Proyecto Babel

Autor: 

Carlos E Ávila Villamar
|
09 Enero 2016
| |
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Y todo empezó porque habían mandado del gobierno municipal unas cinco o seis cajas inmensas. Adentro estaba desarmada una máquina analítica, una joya, con nada menos que la moderna tecnología alemana de tubos al vacío, que se usa en las mejores universidades. La máquina apenas cabía en la editorial, pero ya que era un préstamo valioso, debía usarse al menos para enseñársela a la gente. El editor en jefe averiguó que el gobierno municipal antes la usaba para filtrar las cartas del día a día. La máquina era capaz de clasificarlas en agradecimientos, sugerencias, anónimos, vandalismos… y de valorar si merecían o no ser leídas. El editor en jefe, por supuesto, no le encontró mejor utilidad que procesar los manuscritos que llovían todos los días de malos poetas y depravados anónimos. Contrató un par de matemáticos de mucho prestigio de la capital e hizo un programa muy simple pero efectivo para evaluar la calidad de los escritores, sobre todo basado en el uso de gerundios y tiempos verbales.

Es importante mencionar que el pueblo se había conectado a la red nacional de ferrocarriles hacía apenas diez años, y todavía estaba reciente el primer viaje del hombre al cosmos. Nadie se alarmó mucho porque un tiempo después las traducciones las estuviera haciendo la máquina.

Ahora se podía traducir cualquier libro casi al instante. El editor en jefe, habiendo visto ya las nuevas posibilidades, tuvo la idea de que se podía ayudar a los escritores, a menudo con la cabeza en blanco a la hora de comenzar algo nuevo. Se buscó a un escritor de renombre del pueblo, que hacía ya muchos años había publicado no sé qué novela con cierto éxito en la capital, y se le consultó para crear un programa que probara todas las combinaciones posibles de letras en una página en blanco, y que pudiera evaluar cuáles de ellas tenían algún valor literario. Se probarían las combinaciones una a una: aaaa, aaab, aaac, aaad… la máquina sería un crítico procesando millones de textos por minuto. A la noche habría miles de primeras páginas de novelas maravillosas, y eso veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Los matemáticos dijeron que era imposible, pero fue posible, por qué no. La corrección ortográfica o gramatical era lo de menos. El viejo escritor ayudó a hacer una simulación de la sensibilidad humana, se evaluarían las posibles metáforas y los finales inesperados, y así nació en secreto el Proyecto Babel.

Entonces sólo había que repartir esas primeras páginas entre los círculos de escritores del pueblo, y así se hizo, todo muy normal. El problema fue que los escritores del pueblo se demoraron varios meses en terminar las novelas, y cuando las novelas se imprimieron los lectores se empezaron a quejar sin reservas, todos señalaban que el inicio de las novelas y culebrones siempre era excelente, pero que tenían una pobre continuación y sus finales no tenían gracia. El editor en jefe se reunió con el viejo escritor, jefe del club de escritores, para decidir qué se debía hacer. El Proyecto Babel no funcionaba si los textos estaban tan mal terminados.

Entonces se pasó a procesar no sólo la primera página, sino también la última. Cada primera página se entregaba al escritor con su respectiva terminación, y luego el escritor ya tendría una idea del argumento. Así se hizo, todo normal, pero el plan no funcionó, las críticas no mejoraron. Parecía como si la gente, antes sin criterios de comparación, ahora pudiera notar muy rápidamente un descenso en el nivel de calidad.

El editor en jefe se volvió a reunir con el viejo escritor, jefe del club de escritores, ahora para hablar aún con mayor seriedad del asunto. El editor en jefe dijo que no había opción, la máquina debía hacer la mayor parte del trabajo. “Lamento decirle que no hay opción”, dijo, “la máquina debe hacer la mayor parte del trabajo. Deberá entregar una novela por semana y esa novela será entregada a usted para que haga unos pocos ajustes, y eso será todo”. El viejo escritor entrecerraba los ojos llenos de odio. “No se ponga así”, dijo el otro, “debería estar agradecido de que lo elijamos a usted para poner un nombre en las portadas”.

