La ofrenda

Autor: 

Amílcar Rodríguez Cala
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19 Febrero 2016
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Yury Díaz Caballero

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Uno de los sabios del consejo da la idea:

– Obsequiemos a los calpixques con la bestia. Solo así la maldición se irá con ellos, y la destrucción de su pueblo nos hará libres.

El día de la llegada de los recaudadores de impuestos la ciudad de Mitla parece un panal en constante ajetreo. Varios días antes habían sido notificados por tres mensajeros de la próxima llegada de los calpixques, y los lugareños se esfuerzan por reunir sus tributos.

Los recién llegados son recibidos en el palacio. Los servidores extienden telares en el suelo, y a una voz de mando entran las mujeres zapotecas llevando cuencos con chocolate, que baten hasta producir espuma. Los recaudadores beben hasta hartarse. Luego siguen dos jornadas donde los zapotecas reúnen los tributos. Grandes costales repletos de maíz, cacao suficiente para desbordar ríos, innúmeros petates de algodón, la mejor vainilla para alabanza de líderes. Los escribas registran los tributos en papel de ámatl, implacables en sus exigencias. Las pieles de jaguar son cuidadosamente envueltas para que no se dañen. Los acarreadores salen los primeros, les aguardan ocho duros días de camino.

Pero antes de partir los calpixques, los jefes zapotecas ofrecen un último regalo. Piden un día de gracia para salir a cazar a la bestia más formidable que desanda las selvas de aquella parte del mundo, un animal que puebla las pesadillas y augurios de los condenados de la tierra. Parten veinte guerreros y los curanderos de Mitla esparcen humo de tabaco y semillas en medio de los campos donde imploran protección para su gente. Al amanecer retornan solo cinco guerreros y traen enjaulada a una criatura más grande que un jaguar, de filosas garras, inmensas ojeras y pico de ave en lugar de boca. Es tan blanca como la luna, y gime lastimeramente mientras intenta picotear a sus captores.

Los calpixques contemplan asombrados tal maravilla, será un magnífico obsequio para el Gran Tlatoani.

–Váyase, tienen que irse ahora mismo –dicen los zapotecas–, la manada a la que pertenece ese animal, saldrá en su búsqueda y no tardarán en encontrar el rastro.

Los últimos acarreadores cargan con jaula y bestia, y la comitiva toda emprende e trayecto de regreso.

El camino construido por los aztecas esta enlodado debido a las recientes lluvias. Los esclavos deben colocar piedras constantemente para que los calpixques no se ensucien los pies. Al final de cada jornada los espera una casa de descanso para pasar la noche, techos de paja y petates en el suelo para dormir en paz. Los guerreros quedan afuera vigilando la jaula con la bestia.

Pronto dejan atrás las tierras cálidas donde florecen los cultivos y se adentran en las inmensas selvas de pinos, donde siempre se anda a la sombra. Después cruzan los fértiles valles, allí se suceden las milpas y se disemina el magüey. A cada rato se detienen en los santuarios, donde los calpixques queman copal y ruegan al dios de los caminos para que nada entorpezca su paso. Notan a sus espaldas que el cielo se ha tornado gris y grandes columnas de humo se elevan hasta las nubes.

Finalmente alcanzan la calzada que conduce a Technochtitlán. Desde la distancia se divisa la majestuosidad del gran templo. La calzada avanza sobre las aguas del lago, interrumpida apenas por puentes levadizos. A la entrada de la ciudad los guerreros aztecas cobran en especie el uso de la calzada a los recién llegados, pero os calpixques no se detienen allí, porque los nobles tienen todas las puertas abiertas. Se detienen junto a la plaza de teocali, la gran pirámide donde siempre humea el fuego sagrado. Los sacerdotes percuten a los tambores, y el Gran Tatloani se presenta para inspeccionar sus nuevas riquezas.

