Mi Carlos, un hombre de ciencia

Autor: 

Paquita Armas Fonseca
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10 Mayo 2018
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Ares

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El cinco de mayo, Carlos Enrique Marx cumple 200 años. Pudo tener cualquier nombre judío, pero su padre, Hirschel, se convirtió al cristianismo para cuidar el porvenir de sus hijos, especialmente de su primogénito, que llegó al mundo con una copiosa cabellera negra, de ahí el apodo de Moro que le endilgaron sus hijas muchos años después.

Fue un hombre afortunado en el amor: conquistó y desposó a Jenny de Westfalia, aristócrata, cuatro años mayor que él, perteneciente a otro grupo social, inteligente y culta, gracias a los cuidados que recibió de su padre Luis.
“Querida mía: De nuevo te escribo porque me encuentro solo y porque me apena siempre tener que charlar contigo sin que lo sepas ni me oigas, ni puedas contestarme”, dice su novio y amante en una carta del 21 de junio de 1856, que termina con una nueva declaración: “Así es mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en
realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos”.

Jenny y Marx. Un amor mayúsculo, total.

A Jenny dejaba el “castigo” de sus traviesos hijos. Y con ella sufre la pérdida de tres; así escribe a Engels él sobre la muerte del único varón: “El pobre Musch ya no existe. Se me quedó dormido — literalmente hablando — entre los brazos esta madrugada, entre las cinco y las seis. Jamás olvidaré el consuelo que nos ha proporcionado, en estos días espantosos, tu amistad. Ya comprenderás el dolor que ha tenido que causarme la muerte del niño”.

Engels fue amigo, colega, hermano. En la imagen, con Marx y sus hijas: Jenny Caroline, (1844-1883),Jenny Laura, (1845-1911), y Jenny Julia Eleonora.(Foto: radiostuden.si)

Eleanor, su hija menor, legó este recuerdo: “Declamaba largas tiras de La Divina comedia, la que sabía entera de memoria; recitaba también escenasde Shakespeare, secundado frecuentemente por su mujer, que también conocía a la perfección este autor. Cuando se encontraba en particular estado de exaltación imitaba a Seidelmann en el papel de Mefstófeles. Marx admiraba a Seidelmann, a quien había visto y oído en Berlín cuando era estudiante, y Fausto era la obra poética que prefería. No diré que Marx declamara bien — exageraba un poco — pero acentuaba siempre bien y hacía resaltar el sentido de la frase. En una palabra, impresiona mucho. El efecto cómico producido por las palabras del principio, lanzadas con demasiada fuerza, se borraba al sentir que Marx había penetrado profundamente el
espíritu del personaje, que había comprendido enteramente el papel y que lo poseía a la perfección”.

Parte de los lectores de El Capital (tercer libro más traducido y publicado en la historia humana) desconoce que en sus manuscritos se condensaron los más disímiles sentimientos humanos: amor, duda, odio, fdelidad, pasión, dolor físico y moral, modestia, autosufciencia, humildad y soberbia, y que su autor, literalmente, fue dejando la vida en cada página. Sin el apoyo financiero
e intelectual de Federico Engels.no hubiera podido llevar a fin esta obra cumbre de la humanidad.

Precisamente a él, su gran amigo, le confesa el 2 de noviembre de 1867: “La suerte que pueda correr mi libro me pone nervioso. No oigo ni veo nada. Los alemanes son buenos chicos. Sus trabajos propios sobre estas materias, al servicio de los ingleses, franceses e incluso los italianos, les autorizan realmente a ignorar mi obra. La gente que tenemos allí no entiende de
agitar. En fin, no hay más remedio que hacer lo que los rusos: esperar. La paciencia es el nervio de la diplomacia rusa y de sus triunfos. Pero para uno, que no vive más que una vez, es cosa de reventar”.

Sin embargo, el 26 de octubre de 1868, a raíz del intento por parte de Engels de colocar algunas críticas en periódicos burgueses, quien además, junto
a Luis Kugelmann, preparaba una biografía, con la foto de Marx, con el objetivo de publicarla en una revista ilustrada, a la usanza de los métodos propagandísticos de la época, el Moro protesta.

“Para mí esas cosas perjudican más que favorecen y no se avienen con un hombre de ciencia. Hace mucho tiempo, por ejemplo, que los redactores del
Diccionario enciclopédico de Meyer me escribieron pidiéndome una biografía. Y no solo no la entregué, sino que ni siquiera contesté a la carta. Cada cual es libre de entender la dicha a su modo”.

En esa carta está su autodefnición como hombre de ciencia. Y en otras, su tesón por aprender:

“En estos días, totalmente incapacitado para trabajar — le contaba a Engels en 1864 — , he leído las siguientes obras: Fisiología, de Carpenter; ídem, de Lord; Histología, de Kollicker; Anatomía del cerebro y del sistema nervioso, de Spurzheim, y la obra de Schwann y Schleiden sobre la grasa celular”*; y a Siegfried Meyer, en 1871: “No sé si le comuniqué que desde principios de 1870 tuve que instruirme yo mismo en el idioma ruso, que actualmente leo con bastante fluidez. Todo comenzó cuando me enviaron de Petersburgo la obra más importante del Flerowski sobre la situación de la clase trabajadora (especialmente de los campesinos) en Rusia y cuando también quise conocer las obras económicas (famosas) de Tshernychewski”.