“Nada de eso”, respondió el viejo escritor, “eso es un acto vandálico contra la literatura, y no dejaré que usen mi prestigioso nombre. Sabe bien cuántos libros vendió una vez gracias a mí, elija ahora: la máquina o yo”.

Todos presenciaron esa tarde la salida del viejo escritor, jefe del club de escritores, con todos sus papeles, mirando hacia abajo, refunfuñando como un niño malcriado. A la mañana siguiente se hizo público el Proyecto Babel.  Se dio a conocer a todo el mundo los detalles de cuanto había ocurrido y se hizo una campaña monumental sobre los futuros libros en venta, completamente escritos por la máquina. Se tomó la decisión de poner a trabajar a la máquina para que probara todas las combinaciones posibles de letras y signos en trescientas páginas en blanco. A los cinco meses de empezar a andar el asunto todavía se iba por las combinaciones que empezaban con ab, pero pronto se pasaría a ac, lo que sugería que las posibilidades terminarían acabándose alguna vez. Hasta ahora las novelas solían empezar con conjugaciones del verbo abrir, y eso era lo único en común, pues las temáticas eran variadas y estaban tratadas con el estilo más preciso en cada caso. Todas las novelas merecían ser leídas, eran tan magistrales que hasta los menos letrados sentían una atracción inexplicable hacia ellas. Los jóvenes gastaban su dinero nada más en libros, hasta un punto en donde la tienda de discos de vinilo tuvo que cerrar por bajas ventas. Algunos juzgaron que en unas semanas se habían hallado obras literarias que aplastaban perfectamente los varios siglos de la literatura nacional. Los escritores fueron siendo desplazados uno a uno. El editor en jefe se había dado cuenta de que la máquina no cobraba, no se retrasaba y escribía sin equivocarse. Fueron muy sonados los casos de escritores sin nada que perder intentando hacer pasar sus escritos como si fueran hechos por la máquina, pero la diferencia de calidad hacía fácil el darse cuenta del engaño. Eran días gloriosos, unas líneas encontradas por decantación podían hacer sentirse mejor a un hombre enamorado, o conmover a los obreros más rudos.

El viejo escritor, jefe del club de escritores, vivía ahora de sus ahorros y sus textos pronto quedaron en el olvido. Nadie lo reconocía en las calles, a pesar de lo pequeño que era el pueblo. Entonces, lleno de odio, hizo un par de llamadas telefónicas a la capital y a la mañana siguiente apareció aquel artículo en un prestigioso diario, que decía ¿Amamos a la literatura o a los escritores? El artículo criticaba con dureza la introducción de la máquina en el pueblo y sobre todo el Proyecto Babel, supuestamente por dejar sin sentido los conceptos de autor y obra. El artículo tuvo una repercusión inmensa y un apoyo obvio de todos los escritores que habían quedado obsoletos, que argumentaban que las obras hechas por el Proyecto Babel eran artificiales y nada éticas. Por supuesto, la gente no le hizo mucho caso a ninguna de estas cosas, pero los círculos intelectuales tenían mucha influencia en el gobierno, y los debates arrancaron con rapidez.

El viejo escritor tomó un par de píldoras para la presión alta, convocó a todos los miembros del club de escritores y organizó una protesta frente a la editorial, gritando consignas por los megáfonos durante todo el día. Las casas de campaña, las barbacoas y el tiempo libre tenían más peso en la opinión de los manifestantes inclusive que la propia causa que defendían, era divertido estar allí, pero en la práctica estaban allí y eran una fuerza a tomar en consideración. El Proyecto Babel seguía andando, ya se iba por las combinaciones ap. Sería inútil hacer obras parecidas a las que ya se habían hecho, porque iban a ser irremediablemente inferiores. Se había mutilado una parte de todo lo que podrían hacer los escritores del futuro. Esos libros son huecos, decía el viejo escritor por el megáfono, no tienen un respaldo humano, no tienen nada humano. El viejo escritor solía poner el ejemplo de que si se le daba una máquina de escribir a un niño pequeño y por casualidad el niño tecleaba un par de palabras, eso no sería literatura.

