Mención: La plaga

Autor: 

Claudio Guillermo del Castillo Pérez
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04 Enero 2015
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Yury Díaz Caballero

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La idea de explorar la cueva había sido del viejo.

—Mis cerdos perdidos tienen que estar en alguna parte —le dijo a Tomy—; no pueden haberse evaporado sin más. Y en los campos no han muerto, o habríamos encontrado sus huesos en todo este tiempo. Apostaría a que se volvieron jíbaros; por eso también desaparecen las ovejas y las cabras: ellos se las comen —y con una antorcha improvisada ingresó en la abertura disimulada por la maleza a la que los había conducido la piara.

El viejo ni siquiera reaccionó ante  la observación de Tomy:

—Le hago notar que tampoco hemos encontrado huesos de ovejas o cabras.

El androide no consideró necesario aclararle que era improbable que los cerdos incluyeran bóvidos en su dieta, por muy jíbaros que fueran.

Hacía décadas que el viejo estaba medio loco.

— ¡Vamos, Tomy, solo por el olor vale la pena!

Era cierto: el aroma que emanaba del interior era… ¿cómo calificarlo?...  Irresistible, esa era la palabra. Tomy se limitó a seguirlo con un encogimiento de hombros y una sinfonía de gruñidos en su estómago artificial.

Y ahora se hallaban atrapados por un derrumbe en un brazo de la cueva; y el viejo lloraba a gritos y maldecía, pero no por haberlos metido a él y a Tomy en semejante problema, sino por el dolor que taladraba sus huesos; un dolor que hasta le impedía  respirar.

El viejo no había deslizado su cuerpo entre dos rocas, buscando una salida, cuando dio un salto atrás y empezó a convulsionar y a gemir cual si hubiera sufrido un ataque de epilepsia. Tomy logró inmovilizarlo contra el suelo e inspeccionó su torso empleando su visión nocturna, la cual hubo de activar en el momento en que una ráfaga de aire apagó la antorcha. Y vio un orificio redondo calado en su espalda, junto al omoplato izquierdo. En la base del cráneo había también un orificio, y otro en la uña de un pulgar. Boquiabierto, el androide advirtió un agitarse en el dorso de la mano crispada del viejo: algo un poco más grueso que un perdigón del calibre 10 rebullía bajo la piel, desplazándose en las direcciones más alocadas, como una bola de pin ball.

Antes de que Tomy pudiera darse cuenta, el perdigón estaba en la muñeca. Embargado por un sentimiento que en un humano podría confundirse con el horror, Tomy comprobó que la mano del viejo se había tornado flácida, adquiriendo la consistencia de un trozo de goma. Del dedo, en vez de sangre, brotaba una especie de polvillo gris mezclado con fluidos aceitosos. Aquellas… ¿criaturas? le estaban devorando la osamenta al viejo; ¡y a una velocidad alarmante!

  • ¡Quítamelas! ¡Quítamelas, por el amor de Dios! —resoplaba el viejo con lágrimas en los ojos, su rostro congestionado.

Pero con ademán brusco Tomy lo había soltado y se había arrimado a una pared, lo más lejos posible de él y de las rocas que obstruían el camino. Lo que estuviera dentro del viejo podría atacarlo, horadar su piel sintética y estropear por completo sus circuitos; y en el sentido aplicable a los androides, Tomy no quería morir.

  • ¡Córtame el brazo, córtamelo! —pedía el viejo desde el suelo de la cueva, mientras desbrozaba con sus extremidades los hongos que en profusión allí crecían.
  • Usted sabe que no puedo, perdóneme —dijo el androide.
  • ¡Y la cabeza, arráncame la cabeza! ¡Ahhh!
  • No tengo con qué  —y tragó en seco. Ser testigo de la agonía del hombre estaba poniendo a prueba la integridad de su módulo emocional.

De pronto, el viejo lanzó un alarido y quedó inmóvil.

Tomy se dejó resbalar por la pared; cayó sentado sobre un colchón de hongos.

“¿Habrá muerto?”, se preguntó. “Quizá no; quizá una de las criaturas le afectó la médula espinal mientras devoraba su columna. Ha de ser eso, porque sus labios aún tiemblan. ¿Qué dice?...

—Lucía… Lucía…

“Pobre hombre sin suerte”, pensó Tomy al recordar la historia que le contara su antiguo dueño, poco antes de obsequiárselo al viejo para que le sirviera de compañía: En los albores de la colonización del planeta éste había perdido a su pequeña hija en las fauces de un predador endémico. Un predador que habitaba en una cueva.

La idea le hizo mirar en derredor, pero en el límite de su visión nocturna reinaba la calma.

No, de bestias como aquella no se tenían noticias desde que los colonos exterminaran a su simbionte: una alimaña voladora bastante inofensiva en sí, pero adaptada para atraer a la guarida del predador los animales que éste cazaba y les servían a ambos de alimento. Además, la tragedia había ocurrido en el valle, no al pie de las montañas donde, al amparo de las inundaciones, se habían erigido los pueblos y las granjas.

Más tranquilo, el androide se tomó unos minutos para examinar el sitio donde habían quedado atrapados, pero el sentido del olfato insistía en imponerse al de la vista.

 Era el aroma, que provenía de los hongos.

“No parecen terrícolas. Probablemente ni sean hongos”.

Arrancó un ejemplar y lo mordió para someterlo a un análisis químico en su lengua.

“¡Al diablo con el análisis; son excelentes! Mejor que las trufas que tanto gustan a los cerdos del viejo”.

