La pasión rosa de Fefo
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Quien conoce ese río y sus dolencias, provenientes de frecuentes sequías y del efecto del represamiento de sus aguas, pudiera poner en duda la legitimidad de su nombre. Sin embargo, Río Máximo, singulariza y distingue al área protegida por donde desandan sus caudales.
Los flamencos van todos los años allí para garantizar su supervivencia y hacer todavía más pertinente la categoría de manejo de esta área protegida con más de 50 mil nidos en la última temporada reproductiva.
Máximo no es solo el nombre de un río que desemboca en el norte de Camagüey, ni siquiera el de un Refugio de Fauna, es una condición que cataloga al esfuerzo y a los resultados obtenidos durante las últimas tres décadas en esta zona costera. Su paladín es uno de los máximos exponentes de entrega a la conservación de la naturaleza cubana, un profesor que dejó el aula para extender el magisterio a cada paso.
“Cuando descubrí cuánto se podía hacer por los flamencos, me pareció que la vida iba a pasar y yo no iba a lograr cosas como las que hoy he conseguido”, confiesa.
La comunidad de Mola custodia esta Área Protegida, lugar de mayor nidificación del flamenco en el Caribe y gran ejemplo de manejo y reproducción de la especie. Pero además, Mola se guarda para sí la historia de un hombre y de su pasión rosa: José de la Concepción Morales Leal o Fefo, como todos lo conocen.
“Así me llamo porque nací un 8 de diciembre, el día de la Purísima Concepción, y por tradición siempre ponían al recién nacido el nombrecito que aparecía en el almanaque. Pero desde muy pequeño recibí el apodo de Fefo, por mi hermano Andrés que estaba enamorado de una muchacha del aula a la que le decían Fefa. Un compañero suyo me conoció en la beca y me dijo: “así que tú eres hermano de Andrés, pues si él está con Fefa, tú eres Fefo”. Y me quedé con Fefo para toda la vida. Ya en todas partes me conocen así; muchas personas no saben mis apellidos, no saben mi nombre, pero a Fefo sí lo conocen”.
– ¿Cómo fue su formación? ¿Qué recuerda de su familia, de su infancia?
– No soy de estas personas que acostumbran a hablar de cómo nos hicimos mis hermanos y yo… Nací en el seno de una familia humilde, en un pequeño barriecito rural llamado La Alianza, en el kilómetro 42 de la carretera de Nuevitas (Camagüey). Mi infancia fue formidable, me crié en las Sabanas de Minas… los primeros años de mi vida son inolvidables.
“A los cinco o seis comencé a conocer el rigor del campo; ayudaba a mi padre que se dedicó siempre al trabajo en la industria azucarera. Él practicaba también la producción de carbón vegetal y tenía una pequeña finca. Éramos una familia grande y teníamos que trabajar muy fuerte en la casa porque no había otra posibilidad.
“Mi padre nos obligó a todos a estudiar y muy temprano me bequé. Siempre recuerdo a mi mamá cuando me decía: 'Hijo, estudia para que no pases el trabajo que pasó tu papá'. Él era canario y me hacía la historia de cómo le fue la vida, cuánto trabajó, luchó… Siempre nos decía que nunca abandonáramos el país, que solo sabe lo que es sentirse extranjero aquel que lo ha sido alguna vez.
“Ese ejemplo de mis padres, ambos prácticamente analfabetos pero con una educación extrema, fue una gran escuela. Apenas sabían leer y, sin embargo, conocían de cultura universal, fueron capaces de sembrar valores en nosotros y de ponernos ejemplos de cómo era la vida.
“Mi escuela tenía perfil agropecuario. Allí desde niño recibí asignaturas que después en la formación normal no se recibían, como Agrotecnia, Fitotecnia, todas relacionadas con la vida en el campo…”.
– ¿Y por esa inclinación hacia el mundo natural, llega Fefo a la Biología?
