lo aporta su carácter participativo: “se le van dejando indicaciones a la persona responsable de la finca, de forma colectiva en cada reunión de trabajo, y la persona va transformando poco a poco su finca. Este ejercicio lo hacemos en cada finca. Al final del proyecto lo que pretendemos es transformar la cooperativa y transformar la finca, o sea, convertir la finca en una agroecológica que tenga impacto en campesinos y campesinas de la cooperativa y el municipio”.

De acuerdo con los criterios del especialista, cuando se aborda una finca desde una perspectiva interdisciplinar ―como propone esta metodología― se obtienen resultados notables. Esa ha sido la experiencia con la finca de María Andrea:

“La finca de María Andrea, además de la producción de vegetales, tiene también producción de campo abierto, entonces lo que hemos hecho es transformarla desde el punto de vista de producción, y hemos logrado muy buenos resultados. La finca ya está muy ordenada, es muy productiva y se han introducido nuevas tecnologías: la producción de humus de lombriz, la producción de vegetales diversificados y la introducción de técnicas alternativas para ahorrar combustible: por ejemplo, paneles solares, un sistema de riego con características diferentes, algunos productos biológicos nuevos, o sea, hemos transformado la finca”.

Para María Andrea la experiencia de fortalecimiento de su finca ha sido “lo máximo”. Relata que con anterioridad a la llegada del proyecto lo que tenían era un pozo con una turbina que funcionaba con diesel, y que ahora la tiene electrificada con paneles solares.

Ella y su familia han contado con el acompañamiento del equipo de proyecto que, además del apoyo técnico para la mejora de la finca, ha compartido la perspectiva de género y claves que apuntan a una vida más plena desde relaciones equitativas entre mujeres y hombres.

Así lo trasmite, en ejemplos de su vida diaria y en sus relaciones con las mujeres con las que trabaja. Además, lo comparte con otras mujeres de la cooperativa que no han asumido el liderazgo en la gestión de sus fincas.

Un elemento que distingue a la finca de esta productora artemiseña es la capacidad que ha tenido la iniciativa para convocar a toda la familia:

“Con la edad que tenemos, yo, y mi esposo, ya no podíamos llevar la finca sin apoyos. Al ser familiar, mis nietos asumen buena parte del trabajo. También está mi hija, y cuando hay algo que hacer viene la otra nuera de ella, viene todo el mundo y se incorpora a trabajar. Cuando se montaron los paneles, se ocupó mi nieto con el hermano y la novia del hermano, pero todo el mundo venía ahí a poner tornillitos y a apretar. La unión de la familia es lo mejor que puede haber”, señala.

Cree que uno de los principales resultados del proyecto ha sido la incorporación de muchas mujeres al trabajo: “hemos hecho conciencia a los hombres sobre la igualdad entre hombres y mujeres, reforzando la idea de que todas las personas pueden desempeñar el mismo trabajo, y el valor de ello para el desarrollo de la producción”.

María Andrea considera necesario que se realicen llamados desde las cooperativas para incorporar a otras mujeres al trabajo: “en mi CCS hay muchas mujeres propietarias de tierras, pero cuando llegas a la CCS es el marido el que está. Aunque ellas trabajen o aporten en algún aspecto (la merienda, el almuerzo, etc.) no se les reconoce. Hay muchas mujeres campesinas que pueden insertarse en estos espacios, muchas de ellas son propietarias de tierras, pero no conocen nada con relación a la perspectiva de género”.


 

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