Nubes ácidas

Autor: 

Rubiel G Labarta
|
31 Enero 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Yury Díaz Caballero

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Mención

Desde hacía un par de semanas Was Eggert estaba inquieto. Releía los informes, hojeaba los periódicos, estudiaba expedientes de ca­sos en los que habíamos estado involucrados.

El teniente Eggert era uno de los mejores policías del Sector 17-Oeste, aunque un poco temperamental. Antes de la guerra, gozaba de cierta reputación entre los miembros del Consejo Planetario. Mientras otros íba­mos y veníamos en la oscuridad del anonimato, él era nuestro hombre visible, la cara en los anuncios de televisión, en las entrevistas, en las reu­niones del Congreso.

—Asesinato en el sector 316 —leyó Was en uno de los expedientes—. La víctima apareció diluida en ácido. No se pudo identificar el ADN. Un trabajo limpio.

—Pudo ser cualquiera —dije, mientras encendía mi cigarro electrónico.

—Te equivocas, Gaskin. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que un hombre cometió un asesinato? ¿Diez años? Tal vez un poco más. Las Cabinas de Conciencia se habían actualizado a una versión defectuosa, ¿recuerdas?

—Si. Un verdadero escándalo.

—El error se subsanó de inmediato y hasta el día de hoy no ha vuelto a reportarse ni una sola falla.

—La gente actúa raro por estos días, Was.

El teniente Eggert me dedicó una mirada.

—Supongamos que un androide ha logrado infiltrarse en uno de los sectores de Agra-1 para crear pánico —dijo.

—Últimamente estás teniendo demasiado tiempo libre.

Miro desde la ventana. La niebla eléctrica y el polvo radiactivo forman remolinos que lentamente suben hacia la atmósfera y se convierten en nubes ácidas.

—Deja de pensar en los androides —digo—. No vale la pena que te calientes la cabeza. ¿Qué pretendes sacar con todo esto?

—No quiero sacar nada. O sí. Que nos transfieran de una vez a un pues­to menos alejado. Quiero recuperar la vida que tenía antes, salir por las noches, ya sabes, divertirme un poco, beber de vez en cuando un buen vaso de fermento, irme a la cama acompañado. No entiendo cómo has aguantado tanto tiempo en esta ratonera.

—Me da igual donde esté —dije y apagué el cigarro—. Lo único que quiero es mantenerme con vida tanto como sea posible. Ah, y en tu hipó­tesis, me resulta extraño que un androide que quiera causar pánico lleve a su víctima a un sector deshabitado.

Eggert bajó la cabeza para examinar el expediente del caso.

—Tal vez tengas razón —dijo.

En el noticiero anunciaban tormenta para los próximos seis días.

—Cualquiera de esos presentadores puede ser un androide —señalé—. Cualquier androide podría hacerse pasar por un ser humano.

Was me miró como si me hubiera vuelto loco.

Volví a encender el cigarro y fui hasta la ventana. Pensé que la torre de vigilancia era un espacio demasiado pequeño para ser compartido por dos hombres.

—Tenemos visita —dijo Was, mirando la alerta del radar.

En el pequeño puerto de desembarco encontramos dos personas que nos esperaban. Un hombre y una mujer.

 

—dije—. Por nada del mundo querría volar bajo esa lluvia eléctrica.

Eggert me miró con indiferencia.

Abrimos la puerta y los dejamos pasar al interior de la torre.

Iban vestidos con uniformes de oficiales del Conse­jo. El hombre estaba demasiado serio. La mirada de la mujer denotaba miedo o algo parecido al miedo.

—Teniente Eggert, tenemos una misión para usted —dijo el hombre.

Was se limitó a observarlos.

—Confiamos en usted, teniente. Imagino que ha oído hablar de la propuesta que se hizo en el Congreso para instaurar un tratado que ponga fin a la guerra. Los medios, ya sabe, no se callan nada.

Eggert movió la cabeza afirmando.

—Habrá visto que ese tal Buster Seitz está a favor de establecer un tratado de paz con los androides —dijo la mujer—. En el Congreso, cualquier representante es libre de proponer lo que le parezca conveniente para garantizar la supremacía de la especie humana. Pero en el Consejo, como usted comprenderá, tenemos otras prioridades. ¿No sé si me hago entender?

Eggert se encogió de hombros.

—Necesitamos que investigue a Seitz —continuó la mujer—. Busque algo que lo comprometa, algo que nos sirva para desacreditarlo. Lo que sea. ¿Le queda claro teniente?

— En resumidas cuentas —respondió Was con cier­to dejo de ironía— el Consejo quiere quitar al congre­sista de en medio. ¿No es eso?

—No exactamente —dijo el hombre—. Hay dema­siadas cosas en juego, intereses que usted no enten­dería.

Eggert se rascó la cabeza.

—No he conocido un solo ser humano que no ten­ga un poco de mierda debajo de la cama— dijo.

El hombre se esforzó por simular una sonrisa de complacencia. En los ojos de la mujer seguía estando el miedo o algo parecido al miedo.

— El Consejo está al tanto de esto, ¿cierto? —pre­guntó Eggert.

—Usted, teniente, preocúpese por hacer su trabajo. Nosotros ya nos ocuparemos de hacer el nuestro —respondió el hombre.

—¿Y si eliminan al señor Seitz? —sugirió Was—. Desaparece y fin del problema.

