Melocotones verdes

Autor: 

Martha Acosta Álvarez
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13 Febrero 2019
| |
4 Comentarios

Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: René Alejandro Díaz

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Abro la puerta del apartamento. Veo a la prostituta tirada en el suelo. Irreconocible la prostituta. La prostituta robótica. Robot blando.

Quién te hizo esto, pregunto.

No contesta. No quiere o no puede contestar. El aire se le escapa a través del exoesqueleto de vinilo. La prostituta está rota. Reventada. Su cuerpo no se parece a su cuerpo. Su rostro no se parece a su rostro. No pide ayuda. No quiere o no puede pedirla.

Los ojos de la prostituta robótica lloran. ¿Vergüenza? ¿Dolor? ¿Rabia? Con las prostitutas nunca se sabe. La piel sucia. Los pezones mordidos. El aire también se le va por los pezones. La prostituta se está desinflando en la sala del apartamento.

Le quito la ropa. La prostituta se lleva la mano al costado para taparse la herida. Inmensa la herida. Estalló por la costura. Por algún lugar tenía que estallar.

Voy hasta el cuarto. Revuelvo las gavetas. Regreso con un rollo de cinta adhesiva.

No te muevas, digo.

Ella se queda quieta.

La pego por dentro y por fuera. Busco la válvula. Me llevo la válvula a los labios. Soplo. Tomo aire. Soplo otra vez.

El cuerpo de la prostituta retiene el aire que le envío desde mis pulmones. Los inmensos senos aparecen en el pecho. Las piernas logran sostener el peso de su cuerpo. Poco a poco se hace tersa la piel de vinilo soldado. Hasta que ya no cabe más aire.

La prostituta camina desnuda hasta su cuarto. Va hasta el espejo. Mira la cinta adhesiva que acabo de ponerle. La toca con la punta de los dedos.

Es una cicatriz espantosa, dice.

Tiene el cuerpo lleno de parches.

Esa cicatriz te salva la vida, digo.

Se queda mirándome. Tiene los ojos grises. Una vez sus ojos fueron de un azul muy intenso. El aire de La Habana le ha desteñido los ojos. Y el cabello. El aire contaminado de La Habana lo cambia todo.

Luego del terremoto la ciudad se ha vuelto tóxica. Una ciudad de escombros tóxicos. Muchas construcciones se desplomaron. Edificios con familias enteras. Miles de muertos. Desaparecidos. En lugares como el Vedado los daños fueron mínimos. Pero del aire contaminado no escapa nadie, ni siquiera en el Vedado. Durante el terremoto también se desplomaron algunas industrias mal construidas. Los gases tóxicos se expandieron por la ciudad.

La prostituta robótica vuelve a mirarse la cicatriz en el espejo. Toma aire para decir algo. Pero no dice nada. Una prostituta siempre sabe cuándo guardar silencio.

Va hasta el baño. La sigo. Tengo miedo de haberla reparado mal. Abre el grifo. El chorro impacta contra la superficie del lavamanos. Se saca la vagina portable. La mete debajo del chorro. Se forman pequeñas burbujas. La vagina portable se llena de agua. Se desborda. El líquido es blanquecino. Cada hombre deja en ella una huella hidrosoluble. Algunos le han dicho que es mejor que una mujer de verdad.

La espuma de jabón se va despacio por el tragante. La espuma huele a melocotones verdes. La prostituta va hasta la terraza. Toma unas presillas de tender ropa. Se dispone a tender su falso genital.

No es falso, me dice, es un objeto tan real como tú y como yo.

Las gotas de agua caen desde el falso genital. Mojan el suelo de la terraza. Yo miro. Discrepo.

Ella lo acerca hasta mí.

Tócalo, dice.

Es repugnante, digo.

Está limpio, dice.

La prostituta robótica se preocupa por la higiene. Cada día lava su genital y lo cuelga en el patio para que coja aire, sol. Cada día barre la casa.

Mete un dedo, para que veas.

Lo dice sin desfachatez, como quien dice, prende la tele. Meter cosas en su vagina portable debe parecerle lo más natural del mundo. Yo nunca he metido cosa alguna en genitales ajenos.

No, gracias, digo.

Intento no parecer grosera. Ella se ríe. Lo tiende en el cordel de la terraza. Lo veo balancearse despacio.

La prostituta alguna vez no fue prostituta. Se llamaba Denise. Salió de la fábrica con los senos gigantescos. La boca abierta. La vagina portable húmeda. El ano estrecho. Inteligencia artificial de gama baja.

Las chicas robóticas estaban de moda por aquellos años. En Cuba las importaron al por mayor. Estaban diseñadas para el mundo del espectáculo. El cine y la tele. La moda. Cosas por el estilo. La Habana lucía menos devastada desde que ellas llegaron.

Denise consiguió empleo como modelo de ropa interior. Posaba en una vidriera de Carlos III. La tarea era fácil. La paga aceptable.