Y Tomy creyó haber adivinado el destino de éstos, así como el de las cabras y las ovejas: “Una vez las criaturas realizaron su labor, debieron de podrirse aquí para beneplácito de los hongos que ellos mismos pretendían comer.”

—Lástima de carne que no halló carroñeros que la aprovechasen —dijo.

Porque descontando que un carroñero no sería capaz de sobrevivir allí, en el Arca habían traído animales domésticos, plantas e incluso androides de configuración híbrida, pero no chacales, hienas o buitres: al igual que las jirafas y los rinocerontes, se habían extinguido mucho antes de que los humanos abandonaran la Tierra.

Tomy engulló por entero el hongo recolectado, y luego dos más. Y no habría parado de comerlos de no haberse fijado en que las paredes que los mantenían confinados eran negras en general pero, a diferencia de las secciones de la cueva que el viejo y él habían llegado a recorrer, aquí éstas eran surcadas por vetas de calcita. Sobre todo las rocas del parapeto que bloqueaba la salida eran en su mayoría cascajos de este frágil mineral. A Tomy dejó de extrañarle el derrumbe. Habían estado en el lugar y el momento equivocados, así de sencillo.

Algo más reclamó su atención: Hasta donde alcanzaba a ver, las vetas de calcita estaban llenas de agujeros similares a los practicados por las criaturas en la carne del viejo.

—Termitas —balbuceó el androide—. Son como termitas que van a por el calcio de los huesos.

“Puedo considerarme a salvo. Mi esqueleto no incorpora ese elemento”.

Se levantó y se aproximó al viejo con cautela. Su hipótesis bien podía estar errada. Tres balas salieron disparadas del cuerpo inerte y se perdieron en la oscuridad.

“Es increíble lo rápido que trabajan”.

Un impulso eléctrico más potente de lo normal recorrió su espinazo: la anatomía del viejo evocaba la de un títere abandonado después de la función. Cuando reparó en la forma que había adoptado su cabeza luego de consumidos el cráneo y las mandíbulas, deseó fervientemente que hubiera muerto.

“¿En qué instante muere un hombre que está siendo deshuesado desde adentro?”.

—Imposible saberlo, Tomy, así como imaginar las múltiples gradaciones del dolor que ha debido experimentar el viejo.

Se inclinó sobre la masa de carne amorfa y pegó el oído al bulto del tamaño de un puño que destacaba en la parte izquierda del tórax, hundido por la ausencia del esternón y las costillas. El corazón no latía. Tomy suspiró con pesar.

Casi inmediatamente después del ataque, el androide había decidido que el viejo terminaría sus días allí. No podía permitir que las criaturas salieran al exterior. Nada garantizaba que no llegaran a Walking Tree, el pueblo más cercano. De igual modo, Tomy había decidido acompañar al viejo hasta su muerte, pero eso ya era un hecho consumado.

Fue hasta el parapeto y, gracias al accionar hidráulico de sus brazos, apartó una roca sin mucha dificultad… Detuvo su faena. Oía voces del otro lado. 

“Colonos. Les habrá inquietado ver una piara de cerdos sin vigilancia, o les atraería a sus monturas el aroma de la cueva”.

Un guijarro cayó en su hombro. Tomy contuvo el aliento.

No era un guijarro; era una de las criaturas. Debía de serlo. Tenía el aspecto y la textura de un garbanzo húmedo, pero su coloración era malva. Una miríada de patas semi-rígidas destacaba en uno de sus extremos. El androide las llamó patas porque se apoyaban en el cuero de su chaqueta, sin embargo, a juzgar por la morfología de las pocas especies sobrevivientes a la terraformación del planeta que había tenido la ocasión de observar, podían tratarse de órganos sensoriales, dientes, o todo a la vez. En una fracción de segundo se vio cubierto por al menos un centenar de criaturas. Las cuales no mostraron interés por él. Ya rodando, ya saltando como pulgas, se esfumaron, tan rápidamente como habían aparecido, en dirección a las voces.

Con un esfuerzo que hizo chirriar los engranajes de sus articulaciones, Tomy derribó el parapeto y cruzó al otro lado, donde ya empezaban a escucharse los gritos.

Media docena de hombres se retorcían en el suelo entre lamentos desgarradores que el eco magnificaba. Unos metros más allá los demás colonos, gesticulando frenéticamente, huían despavoridos hacia la salida. El doctor Chang vivía en una cabaña en las afueras de Walking Tree, si acaso a un par de minutos al galope.

 “Nada puedo hacer por ustedes”, iba a decirles el androide a los que aullaban frente a él, pero comprendió que no era verdad, y les partió el cuello uno por uno.

Cuando la mirada entre perpleja y agradecida del último se hubo apagado, Tomy, según su costumbre, expresó en voz alta el pensamiento que dominaba su mente:

 —Debes eliminarlos… a los que huyeron, antes de que esa plaga se extienda por la colonia. No tendrrr…rían más que seguir las vías de pieddd…dra caliza que conectan los asentammmiennnt...

“¿Qué me pasa?”.

No podía moverse. Los servomotores no obedecían las órdenes emitidas por su cerebro. Ejecutó un chequeo integral de sus sistemas.

“¿Neurotoxinas? ¡Hongos del infierno! Solo espero que no dure mucho”.       

Duró el tiempo suficiente para que viera emerger de las sombras un animal corpulento y de piel blanquecina, todo garras y colmillos. Pero la bestia se limitó a olfatearlo y, dándole la espalda, hundió sus fauces en la carne de los hombres, añorando los tiempos en que un débil aleteo anunciaba la hora de matar.

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