Martí sobre el socialismo: ¿Visión, revisión, visitación?

Autor: 

Dariel Pradas Vargas
|
28 Enero 2017
| |
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Roberto Javier Quintero

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 Entre los jóvenes de hoy y quienes lo fueron en generaciones anteriores, existe un texto martiano que se ha susurrado y susurra aún por muchos, como maledicencia, tal si fuera un “pecado ideológico” del Héroe Nacional: La futura esclavitud, por primera vez publicado en 1884 en la revista La América de New York, y compilado después en el tomo 15º de sus Obras Completas. Ediciones Críticas.

El carácter polémico de este artículo –como el de otros que le sucedieron, típico de un escritor complejo en sus maneras e ideas– provoca cierta confusión en algunos al acercarse a la obra del Apóstol, en tanto admiten sin prisa que el socialismo es la “futura esclavitud” por supuestamente acuñarlo así Martí y tienden a convertir en “delicada” la reflexión y, por tanto, a manejarla con cierto secretismo, tergiversaciones y morbo.  Esto sucede, sobre todo, en los jóvenes que, la más de las veces sin leerse el texto, lo comentan airadamente.

El propósito del presente trabajo no es otro que el de incitar a su lectura, amén de incorporarlo, como se ha logrado con el resto de la obra de Martí, a constituirse en uno de los puntales que mantienen en pie lo que, de este autor, ha erigido nuestra idiosincrasia como cubanos.

“La futura esclavitud” es un suspicaz comentario acerca del ensayo homónimo escrito por el filósofo y sociólogo inglés Herbert Spencer, cuyo tema central está enfocado en las presumibles consecuencias nefastas de la aplicación de medidas sociales favorables a las clases humildes en la Inglaterra de fines del siglo XIX.

En resumen, Spencer habla de una especie de futuro distópico, resultado del establecimiento del socialismo en su país, si bien advierte que puede ser un peligro global. En su inferencia, la acumulación de funciones por el Estado, como la nacionalización de las tierras e industrias, y su conversión en el órgano predominante de la sociedad, traería un colapso social que empobrecería a las clases humildes en beneficio de, supuesta e irónicamente, ellas mismas; frenaría el desarrollo de las ciencias y la tecnología; las clases pobres trabajadoras se transformarían en holgazanas en espera de un subsidio del Estado; moriría el individuo junto con la eficacia productiva; un ejército de oficinistas instaurarían un régimen dictatorial bajo el poder de la burocracia…

Coincidimos con Martí en que esta premonición resulta exagerada, por bien fundamentada que la haya hecho el filósofo y aun cuando pudo aparentemente haberse cumplido en algunas etapas de la gastada Unión Soviética y hasta en ciertos períodos de la Revolución Cubana. Sobre todo esto último ha sido la razón para que ciertos personajes, dentro y fuera de la Isla, atribuyeran la “visión” a Martí e incluso lo bautizaran de adivino. Sin embargo, más que acompañar la tesis de Spencer, el artículo del Apóstol refuta dicha teoría, sin ridiculizarla.

Martí, prácticamente desde el principio del texto, deja plasmada su postura al catalogar a Spencer de “ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja”. Inclusive, después le sentencia: “Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos”.

Sobre una de las disertaciones del inglés, en la que este critica a los políticos que plantean medidas del bienestar para obtener los votos de “las clases paúperas”, y a los pensadores del socialismo que, en una tendencia radical, “no hallan –define Martí– más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento”, responde el cubano: “Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta”.  

El intelectual antillano, hay que aclarar, encamina su trabajo hacia una reseña en la que refiere frecuentemente el ensayo de Spencer: cuenta en pocas líneas todos sus puntos conflictivos, incluidos los pequeños ejemplos que utiliza el británico para embalsamar el supuesto sistema condenado al precipicio. Y los enfrenta el Apóstol con un tono acusante, más palpable este en algunos breves momentos de su narrativa. No desaprueba, en cambio, la totalidad de los fundamentos de Spencer: “Y es verdad que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir –a lo cual jamás podrán llegar–, se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen”.

“¡Mal va un pueblo de gente oficinista!”, alertaba Martí.

