Memorias del desarrollismo

Autor: 

Redacción de JT
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24 Mayo 2017
| |
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 Todo parecía indicar que había un consenso en el empresariado y los profesionales del país, de que desencadenar las fuerzas intelectuales que posee la Isla —alcanzadas desde la germinación de la semilla que brotó de la Campaña de la Alfabetización y el posterior big bang de universidades donde se incu­baron los talentos—, podría llevar a la nación a un sólido proceso de desarrollo económico.

Eso se suponía, sí, y hasta se contaba con buenos ejemplos para defender a ultranza ese norte. Así Cuba se volaría prácticamente algunos escalones –como el de la industrialización que subrayaban los manua­les– al intentar pasar de estado agrícola a eso que los teóricos llaman sector cuaternario; es decir, a la economía basada en el conocimiento, la de servicios como la generación e intercambio de información, tecnología, consultoría, educación, investigación y desarrollo, entre otras actividades de la neurona.

No es que tuvieran una pujanza que la hicieran determinante ahora mismo, vale precisar, pero el desarrollo de la biotecnología y la industria médi­co-farmacéutica demostraba que era el camino a seguir, y más si se recuerda que el mayor avance ocurrió, increíblemente, bajo los plomizos cielos de la crisis de los ’90 y la inestabilidad económica de los años subsiguientes.

En esos tiempos —porque en todo cuento exis­te un “había una vez”—, los estrategas decidieron echarle güiro, calabaza y miel a otra promisoria vía de desarrollo, para la cual el país tenía ya una po­tencialidad desbordada: la informática, con el ojo puesto en el carril de la industria del software.

Sin embargo, hoy, cuando se puede asegurar que probablemente en cada familia hay un domestica­dor digital, sea informático, técnico o profesional que diseña aplicaciones computacionales en su or­denador, paradójicamente hay quien cuestiona el emprendimiento que puede hacerse localmente en esta materia. Para qué, dicen, si un programa como ese ya existe en el mundo y no hace falta hacer otra cosa que no sea comprarlo.

Tal vez tienen la razón cuando argumentan que no vale la pena intentar escribir un Google Maps. Quizás. Pero se equivocan en otros muchos casos. La propia JT se hizo eco de la preferencia que acapara entre muchos estudiantes cubanos de ingenierías y otros conectados con las matemáticas, el programa ElijoSoft EstuGo, una herramienta de cálculo avan­zado hecho en estos predios. Existen otros en el mercado mundial: MATLAB, Microsoft Matematics, el lenguaje de programación interpretado Maple, el potente Derive… Pero ellos eligen el criollo porque, además de poder conseguir lo mismo que con los semejantes, su metodología es más sencilla, se acor­tan los períodos de las tareas y su diseño propicia gran facilidad para la comprensión.

Algunos empresarios estimulan la producción de softwares en sus entornos apenas si estos les ga­rantizan sustituir importaciones. Eso está bien, pero en ocasiones no es ese todo el ciclo de vida que merece tener la inventiva. Lo peor es que para estos algoritmos a veces dictan políticas proteccionistas: la organización ramal no puede adoptar otro que no sea el suyo, así no se ajuste perfectamente a las ne­cesidades de cada unidad de su grupo empresarial.

De manera que el software nace enano: no puede soñar con imponerse en el mundo; y crece enclen­que: no puede robustecerse con la competitividad. Se castra no solo la idea de consolidar una indus­tria digital, sino el empeño por el desarrollismo. De manera que contentarse con cumplir solo las ambi­ciones empresariales puede atentar con el sueño de llevar a cabo un Proyecto País.

¿Acaso alguien pensó qué la nación ha hecho una gran inversión en la inteligencia para perder güiro, calabaza y miel y para que se viva anclado a la Teoría de la dependencia?

Una reciente encuesta sobre las aplicaciones para móviles detectó que varios productos hechos en Cuba clasificaron entre los más utilizados por la población. Estamos hablando de creaciones que no han tenido el beneficio de la promoción, y en algu­nos casos, ni la participación de capital y coordina­ción del Estado.

Mientras, la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) parece estar más cerca de poder cristalizar el primer parque tecnológico de la Isla. La certificación internacional Integración de Modelos de Madurez de Capacidades para todos sus procesos producti­vos, hace saber a sus potenciales clientes del planeta sobre las buenas prácticas con que allí desarrollan y usan el software.

Solo hay que desencadenar las fuerzas intelectua­les creadas.

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