Millennials, inmensos cuando (los) quieren

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04 Diciembre 2014
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Orlando Villa

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Cuando el genio insatisfecho de Peter H. Diamandis* imaginó una universidad “solo para ideas capaces de mejorar, al menos, la vida de mil millones de personas”, pensó en fábricas del tamaño de moléculas, pero en mentes macroscópicas y poco convencionales.

Biotecnología, claro está, y bioinformática, junto a otros decisivos campos del conocimiento (computación, redes y sensores, inteligencia artificial, robótica, manufactura digital, medicina, nanomateriales y nanotecnología), hacían su croquis personal de la Singularity University (SU), montada sobre ese futurista “sistema de medida” que usa Larry Page, cofundador de Google: ¿trabajas en algo que podría cambiar el mundo? ¿Sí o no? Uno o cero.

En Cuba, hace ahora dos décadas, surgió uno de esos sitios “singulares” donde es posible tener un “sí” por respuesta. Se le conoce como Centro de Inmunología Molecular (CIM) y su misión, de alcance global, es la lucha sostenida contra el flagelo del cáncer: alivio o salvación para millones de humanos.

En medio del árido paisaje demográfico de una Isla que envejece sin antídoto, el CIM es uno de esos oasis donde los Millennials –la Generación Y o simplemente los nacidos entre 1980 y fines del pasado siglo–, no solo suman más de la mitad de las mentes y los brazos, sino que enseñan mientras aprenden (e incluso les agradecen).

Cada semana, medio millar de jóvenes menores de 34 años ofrece lo mejor de sus talentos a una empresa de alta tecnología que, solo en 2013, alcanzó más de 160 mil unidades monetarias per cápita; y lo hace ahí, sobre una arena estricta, con regímenes de excelencia, bien altos y climas productivos en extremo absorbentes.

No es el Ártico, pero su dedicada labor los vuelve tan valiosos que cuando Time llamó a sus semejantes “generación del yo-yo-yo”, montón de “perezosos, narcisistas y consentidos”, fue fácil entender por qué Diamandis no pensó en los “periodistas” para la universidad del cambio.

Visiones contrarias también salen al paso. Idania Caballero, biotecnóloga superior de primer nivel del Departamento de Desarrollo Humano del CIM, cree firmemente en los valores de un grupo etario caracterizado por su autonomía, libertad creativa, apertura al futuro, disposición al cambio, y cultura de cooperación y de trabajo en equipo.

¿Qué los motiva? ¿Cuáles son sus prioridades? Ese capital y no el financiero, afirma, “es hoy el elemento diferenciador de la competencia y uno de los factores cruciales para la obtención de valor agregado”.

Con los Millennials o la Generación Y, sobre quienes pesan las más controvertidas etiquetas (#EgoístasVagosRebeldes, pero también #EmprendedoresAbiertosCompetentes), su mensaje es fuerte y claro: solo déjenlos ser ellos mismos.

Los doce titanes

En EPOVAC, la planta de proteínas recombinantes y vacunas terapéuticas del CIM, lo natural es encontrarlos con su típica vestimenta casual (pulóver, gorra, jeans) o metidos en herméticas “escafandras” (nasobuco, gorro, traje, guantes, piyama, zuecos…, y silencio).

Más del 70 por ciento del total de trabajadores aquí son jóvenes de entre 19 y 30 años, y lo común, asegura Dayanis Álvarez (33), es verlos asumir algún tipo de liderazgo, cargos de dirección de grupos de trabajo o puestos de supervisión mundialmente reservados solo a personal confiable y competente.

No es fortuito. En un reciente estudio sobre la influencia del Sistema de Gestión Integrado de Capital Humano como tecnología organizativa en el CIM, la investigadora Natalia Medina verificó la huella de una “organización inteligente” abocada, hace más de diez años, a la captación de su propia fuerza de trabajo; iniciativa que ha encontrado en los graduados de la enseñanza técnica y profesional una suerte de arcilla moldeable “a la medida”.

Dayma Baró (29) tenía solo 19 años cuando, al término de sus estudios en el Instituto Politécnico de Química (IPQ) Mártires de Girón, se involucró en un proceso selectivo con opción a una de 12 plazas laborales. Tras rigurosos exámenes fue elegida entre 153 candidatos.