El joven pensador no eludía el desafío intelectual de Spencer y apostaba por intentar el cambio social. Del peligro anunciado, antes que “legislar las formas del mal” y “curarlo en sus manifestaciones”, explicaba, “en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria (…) pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase solo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas”.

Ahí la constante solución martiana. Y de esta, como precuela, su deseo de que la primera ley de la república cubana fuera “el culto a la dignidad plena del hombre”.

Así, después de todo en el estudio de “La esclavitud futura” de Herbert Spencer, donde el socialismo, según este, haría a las personas esclavas del Estado y de los oficinistas, los nuevos burgueses en ese abismal porvenir, Martí no ataca al entonces inexplorado sistema social, como se ha manipulado durante décadas por unos, o como otros han temido mencionar en voz alta como si fuera una insuficiencia de la ideología del prócer de la Revolución cubana.

Como sea, Martí prefirió dar su voto. Porque si bien aquellos pensadores y sus actores radicales pudieran caer en tales deshonras, asumió el cubano que lo que sí no se puede hacer es, como razonó Spencer, “echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia” y mantener los modos naturales de equilibrar la riqueza pública que, replicó el habanero, “ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas”.

Entonces resulta incomprensible el mal uso que durante décadas se ha hecho de la reflexión martiana sobre el socialismo, si bien claro conminó a decirle a la política: “¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra”.

Ahora… ¿se pudiera decir que Martí invitaba al socialismo a equivocarse que, según Spencer, sería igual a que existiese? ¿Acaso era el Apóstol partidario de esta ideología?

El 29 de marzo de 1883 ya había publicado el independentista, como corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, una nota sobre la muerte de Karl Marx, en la que relató un acto realizado en Nueva York en homenaje al pensador revolucionario. Lástima que Martí no haya escrito mucho más sobre el socialismo y sus pensadores, pero valga para este estudio dicho documento, debido a su contenido y cercanía histórica con La futura esclavitud.

La pluma martiana le hizo honor al filósofo alemán; describió el evento con entusiasmo, con admiración hacia la multitud concurrente que “enseña más músculos que alhajas, más caras honradas que paños sedosos”; y hacia Marx, quien, resaltó Martí, “estudió los modos de enseñar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos (…) hombre comido del ansia de hacer el bien”.

No obstante, reprochó el admirado periodista: “No hace bien el que señala el daño y arde en ansias temerosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blanco al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros”. Situaba Martí, por encima de todo, la vida humana. “Mas se ha de encontrar salida a la indignación de modo que la bestia cese sin que se desborde y espante”. Sin duda, siguió apoyando la meta de Marx, mas no la incendiaria manera que propuso este para alcanzarla.

No es aventurado afirmar que Martí no se oponía al camino de las armas en nombre de las causas justas. De hecho, desde su juventud admiró las gestas independentistas de la América hispana y de Cuba, emprendidas con sables y fusiles. Para él, estaba bien claro el papel que debían asumir los oprimidos ante sus opresores, mas no tenía bien clara, al parecer, esta misma relación (y por tanto, la validez de ese enfrentamiento) con respecto a las clases sociales, bien sea por las tergiversaciones manejadas en la época o por su somero estudio sobre el materialismo histórico. Tal vez llegó Martí a meditar bien ese asunto y hasta coincidir –o definitivamente diferir– con Marx en sus conclusiones, pero puede haber influido que su misión primera, la organización de una revolución libertadora, le indicara no hacer énfasis en el enfrentamiento entre las clases antagónicas de un mismo país, sino en llamar a la unión nacional, más que resaltar discrepancias.

Queda entonces en el reino de la especulación imaginar –culminada la “guerra necesaria”, pensada breve, escasa en sangre– qué habría hecho Martí, de haber sobrevivido, como seguro presidente de la república “con todos y para el bien de todos”. ¿Dejaría desembocar a la nación en la tensión de la lucha de clases para realmente conseguir el “derecho a la dignidad plena del hombre”? ¿Se propondría la construcción del socialismo, asumiendo o superando los riesgos que acusara Spencer, a fin de consolar?

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