Cruzando junto a los costales de maíz, las pieles de jaguar y las orlas de plumas multicolores, el gran Tetloani va directo a la jaula donde la bestia reposa. Punzándola con una flecha intenta desperezarla y el animal en respuesta se lanza furioso contra los barrotes de madera, con su formidable pico logra quebrarlos y salta dando zarpazos dentro del círculo de guerreros aztecas. Varios hombres lanzan las redes para sujetarlos, dos de ellos caen aplastados bajo la embestida de la bestia.

Al fin lograron inmovilizarla. Le amarran las patas y la llevan junto a los horcones a un costado de la pirámide. El Gran Teotlani invoca a sus dioses y da gracias por la posesión de un ejemplar único entre sus tesoros. Trasladan a la bestia hasta un zoológico real, donde se alternan jaguares, venados, osos del norte, tucanes, águilas, serpientes y toda clase de animales cazados en los sitios más disímiles del mundo. El lugar privilegiado, sobre la gran roca cerca del palacio, se destinó para enjaular a la bestia.

El día siguiente, antes del alba, una gran oscuridad nace desde el sur y pronto va ocupando todo el cielo que llega hasta las calzadas sobre el lago. Los pueblos de la ribera se agrupan para contemplar un fenómeno nunca antes visto. El sol es tragado por las nubes negras, la noche está de vuelta.

Un pájaro colosal se aproxima a la isla, sus ojos abarcan hasta donde los ojos no son capaces de ver. En su vuelo a baja altura va quebrando las copas de los árboles más altos, que caen sobre la selva en medio del estrépito. Cuando se acerca Technochtitlán la superficie del lago se revuelve en las olas irregulares, el agua se torna turbia y barre con las calzadas. El pájaro detiene el vuelo sobre la ciudad, y queda allí, flotando sobre remolinos de hojas, flores y basura de bosque.

El Gran Teotlani se reúne junto a los sacerdotes cerca de la gran pirámide, Quetzalcóat esta de regreso. En los inicios de los tiempos el gran dios había prometido volver para ocupar nuevamente el trono, y allí estaba, mostrando su poderío a los ojos del mundo. Los guerreros forman en fila e hincan las rodillas en señal de sumisión. Entonces, desde el gran pájaro desciende un haz luminoso que empieza a barrer con todo lo que encuentra a su paso. El agua del lago se evapora con su contacto, la calzada se agrieta, la madera se resquebraja y comienza a arder.

Un grito de alarma prende entre los presentes. Las chozas de las orillas del lago se convierten en hogueras, el fuego se expande con rapidez. El Gran Teotlani levanta los brazos en súplica, pero sus sacerdotes no lo acompañan y emprenden una veloz huída entre las callejas.

–¡Dioses que protegen a mi pueblo, pasen de largo y espanten a la muerte!

Sus gritos se pierden en el bullicio en derredor. El voraz incendio se propaga por la ciudad como un animal hambriento.

El haz luminoso del pájaro sigue su recorrido. Hurga en teocali, en las milpas, en el mercado. Las llamas prenden en todas partes. Finalmente la luz se detiene en la colección de animales del Gran Teotlani. Algunas jaulas también se incendian, un puñado de fieras consigue abrirse paso entre tanta destrucción y escapar, pero otros mueren calcinados. La columna de luz  se posa sobre la bestia obsequiada por los zapotecas.

En el gran pájaro el menor de los hermanos dice:

–¡Ahí esta nuestra mascota! Pensé que la encontraríamos muerta. El tiempo que perdimos arreglando el rastreador hubiera podido ser fatal.

–Succiónala hasta la nave. Debemos ponerla con el resto de la camada junto a su madre antes de que regrese papá. Ojalá nos alcance el tiempo para descontaminarla.

–Ya es hora de mudar el campamento. Los parásitos de este planeta nos están perdiendo el miedo… ¡Robados por esas larvas!

La bestia levita por el haz de luz justo cuando las infernales llamas terminan por devorar el zoológico del Gran Teotlani.

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