“Los doce titanes”, les llama Idania Caballero, mientras evoca el modo en que aquellos bravos adolescentes salvaron una histórica escalada productiva allá por 2004.

Todo sucedió muy rápido, relata Dayma: “Un día llegamos, pasamos los cursos de adiestramiento y, al otro, ¡ya!, a trabajar, doce horas seguidas. Recuerdo que me sentaba en un local pequeñito con puerta de quelato; y era yo, ahí, solita, trabajando frente a un proceso. Llegó un momento en que nosotros mismos fuimos todos los jefes de turno y hasta los supervisores con cinco o seis adiestrados a cargo”.

Fue, suscribe Idania, el triunfo inicial de un proceso visionario, que incluyó la tutoría de actividades docentes y la creación “in vitro” de un relevo dotado de conocimientos, tanto teóricos como prácticos, indispensables para los altos estándares de calidad de esta industria.

El resto, confiesa Dayma, fue pura voluntad, y deseos: “No pude ir directo a la Universidad porque tenía que buscar la vía rápida de ayudar a mi familia. Así que a pesar de contar con el apoyo de mi mamá, para mí estudiar ¡fue una lucha! Pero desde que me gradué y vine a este lugar supe que iba a hacer mi universidad”. Acaba de lograrlo.

Trabajar, pensar, sentir

Después de infinitas puertas, cristales y pasillos, debajo de mechas castañas y pegada a un diminuto piercing, sonríe Yisel Rosario Torres (26), ingeniera química y tecnóloga de procesos de Antyter, la planta de anticuerpos monoclonales inaugurada hace apenas cuatro años.

No hay música aquí. O sí, hay silencios. No hay mugre, sino algo semejante a un polen blanquísimo que Yisel remueve sobre pisos de resina.

Sí, ¡limpiar puede ser un verbo para expertos! Y demasiado útil, dice. En una fábrica de biopreparados, “unidades de  apoyo” complementan la producción con servicios de esterilización, fregado y desinfección de áreas limpias; de modo que su aséptico rito llega a ser tan vital como cualquier otro oficio.

De hecho, confiesa, lo típico es charlar con amigos y sentir que estar en el CIM “es un privilegio”. Mientras talentos de su generación se diluyen en desestimulantes entornos laborales, su experiencia personal ha sido de aprendizaje y crecimiento constantes.

“La superación aquí no acaba nunca. Nadie te cierra las puertas. Las convocatorias a los cursos llegan a todos. Y los hay todo el año: manejo de estrés, filosofía, idiomas (inglés, francés, chino), gerencia, economía de la producción… Además, conoces el valor de tu trabajo, cuánto aportas, a dónde va todo eso…”.

Otra fuerte motivación para lidiar con los rigores de un mundo físico muy diferente al que vivimos, es el logro de objetivos compartidos. Se trata de gratificación emocional, precisa, y agradece de modo especial la apuesta por la vida, el contacto directo con pacientes: “ellos vienen aquí, te cuentan que mejoran y sientes que vale mucho la pena el esfuerzo”.

Yisel Rosario Torres, junto a Ivón Álvarez, jefa de la Unidad de Apoyo de Antyter y maestra de generaciones. “Mi otra madre, mi guía, mi todo”.

Con “el chip del deseo”

Las moléculas ¿también tienen sus caprichos? De codos sobre su mesa de trabajo, una joven física teórica intenta resolver el enigma en torno a la antojadiza IL-2, toda una promesa para terapias en cáncer e infecciones crónicas, pero desconcertante en la arena clínica.

El problema es precioso. Y las matemáticas están ahí para algo. En realidad, son los únicos y verdaderos oráculos. ¿Qué tal si usara un modelo predictivo para dar origen a otra molécula que simule el efecto de la original y sus posibles mutaciones en la dinámica de la respuesta inmune mediada por linfocitos…? ¡Eso!

Guiada por el olfato de “un fuera de serie” como su tutor, Kalet León, las ecuaciones de Karina García (31) figuran desde entonces entre lo más sobresaliente del año 2013 para la inmunología en la Isla.

Su “predicción” de que con “ciertas mutaciones” la molécula IL-2 mejora su efecto antitumoral en la clínica llegó a ser tan valiosa que, en poco tiempo, se alzó con un doctorado en ciencias biológicas, una patente y un Premio Academia de Ciencias de Cuba.

