Los mercaderes

Autor: 

Amílcar Rodríguez Cal
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28 Septiembre 2018
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: René Alejandro Díaz

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El trayecto resultó muy difícil. Los riscos de la cordillera nos cobraron varios hombres. En el paso de las Cuatro Gargantas la tierra se abrió a nuestros pies y se despeñaron guías, siervos, caballos y provisiones. Ha sido un verdadero milagro haber llegado a la cúspide de Monte Gris.

Desde tal altura contemplamos el valle entre montañas. Dos riachos descienden desde los glaciares y crecen hasta convertirse en plateadas sierpes que atraviesan el valle y desaparecen al fondo, desaguando en las cavernas. Bandadas de gansos forman nubes blancas sobre la selva compacta.

Nuestro único guía sobreviviente señala hacia el oeste. El sol matutino acaba de espantar las sombras en el valle. Un objeto grande brilla en el mar de bosques. Su lomo metálico sobresale por encima de árboles enormes. Parece una roca clavada en la espesura.

Ilustraciones: René Alejandro Díaz

Descendemos por entre las piedras. Al pie de la montaña comienza la ardua tarea de abrirnos paso con sables y espadas. Sin perder el sentido de la orientación el guía va indicando el trayecto por una vaguada, y luego por varios recodos entre gruesas raíces. La caravana parece un reptil deslizándose sobre el manto de hojas podridas del bosque.

La extensa techumbre de ramas no nos permite percibir el mediodía. Al fin la penumbra deja paso a una telaraña de rayos solares que se cuelan por un follaje menos denso. Y allí está, al fin, nuestro destino.

Una inmensa pared se alza perpendicular. Pareciera el tajo de un precipicio en la cordillera. Me acerco para palpar aquella superficie. Está fría, extraordinariamente pulida. Ni siquiera las enredaderas y musgos han podido conquistar aquel suelo extraño. Está claro que se trata de alguna especie de metal desconocido para mí.

El guía hace una señal. Contorneamos la pared en dirección este. Corpulentos árboles hincan sus raíces bajo la catedral selvática, aunque luego se inclinan en dirección contraria buscando agua y sol. La civilización que construyó este palacio no lo hizo alzándolo desde los cimientos, tal pareciera que lo dejó caer desde las nubes.

Saltamos sobre un último montículo de piedras para caer justo delante de una gran puerta. El guía extrae de entre sus ropas una flauta de tres pies de largo. Con ella toca una melodía suave y melancólica. Aguardamos expectantes. Escuchamos un chirrido y luego un segmento inferior de la puerta se abre. Por la abertura salen dos hombres vestidos con batas verdes y capuchas grises. El guía habla con ellos en una lengua extraña, y señala hacia nosotros.

Los guardianes del templo permiten la entrada solamente a dos forasteros. Entro acompañado de Karamka, el tuerto.

La puerta se cierra detrás de nosotros. La oscuridad dura unos instantes, pues en lo alto de las paredes aparecen unas extrañas luces que se extienden a lo largo de todo el corredor. Los dos guardianes nos preceden torciendo a izquierda o derecha, introduciéndose por aberturas donde debemos inclinar las cabezas para no golpearnos la frente.

Desembocamos en una amplísima caverna. Pequeños soles cuelgan del techo tornando en día el interior del templo. En las paredes una gran cantidad de ventanas alineadas a la perfección me hacen sentir como un zángano perdido en medio de la colmena.

Uno de los guardianes señala hacia el fondo. Caminamos en aquella dirección hasta unas largas mesas de madera. Sobre las mesas gruesos pliegues de seda y cono de hilo. Es la mercancía por la que hemos realizado este interminable viaje por países agrestes, cruzando océanos, desiertos y cordilleras. Más de la mitad de la caravana murió en el camino. Perdimos casi todas las bestias de carga. Jamás vi tornados más monstruosos que los de Cangiu, ni fieras más agresivas que las de Tana. Pero tuvimos la fortuna de convertirnos en los primeros viajeros de Europa en dar con el mítico origen de la seda de luz.

Karamka manosea algunas telas. De primera calidad la seda emite diversas tonalidades de luz, azul celeste, violáceo, anaranjado pálido. Las más hermosas semejaban un trozo de crepúsculo arrancado del horizonte y doblado cuidadosamente sobre la mesa. Las manos se nos contagian de estos brillos, verde floresta, oro, rojo carmesí. Sin el calor del fuego, sin el frío de las nieves. Revisamos los conos de hilo. Uno de ellos parece plata de luna iluminando nuestros brazos.

Escogemos alguna mercancía. Luego, sacando la bolsa de monedas más pesada y lanzándola sobre un pliego de lava volcánica digo:

— Queremos lo más selecto.