Había otras chicas robóticas con exoesqueletos de vinilo. Había una chica robótica con exoesqueleto de látex. La de látex era la más hermosa. Tenía los ojos de vidrio. Japonesa, según me dijo la prostituta. La japonesa no parecía robótica. La gente se le quedaba mirando. Llevaba años trabajando en la vidriera. Le daba distinción a la tienda.

Las chicas robóticas de Carlos III sentían cariño y respeto hacia la japonesa. Las chicas a veces salían juntas. Ropas de fiesta. Vaivén al caminar. La gente no dejaba de mirarlas. Puede que la felicidad haya sido eso. Denise se hubiera pasado la vida en la vidriera.

El muchacho iba pasando. Miró a la vidriera. Encontró los ojos dibujados de un azul muy intenso. Se acercó a Denise. La invitó a salir. Lo dijo con torpeza. Confundiendo las palabras. Tartamudeando. A ella le pareció tierno. Le dio risa.

Con el tiempo se enamoraron. O algo así. Ella dejó de trabajar en Carlos III. La japonesa le aconsejó que conservara el puesto. No pudo convencerla. Entonces la japonesa les deseó buena suerte. Denise fue a vivir con él a la residencia de 3ra y H. El muchacho estudiaba en la universidad. No se casaron porque aún no habían aprobado el matrimonio inflable y porque él no creía en el matrimonio.

El sexo era intenso. Al muchacho parecía gustarle todo de ella, incluso el olor característico del exoesqueleto de vinilo soldado. La besaba cerca del cuello. La poseía con todo el deseo que un universitario puede sentir hacia su chica robótica. A Denise le gustaba la lengua del muchacho resbalando por su piel estirada. Las arremetidas del muchacho contra los falsos genitales comprimían el aire en el cuerpo inflable. Las costuras se estiraban peligrosamente.

Miedo y morbo. Más morbo que miedo. Denise fingía los orgasmos con pasión.

Él contaba sobre la universidad, las pruebas, las bajas calificaciones. Ella no siempre se reía. Le acariciaba la piel hasta que se quedaba dormido. Le gustaba mirarlo mientras dormía. Animal vivo. Indefenso. Cachorro humano. La piel tibia. La respiración. Denise se preguntaba cómo sería dormir. Cómo sería soñar. Las chicas robóticas no duermen. No sueñan.

A veces merodeaban por las ruinas del puerto. Buscaban piezas entre los escombros, restos de naves espaciales. Hablaban de construir una nave. Volar a otros planetas. Conocer el universo. Tragaban píldoras de espaciolina. Las píldoras trastornaban los sentidos del muchacho. Denise se fingía trastornada solo para acompañarlo. No estaba programada para experimentar placeres ni dolores físicos. Todo lo que podía sentir estaba en su cabeza inflable. El sexo le complacía solo porque le complacía a él. Estaba enamorada. Hizo planes. Incluso cuando el sexo comenzó a hacerse esporádico. Incluso cuando se dio cuenta de que él la presentaba como una amiga robótica.

Denise y el muchacho entraron a la sala de realidad alternativa. Se pusieron el casco. Todos los muchachos de la sala eran el muchacho. Todos la miraron con timidez. Tartamudearon.

Es verdad que fuiste modelo de ropa interior, preguntó alguien y alguien más respondió que sí.

 

Entretennos, pidió el muchacho.

Denise miró a los lados. Estaba enamorada de un hombre repetido en toda la sala. Y del hombre que recién llegaba con una botella. De los que fumaban y bebían latas de cerveza.

De los que tragaban píldoras de espaciolina. Morbo y miedo. Más miedo que morbo.

Quiero irme, dijo.

Accedió a quedarse solo porque él lo pidió mucho. Primero fue el baile. Luego el muchacho que se acercó para besarle la boca. El alcohol que entró a la boca de la chica robótica.

Cómo puedes acostarte con ella, preguntó uno de los muchachos.

Es mejor que una mujer de verdad.

Tócala para que te des cuenta.

Métele un dedo.

Es repugnante.

Está limpio.

Huele a vinilo.

A qué iba a oler. ¿A melocotones verdes?

Tiene un culo maravilloso, dijo el muchacho.

Nunca se la he metido por detrás a una chica robótica, contestó el muchacho.

Denise quiso irse a casa. Todas las manos del muchacho la sostuvieron. Denise sintió que entraban por la vagina portable. Por el ano estrecho. Por la boca abierta. Animales vivos. Feroces. Bestias humanas. Denise quería zafarse de todas las manos que la sujetaban. No podía. Era tan débil como solo puede ser una chica robótica de exoesqueleto de vinilo.

Los falsos genitales se llenaron de esperma. Se desbordaron. Las arremetidas comprimían el aire dentro del cuerpo de Denise. Las costuras se estiraron. Amenazaron con estallar.

Socorro, gritó.

El muchacho le golpeó el rostro.

Cállate, dijo y Denise cerró el azul intenso de sus ojos.