– Si digo hoy que pensaba en ese momento ser biólogo no estaría diciendo la verdad. Cuando estaba en décimo grado, se celebró el II Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas y Fidel planteó la necesidad de que personas jóvenes se incorporaran al Destacamento Pedagógico. Muchos de nosotros lo hicimos rápidamente y comenzamos a trabajar como profesores de Biología
“Entonces, conocí a un malacólogo que comenzó a darnos clases en el tercer año: Ángel Quirós Espinosa. Fue él quien me embulla primero y me ayuda luego en mi formación como biólogo. Comencé entonces a ser su alumno ayudante, a participar en investigaciones, gané un premio en el IV Fórum Nacional de Ciencias Pedagógicas y a partir de ahí ya me creí un tanto investigador. Tengo que reconocerlo así. No pienso que fuera brillante pero sí siempre tuve buenos resultados, no como fruto de la inteligencia, sino del esfuerzo. Todos los días estudiaba, me dedicaba y así ha sido toda la vida.
“Cuando cursaba el quinto año en el Destacamento Pedagógico, comencé a hacer mi trabajo de diploma sobre los moluscos con Quirós y un profesor de él, José Fernández Milera, quien me dice que teniendo en cuenta mi inclinación desde pequeño hacia el campo, hacia las aves, y lo mucho que me interesaban los flamencos, mi vocación no eran los moluscos. Así me descubrió y es a quien debo la mejor decisión de mi vida.
“El 7 de noviembre de 1976 fue mi primera visita a Río Máximo. Ingenuamente buscaba observar la reproducción de los flamencos, pero ya en noviembre todos `habían sacado’. `Patié´ todos los fangueros y no encontré ni un nido. Por eso corregí el tiro y comencé el estudio de la reproducción en 1977. “No pretendía ser un científico en ese momento, sino un profesor que conociera procesos y cuestiones fundamentales de la Biología. Ningún maestro, aunque sepa mucho de pedagogía y metodología, puede hablar del contenido sin conocimiento pleno. Eso era algo que no entendían totalmente en el Pedagógico”.
– ¿Por eso Fefo abandonó las aulas?
– Mira, además de mantener el trabajo con los flamencos y de crear nexos con la empresa de Flora y Fauna, trabajé hasta el año 1987 en la Universidad pedagógica. No me pesa haberme marchado de allí, aunque muchas personas me dicen: '¿por qué te fuiste del aula para meterte en un fanguero?' Pero para mí era una necesidad; cualquier investigador tiene que hacerlo para poder llegar a sus verdaderas conclusiones…
“Me gustaba la pedagogía, pero por dentro llevaba esa inquietud de conocer la interioridad de la vida silvestre, no solo de los flamencos, porque también he trabajado con poblaciones de rabihorcado en Cuba, he publicado sobre las migraciones de aves y sobre especies introducidas. Pienso que fue una decisión sabia y necesaria comenzar a trabajar en Flora y Fauna.
“Además, creo que he seguido teniendo alumnos, personas a las cuales educo y que lo necesitan, que no fueron a la universidad, están directamente con la naturaleza y requieren de la ayuda de otros que con paciencia y amor sean capaces de entenderlas, de crearles una convicción sobre la necesidad de conservar.
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El manejo de las poblaciones de flamencos en Río Máximo es de referencia mundial. |
“Yo me siento maestro, honestamente, y por eso trato con tantos niños, con tantos jóvenes. Creo que aquellas personas sensibles al cambio, al propósito de que la nueva generación sea mejor que nosotros, no deben sentarse a esperarla, tienen que ponerse de pie y prepararla, hacerla”.
– Cuéntenos sobre sus nexos con la Empresa para la Protección de la Flora y la Fauna y su influencia sobre los flamencos.
– Mientras yo era profesor, prestaba servicios, ayudaba, pero no era trabajador directo de la Empresa. Allí se había dado a conocer la necesidad de cumplir tres misiones fundamentales para los flamencos y otras especies. La primera era establecer programas de conservación en el país. Al cabo de apenas tres años, ya nosotros habíamos podido organizar el proyecto de conservación del flamenco en Cuba, lo cual consta en varias publicaciones que hicimos.
