Me lo contó un pajarito
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En los primeros años de la década del sesenta del siglo XX, Joseph Altman publicó una serie de artículos (1-10) en los cuales demostraba, con evidencias microfotográficas incontrovertibles, algo que debió haberle valido un premio, tal vez el Nobel, pero tal reconocimiento no ocurrió.
No por mucho madrugar…
En cortes histológicos del cerebro de ratas adultas, Altman mostraba que en la región conocida como giro dentado del hipocampo se formaban nuevas neuronas. Dicho así parece simple, pero ese hallazgo significaba la negación de uno de los dogmas mejor establecidos y consolidados de las neurociencias por más de 100 años, consagrado por Santiago Ramón y Cajal en su obra escrita, con la que fundara las neurociencias modernas (11; 12).
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Altman, el pionero ignorado. |
Pero los caminos del progreso, y de la ciencia como parte de él, son tortuosos y no siempre las mentes de los hombres están maduras para aceptar evidencias que socavan ciertas convicciones. Y no estoy hablando aquí del manido argumento persecutorio con el que adeptos de las muy variadas pseudociencias pretenden ocultar su orfandad de evidencia sustentadora. En este caso las evidencias de Altman sí existían y eran ciertamente sólidas; tanto que fueron aceptadas y publicadas en las más exigentes revistas científicas, como Science. Pero eran limitadas y restringidas a ciertas pocas zonas del cerebro. Eso sin dudas contribuyó a la escasa atención que el hallazgo recibió en su tiempo, pero también, y a fuer de sincero, una buena dosis de inercia mental condicionó que no estuviéramos listos para aceptarlo.
Hoy el panorama de las neurociencias ha cambiado y concebimos el cerebro, sus funciones, su desarrollo e incluso su anatomía como algo cambiante bajo la influencia de la experiencia. Un concepto que define una nueva forma de comprender el cerebro y de actuar sobre él para promover el buen desarrollo de las funciones nerviosas o corregir sus defectos.
Luces y sombras del progreso: Circuitos neurales y Teoría del Cable
El problema de la neurogénesis en el cerebro adulto, o más bien de su ausencia, no era un capricho; tenía su fundamento en argumentos experimentales y tenía, además, su lógica.
Los microscopistas y patólogos habían mirado al cerebro durante decenios, y jamás, nunca, habían encontrado imágenes de mitosis en neuronas (13). Las neuronas son células altamente diferenciadas y ya por entonces se sabía que a mayor diferenciación menor es la capacidad de proliferación de cualquier célula. Esos eran los hechos.
La lógica hacía intuir que un órgano como el cerebro, encerrado en una rígida cavidad cerrada no podía permitirse el lujo de un crecimiento incontrolado. Ramón y Cajal lo expresó, no sin cierto dramatismo, en su libro “Degeneración y regeneración en el sistema nervioso”: “La especialización funcional del cerebro impone a las neuronas dos grandes barreras: la incapacidad de proliferación y la irreversibilidad de la diferenciación intraprotoplasmática. Es por esta razón que, una vez que termina el desarrollo, las fuentes del crecimiento y la regeneración se secan irrevocablemente. En el cerebro adulto todo puede morir, nada puede regenerarse” (14).
Esta convicción tuvo su impacto pesimista en la naciente neurología. Un cerebro dañado lo estaría por siempre, lo perdido no podría recuperarse: “nada que hacer; intente vivir con lo que le queda”.
Las mejores medicinas tienen efectos adversos, los mayores progresos sus detractores, la luz produce también sombras. Sir Charles Sherrington realizó importantes aportes al progreso de la neurofisiología, en particular sus estudios de los reflejos medulares en animales de experimentación resultaron piezas clave para entender el funcionamiento del sistema nervioso sobre la base de relaciones pre-establecidas entre neuronas que permitían que la señal generada por un estímulo pudiera alcanzar a grupos musculares determinados y producir una respuesta, un reflejo (15).
