Las niñas que aprendían a volar

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
|
11 Enero 2016
| |
0 Comentarios

Crédito de fotografía: 

Ilustración: Yury Díaz Caballero

Me gusta: 

Entre todas las definiciones de ala, la voz botánica ofrece una de singular cinética y gracia. Al nombrarla como “cada uno de los pétalos laterales de la corola amariposada”, el diccionario de la Lengua Española remite a flores, y de flores a insecto, y de insecto a vuelo. Es casi una parábola dibujable y la “edad” humana que más ayudaría a verlo es, quizá, la adolescencia.

Situada sobre un plano imaginario, en la frontera entre infancia y adultez, la pubertad roza el punto más alto. De lado a lado, un trazo discontinuo quiebra el blanco como el río de Tagore. A este trazo, en su honor, le llamamos aquí existencia.

Llegados arriba, las alas sirven para planear en descenso. Pero la paradoja (a veces fatal) es no saber casi nunca volar como insectos. De ahí, esos trágicos manuales que no solo equiparan pubertad a “problema”, “anarquía” o “tormento”, sino que ellos mismos parecieran rescatados de siglos de rodar como riscos.

Maryam Mirzakhani, la científica iraní que un día dejó de cubrir su cabeza para convertirse en la primera mujer en ganar la Medalla Fields (equivalente al Premio Nobel) de las matemáticas, tal vez sea una de las pocas excepciones de esa regla. Eso, gracias al estudio de la ciencia, y a los libros, la adversidad de la guerra y su lentitud para rumiar por años ecuaciones, donde ha estado la clave de encuentro con la belleza de los números –la cual, por cierto, solo aparece a sus seguidores más pacientes, dijo en entrevista al diario británico The Guardian[L1] .

Paciencia. Para las mujeres, por milenios excluidas del acceso a la cultura y el saber, hay pocas pruebas de mayor estoicismo que su discreta metamorfosis de crisálidas. Y pese a avances en políticas de igualdad en el mundo, el misterio sigue siendo el mismo: ¿cómo ocurre? y ¿cuándo y por qué algunas (no) vuelan?

Tras las pistas de probables respuestas, JT llegó este verano al Centro Nacional de Entrenamiento para Olimpiadas Internacionales de Conocimientos (CNE), situado en predios de la emblemática Escuela Vocacional V.I.Lenin. Era un día calmo, como de desierto, y nada fue normal desde el principio.

Hable con ellas

Dispersadas en forma de “u” no alcanzan a llenar el salón de medianas dimensiones. Como ya es habitual, lo que distingue a las preselecciones cubanas a olimpiadas de conocimientos es la apabullante inequidad presencial de las féminas en contradicción con su probada destreza para el ejercicio de pensar.

De hecho, lo que indican estadísticas oficiales en Cuba es que ellas representan más del 50 por ciento de las matrículas y graduaciones universitarias desde 1990, pero su escasa presencia en campos como la física o las matemáticas vendría a confirmar la hipótesis de un estudio publicado en Science por investigadores de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, para quienes las mujeres serían instruidas desde la infancia a creer en la brillantez y el talento innatos, por encima de lo que pueden lograr con trabajo y dedicación arduos.

Desalentadas, lo común es que muchas abandonen el camino, confirma José Manuel Mora, entrenador principal de la asignatura de Física del CNE, mientras anota entre las probables causas del desolado paisaje una educación deficitaria basada en roles (de género) preconcebidos.

Juan Guevara, profesor entrenador del IPVCE Antonio Maceo, sopesa entre una serie de razones: “El entrenamiento implica una enorme carga de sacrificio, porque el modo en que enfocamos la enseñanza de contenidos es el de una disciplina, en lugar de una asignatura. Abarcamos un sistema de conceptos, leyes y teorías que no son las que reciben normalmente en la docencia.

A la niña, que tiende a ser más integral en sus aspiraciones, le cuesta trabajo enfocarse y suele retirarse por esas y otras presiones”. Pero la realidad puede ser mucho más espinosa y pese a décadas de avances sostenidos en la “feminización” de la universidad y las posiciones de poder en Cuba, las políticas de igualdad se desinflan por puntos específicos.

La camagüeyana Odette Campo, concursante de Matemática, señala a rezagos de modelos excluyentes que perviven en prejuicios “más fuertes en las niñas”, afirma. “Cuando las limitan, ellas tienden a limitar también a otras. Para mí, por mi interés en estudiar en un aula de concursos donde éramos dos en medio de una enorme cantidad de varones, las preguntas eran ‘¿qué haces ahí?, ¿por qué? y ¿por qué Matemática?’. Yo solo sabía que quería hacer algo diferente”.