Estallido. Explosión. Reventó Denise por una de sus costuras de vinilo soldado. Por algún lugar tenía que reventar. El aire se fue despacio. Mientras se desinflaba lloró sin emitir sonidos. El dolor no era físico. Todo lo que podía sentir estaba en su cabeza inflable.

Está muerta.

La mataste.

Yo no he matado a nadie.

Vamos a pensar algo.

Tengo miedo.

Mejor llamar a la policía.

Nada de policía.

Hijo de puta.

Tírala a la basura.

Los robots de saneamiento la llevarán a un vertedero de productos reciclables.

Cuando la vi, no imaginé que se tratara de una chica robótica. Lo último que una espera encontrar en la basura es una chica como ella. La traje a vivir conmigo a San Miguel. No le hice demasiadas preguntas.

En la vidriera de Carlos III no la aceptaron de regreso como modelo de ropa interior. Otra chica robótica de vinilo soldado ocupaba el lugar que una vez perteneció a Denise. La japonesa habló claro.

Ya no eres hermosa, dijo.

En ninguna tienda la quisieron contratar. En ningún canal de noticias. En ningún espectáculo escénico. Chica robótica demacrada. Chica robótica defectuosa. Chica robótica reciclable. En La Habana no hay lugar para chicas así.

Pasado algún tiempo encontró empleo en un bar de mala muerte, cerca de la Virgen del Camino, sirviendo tragos alterados detrás de la barra. Miserable el sueldo. A veces traficaba con píldoras de espaciolina. Pese a todo, aún le quedaba algo de belleza. Los hombres se daban cuenta. Yo no supe cuándo comenzó a prostituirse. O no quise saber.

Las gotas de agua caen desde el falso genital. Mojan el suelo de la terraza. La prostituta camina desnuda por el apartamento. Se sienta en el sofá. Prende un cigarrillo. Se recuesta. Cierra el gris de sus ojos. Una prostituta sin genitales y con los ojos cerrados podría estar dormida. Podría estar soñando. Los ojos cerrados podrían no estar descoloridos por el aire contaminado de La Habana. Podrían ser negros, verdes, magenta, de todos los colores, incluso de un azul muy intenso. Cuando la prostituta se quita los falsos genitales y cierra los ojos luce tan distinta. No parece una prostituta robótica. Tampoco una mujer. Puede que se parezca a Denise. Por eso la observo.

La prostituta aspira el cigarrillo. Lanza una gran bocanada de humo.

La próxima vez deja que me desinfle, dice sin mirarme.

El humo da vueltas por el aire de la habitación. Se quiebra. Se retuerce. Se deshace antes de llegar al techo.

No hables así, respondo.

La prostituta sonríe sin mirarme. Una mueca tan gris como sus ojos.

Martha Acosta Álvarez (Sibanicú, 1991). Ingeniera en Ciencias Informáticas. Narradora, poeta y editora. Miembro de la Asociación de Hermanos Saiz (AHS). Egresada del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” en el año 2015. Ha obtenido los siguientes premios: Cesar Galeano de cuento 2015, Pinos Nuevos de Narrativa 2016, Calendario de Narrativa 2017, Dador de Narrativa 2017, Paco Mir Mulet de Narrativa 2017, además de mención en el Premio David 2015 de poesía y primera mención en el Premio Emilio Ballagas de Narrativa 2016. Tiene publicados los libros Pájaros azules (Editorial Letras Cubanas, 2016), Paraísos perdidos (Casa Editora Abril, 2017) y Doce años es demasiado tiempo (Editorial Guantanamera, 2017).

 

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No defenderé el cuento, él se defiende por sí solo. Solo hablaré a través de otros que hablan mejor que yo. Dijo Jesús, que si uno no iba a decir algo verdadero, o importante, o útil, era mejor quedarse callado. Martí dijo una vez que uno no debería nunca ensuciarse la boca hablando mal de mujer. Y alguien muy sabio dijo que: siempre antes de criticar, tienes que ser capaz de SUPERAR.
A nosotros en Juventud Técnica nos parece un buen cuento, que mereció el premio. Y además, creemos que si se va a criticar al menos debería hacerse un análisis de la técnica narrativa, del tono, el lenguaje. En fin, ofrecer una mirada serena y dialogante. En definitiva se trata de una joven escritora en proceso de crecimiento como autora.

A mi me pareció un buen

A mi me pareció un buen cuento, algo crudo, eso sí, no es el tipo de literatura que suelo buscar por cuenta propia. Pero en fin, se trata de un género que busca desafiar, crear escenarios inexistentes, de forma que parezcan posibles, y lo ha logrado. El ritmo de la narración atrae, y el estilo también es agradable. No se deben juzgar obras por criterio propio o preferencias. El arte es para ser disfrutado por quien lo comprenda y lo aprecie. No para ser criticado por quien no cuenta con un criterio válido o elocuente. Es un buen cuento y se merece su mérito.

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