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Imágenes originales publicadas por Altman. Los puntos negros son gránulos de plata impactados por las partículas beta emitidas por el tritio acoplado a la timidina. Como la timidina solo se incorpora al ADN, y la mayor incorporación ocurre cuando el ADN se duplica antes de la división celular, se puede asumir que las células marcadas nacieron después de que la timidina marcada fuera inyectada, es decir, después del nacimiento del animal |
Estas cadenas de neuronas conectadas fueron descritas por Sherrington utilizando un término prestado de la naciente tecnología eléctrica, y así como un aparato eléctrico funciona gracias a circuitos eléctricos, el sistema nervioso lo hace por medio de circuitos neurales. El símil es ilustrativo y atinado. Una neurona pasa a otra el impulso nervioso, o a más de una, y de estas, unas a su vez pueden excitar a algunas neuronas motoras e inhibir a sus antagonistas. Pero el símil tiene sus límites, y cuando esos límites se violan, o se magnifican en su significado, pueden tener consecuencias negativas. En este caso, hacer corresponder a un circuito eléctrico y uno neural puede llevarnos a pensar que, como los primeros, los segundos son inmutables, hechos, definitivos y terminados. Se pueden romper, pero a diferencia de los primeros, no hay piezas de repuesto.
Hodgkin y Huxley publicaron en 1952 el que pudiera ser el artículo más importante de las neurociencias en el siglo XX (16). Luego de años de estudio en axones gigantes de calamar, empleando ingeniosas técnicas creadas por ellos (el voltage clamp o pinza de voltaje) combinadas con agentes farmacológicos como la tetrodotoxina, este excelso par logró desentrañar y describir las bases moleculares del más intrigante y fundamental fenómeno neurofisiológico: el impulso nervioso o potencial de acción. Fue un aporte enorme que abrió caminos a la comprensión de uno de los más importantes mecanismos implicados en la comunicación entre células nerviosas. Las ecuaciones que desarrollaron para describir cómo flujos iónicos de sodio y potasio producían un potencial de acción han sido comprobadas, extendidas y ampliadas, pero jamás negadas.
¿Un cerebro IBM o Mac?
A la par de este progreso, nuevos y más refinados y miniaturizados dispositivos electrónicos permitían medir las propiedades eléctricas de las neuronas o de sus partes: conductancia de membrana, resistencia transversal del axoplasma, capacitancia de membrana y otros, que son hoy términos de uso común en neurofisiología.
Con ello surge una nueva forma de presentar el funcionamiento de las neuronas, suplantando dendritas, somas, axones, mielina, canales iónicos y otros componentes biológicos por sus equivalentes eléctricos (Teoría del Cable). Este progreso enorme, sin embargo, contribuía a reforzar una visión tecnológica del cerebro como una suma de circuitos eléctricos en serie y paralelo, describibles por medio de, y dependientes solo de, sus propiedades de cable.
En la décima edición del popular “Tratado de Fisiología Médica” de Guyton se puede leer todavía: “El hecho de que los elementos básicos de una computadora de uso general sean análogos a los del sistema nervioso humano demuestra que el cerebro constituye básicamente una computadora que recoge continuamente información sensorial y la utiliza, junto a la previamente almacenada, para gobernar el desarrollo diario de las actividades corporales”(17). Mi cerebro es IBM, ¿y el tuyo?
En Ciencias es común encontrar desarrollos paralelos. Mientras una manera de ver y entender se afirma, otra con nuevos postulados va creciendo. Es una de las cosas que diferencia a las Ciencias de las Pseudociencias. En Ciencia las teorías cambian, evolucionan a la luz de nuevos descubrimientos. Las alambicadas hipótesis jamás comprobadas y muchas veces infalseables de las Pseudociencias no cambian jamás. A veces hay confrontación y enfrentamiento, como la profunda crisis que sacudió a la física en los albores del siglo XX. Otras veces la muerte de las viejas doctrinas y su reemplazo es gradual, a pasos pequeños, imperceptibles casi, como es el caso que nos ocupa.