La seda velluda, a eso me refería. Un pie de tal material lo pagan a precio de oro en los mercados de cualquier ciudad galante.

El guardián toma la bolsa y nos conmina a seguirlo. Atravesamos una galería donde muchas pequeñas estrellas en el techo iluminan cada resquicio. Empiezo a sentir calor. Es evidente que alguna especie de fuego dentro del templo torna cálido el frío ambiente del exterior.

Arribamos a una especie de gruta con estrellas más tenues. En las paredes están cincelados una gran cantidad de escalones, y dentro de estos múltiples artefactos parecidos a trampas para conejos. El guardián se detiene frente a un escalón bajo y empieza a hurgar en un artefacto. Entonces los vemos… ¡cientos de gusanos de seda! Envueltos en sus capullos, tejiéndolos. Casi iguales a los que ya he visto en Xiandong, excepto por el detalle de la luz que emanan. Todos ellos. Semejan briznas de paja aún ardiendo arrastrados por el brisote desde algún incendio cercano.

En uno de los receptáculos un amorfo montículo sedoso toma la altura de medio pie. Había sido apilado allí por algún criador. El guardián agarra varias hebras y me las muestra. La seda desprende una tenue luz dorada, y del cuerpo central brotan infinidad de vellos con tonalidades diferentes de luz.

Quizás porque lo considera parte del precio, el guardián inesperadamente explica en nuestra lengua que luego de extraer los capullos ahogados en agua hirviente, ya cepillados y con los filamentos reunidos y ovillados, fibras escogidas se devuelven a los habitáculos de los gusanos de seda. Allí larvas jóvenes vagabundas encuentran estos montículos y las utilizan provisionalmente como refugio, y de paso modifican su constitución con más vellos y luces.

Señalo las hebras que me llevaré. El guardián ordena trasladarlas a un salón aledaño para que me las ovillen. Puedo echarle un vistazo a otros puñados de seda apilados junto a los gusanos. El brillo multicolor da la apariencia de gemas abandonadas. Recordé aquella historia de los legionarios de Licinio Craso, gobernador de Siria en el 53 a.C., que

durante la batalla de Carrhae se espantaron tanto del brillo de los estandartes del ejército parto que se dieron a la fuga. Estandartes de seda velluda plateada. Nosotros no estamos espantados porque siempre nuestro objetivo fue llegar hasta este sitio, pero la maravilla a nuestro alrededor sí nos mantiene atontados.

Empujo a Karamka para despertarlo. Con sutileza y rapidez mi acompañante toma varios

gusanos de los que deambulan en los montículos de seda velluda y los oculta en su cuenca ocular vacía, bajo el parche. Cuando nos entregan los ovillos comprados ya estamos listos para marcharnos.

Los guardianes del templo nos ayudan a llevar las mercancías al exterior. Hasta el último instante estoy alerta para el momento en que nos revisarán. Recuerdo a aquellos monjes griegos del siglo XI evangelizando Persia, y que escondieron en el interior de sus báculos semillas de morera y huevos de gusanos. En todas las fronteras fueron inspeccionados, pero con astucia y un poco de suerte consiguieron llevar la mercancía prohibida al occidente. La misma fortuna a la que yo imploro para conseguir depositar en las manos de mis empleadores los gusanos desconocidos de la seda de luz.

Le hago una señal a Karamka. Los guardianes nos dejan afuera y cierran el portón. Solo eso. Ni siquiera intentan hurgar en nuestras ropas a pesar de habernos dejado solos en las granjas de cultivo.

Atamos la mercancía a las bestias y partimos. Nos damos prisa en retornar a las montañas. El guía nos conduce por nuevos senderos a través de la selva. Chapoteamos por un arroyo cubierto en bóveda por las ramas de los árboles, y luego ascendemos por una cuesta de helechos y espinos.

La noche se nos viene encima cuando arribamos a una meseta. Al mirar atrás descubrimos un paisaje mejor definido del templo. Las paredes se ven altas desde aquí, el piso se levanta hasta formar una pendiente donde crecen árboles, rematado en una especie de cornisa o balcón.

Karamka se extrae los gusanos de su cuenca vacía. El guía sonríe y dice señalando al templo:

— Solo allí se consigue la seda de luz.

— ¿Qué dices? –me asombro.

— De nada vale robarse gusanos, huevos o capullos. Es el mismo gusano de seda que se cultiva en Abasce, Fugia o China. Pero solamente cuando se le lleva al interior de ese templo y se le cultiva en sus habitaciones, la seda adquiere la luz. Se dice que es un regalo de los dioses, pues un día ya muy lejano ese templo cayó del cielo.

 

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