“También trabajamos constantemente para cumplir una segunda meta, que era sacar a estas especies del estatus de amenazadas. En el caso del flamenco, nos propusimos llevarlo en Cuba a la categoría de especie vulnerable; así se estableció y fue aprobado por las organizaciones internacionales. Y ya hoy se considera una especie con un simple grado de amenaza en algunas partes del Caribe, pero en Cuba es clasificada como vulnerable, debido a los cambios climáticos. La población de Río Máximo en 1976 era de 12 mil flamencos y la actual, en época de nidificación, llega a 120 mil. Esto es reconocido en el mundo entero, incluso, se considera uno de los resultados de manejo más relevantes en la conservación de una especie.
“Nos quedaba una tercera misión, que era hacer un uso sostenible de las especies. Esto es fundamental, porque no es la venta, no es la comercialización, sino el paisaje, lo que representa la especie como elemento vivo en nuestros ecosistemas. Comenzamos a criar al flamenco en cautiverio. Tomamos una parte de los que se habían multiplicado. Recogimos los animales que se quedaban retrasados en los sitios en nidificación y empezamos un trabajo en cautiverio para que no murieran como consecuencia de la selección natural”.
– ¿Tres misiones cumplidas sin tropiezos?
– Me considero un hombre completamente revolucionario y creo que un verdadero revolucionario debe tener dos cosas: admitir el cambio y ser capaz siempre de rectificar los errores cometidos. En los primeros años nos equivocamos, lo reconozco siempre. Pensé que debía incorporar al medio parte de estos animales que la selección natural eliminaba y que no debía comercializarlos todos.
“Cuba había sido el paraíso de captura de flamencos adultos a cualquier costo, no importaba la cantidad que murieran. Con esta nueva forma de cría en cautiverio teníamos un modo de llevar estos animales a los zoológicos del mundo sin tener que dañar el medio silvestre y a la par obtener divisas para poder seguir conservando nuestro ecosistema. Ahora, ¿en qué nos equivocamos? En que durante los primeros años soltamos parte de estos animales.
“Esos jóvenes que van a morir por la selección natural nunca deben soltarse —lo hemos aprendido—precisamente porque es la parte genética que debió perecer, la que constituye el equilibrio de la naturaleza.
En su estado natural solo deben sobrevivir los más vigorosos. Por eso es que cuando hoy capturamos flamencos, hacemos una discriminación: se toman los más retrasados para los zoológicos y los más fuertes se incorporan en corrales y les damos los alimentos necesarios. La idea es que si tenemos que hacer alguna reintroducción en cualquier parte del mundo, sean seleccionados los animales con todas las condiciones naturales de la especie”.
– Volvamos un poco atrás, a cuando comenzó a funcionar como área protegida Río Máximo. ¿Cómo ha sido la evolución hasta hoy? ¿Permanecen sus deseos de estar tanto tiempo en el fango?
– La progresión en Río Máximo fue increíble. Cuando llegamos no existía nada. Creamos el Área con la ayuda y precisión del Comandante de la Revolución Guillermo García, pero las condiciones eran pésimas. Todavía hoy seguimos a cien kilómetros de la ciudad de Camagüey, con vías de acceso difíciles y sin comunicación.
“A los dos años de estar viviendo allí mi esposa no soportó más que yo estuviera solo y se incorporó a trabajar conmigo. Loidys, además de ser una gran mujer, ha sido un estímulo para continuar mi trabajo, porque yo siempre me sentía incapaz, pensaba que no podía llegar a emprender grandes proyectos, y ella, sin ponerse al frente, por detrás, me ha dado la magia necesaria para ser tenaz, constante… El sacrificio de ella es mayor que el mío. Yo solo he aglutinado a las personas, he tratado de ser quien guíe los procesos.
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La capacidad y empeño de Loydis (de pie a la izquierda) confirman que junto a cada gran hombre, hay una gran mujer. |
“Cuando se habla de colectivo y de sentido de pertenencia, siempre lo digo, los trabajadores de Río Máximo son un ejemplo total, al extremo de que se sienten dueños del área, y lo son. No tenemos nada que se parezca a tecnología de punta, por el contrario, pero existen los resultados que nos han permitido avalar científicamente cada uno de los manejos.
