Mirando a todos los tiempos

Autor: 

Dariel Pradas
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10 Febrero 2018
| |
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Hace tres mil millones de años, colisionaron dos agujeros negros en alguna lejana galaxia. Y se­mejante a una ya vieja adivinación de 1916, maqui­nada por el físico Albert Einstein en su Teoría General de la Relatividad, al ocurrir aquella explosión cósmi­ca —solo comparable a la de supernovas, parejas de estrellas de neutrones, un Big Bang…—, fueron libe­rados, a la velocidad de la luz, grandes volúmenes de masa en forma de ondas gravitacionales.

Mientras nacía en aquella galaxia un nuevo agujero negro resultante de la fusión de los dos anteriores, con una masa 49 veces superior a la del Sol, las ondas gravitacionales, que se habían propagado en todas direcciones, viajaban distorsionando físicamente todo a su paso. Sin embargo, cuanto más se alejaban de sus puntos de partida, más diminutas e insignificantes se iban volviendo. Algunas de estas ondulaciones del espacio-tiempo quedaron reducidas al tamaño de un protón, otras resistieron lo suficiente como para ser identificadas por los actuales científicos de la Tierra.

El 4 de enero de 2017, en Washington, Estados Unidos, el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO, por sus siglas en inglés) detectó los “ecos” de la susodicha explosión celestial, la tercera onda gravitacional hallada hasta enton­ces. “Fue justo después de Navidad, como ocurrió la primera vez que detectamos ondas gravitacionales. Apagamos el detector y cuando se volvió a poner en marcha, se escuchó la señal, lo que prueba que hay que apagar y encender LIGO para encontrar ondas gravitacionales”, describió jocosamente la doctora española Alicia Sintes, integrante del equipo de in­vestigación de ese laboratorio.

De inmediato, el descubrimiento fue bautizado amorosamente con el nombre de GW170104. Meses después, en junio de 2017, la revista Physical Review Letters hizo público este suceso, sacudiendo así a la comunidad científica respecto a esta nueva confirma­ción del imaginario de Einstein, quien ni siquiera él creyó posible que pudiera corroborarse en la práctica la existencia de las ondas gravitacionales.

A diferencia de los dos anteriores hallazgos —confirmados en 2016 por LIGO y su homólogo europeo VIRGO—, el tercer eco, por su lejanía doblemente superior a la de sus antecesores, permitió a los fí­sicos apoyar la teoría del sabio alemán, de que el “efecto de dispersión” no puede ocurrir con las on­das gravitacionales, pues al menos a la distancia de tres mil millones de años luz, no se ha evidenciado que se hayan diseminado las señales.

Además, GW170104 reveló nuevas pistas sobre el surgimiento de las parejas de agujeros negros. La obser­vación del fenómeno sugiere que ambos ojos, tétricos como el del nigromante Sauron, se van aproximan­do hasta que uno termina por capturar al otro en entornos extremadamente densos. Hasta ahora no se ha observado que los ejes de estos cuerpos cós­micos permanezcan alineados entre sí, un requisito indispensable para la hipótesis contraria: los agu­jeros negros nacen juntos, ya que se forman en el mismo lugar donde había un dúo de estrellas que explotaron.

Por si fuera poco, en septiembre los astrónomos in­formaron la detección de una cuarta señal de ondas gravitacionales, con la peculiaridad de que, además de LIGO y VIRGO, fueron testigos de ello los obser­vatorios en Washington y Louisiana de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Así brotó la decisión de la Academia Sueca de Cien­cias, de premiar con el Nobel de Física 2017 a Rainer Weiss, Kip Thorne y Barry Barish, los herederos legíti­mos del Einstein gravitacional.

Sin meditar sobre los cientos de hipótesis que surgi­rán debido a esta investigación, algunas fallidas, otras descollantes, indudablemente 2017 ha liberado una diáspora hacia la comprensión del universo, del Big Bang, del origen de los seres vivos.

De la gravitación al mono

Si bien el actual año ha desentramado misterios relacionados con la creación del Universo, también ha desenterrado, literalmente, otros vinculados con fechas mucho más recientes: el origen de nuestra es­pecie, el homo sapiens.

Resulta que en la caverna de Jebel Irhoud, cercana a Sidi Moktar, Marruecos, un equipo internacional de científicos descubrió herramientas de piedra y hue­sos de animales manipulados por homo sapiens hace 300 mil años atrás.

En un artículo publicado en la revista Nature, investigadores del Instituto Max Planck de Antro­pología Evolutiva revelaron que, con respecto a descubrimientos anteriores de homo sapiens, este hallazgo le otorga cien mil años más al historial de su existencia.

Al ser descubiertos los nuevos fósiles en la región de Magreb, cayeron como naipes viejas teorías re­gentes, de que la humanidad procedía de un solo lugar: el este de África, pues durante mucho tiempo solo habían sido encontrados fósiles pertenecientes al mismo hombre evolutivo en diferentes zonas de Etiopía, como Los hombres de Kibish, con una anti­güedad de 195 mil años.

En palabras del paleoantropólogo Jean-Jacques Hu­blin, autor principal de la investigación, mucho antes del éxodo humano hacia fuera de África, hubo dis­persión dentro del mismo continente. De hecho, los primeros fósiles sapiens implican a todo el continente africano: desde las piedras afiladas de Jebel Irhoud, Marruecos (315 mil años), hasta las arqueologías de Florisbad, Sudáfrica (260 mil años), y Omo Kibish, Etiopía (195 mil años).