De lo inmutable a la neuroplasticidad: Perforando la muralla
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Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Durante su breve etapa cómo médico del ejército español sirvió en Cuba durante la Guerra de los Diez Años. |
Las primeras referencias al término plasticidad neural se atribuyen a Ramón y Cajal, aunque en verdad el aragonés tomó el término de la tesis doctoral de un alumno del neurólogo rumano Gheorghe Marinesco (18). De cualquier modo, el concepto se aplicaba solo a las capacidades regenerativas de los axones que conforman los nervios periféricos, algo bastante diferente del concepto actual de neuroplasticidad.
Jerzy Konorski, un neurofisiólogo polaco, discípulo del gran Pavlov, se dio cuenta de que algo faltaba en la visión pavloviana de un sistema nervioso basado solo en excitación e inhibición. Estas podían explicar la capacidad de reacción de los animales, pero si algo habría de conservarse en la memoria, como demostraban los experimentos con reflejos condicionados, el sistema debía tener otra propiedad que le capacitara para producir cambios estables y duraderos en su funcionamiento ante la acción de estímulos externos. A esta propiedad, intuida como necesaria, pero de la cual nada se conocía aún, le llamó Konorski plasticidad y fue el primero en emplear el término en el sentido en que hoy se aplica en neurociencias(19).
Los años sesenta del pasado siglo fueron pródigos en evidencias que sustentaban esa capacidad de adaptación y cambio del sistema nervioso y así se fueron acumulando evidencias que perforaron la muralla del cerebro tecnológico invariante.
Mark Rosenzweig y sus colegas en California realizaron un experimento ingenioso y sencillo. Las ratas de laboratorio nacen, viven y mueren en pequeñas cajas apiladas en estantes donde comparten un entorno limitado y estable. El experimento consistió en comparar la microanatomía de la corteza cerebral de ratas criadas en esas condiciones con la de otras colocadas en cajas grandes, con pasadizos, túneles, rampas para transitar entre varios niveles y donde debían realizar una búsqueda activa de alimentos y agua. Un ambiente enriquecido.
La comparación produjo un resultado sorprendente. La corteza de los animales que habían crecido en un ambiente enriquecido era más gruesa que la de sus contrapartes de igual edad criadas en condiciones estándar de laboratorio. No es que tuvieran más células, sino que sus neuronas tenían más dendritas y recibían muchos más contactos sinápticos (20; 21).
La conclusión resultaba obvia: el desarrollo postnatal del cerebro depende del grado de estimulación que reciban los individuos, es decir de la experiencia de cada uno. Un postulado con muchos corolarios prácticos: ¿se puede “reparar” el cerebro dañado estimulándolo? y con un enorme significado teórico: en la ontogenia los genes no lo hacen todo, la experiencia modela nuestro cerebro.
Los esposos Louis y Josefa Flexner investigaban por esa época los mecanismos fisiológicos de la memoria, empleando para ello los modelos animales que la escuela conductista había desarrollado años atrás. Uno de esos modelos, llamado “de evitación pasiva” consiste en colocar una rata en una caja grande e iluminada que se comunica a través de una pequeña abertura con una cajita pequeña y oscura. Cuando las ratas descubren ese lugar no tardan mucho en escogerlo para su estancia. Pura etología. Pero sucede que la cajita tiene trampa. Cuando la rata entra allí, se cierra una compuerta y se aplica una corriente eléctrica al piso, formado por varillas metálicas. El animal es retirado de la caja y un tiempo después se vuelve a colocar en ella y se mide nuevamente el tiempo que tarda la rata en entrar al compartimento etológicamente preferido. Una rata normal reconoce el sitio y se acerca a él, pero no entra porque recuerda que en ese lugar tentador suceden cosas muy malas y dolorosas. Durante el intervalo entre la primera y la segunda exposición se pueden aplicar a los animales diferentes tratamientos con el propósito de modificar la memoria. Con ese modelo, Duncan había demostrado que una descarga eléctrica aplicada directamente al cerebro antes de cuatro horas de la primera exposición tenía un efecto amnésico (22) y confirmado la Teoría de la Consolidación propuesta por Müller y Pilzecker en el umbral del siglo XX (23).
