“Me siento deudor de mi pasado”

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
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21 Septiembre 2014
| |
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Crédito de fotografía: 

:Luis Pérez Borrero y cortesía del entrevistado

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“Tengo una extraña relación con el éxito: no llego a tener esa certeza”. Sobre una mesa de redondez artúrica, Luis Javier González evita la leyenda. Enreda la madeja de sus dedos, y con la sabia lucidez de esos caballeros a la antigua, se excusa con que es “un guajiro afortunado”.

A menudo se habla de su carrera ascendente, de su estirpe de gladiador en la arena de la Química, de sus valiosos resultados en el campo de la proteómica y la espectrometría de masas.

Acaba de recibir el premio de la Academia de Ciencias para el Mundo en Desarrollo (TWAS, por sus siglas en inglés), aunque insiste en soslayar su tono extraordinario. “Uno puede creerse que tiene talento. Yo creo más en el fruto de eso que llamamos herencia. Cuando recibí la noticia de este premio, obviamente, pensé en mis maestros. Me siento un deudor absoluto del pasado”.

Tiene las manos prominentes y la notable altura de una vara de tumbar gatos. Con todo, insiste en pasar inadvertido: se encuentra a gusto en el silencio de su claustro. “Es curioso, porque de pequeño quería ser pelotero por ese afán inconsciente de hacerme famoso. ¡Pero qué va…! Mi vocación es la Química. Mi madre era profesora de esa asignatura en una Facultad Obrero Campesina, en San José de las Lajas, mi pueblo”.

Hubo una época en que al salir de la escuela, era casi obligado pasar por su clase. Recuerda que se sentaba en lo último del aula, y la escuchaba con aquella devoción de aprendiz deslumbrado.


Cuestión de lealtad

Con sus padres, el Alumno Integral de la Universidad de La Habana, en la promoción de 1990

Universitario… El horno de la vida coció bien aquellos años en que las durezas del Periodo Especial parecían suficientes para contener su llama. Mas, el rigor de una etapa repleta de responsabilidades hizo estallar una naturaleza hasta entonces desconocida.

De pronto se vio envuelto en obras de teatro, debates sobre becas, y candentes ensayos de dirección de masas. “¡Yo, que no tengo ninguna dote para el escenario! Todavía me pregunto cómo fue posible.

“Eso sí, me había iniciado temprano en el camino de la investigación bajo la tutela del profesor Vicente Vérez, en el Laboratorio de Antígenos Sintéticos. Pero el paso decisivo lo di en segundo año, cuando de todas formas quise pasar 15 días de mis vacaciones trabajando en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).

“Entonces conocí la espectrometría de masas y me quedé fascinado”. Tanto, que esperaba hasta altas horas de la noche solo por una oportunidad para trabajar con aquel portento de tecnología, hoy ya obsoleta”.

Cursaba el tercer año cuando un día lo sacaron de clases para darle una noticia: estudiaría japonés con vistas a una misión en un laboratorio líder en ese campo de investigaciones en el mundo. Su formación inicial transcurriría en los predios del Instituto de Investigación de Proteínas de la Universidad de Osaka, Japón, frecuentado por personalidades de la ciencia mundial. No llevaba ni seis meses de graduado, y ya debía incursionar en el terreno casi exclusivo de “monstruos” como el nobel japonés Koichi Tanaka.

Durante el XI Forum Nacional de Ciencia y Técnica, el instante en que no pudo articular palabras

“La batalla con mis miedos internos me hizo sobrevivir a ese mundo, donde el nivel de crítica científica, el ritmo de trabajo, y el rigor de las investigaciones obligaban a mantenerse al día; por supuesto, en inglés. Digo que fue un momento cumbre en mi corta carrera, y suena bastante incierto. Pero al integrarme a la lógica de una sociedad como esa, comprendí muchas cosas, incluso la intensidad con que suele extrañarse a Cuba”.

“Cuestión de lealtad”, sonríe. “Es lo mismo que en la pelota. Yo le voy a Industriales y hay quien me lo reprocha, porque se supone que siendo habanero le vaya a La Habana. Pero fíjate, Marquetti también es de Alquízar…Yo crecí con ese equipo. ¡¿Cómo voy a traicionarlo ahora?!”

Guajiro natural
Japón le despierta simpa­tías. Aunque los peces del Palacio del Emperador, en Tokio, aún le dispensen una fría acogida. “Encontré sa­brosos unos palitroques que venden en las afueras del palacio. Suerte que alguien me previno: ¡Señor, eso es comida para peces!”

En su primer fin de año nipón, viajó a la casa de un colega, en Nagano, una ciudad de la parte central de la isla Honshu. Lo cortés era llegar con un regalo.

“Puede ser un melón, me sugirió el profesor. Y él mismo me acompañó a bus­carlo al mercado. Cuando lo encontré, era un meloncito así… de casi ¡60 dólares! Miré al profesor con cara de arrepentido. Y él, que sí, sí, sí; que ese melón era una obra de los agriculto­res japoneses, uno por la planta, lo más grande del mundo.

“Me pasé el viaje pen­sando en el sabor. Cuando llegamos, la familia se des­hizo en reverencias por la reliquia, pero ni señas de tajada. Y yo, sin quitarle los ojos de encima; y aquel me­lón yéndose hasta un altar, ¡nada menos que para los ancestros! Tanto se notó mi desconcierto que un amigo me calmó diciendo: Javier, no te preocupes, mañana nos lo comemos”.

Pregunte por ahí

Con Celia e Isabel: Papá el mar, ellas sus islas

“La ciencia cubana tie­ne un valor diferente. Se equivoca quien le vea como un simple trampolín hacia méritos personales. Se dirá que las carencias pesan en el bolsillo. Pero no me quejo de lo que recibo. Los pre­mios se me olvidan, no así los tiempos difíciles. Esos me sirven para despertar el optimismo”.

Después de cinco años al frente de la División de Quí­mica Física del CIGB, habla­mos de un hombre sucesivo, cuya generosa voz de mando se reparte entre 60 persona­lidades distintas.

“Desconfío de aquello cuyo centro vital sea la au­tosuficiencia. Me inclino por las virtudes que aseguren la perdurabilidad de la obra, no como patrimonio personal, sino colectivo. La ciencia es hacer que algo nos sobrevi­va en el tiempo.

“Por eso, no creo que las mejores ideas tengan que surgir de la experiencia, ni transcurrir de arriba abajo como por decreto. Hay razo­namientos que sorprenden por su frescura, aún cuando están, como quien dice, a ras de tierra.

“Los duelos no ayudan de­masiado al corazón”, bro­mea. “Pero he descubierto un carácter conciliador que me ayuda, incluso a lidiar con el sacrificio que entraña conjugar trabajo y familia”.

Galina, su esposa, trabaja a unos cuantos pasos de su departamento, en la direc­ción de un grupo de control de análisis clínico. “Es un reto para ambos. Hace unos meses, cuando ella tuvo que ausentarse del país, para participar en la organiza­ción de una transferencia tecnológica, me hice cargo de mis niñas: Celia, de catorce años, e Isabel, de doce.

“¿Milagros? Qué va, en la cocina me defiendo. Incluso hay determinados platos donde no hay casualidad. Yo diría que hasta me salen los ancestros. ¡Hubiéramos empezado por ahí!”.

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