Jorge Pérez: Médico hasta sus nanopartículas

|
25 Diciembre 2014
| |
1 Comentario

Crédito de fotografía: 

Flor de Paz

Me gusta: 

En la coyuntura devenida tras el cambio de gobierno de Eisenhower a Kennedy, lo conminaron a ser piloto, “porque era lo que hacía falta”, y llegó a volar algunos aviones, aunque cuando estaba en la altura se preguntaba qué hacía allí.

Consta en su diario, donde solo escribe sucesos que le impresionan, que jamás le ha perdido el miedo a esos aparatos. Y tanto, que la noche anterior a un viaje se mantiene despierto y así puede quedarse dormido durante todo el vuelo.

“De ser piloto me salvó Fidel, cuando llamó a la alfabetización. Esa fue mi oportunidad de dejar la aeronáutica. Enseñar pasó a ser lo primero y finalmente, años después, pude ingresar en la Escuela de Medicina”.

Nacido el siete de julio de 1945, Jorge Pérez es el segundo hijo de una pareja feliz. Cree que de su madre heredó el espíritu de solidaridad, la energía vital y la capacidad de “ver las cosas claras”. Del padre recuerda su inteligencia y organización, su actuar coherente entre el decir y el hacer.

“Él murió muy pronto, pero a mi madre la tuve más tiempo. Vivió hasta los 94 años.  El dolor de su pérdida todavía no me deja escribir sobre ella. Era una mujer muy perspicaz y especialmente en una ocasión llegó a asombrarme.

“Yo estaba en Estados Unidos dando clases en la Universidad de Harvard y sentí un dolor precordial que me asustó. Decidí regresar a Cuba enseguida, pero antes la llamé para avisarle de que en unos días estaría de vuelta. Inmediatamente, ella me preguntó:

— ¿Dónde sientes el dolor? A mí tú no me engañas.

“Del aeropuerto fui a verla, como hacía siempre, e insistió nuevamente en el tema. Yo le decía: no 'vieja', no estoy padeciendo malestar alguno. Pero a Fina no se le podía engañar. Cuando salí de su casa llamó a mis amigos, a mi mujer. Al ver al cardiólogo y descubrir que padecía una obstrucción coronaria de la que tenía que operarme fuera de Cuba no supe cómo enfrentar a mi madre. Le dije que necesitaba hacerme una prueba en otro país, pero no me creyó. En realidad, como yo no sabía si iba a poder sobrevivir, antes de irme hice una comida familiar, y la única que estaba llorando era ella”.

La silla difícil

Encabezar el Instituto de Medicina Tropical (IPK) le cayó encima como un mazazo, aunque le honra el desafío que el fallecido Profesor Gustavo Kourí dejó en sus manos hace casi tres años. El noble orgullo desborda la mirada de este hombre audaz y ocurrente, y el tono de su voz se agrava al recordar el día en que su amigo se fue. Solo habían transcurrido dos meses de que le pidiera sucederlo.

En ese momento casi todas las direcciones principales del complejo investigativo-hospitalario, del que ha formado parte durante más de tres décadas, pendieron de su intelecto; le tocó sentarse en la “silla difícil” y, definitivamente, su jornada de trabajo de cada día se extendió hasta la una o las dos de la madrugada.

 Y fue así, sin tiempo para pensarlo, que el doctor Jorge Pérez Ávila se convirtió en otro de los herederos de la tradición de los Kourí, enrumbada por Pedro, el progenitor de Gustavo, quien durante los años de la república inauguró en la Isla el desarrollo de la parasitología. Y luego, continuada por el hijo, conductor de la medicina tropical en Cuba”.

Dirigir el IPK, uno de sus grandes desafíos. En la foto, el Consejo de dirección del Instituto.

Fue Jorge el cómplice más cercano que tuvo Gustavo desde la etapa en que comenzó a edificarse el nuevo IPK, a principio de la década de los 80, hasta un día del año 2011 en que este le dijo: “quédate en mi lugar”.

En los primeros años de ejercicio médico su interés profesional había seguido otros derroteros. Solía enrolarse entonces en el tratamiento de los casos más graves y en quienes habían sufrido un infarto del miocardio. La muerte de su padre, resultante de un evento cardíaco, atizó su necesidad de salvar vidas.

La búsqueda de nuevos conocimientos delineó también desde aquella época cierto estilo en su quehacer en el que el trinomio investigaciones-asistencia-comunicación se impondría como una constante. Así llegó a la farmacología clínica[i] y a una maestría de la especialidad en la Universidad McGill, de Montreal, Canadá.