Las nebulosas del pasado parecen disiparse. Solo queda mirar hacia las sofisticadas brumas del futuro.

cito­sina-adenina

"Durante los aproximadamente 300 mil años de existencia de los humanos modernos, el genoma del Homo sapiens ha sido moldeado por las fuerzas ge­melas de la mutación aleatoria y la selección natural. Ahora, por primera vez, poseemos la capacidad de editar no solo el ADN de cada ser humano vivo, sino también el de las generaciones futuras, en esencia, para dirigir la evolución de nuestra propia especie", meditó la microbióloga estadounidense Jennifer Doudna, una de los principales artífices de la técnica de Repeticiones de Palíndromos Cortos Agrupados a Intervalos Regulares (CRISPR, por sus siglas en inglés).

También conocido como el “corta-pega genético”, CRISPR permite insertar, modificar o retirar genes a voluntad y, aunque la edición genética existía ya, esta novedosa tecnología logra realizarla de una manera sencilla, barata, y rápida. Antes, transformar un solo gen tardaba meses o años en el laboratorio.

Según otro progenitor de CRISPR y primero en ex­perimentar la eficiencia de esta en células humanas y de ratones in vitro, Feng Zhang, una enzima llamada Cas9 funciona para CRISPR como mismo el cursor para el editor de textos Microsoft Word: “Se posicio­na sobre un fragmento del texto genético y marca un corte. Imaginen poder manipular una región especí­fica del ADN, casi como corregir un error tipográfico. Así eliminaremos muchas enfermedades genéticas”.

En fechas pasadas, esta técnica se encargó de edi­tar el genoma de tubérculos y cereales con el fin de hacerlos más resistentes a las sequías, o crear mos­quitos infértiles que no propagaran el parásito trans­misor de la malaria. Pero lo más sorprendente ocurrió en 2017, cuando un equipo multinacional de cientí­ficos estadounidenses, chinos y coreanos corrigió en embriones humanos el gen de la miocardiopatía hi­pertrófica, una enfermedad hereditaria causante del fallecimiento de muchos jóvenes deportistas.

Dichas prácticas, junto a promesas de futuras apli­caciones que tendrá CRISPR, bastaron para que les otorgaran a los investigadores líderes el Premio Al­bany, el más prestigioso de Estados Unidos en el cam­po de la medicina.

El año 2017 parece digno de una precuela del dra­ma fílmico de ciencia ficción Gattaca (1997). Dirigido por Andrew Niccol, este encandila desde su título: el acrónimo del compuesto genético guanina-adeni­na-timina-timina-adenina-citosina-adenina. En panta­lla, Vicent (Ethan Hawke) sube a la nave espacial, listo para despegar al cosmos, tal vez la búsqueda de un planeta habitable.

La nueva inmobiliaria

Si alguien pensó que Vicent viajaría sin rumbo, sin duda no conocía que en febrero de 2017 un equipo internacional de astrónomos descubrió ínte­gramente un sistema estelar de siete planetas, situado a 40 años luz de la Tierra (380 billones de kilómetros).

Con masas bastante similares a la de nuestro astro, el septeto planetario orbita alrededor de una estrella enana ultrafría del tamaño de Júpiter y un brillo mil veces menor que el del Sol, de­nominada por los humanos como Trappist-1 —en honor al telesco­pio robótico ubicado en Chile que lo descubrió en 2010, junto a sus tres planetas más cercanos, en mayo de 2016.

“Hemos dado con el buen blan­co para buscar la eventual presen­cia de vida en los exoplanetas”, expuso Amaury Triaud en un es­tudio divulgado por la revista Na­ture.

Triaud se refirió a que tres de los cuerpos cósmicos del Sistema Trapist-1, por la distancia con res­pecto a la estrella y las tempera­turas estimadas, se hallan en una zona “habitable” y quizás con­tengan en su superficie océanos de agua.

Siempre que en alguno de esos planetas exista atmósfera, será factible para los humanos vivir fuera del Sistema Solar. “Encon­trar una nueva Tierra es cuestión de tiempo”, espetó el astrofísico Thomas Zurbuchen, director de misiones espaciales de la Agen­cia Espacial Norteamericana (Nasa).

Todavía falta la tecnología para navegar hasta Trapist-1, ni siquie­ra se ha aterrizado en Marte. Sin embargo, mucho se ha avanza­do desde que Galileo Galilei con­templó los cráteres de la Luna. Indudablemente, Vicent viaja con buen rumbo.

Ante nuestras narices

Tantos esclarecimientos sobre fenómenos de hace cientos de miles de años, tantas previsiones sobre los próximos siglos… No obstante, en el interior de la Gran Pirámide de Keops, una de las siete maravillas del mundo antiguo, maniatada desde tiempos ante­riores a los napoleónicos, se ha descubierto una nue­va cámara.

Escondida ante nuestras narices, finalmente un grupo de expertos de Japón, Francia y Egipto logra­ron identificar con tecnología puntera no invasiva esta cavidad “tan grande como un avión de 200 pla­zas”, según declaró Mehdi Tayoubi, codirector del proyecto ScanPyramids, organismo responsable del hallazgo.

Junto a la Gran Esfinge, en la meseta de Guiza, Egip­to, el monumento ha mantenido intacta la habitación secreta desde su construcción hace 4500 años.

Este 2017 no solo ha contribuido a armar el rompe­cabezas del pasado ni a colorear los grises del futuro, además ha levantado nuevos pilares para sostener la historia inmediata de la humanidad

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