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Los cerebros de ratas criadas en ambientes con abundantes y variados estímulos (B) presentan una corteza cerebral más gruesa que los de las ratas criadas en cajas convencionales (A). (Tomado de http://www.rhsmpsychology.com) |
Los Flexner emplearon el mismo modelo, pero en lugar de un electrochoque, administraron a los animales fármacos que interferían con la síntesis de proteínas (24-26). El resultado fue sorprendente y tuvo consecuencias importantes. La inhibición de la síntesis de proteínas tenía efectos amnésicos si se aplicaba dentro de una ventana temporal de cuatro horas. Este resultado, de una parte, demostraba algo evidente pero un tanto olvidado: las neuronas, más allá de sus propiedades de cable, son células vivas y su metabolismo tiene influencias decisivas sobre su funcionamiento. De otra parte, despertó el interés de muchos bioquímicos por encontrar las proteínas de la memoria. Hay que recordar que por esos años se acababa de demostrar el papel de los ácidos nucleicos y las proteínas como componentes de un sistema de “memoria” biológica y ahora parecía que también esta otra memoria jugaba con las mismas cartas.
Luego de años de intensa e infructífera búsqueda, las esperadas “proteínas de la memoria” no aparecieron, pero quedó bien confirmada la necesidad de la síntesis de proteínas para la consolidación de la memoria y otros procesos neuroplásticos (27-31).
La cambiante cartografía cerebral
Durante cerca de dos siglos los estudiosos del cerebro habían debatido con argumentos a favor y argumentos en contra acerca de la existencia o no de zonas del órgano especializadas en una función. La Frenología de Gall y Spurzheim [AR1] había sido desacreditada por Flourens y otros que negaban la existencia de especializaciones funcionales. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX, los trabajos de Broca y la confirmación por parte de Wernicke de la existencia de zonas corticales especializadas en aspectos específicos del lenguaje reabrieron el caso para la corriente localizacionista.
Los trabajos de Penfield que demostraron la existencia de mapas corticales en la corteza somatosensorial y motora primarias (32) fueron decisivos para la aceptación de que al menos ciertas funciones nerviosas estaban representadas en áreas discretas y específicas del cerebro. Esta relación cerebro-periferia parecía ser el resultado del “cableado” original que se establece durante el desarrollo y que era, por tanto, inmutable.
En los 80 del siglo pasado Michael Merzenich cuestionó esta inmutabilidad de los mapas corticales en una serie de elegantes experimentos en monos que demostraban lo contrario, o sea, que los mapas corticales podían modificarse por la experiencia. La amputación de dígitos de una mano, o la sección de un nervio, provocaba el “encogimiento” del área cortical de representación de la parte afectada que comenzaba a ser “invadida” por las representaciones de las estructuras vecinas (33-35).
Esta demostración de plasticidad cortical fue un aporte decisivo al nuevo concepto de un cerebro cambiante y moldeable por la experiencia y abrió nuevas perspectivas a la rehabilitación de pacientes con funciones nerviosas afectadas por lesiones (36).