De regreso a Cuba revolucionó en el aula los contenidos de la especialidad en la cual había obtenido avanzados conocimientos. El médico que nunca dejará de ser continuó en la sala de terapia intensiva del Calixto García y, a la vez, a cargo del departamento de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana (UH).

Recuerda que era feliz, “hasta que un buen día me dicen que tenía que irme a trabajar al IPK. No podía entenderlo; yo no sabía nada de parasitología, pero el rector de Ciencias Médicas en esos años de la década de los 70 solo argumentó que era preciso que cumpliera esa tarea.

“Al llegar me sorprendió encontrar a Gustavo. Lo conocía como vice-decano docente y vice-rector de la UH, pero en aquellos momentos empezaba a revitalizar el Instituto y había solicitado a la instancia académica una persona que supiera hacer investigaciones clínicas. Me dijo: 'eres joven, puedes aprender de medicina tropical'. Y allí me quedé”.

Con el Profesor Gustavo Kourí compartió la amistad y el propósito común de llevar adelante el desarrollo de la Medicina Tropical en Cuba. (Foto: Cortesía del entrevistado).

  A la cabecera del paciente

No transcurrió mucho tiempo para que el doctor Jorge Pérez se entregara con tenacidad a la labor en el IPK. Llegó allí en 1978 y tan pronto se dio cuenta de que el diagnóstico del paludismo dependía de los técnicos, se incorporó con aquellos conocedores al aprendizaje de la “lectura” de las láminas de gota gruesa. Porque, “¿y si ellos se equivocaban?, el responsable del paciente era yo”.

En Cuba se había erradicado esta enfermedad desde 1967, pero entre 1974 y 1988 durante las guerras en Angola y Etiopía  cientos de cubanos fueron allá. Otros tantos africanos, vinieron a estudiar aquí. “Había que aplicar el tratamiento requerido de inmediato para que la enfermedad no se propagara en el país”.

Varias campañas en Angola y el desafío de un paludismo resistente a la cloroquina (antimalárico), que estaba afectando gravemente a muchos colaboradores cubanos, le llevó a formular el fármaco IPK1, cuya aplicación consiguió revertir la crítica situación en muy poco tiempo.  Aquel fue el primer protocolo que el doctor Jorge Pérez dirigió en el Instituto.

Mucho más aprendería sobre las enfermedades tropicales en la década de los 80 con quienes venían de África infectados por diferentes patologías. Y luego, en universidades de  Liverpool, Londres, Chicago, Cleveland y Tanale, Gahna —donde estuvo presente por encargo del Profesor Kourí y mediante el Tropical Disease Research (TDR), un programa especial de la OMS para la investigación en ese campo.

Jorge cuando escalaba la Gran Muralla China

Inmerso en este universo científico, le llegó el cargo de vicedirector de atención médica del IPK y, codo a codo con Gustavo, se centró en el proyecto de edificación constructiva y humana del Instituto.

Nunca le ha gustado dirigir, confiesa. Pero reconoce en su sensibilidad y amor por el ser humano la razón por la que ha aceptado hacerlo. “Siempre y cuando no me vea obligado a abandonar la asistencia médica. Décadas atrás, porque era muy joven para dejarla y ahora porque tengo demasiado experiencia”.

A la cabeza de las investigaciones que respaldaron la certificación de los medicamentos antirretrovirales de fabricación nacional contra el VIH, que aplicados desde el 2001 consiguieron detener la mortalidad provocada por esta infección, estuvo el doctor Jorge Pérez, quien asimismo ha dirigido los estudios clínicos de las tres vacunas contra el virus que se han formulado en Cuba. La última, de perfil terapéutico, se halla en fase I de estudio clínico.

La troica de Pérez

De frente al primer paciente diagnosticado con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) en Cuba, el doctor Jorge Pérez se vio ante el dilema humano que significaba comunicarle la infección que padecía. “Fue como dictarle una sentencia de muerte que nadie se atrevía a pronunciar, pero el paciente ya soportaba una enorme incertidumbre y, llegado el momento, era preciso decirle la verdad.

“Para entonces ya me sentía retado por esta epidemia y había leído incansablemente sobre el VIH y la enfermedad que provoca.  Tras aquel primer diagnóstico, comencé a atender extranjeros que vivían con el virus en el país, hasta que un día el doctor Terry (viceministro de Salud Pública) me pidió que asumiera la dirección del Sanatorio de Santiago de las Vegas. Sorprendido, solo puse una condición: que me permitieran continuar con mis funciones en el IPK. Y así fue, durante las mañanas estaba en el Instituto y por las tardes me iba para el Sanatorio.