Mientras, Pablo Lafargue narra: “Además de los poetas y los novelistas Marx tenía otro género de distracciones: las matemáticas, que amaba particularmente. El álgebra era para él un reconfortante moral, y le sirvió de refugio en los momentos más dolorosos de su inquieta existencia”.

El Moro realizó para su época y los años por venir un aporte sustancial a las ciencias sociales, especialmente a la flosofía: la puso al derecho, unió la dialéctica presente en los idealistas, sobre todo en Hegel, con el materialismo representado por Feuerbach.

En sus Tesis sobre Feuerbach, escritas en 1845 y solo publicadas por Engels en 1888 como apéndice a la edición de su Ludwig Feuerbach y el fn de la filosofía clásica alemana, se asienta una propuesta de cosmovisión dialéctica, válida para todas las esferas en las que se desarrolla la vida humana y que para no pocos pensadores contemporáneos es una manera de enfrentar el marxismo en el siglo XXI.

Voy a detenerme solo en dos tesis, la primera y la última. Esos apuntes, escritos en Bélgica, cuando lo desterraron, arrancan con esta propuesta revolucionaria entonces y ahora: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior — incluido el de Feuerbach — es que solo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero solo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, co motal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo solo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fja la práctica solo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación “revolucionaria”, “práctico-crítica”*. De un plumazo mi adorado Moro situaba a la flosofía al derecho: el hombre (y la mujer, por supuesto) ven pero pueden interpretar “la cosa” desde una “actividad humana sensorial, como práctica”.

Con este enunciado arrancan las famosas Tesis que son retomadas posteriormente por varios marxistas, especialmente el italiano Antonio Gramsci, que hablaba del marxismo como “flosofía de la praxis”.

Portada de El manifiesto comunista

Y salto a la oncena y más citada tesis: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de
transformarlo”. En estas 22 palabras se sintetiza lo que era la flosofía antes de Marx y después de él, y de Engels, ¡claro! Por primera vez había una propuesta desde la ciencia para ver la historia humana no como una sucesión de hechos, sino como un acercamiento a partir de causas y efectos.

Esa visión dialéctica del universo le permitió a otros saberes humanos, la epistemiología, por ejemplo, tener una propuesta que basada en el materialismo pudiera caminar no en sentido lineal sino en espiral.

Lo increíble es que ese hombre  que aportó elementos para que llegáramos a nuestra verdad (nunca absoluta) fue un ser lleno de amor, amistad, sí, pero también de calamidades. Lo que hoy se llama estrés consiguió que Marx fuera un hombre enfermo. A los carbunclos, una enfermedad de los caballos trasmisible a los humanos, y forúnculos, tumores supurantes, que le duraban meses y años, más las hemorroides, se unía un padecimiento crónico del hígado, y fuertes depresiones nerviosas que se reflejaban en dolores de cabeza y un insomnio pertinaz.

Y con todo ello, tenía un gran sentido del humor. En 1852, al felicitar a Weydemeyer por la llegada de un nuevo hijo, le escribe: “¡Magnífico momento para venir al mundo! Cuando pueda irse en siete días de Londres a Calcuta, tú y yo estaremos ya decapitados o dando ortigas. ¡Y Australia, y California y el Océano Pacífco! Los nuevos ciudadanos no acertarán a comprender cuán pequeño era nuestro mundo”*. Entonces Marx no podía ni soñar que un día este texto viajará por el ciberespacio en cuestión de segundos.

Lo que sí tuvo mi Carlos, mi Moro, fue una visión poco difundida del sentido existencial. Incluso su famosa frase de que “Todo lo que sé es que yo no soy marxista”, cuando conoció cómo lo interpretaban algunos coetáneos, fue durante mucho tiempo poco divulgada. ¡Si viera lo que pasó después!

Interesante, aunque no se le concede mucha importancia, es su perspectiva del ser humano, escrita entre los 24 y 25 años de edad, en sus Manuscritos económicos y flosófcos de 1844, que mantiene plena vigencia: “Supongamos que el hombre sea hombre y que su relación con el mundo es humana: 
entonces solo puedes cambiar amor por amor, confanza por confanza, etcétera. Si quieres disfrutar del arte, debes ser una persona artísticamente cultivada; si quieres ejercer influencia sobre los demás, debes ser una persona que produzca efectos estimulantes e incitantes en la gente. Cada una de sus relaciones con el hombre y con la naturaleza debe ser una expresión específica, que corresponda al objeto de tu voluntad, de tu verdadera vida individual. Si amas sin que tu amor sea correspondido, es decir, si tu amor en cuanto a tal no produce el amor recíproco; si a través de una expresión viva de ti mismo en cuanto a amante, no te haces una persona amada, entonces tu amor es impotente: es una desdicha”.

Desgraciadamente, 200 años después aún no se puede cambiar amor por amor, confanza por confanza, y agrego en ese etcétera, ciencia por ciencia, porque todavía el hombre (y la mujer) no somos humanos. ¿Quién lo duda en estos tiempos de Trump?

LIBROS RECOMENDADOS:
1- El capital. Marx, Carlos Editorial Ciencias Sociales.
2- Moro, el gran aguafestas, biografía de Carlos Marx. Armas Fonseca, Paquita. Editorial Pueblo y Educación.
3- C.Marx, F. Engels, obras escogidas, Editorial Progreso

 

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