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Los experimentos de Merzenich en primates demostraron que las representaciones sensoriales y motoras de la corteza se modificaban como resultado de la experiencia. El área de representación de los dedos estimulados (resaltada en color oscuro) de expande como consecuencia de la estimulación. |
Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte…
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Estudiando la neuroetología del canto de las aves Nottebohm confirmó la existencia de neurogénesis en cerebros adultos. En la figura, sistema neural de control del canto de las aves. HVC: centro superior de control, de donde se envían señales al RA para activar los núcleos motores que activan los músculos de la laringe. |
Las aves pueden emitir sonidos más o menos complejos con su laringe que sirven a la comunicación entre ellas. En algunas especies de aves denominadas canoras, los sonidos son tan complejos y armoniosos que han merecido el apelativo de canto. El canto de las aves puede ser tan hermoso que cautiva no solo a otros miembros de su especie, sino a los de otras, como narra delicadamente el cuento “El Ruiseñor del emperador”. No es de extrañar que el estudio de los mecanismos neurales del canto de las aves haya sido uno de los temas principales de la disciplina conocida como neuroetología.
Hay especies en que solo cantan los machos durante la época de apareamiento. En esas especies se ha identificado un conjunto de estructuras cerebrales que controlan diferentes aspectos del canto estacional. El argentino Fernando Nottebohm y su grupo en Nueva York habían contribuido a esa identificación en canarios (Serinus canaria). Dos núcleos cerebrales que formaban parte del sistema del canto sufrían notables cambios estacionales de volumen. Uno que parece ser el centro superior de control del canto (HVC del inglés High Vocal Center) y el otro llamado núcleo robusto del arquiestriado (RA) que controla la ejecución motora del canto. Se encogían al finalizar la estación de cría y se expandían al comienzo de la nueva temporada de cortejo y apareamiento, bajo la influencia de la testosterona. Incluso, la administración de testosterona en hembras provocaba la misma expansión de esos núcleos. En un principio Nottebohm y sus colegas atribuyeron estas variaciones de volumen relacionadas con el canto a cambios en el número de contactos sinápticos en una población de neuronas inalteradas.
En un artículo reciente donde narra la historia de estos importantes descubrimientos Nottebohm nos cuenta:
“… una tarde mientras disfrutaba de una ducha me encontré pensando de nuevo en los cambios estacionales de volumen en el HVC y el RA, y en cómo estos cambios eran más pronunciados en el HVC. ¿Cuáles eran los mecanismos subyacentes y si necesariamente serían los mismos en ambos casos? (sic) Nosotros en realidad no teníamos evidencia de que las dendritas de los machos crecieran y se retrajeran estacionalmente, esta era solo una inferencia basada en la observación del crecimiento de dendritas en los núcleos de las hembras tratadas con testosterona. No sabíamos si en nuestras comparaciones estacionales estábamos siempre observando la misma colección de neuronas. ¿Podrían las neuronas ir y venir? ¿Tal vez existirían ciertas condiciones en las que las neuronas nacían y otras condiciones en las cuáles las neuronas eran eliminadas y reemplazadas? (sic) Me resultaba cómico pensar así, quizás porque era algo tan diferente de todo lo que me habían enseñado y porque si esta idea naciente resultaba cierta las implicaciones serían enormes (37).
Comentó esas ideas con un estudiante de doctorado recién llegado a su laboratorio y este se entusiasmó con la perspectiva y hasta ofreció un método con el cual sería posible evaluar esa revolucionaria hipótesis, pero le pidió que no comentara con nadie que harían esos experimentos por temor al revuelo que podría producirse.
El estudio se hizo en canarios hembra que recibieron tratamiento con testosterona que, ya era conocido, aumentaba el volumen de su HVC. Como marcador de nuevas neuronas se usó timidina, un nucleótido que solo se incorpora al ADN, marcada con tritio (un isótopo radioactivo del hidrógeno).
Los resultados fueron estimulantes, pero no concluyentes (38;39). Ciertamente aparecieron células marcadas con tritio en su región nuclear y algunas parecían ser neuronas, de modo que debieron nacer durante el período en que se administró la timidina tritiada, ya que la timidina se elimina muy rápidamente de la circulación. Pero, como expresara Pasko Rakic al cuestionar esos resultados, las hipótesis extraordinarias necesitan evidencias extraordinarias. No era suficiente. Los argumentos en contra no eran para nada despreciables. Más allá de la larga duración del dogma “no nuevas neuronas en el cerebro adulto”, se argumentaba que la timidina encontrada en esas células podía haberse incorporado durante procesos de reparación del ADN y no durante su replicación antes de la mitosis. Y sobre todo, no era posible demostrar que esas células marcadas fueran neuronas funcionales.