Con Caristina Cañas Lugo, su enfermera durante 35 años.

 “Pero nunca imaginé que dirigir un sanatorio resultara tan difícil. Era la época de Gorbachov y la perestroika. Y llegué al Sanatorio haciendo muchos cambios. Los pacientes me decían: 'esta es la perestroika'. Y yo jocosamente les respondía: 'no, esta es la troica de Pérez que soy yo. Y en nada se parece a la perestroika, porque a mí no me gusta Gorbachov'”.

De aquellos 12 años al frente del Sanatorio le quedaron experiencias muy enriquecedoras estrechamente vinculadas al ejercicio de la medicina del cuerpo y del alma. Muchas de ellas han sido narradas por él mismo  en sus dos libros titulados Confesiones a un médico. Pero quizás, entre los saldos más importantes de su entrega en aquellos años se halle el haber sido el precursor del tránsito al régimen ambulatorio de las personas con VIH, iniciado a fines de la última década del siglo XX. También, su incidencia puntual en la humanización de la enfermedad, al ubicar sus complejidades en numerosos espacios del entorno social. El doctor  Jorge Pérez se convirtió así en un héroe para muchos de sus pacientes.

Las distintas ediciones de sus libros Confesiones a un médico han sido vehículo de su ininterrumpida labor comunicadora y de humanización del VIH SIDA.

­— ¿No ha sido una carga demasiado pesada lidiar con los disímiles problemas de sus enfermos?

— El médico está preparado para tratar de no afectarse con el sufrimiento de las demás personas. Y digo trata porque a mí hace poco se me murió una paciente que yo quería mucho. Entré en su habitación un poco antes de que falleciera y salí de allí llorando como si fuera un familiar mío. La atendí durante 20 años y en ese tiempo compartimos éxitos, amistad, cariño. Coño, ¡quién no iba a sentir esa muerte!

“En contraposición, experimento gran dicha cuando indico un tratamiento correcto, consigo sacar al enfermo de una complicación o  compruebo que está sin carga viral detectable, con un buen nivel de células de defensa contra el VIH, cumpliendo con los medicamentos”.

–Ahora usted toma parte activa en la preparación de nuestros médicos para combatir el ébola en África occidental. ¿Cómo evalúa esta nueva y riesgosa labor?

  • Como un compromiso que pone a prueba nuestra capacidad para el sacrificio y nuestra voluntad humanista.
En Ginebra, a pocas horas de dado de alta Félix Báez, su primer paciente con ébola. A la derecha, el doctor Gerome Pugin, jefe del equipo que atendió al médico cubano. (Foto: Cortesía del entrevistado).

¿Cuál es su definición de la honestidad?

—Es el reverso del egoísmo, el individualismo, la autosuficiencia.

  • A estas alturas ¿qué le sorprende?

—  Que a veces exista tanto orgullo y desprecio en el ser humano.

¿Dónde y cuándo es feliz?

— Cuando me siento reconocido y percibo que las cosas me salen bien, con mi familia y con mi yo interno.

En momentos felices con sus nietos.

¿La muerte?

— Algo cotidiano que los médicos tratamos de evitar y de alejar; pero que como el nacimiento, rodea a la vida. Uno se regocija cuando logra que la persona tome precauciones tan simples para alejarla como dejar de fumar, beber y tener relaciones sexuales sin condón.

¿Y la vida?

  • Algo grandioso. Un tumulto de pasiones, así lo expreso en uno de mis poemas.

                                 

(1) El especialista dedicado a la farmacología clínica es un corrector de la terapéutica de acuerdo al movimiento de los medicamentos en cada una de las enfermedades y pacientes.[AR1]

 (2)El sanatorio de Santiago de las Vegas fue el primero en atender a pacientes con VIH en Cuba. Desde fines del pasado siglo el ingreso al centro es voluntario y transitorio, pero aproximadamente entre 1986 y 1996 era obligatorio.

El doctor Jorge Pérez dirigió la institución desde junio de 1989 hasta septiembre del 2000

 

1 Comentario

Comentarios

Admiro la obra del Doctor y

Admiro la obra del Doctor y Maestro, Jorge Pérez Ávila. He leido sus dos libros y me ha fascinado conocer las historias y experiencias vividas por él con sus pacientes. Le deseo lo mejor y que siga brindando por muchos años, su experiencia a la medicina y a la Institución que hoy dirige. Salud y prosperidad.

Añadir nuevo comentario