Un año después, te espera en su sitio favorito de la Colina universitaria y recuerdas lo que los guionistas de The Big Bang Theory te han advertido sobre este momento. Lenguaje “smart”, acrónimos en masa, ecuaciones diferenciales, humor, agudeza, y un tin de altivez (a lo Sheldon Cooper). ¡Pero son estereotipos!, previene divertida; aunque admite que los físicos teóricos compartirán un gen para geniales y cómicos.

Karina es madura, racional y extremadamente modesta. Cree que ningún triunfo duradero en la ciencia es posible sin dinámicas de equipo y climas laborales de máxima confianza. De hecho, el inicio de su historia de colaboración con el CIM data del año 2003, siendo aún estudiante, y el impulso fundamental para quedarse lo obtuvo de un contexto humano propicio.

Diálogo intergeneracional, mínima burocracia y máxima confianza, tres fortalezas de una organización centrada en los seres humanos. En la foto, las doctoras Karina García (a la izquierda) y Tays Hernández

Pese a variables que sin duda cambiaría (porque ve el pueblo, pero también las casas), en el CIM, asegura, el aprendizaje, la transformación y el flujo de la información forman parte de un lenguaje común que hace fácil el pensamiento creativo.

Antes, confiesa, “pensaba que lo natural en este tipo de industria eran ambientes así” (cooperativos y con canales de comunicación expeditos). “Con el tiempo mis colegas llegados de otras partes me han hecho fijarme en un detalle: por ahí esto no es lo común. No es habitual, por ejemplo, llegar a la oficina del director general sin que tengas que pasar tres puertas, cuatro secretarias y cinco asistentes”.

– ¿Tocas y pasas?

– Claro, sí, y a quien ves de inmediato es a su secretaria. Dos pasos a la derecha está su puerta” (que, por cierto, ha cruzado “montones de veces”. Risas).

Esa es una de las marcas a superar en pos de una organización de excelencia, sostiene Sonia Ponce de León (27), egresada de la enseñanza técnica en la especialidad de Farmacia y recién titulada en Comunicación Social, justo con el objetivo de dinamizar un área de creciente interés para este tipo de industria en cualquier parte del mundo.

No en balde, entre sus cruciales y múltiples propósitos Sonia prioriza la gestión de canales de comunicación cada vez más expeditos; aunque admite que no ha exigido demasiadas energías: “Las puertas de la dirección de este centro siempre han estado abiertas, así que fuera de ahí es difícil ver algo distinto”.

Es, en parte, la razón de existir de “Puertas Abiertas”, un espacio mensual de nuevo tipo creado con el objetivo de propiciar la rendición de cuentas de directivos a trabajadores; y cuyo impacto, destaca, es visible en una cultura de “debate permanente” que va sacando la discusión de los pasillos para hacerla cada vez más frontal y pública.

¿Lo que más agradece? “El sentido común y la confianza”. Esa clase de libertad, afirma, hace que sean determinantes dos cosas: “una, te siembran el chip del deseo; otra, te ponen el listón bien alto. Lo demás es que te dejan hacer. Y así es muy difícil zafarse”.

Con todo, abrir paso a nuevas perspectivas no ha resultado en lo absoluto sencillo: “La Comunicación Social, como disciplina, aquí era un ámbito subvalorado. En efecto, si el impacto mediático del CIM ha crecido es porque hoy existe una estrategia y una necesidad identificada de que intervenga en los procesos y los lleve a extramuros”.

Ella misma, su viraje profesional a un ámbito que por vocación le pertenece (“quería ser periodista”), ha llegado a ser una “consecuencia”: “Aunque ya los jóvenes tenían un lugar y un espacio, la confianza en mí, en nosotros, la preocupación por motivar a través de resultados, siempre ha formado parte de la cultura de trabajo”. Funciona, de hecho.

Los frutos ya están a la vista. Cuatro años atrás, medita, era mucho menos claro que la excelencia de una empresa de alta tecnología no pasa solo por valores compartidos o que la búsqueda de competitividad en medio de un mundo dinámico y cambiante, es imposible sin comunicarse.

La biotecnología del siglo XXI es un ámbito cada vez más social y su misión, está segura, es contribuir a ponerle rostros. “La tendencia en el mundo ya no es ni siquiera a publicitar los productos tanto como a publicitar a la gente detrás de esos productos. Quiénes hacen qué y cuáles son sus valores”. Millennial, (también) se trata de ti.

 

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