Las evidencias en favor de la hipótesis de neurogénesis en el adulto fueron llegando poco a poco. Primero, los resultados histológicos fueron reproducidos en canarios macho y se pudo comprobar que la timidina se acumulaba tanto en células periféricas de la glía y el epéndimo como en células profundas del HVC, y por tanto no se trataba de un simple proceso de acumulación en las células más cercanas a los ventrículos cerebrales.
Además, las nuevas células mostraban, al microscopio electrónico imágenes de contactos sinápticos que son característicos de las neuronas. Estudios electrofisiológicos empleando registros intracelulares mostraron que las células marcadas eran capaces de producir potenciales de acción, una propiedad funcional típica de las neuronas. La balanza se inclinaba decisivamente a favor de un proceso real de neurogénesis (40).
Arturo Álvarez-Buylla se unió al equipo y basó su trabajo de tesis en estudiar el origen y desarrollo de estas nuevas neuronas. Combinando las técnicas de marcaje de ADN con anticuerpos monoclonales pudo describir un panorama fascinante que recuerda, paso a paso, lo que ocurre durante la formación primigenia del cerebro. Primero se produce una proliferación de células ependimarias de las que recubren los ventrículos cerebrales. Algunas de estas células se convierten en glía de un tipo especial llamada glía radial porque emite largos procesos filamentosos que sirven de “autopista” por la que lentamente, migran pequeñas células recién nacidas. Todavía no son neuronas, pero al llegar al HVC se diferencian y transforman en neuronas maduras. Como ocurre en la embriogénesis, también en este proceso de neurogénesis en adultos, se forman más células de las necesarias y por ello muchas de ellas mueren (37).
Con estos aportes el caso estaba ganado. Los descubrimientos de Nottebohm y su grupo han sido confirmados y expandidos a otras especies y regiones del cerebro.
El muro había sido derribado. El cerebro cambia a instancias de señales que llegan de la periferia, estímulos, experiencia. Algunos cambios son comunes a los miembros de una especie, como los cambios estacionales de los canarios. Otros dependen de la experiencia individual, como los descritos por Rosenszweig, Merzenich y Flexner.
Los experimentos de Nottebohm contienen varias lecciones importantes. La primera, que un científico es un científico ¡hasta en la ducha! Otra, que a veces el conocimiento llega por vías inesperadas y es otra de las cosas hermosas de la Ciencia verdadera, como se imbrican las disciplinas en el estudio de cualquier proceso.
Hay más. Una hipótesis es una hipótesis hasta tanto se confirme o se niegue. Las primeras evidencias que obtuvo fueron positivas, pero no convincentes. Hacían falta nuevos experimentos, nuevas evidencias, penetrar en los mecanismos, para llegar a una confirmación aceptable y aceptada.
La neuroplasticidad y la nueva neurología
Así, al término de casi un siglo de desarrollo de las neurociencias, el concepto de neuroplasticidad, ganaba espacio y reconocimiento como una de las propiedades más importantes del sistema porque permite aprender y recordar, y también —¿por qué no?— recuperar funciones afectadas.
En 1984 Nottebohm convocó a una conferencia científica con el título “Esperanza de una Nueva Neurología”. A ella acudieron no solo los investigadores; Altman, ya jubilado, estuvo también. Asistieron muchos neurólogos y neurocirujanos esperanzados de que estos aportes de las Ciencias Básicas pudieran(41) pronto tener una traducción terapéutica.
