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Autor: 

Redacción JT
|
06 Agosto 2016
| |
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El voraz tridente tecnología digital-consumo-ganancia arrastra a más de medio mundo al arrebato. Es la carrera de las carreras: la Internet y todas sus cosas, desde los dispositivos que embelesan, softwares y aplicaciones que aparecen por los cuatro costados, hasta las embriagantes redes sociales y mucho más. Así están enganchadas a esta apoteosis del encanto algo más de tres mil millones de personas, tantas como la población de África, Europa, Medio Oriente y todas Las Américas juntas.

Esta cíberdama también está aquí atravesando fronteras propias y ajenas, cada vez más atrevida y desafiante, conquistadora a ultranza, invitando a bailar su danza de la conectividad porque se sabe el sistema de comunicación más completo y complejo que ha existido (y no podemos vivir sin comunicarnos): un verdadero enjambre de redes que te pasea el tiempo y el universo.

Ella está ahí, y ahí hay que estar. No se deja (ni se puede) eludir -solo pensarlo es un disparate. Sin embargo, sería un error dejar el inevitable e imprescindible acceso a la megared a la “libre espontaneidad”, o sea, sin instructivos, sin un determinado orden y propósito enseñable.

En otras palabras, que la Internet, y todo lo que involucra, sirva para el desarrollo sano de la personalidad (fundamentalmente en adolescentes y jóvenes); de la sociedad; de las instituciones; de la economía; del país. Es decir, que sea una verdadera herramienta a nuestro servicio individual y colectivo, y no al revés, una jaula de incomunicación y sedentarismo social, como ocurre a muchos en todas partes del mundo.

No somos ingenuos, sabemos que esto es un ideal de complicada puesta en escena, por factores de toda clase. Por eso hay que andar con urgente sutileza la senda de la interacción digital (pública y privada). Hablamos de otra “alfabetización”, o, quizás sea la misma, ya en su grado mayor.

La unicidad de nuestro sistema instructivo-educativo, el alcance de los medios de comunicación y los cientos de Joven Club favorecerían potencialmente esta desanalfabetización  de la sociedad en las TICs*. Apoyados por una red de expertos en Ciencias de la Información, antropólogos, psicólogos, sociólogos, ingenieros, especialistas en neurociencias y en leyes, deberían pavimentar un camino teórico-práctico viable y flexible, adecuado al proceso infodigital por el que irá transitando Cuba.

Hay muchas preguntas en el tintero: ¿Cómo y por cuánto tiempo, puede la Internet dañar conductas en los adolescentes, o perjudicar el enfoque hacia sus principales deberes? ¿Cuándo hay un trastorno psicopatológico, o queda el joven atado afectando su desarrollo? Los especialistas para contestar a esas inquietudes están al alcance de la mano. Faltaría entonces organización y la intención de comunicar, de informar los resultados y propuestas que la ciencia ha hecho al respecto.  

Se impondría enseñar a distinguir, sobre todo a los más jóvenes, los límites entre lo real y lo virtual, entre persona, dispositivo y naturaleza, entre la información útil y banal, entre el entretenimiento beneficioso y nocivo (por consenso de expertos), entre el contexto nacional y el internacional, amén de entender la intríngulis y algoritmo de esta gigantesca malla digital, con su desborde visible hacia el consumismo desmedido. Todo ello debería llegar a las escuelas, debate mediante, como parte del trabajo educativo, para formar una cultura de conexión.

En un contexto mundial hiperconectado, la Internet y todas sus cosas, puede y debe ser en Cuba una expresión de cultura, soberanía y democracia (¡cuánto potencial en los foros!), una plataforma para la articulación del tejido social, que corone diálogos y virtudes.

*Tecnologías de la Información y la Comunicación

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