—Preferimos investigar primero, tener pruebas sóli­das en su contra —dijo la mujer—. El congresista par­tió hacia la colonia Marte-81 en una visita de trabajo. Regresa dentro de tres días. Debe cuidarse de no le­vantar sospechas. No queremos que un asunto como este caiga en manos de la prensa

Eggert acompañó a los oficiales al puerto de em­barque. Yo daba largas caladas a mi cigarro. El humo subía en pequeñas volutas hasta perderse en los con­ductos de ventilación.

Pasé buena parte de la madrugada preparando la nave. A primera hora estábamos listos para partir. Ha­cía mucho tiempo que no salía de la torre y la ansiedad me corroía. Was se estaba divirtiendo con mi nerviosis­mo. Le gustaba sentir ese clima de superioridad que le hacía creer que tenía la situación bajo control.

Volamos hasta Agra-1 a pesar de la tormenta.

El congresista Seitz tenía una lujosa cápsula de habi­tabilidad. Llegamos cerca de la medianoche. Anclamos la nave al puerto de desembarco. Penetramos al lugar con el mayor sigilo del que éramos capaces. Registra­mos todo con minuciosidad.

—Este Seitz es un tipo inteligente —dijo Eggert—. Estoy casi seguro de que aquí no encontraremos nada. Sobre todo, porque no sabemos lo que estamos bus­cando.

Hurgamos cada rincón. Was estaba molesto.

—Debemos pensar con frialdad —dije.

Eggert guardó silencio por un momento.

—Echémosle un vistazo a la cámara hiperbárica de sueño de este tipo.

—¿Ahí? —dije—. Apenas hay espacio para un cuer­po.

— Es el sueño de Buster Seitz lo que me interesa en este momento —dijo.

Un poco desconcertado seguí al teniente hasta la cámara de sueño. Eggert revisó el panel de control, luego examinó el interior de la cámara.

Estaba a punto de amanecer. Le avisé a Was.

—No se preocupe Gaskin. Ya tenemos lo que ne­cesitamos.

Miré sin comprender.

—Vea los últimos registros en la cámara de sueño y dígame si nota algo raro.

Los registros indicaban que la cámara no había sido utilizada desde hacía más de una semana.

—¿No le parece que una semana sin dormir es un tanto excesivo para cualquier humano?

Eggert sonrió con ironía.

Hicimos un escaneo holográfico de la cámara y nos marchamos por donde habíamos venido.

El cansancio de la noche anterior me provocó un do­lor de cabeza insoportable. Busqué el cigarro electró­nico en el bolsillo de la chaqueta. Lo encendí y aspiré con fuerza mientras escuchaba el ruido de una nave anclando en el puente de desembarco. Los oficiales del Consejo que nos habían visitado, aparecieron en la pequeña puerta del salón.

Enseguida miré los ojos de la mujer. Denotaban mie­do, o al menos, algo parecido al miedo.

—¿Qué tal ha estado su viaje? —dijo Eggert.

—Esta no es una visita de cortesía —respondió el oficial. Limitémonos a lo que nos interesa, teniente. Díganos ¿qué ha conseguido?

—Pueden verlo con sus propios ojos —respondió Was y reprodujo la proyección holográfica de la cáma­ra de sueño del congresista Buster Seitz.

—¿Qué es lo que quiere que veamos? —preguntó la mujer.

—Lo obvio —dijo Was—. Seitz no ha usado la cá­mara durante nueve días consecutivos.

—Entonces —dijo el oficial— ¿cuál es su conclu­sión?

—Buster Seitz es un androide infiltrado en el Con­greso. Me gustaría saber ¿por qué propuso un tratado de paz que desfavorece a los suyos? Imagino que ha desertado. Y ustedes —dijo Eggert señalando a los dos oficiales— han intentado engañarnos haciéndose pa­sar por humanos, para que seamos nosotros quienes lo quitemos de en medio.

Guardé el cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta. Los ojos de la mujer pasaban del miedo al terror, o del te­rror al pánico. Pensé que a fin de cuentas no éramos tan diferentes.

—Gaskin, ¿recuerda el hombre muerto en extrañas circunstancias en el sector 316 hace alrededor de una semana? Ese era el verdadero Buster Seitz. Al impostor lo atraparon esta mañana en la colonia Marte-84, bajo acusaciones de asesinato premeditado y suplantación de identidad.

Eggert sacó su pistola laser y apuntó a los oficiales. Yo también saqué la pistola.

En cuanto a ustedes, —dijo Eggert, dirigiéndose a los androides— la Armada me dio autorización para desconectarlos.

Debí haberme dado cuenta de que había algo raro. El miedo en los ojos de la mujer, la inexpresividad del hombre. Pistas en las que de seguro Was reparó desde el primer momento.

Eggert me mira con recelo, como si intuyera que algo ha cambiado entre nosotros.

—No piense demasiado, Gaskin, o acabará volvién­dose loco —dice.

Saco el cigarro del bolsillo, lo prendo, camino has­ta la ventana. Afuera la atmósfera sigue cargada por una fuerte lluvia eléctrica. Aspiro una bocanada larga. Retengo el humo cuanto puedo y lo expulso despacio hasta verlo perderse por los conductos de ventilación. En mis ojos también está el miedo, o algo parecido al miedo.

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