Los procesos de neurogénesis en el cerebro adulto del hombre están muy restringidos en zonas específicas y aún no han tenido una aplicación práctica. Pero el concepto de neuroplasticidad ha impulsado el desarrollo de una nueva actitud ante las patologías que afectan el buen funcionamiento del sistema nervioso. Ha impulsado también una nueva forma de entender el sistema y una nueva forma de repararlo.
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En este libro, Ramón y Cajal resumió los conocimientos y opiniones de su época acerca del sistema nervioso y su capacidad de regeneración. «No nuevas neuronas en el cerebro adulto» fue un dogma aceptado hasta la segunda mitad del siglo XX. |
La neurología restaurativa tiene en la neuroplasticidad su herramienta más útil. Otras como el neurotransplante, los factores neurotróficos o la neurogénesis siguen siendo grandes esperanzas, pero pasarán aún años antes de que encuentren su lugar dentro del arsenal terapéutico de la nueva neurología.
La neuroplasticidad opera mediante mecanismos que son esencialmente los mismos que conducen al desarrollo del sistema nervioso durante la vida fetal y que incluyen, además de la neurogénesis, una variada gama de procesos que modifican las funciones sinápticas y las estructuras que las conforman. Santiago Ramón y Cajal selló el muro de la inmutabilidad de acuerdo a los conocimientos de su época, pero avizoró también posibilidades que solo han sido reconocidas y aceptadas cien años después. En su Conferencia Crooniana de 1894, ante la Real Sociedad Británica de las Ciencias, adelantó:
“El entrenamiento mental no puede mejorar la organización del cerebro añadiendo nuevas células; sabemos que los elementos nerviosos han perdido la propiedad de multiplicación pasada la vida embrionaria; pero es posible imaginar que el ejercicio mental facilita un mayor desarrollo del aparato protoplásmico y de las colaterales nerviosas en la parte del cerebro en uso. De esta manera, conexiones pre-existentes entre grupos de células pueden ser reforzadas por la multiplicación de ramas terminales de los apéndices protoplásmicos y colaterales nerviosas” (37). Hoy la expansiones y colaterales nerviosas son llamados axones y los apéndices protoplasmáticos dendritas, y sus contactos se llaman sinapsis, estructuras donde radican las claves para entender el funcionamiento de esa formidable machina biológica que es el cerebro.
La Ciencia es una amante exigente, quisquillosa hasta el ínfimo detalle e incrédula. Por eso sus progresos son lentos. Pero es tan hermosa y tan útil que la amamos y satisfacemos sus exigencias con esmero y sacrificio. A veces una idea genial, una intuición brillante, toman mucho tiempo antes de ser aceptadas. A veces hay que rendirse a la evidencia y negar lo que anhelamos por cierto. No por gusto Ramón y Cajal, en el mismo libro antes citado(14) luego de escribir el sombrío decreto de la inmutabilidad escribió: “Corresponde a la Ciencia del futuro cambiar, si es posible, este cruel decreto”.
Un siglo, y el trabajo de muchos investigadores, tomó cumplir esta aspiración del gran fundador de las neurociencias. Nottebohm y sus discípulos derribaron el último reducto del muro.
A las lecciones antes apuntadas y que se derivan de sus trabajos, añadimos otra; hizo gala de una virtud que adorna a los verdaderos hombres de Ciencia: la modestia. Por eso en el encabezado del capítulo en que rememora y resume la forma en que descubrió el misterio del canario, su negro ojo y su hermoso canto tiene esta dedicatoria:
Dedico este capítulo a un verdadero pionero, Joseph Altman. Él fue el primero en publicar evidencia de que algunos tipos de neuronas en el cerebro de los mamíferos se producen post-natalmente e incluso en la adultez (37).
Porque ser un hombre (o una mujer) de ciencia es mucho más que ejercer una profesión, es también una actitud ante la vida.
Bibliografía
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Comentarios
Muy interesante
Excelente artículo. Lo tomé
Un honor, Maestro!
interesante
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