Nacido para correr

Autor: 

Douglas Daniel Naranjo
|
19 Marzo 2015
| |
4 Comentarios

Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Yury Díaz Caballero

Me gusta: 

Corres.

Sabes que es la única acción para la que has sido creado. Corres con tal velocidad que tus patas traseras dejan un rastro llameante al pasar sobre el suelo de cristal. Has nacido 8 minutos antes de un tubo de ensayo, para sobrevivir durante 2 horas y divertir al público compitiendo contra tus hermanos de laboratorio.

No sudas, no tienes cómo; eres un mutante, una aberración. Un intento fallido de recrear una especie animal extinta.

 Sientes asco de ti mismo. Los primeros y probablemente últimos pensamientos que jamás tendrás serán estos.

Sigues corriendo. No puedes sentir el viento en tu azulado pelaje, vas demasiado rápido. Más veloz que la luz… si se pudiera. Observas con tu único ojo las partículas de polvo que se suspenden en el aire al ser levantadas por tus patas. En un acto de desinterés por la carrera en la que te encuentras, acaricias tu nuca con tu mano derecha, sintiendo el recientemente tatuado código de barras.

 Eres un producto. Eres el mutante de carreras número 1. Te han creado para que los espectadores de toda la galaxia te vean correr durante 2 horas contra tus hermanos, para después disolverte, cual polvo en el viento. Giras hacia ambos lados; inclinas mucho el cuerpo, pero evitando chocar con las paredes energizadas.

Un desafortunado corredor no puede evitarlo. Su cuerpo desaparece en un intenso destello azulado que ciega momentáneamente a los presentes.

 Sientes una inexplicable presión sobre ti. Miles de apostadores ponen todas sus esperanzas en que ganes la carrera. Y debes ganar. Aunque ellos no existieran, seguirías debiendo ganar. Es tu cometido, ganarás a cualquier costo, pues para ello te han creado. Para ello ÉL te ha creado.

Recuerdas su rostro, un humano gordo, de semblante calmado y ojos rasgados. Su cabeza sin cabellos que te observa con una sonrisa entre lo agradable y lo repugnante.

 ÉL te ha creado. O al menos fue quien te sacó del tubo de ensayo para tatuarte tu código de barras. De sus gruesos labios surge una frase, una cifra, tu nombre…

–17.

 Tratas de pronunciar tu nombre… pero no puedes; careces de boca.

Nadie dijo que tuvieras que hablar. Lo tuyo es correr. Y correr.

Devorar los kilómetros, beber el viento, dejarlo atrás…

Ya casi terminan las 2 horas. Sientes el ardor de tu piel consumiéndose, tu pelaje azulado que cae. Algunas risas surgen del público al ver como tú y tus hermanos de laboratorio pierden trozos de epidermis, en un rápido proceso de deterioro que, sin embargo, es todavía lento comparado con la fulminante rapidez de la tarea para la que te han creado.

Tu piel se deshace, se descubren tus venas, tus músculos, tus huesos… Todo el lado derecho de tu cuerpo desaparece. Sin embargo, no te detienes.

Correr. Sólo correr, es lo único que importa.

Ya casi llegas a la línea de meta. El holograma con la palabra “FINISH” se acerca cada vez más a ti. La multitud se pone de pie en sus asientos.

Uno de tus hermanos se encuentra casi a tu lado, batallando por sobrepasarte y ganar la carrera. Él ya ha perdido su ojo y la mitad de la piel de su rostro, descubriendo debajo el cráneo blanco como el marfil.

 Sientes vergüenza. Tu corta vida sólo sirve para demostrar la inutilidad de todo este deporte. Este repugnante entretenimiento que divierte a las mentes perversas de las criaturas dominantes de la galaxia.

Pero no puedes evitarlo. No puedes detenerte. Tienes que seguir corriendo.

Incluso apresuras el paso, porque tu propio rostro ya comienza a deteriorarse. Se te desprende un pedazo de carne que se calcina en las mismas llamas que generas al correr.

No, tu hermano no podrá ganarte. Ya no; ha perdido el pie derecho. Cae al suelo, se detiene, y sin poder correr más se disuelve en un charco burbujeante. Pobre.

Pero no importa. Nada más importa. Tú casi llegas a la línea de meta. El androide que funge de árbitro mantiene una bandera cuadriculada en alto. Atraviesas el holograma.

Has ganado.

¿Y ahora?

Poco a poco vas disminuyendo tu velocidad. Las llamas ya no surgen a tu paso, ya no puedes ver las partículas de polvo flotar en el aire.

 De repente, todo tu mundo se acelera.

 Los espectadores que antes fueran lentos como melaza ahora gritan, se agitan y manotean con gran rapidez. El árbitro baja la bandera con el acostumbrado movimiento mecánico de los robots. La multitud se divide en dos bandos; los integrantes de uno te abuchean, los del otro te bendicen, jubilosos de haber ganado sus apuestas.

Miras hacia el público. Buscas un rostro conocido, SU rostro.

Ahí está. Sonríe, orgulloso de sus creaciones. En el fondo lo veneras, mientras tus extremidades se van disolviendo le agradeces y le odias por haberte traído al mundo.

 ÉL no pronuncia palabra, a diferencia del rápido escenario que se alza imponente frente a ti. ÉL se mantiene quieto, no mueve un músculo, sólo sonríe.

Miras el sol; brilla tanto que sus rayos queman tus músculos descubiertos, que ya se van convirtiendo en un líquido espeso. El sol, tan bello…

Ojalá pudieras correr hacia él. Deseas tanto sentir su calor abrasador de cerca… A pesar de tu falta de boca, podrías sonreír ante la idea.

De pronto, sientes un vacío bajo tus patas casi fundidas, y el público deja de moverse para observarte detenidamente, con miradas de incredulidad.

Observas el suelo. No estás en él. Lo miras, ÉL sólo sonríe.

Luego, por primera vez en tu vida lo vez moverse. Alza la mano en gesto divino y apunta con su grueso índice al astro sol.

Comprendes; ese es tu cometido. Tu misión. Tu nueva meta

Te elevas a gran velocidad, acelerando aún más a medida que ganas altura.

Eres más rápido que la luz, y que el sonido. Ves los átomos circular a tu alrededor.

No te detienes. Sigues deteriorándote, pero antes, quieres estar dentro de SU corazón, dentro del corazón de tu creador.

 A medida que te acercas tu cuerpo se deteriora aún más rápido, pero de manera distinta. Ya no te conviertes en un líquido espeso y burbujeante. Tu cuerpo arde en un abrazo de fuego que poco a poco va consumiéndote.

Y no importa. Porque surcas el cielo a velocidades que ningún ser vivo excepto tú podría alcanzar.

Llegas al vacío. Las estrellas te reciben con sus luces tintineantes; es un espectáculo muy hermoso.

 El corazón de tu creador se acerca, lo ves en todo su esplendor. Es una bola de fuego gigantesca, es la belleza más pura. Cada vez te acercas más…

…hasta que, con una sincera felicidad, abrazas el sol y te deshaces completamente, uniéndote al corazón de tu padre. Que bello...

–Gracias padre, por haberme dado la vida… –dices con toda sinceridad, mientras una lengua de fuego te borra de la existencia.

20 de agosto de 2013

4 Comentarios

Comentarios

Añadir nuevo comentario