“Lo que he alcanzado significa algo muy grande, pero no lo veo como un producto del esfuerzo personal, sino del de todos los que me rodean. Yo salgo a un evento y lo que veo retratado en mí son las personas que han tenido que luchar para que yo llegue hasta donde estoy. Yo presento los resultados, por ejemplo, de la reproducción durante 30 años en Río Máximo. Nadie había podido seguir en el flamenco la reproducción durante 30 años, eso es uno de los grandes éxitos de mi trabajo y sí, Fefo fue quien lo expuso, pero ¿cuántos trabajadores anónimos han entrado al fango, han medido los huevos, han contado los nidos o han venido a decirme: 'llegaron los flamencos, están en cópula, ¿mañana deben estar en el nido'? Y al otro día soy yo quien va, pero sin ese conocimiento previo no podría haber resultados.
“Entonces, sobre los deseos, Cuba para mí es todo. He llevado flamencos a Asia, Europa, América, pero nunca me he sentido mejor en ninguna parte que en mi país, y dentro de mi país, para ser honesto, en Río Máximo. Ahí estaré siempre”.
– ¿Cómo ha afectado su decisión de permanecer en Río Máximo su vida familiar?
– Bueno, la familia es muy pequeña. Mi esposa y yo solo tenemos una hija, que es médico. Teníamos que estar siempre en el Área y ella becada toda la vida. Nunca pensé que fuera doctora, porque desde pequeña andaba conmigo, tiene colecciones de mariposas, de naturaleza… Tal vez el verme pasar tanto trabajo la hizo no querer dedicarse a estudiar la naturaleza. Eso en un primer momento me dolió, pero ya hoy no, porque la veo libre, dedicada, feliz. No obstante, pienso que lleva la naturaleza dentro de sí, como mi otro “hijo”, su esposo. No emprendo en el Área una actividad que necesite de empeño y de fuerza en la que él no esté presente.
“Ratos libres tengo muy pocos, y en ellos lo que más hago es conversar con mi familia, con mis trabajadores, sentarme con ellos y darme cuenta de que tengo que buscar más momentos para atenderla.
“Hoy, con mis funciones como director del Área, tengo que pasar mucho tiempo en cuestiones administrativas y eso me consume una parte de mi vida que no puedo dedicar a la actividad científica. Ahí es donde Loydis me complementa más y eso le ha permitido alcanzar un nivel extraordinario en la parte de conservación y, específicamente, en el trabajo con las comunidades. Un amigo nos dice siempre: 'Si Loidys fuera Loidys y Fefo fuera Fefo, cada uno por su parte, Loidys fuera más conocida teniendo en cuenta lo que ha hecho'. Y es verdad”.
– ¿Qué tareas pendientes tiene, a su juicio, la conservación del flamenco en Cuba?
– Falta mucho por apoyar para que la actividad del manejo y conservación del flamenco llegue a tener todos los resultados necesarios. El flamenco no es simplemente el ave del Renacimiento; debe ser vista como una especie sombrilla, para que bajo su belleza y sus valores pueda ser estudiado el resto de las aves que comparten su ecosistema.
“Es necesario profundizar en la conservación in situ. Eso es fundamental y no me siento satisfecho. Se pueden obtener mejores resultados y esto depende, en muchos casos, de la utilización adecuada de los recursos que tenemos y de que se pongan en función de la conservación.
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En el trabajo cotidiano con la comunidad de Mola, Fefo demuestra que lleva el magisterio dentro. |
“Pienso que hay una diferencia grande entre los recursos que se encuentran en la superestructura y los que existen en la base. Y es aquí donde se realiza verdaderamente el trabajo de conservación. Los esfuerzos que hace Cuba en este campo son únicos, pero se debe de luchar más para que los recursos que salen, que se obtienen a través del uso sostenible, vuelvan a las áreas, para que podamos continuar protegiendo la biodiversidad en cada lugar, que es, en definitiva, la forma de proteger la biodiversidad de todos”.








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