Las nociones de lo que significa elegir, según coinciden, estarían fuertemente influenciadas por estereotipos sobre la ciencia como planeta para extrañas criaturas, que Gabriela Prieto (Biología, Sancti Spíritus) describe como un encontronazo: “Me decían que concursar era ‘cosa de locos’. Pero a mí me había cautivado la charla de Agustín Plasencia, entrenador de Química y una de las principales inspiraciones para estar aquí. Con su frase ‘¡hay que poner en alto el nombre de la mujer espirituana!’, nos hizo ver que nosotras tenemos el mismo derecho que los hombres de participar en este mundo y que nuestras limitaciones han sido socialmente impuestas”.

Al principio, el terreno puede ser hostil, asegura Denia Hernández (Química, Villa Clara): “piensas que en un medio donde hay competencia no encontrarás el apoyo necesario para mantener en alto la autoestima”.

“Porque concursar no tiene solo cosas lindas. Hay momentos de dura depresión”, confiesa Nataly Rodríguez (Química, Las Tunas), “Es en esos instantes cuando agradeces el círculo que se cierra en torno a ti, y en los que te dices que son esas las personas de las que quieres rodearte, con las que quieres crecer y a las que quieres ayudar a crecer”. Tú puedes, te apoyo, y creo en ti, son excelentes estimulantes, dice.

Cuestión de ritmo, cree Lissette María Riverón (Matemática, Las Tunas). “Llegó un momento en que no quería perderlo y fue tan fuerte la presión que empezó a saltarme un párpado. Me daba pena que me vieran así en el aula, hasta un día que vi a alguien en las mismas y le dije: ‘¿... a ti también? Al rato, ¡ya éramos cinco! (risas)’”.

En opinión de su coterránea Leonor Collejo (Química), aprender a lidiar, incluso, con el fracaso no solo es posible, sino motivo de fortaleza espiritual y mental. “Para esto, lo primero es el autocontrol, porque no podemos quedar devastados por una derrota, que es parte del entrenamiento. Es algo que nuestro entrenador, Orestes Landrove, nos ha inculcado siempre”. Eso y la desconfianza en las victorias pasajeras, precisa.

Helen Rosabal (Biología, La Habana), diría que hay reveses que ayudan a pensar mejor el modo en que emplean habilidades y tiempo. No obstante, le molesta “el mito de que el estudiante de concurso está estudiando siempre, ‘quemando’, como se dice popularmente”.

La costumbre de estudiar “por puro gusto”, tiene sin embargo ventajas, comenta Patricia Cartalla (Química, Las Tunas). Llegadas las pruebas del resto de las asignaturas pueden asumirlas “con normalidad”: otros estudian, mientras ellas podrían irse de fiesta. Porque, ¡ojo!, “no vivimos un encierro como algunos suponen”.

La gran sorpresa – y es algo en lo que todas coinciden– ha sido “llegar a un lugar donde la gente comparte ¡tus mismos gustos!”, sonríe Gabriela Sánchez (Biología, Holguín).

“Es muy placentero convivir con quienes pueden enseñarte todos los días algo nuevo”, agrega Denia. “Y esta es la parte desconocida por aquellos que creen que concursar en una asignatura es una limitación para cumplir la meta con otras. Ese pensamiento es erróneo, porque en esa relación constante con muchachos integrales, en ese intercambio, conocerás cosas que el aula no te dará”.

Para ilustrarlo, Lídice Cabrera (Química) relata cómo una tradición de su grupo en Camagüey incluye hacer una pregunta que el resto debe responder en el día. “Una vez los matemáticos pidieron adivinar el truco de la Serie de Fibonacci... Y, en el camino, es tanto lo que se abre el horizonte que prácticamente construimos un proyecto diferente de vida”.

Ahora, si le dieran a elegir entre desafío y confort, la habanera Yesabel Pacheco (Física) escogería sin mirar: lo primero. “El hecho de ser la única ‘física’ entre tantos varones me ha dado la oportunidad de descubrir mi propio valor, de saber que soy capaz. No llegué al aula en buenas condiciones en la asignatura y por eso, más que todo, me planteé concursar como un reto”. Y así fue –cuenta– pasar de rara avis a pequeña consentida. “Ellos me mimaban, me cuidaban”.

Y es que la mayoría de sus colegas, confiesa Denia, “son personas bellas interiormente, amenas, pacíficas, cercanas, lindas... Algunos han hallado aquí el amor. Vamos conociendo la vida tal y como es, aprendiendo a sufrir, pero también a ser felices”.

Así –asegura Lissette María–, se hacen mayores a una edad en que la verdadera mutación es “hacerte más amiga de tus amigos. Porque se vuelven tu consuelo, tu apoyo emocional..., y están ahí para darte la mano cuando caes, y para celebrar, abrazarte y decirte (lo que una y otra vez agradecen escuchar): ‘¡te lo dije!!!’”.

 

Galería
0 Comentarios

Añadir nuevo comentario