El editor en jefe contrató a un par de intelectuales de la capital, que por suficiente dinero defendían cualquier causa, y preparó un manifiesto en defensa del Proyecto Babel. El manifiesto argumentaba que cada libro no era la sucesión de signos hallada por la máquina, sino las ideas que eran construidas en la mente del lector gracias a esa sucesión de signos, por tanto la obra sí era irrevocablemente humana. La literatura no son las letras escritas por el niño, decía el texto, sino lo imaginó que el que pasaba por ahí y las vio.

Entonces el viejo escritor, jefe del club de escritores, reaccionó especulando sobre futuras máquinas exclusivamente lectoras, era posible que la máquina hiciera obras tan elevadas que sólo otras máquinas pudieran entenderlas, sería posible inventar el idioma más adecuado para cada novela, el lector ideal para cada novela, que ocurrirían movimientos artísticos incomprensibles para el hombre, exprimiendo y exprimiendo en pocos años el inabarcable mundo literario. Recordó que el Proyecto Babel transcurría con relativa lentitud por las limitaciones tecnológicas, pero que era posible que en un cuarto de hora se analizaran todas las posibilidades de textos, y en ese cuarto de hora también las máquinas lectoras pudieran hacer todas las interpretaciones de esas posibilidades, como dos espejos que se reflejan, o inclusive podía ocurrir en un cuarto de minuto, una simulación de la historia de la literatura ocurrida y por ocurrir en apenas un cuarto de minuto, los de la editorial podían ralentizar el tiempo de lectura de las máquinas, para que fuera menos evidente el engaño, pero de todas formas la literatura se iba a convertir en una mera simulación.

Viendo que el gobierno aún no se decidía, el viejo escritor gastó sus últimos ahorros alertando del peligro de que las masas ya estaban pensando en que, una vez finalizado el Proyecto Babel, la máquina podía hacer funciones de gobierno municipal. Nadie lo escuchó.

Durante las elecciones locales, los que revisaban los votos quedaron atónitos porque un quince por ciento de las boletas tenían la cruz en un último candidato, escrito a mano, que era la máquina analítica del Proyecto Babel. Claro que se manejó como una broma o un vandalismo por la prensa, y las autoridades fingieron que era gracioso y que no tenía importancia. Una semana después, alegaron que la máquina era antiética y antinatural. A pesar de las quejas de los lectores, fue retirada permanentemente por la policía, y todos los libros impresos gracias al proyecto fueron quemados en la plaza pública. Se hizo una hoguera inmensa cuyo humo se divisaba en la distancia. Se tiraron fotos para mandarlas a los diarios de la capital. El editor en jefe, viéndose sin salida, renovó el contrato con sus poetas de poca monta y sus depravados anónimos. Por si fuera poco, redactó una disculpa formal reconociendo que se había equivocado y que jamás se le borraría el cargo de conciencia.

Esa noche el viejo escritor, jefe del club de escritores, se sentó complacido en su sala, bajo una luz de un naranja hospitalario, se recostó al sillón y se dio cuenta del extraño hecho de que sin importar cómo se sentara, seguía sintiéndose incómodo. Miró a su buró, donde tenía ocultos varios ejemplares de libros del Proyecto Babel, y sin saber por qué se puso triste. Jamás volvió a escribir.

La máquina fue desechada. Se han hecho muchas leyendas populares al respecto hasta nuestros días. Una de ellas dice que redactó una carta desesperada rogando por misericordia, para que no fuera desconectada, lo que parece bastante improbable. La verdad es que ya se habla poco de ella. La última vez que alguien la vio fue en el depósito de chatarra, estaba siendo desmontada poco a poco por los chatarreros. La atención de la gente se ha volteado hacia el milagro de la televisión a color, que ya casi está en todos los hogares.

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