Regreso a la semilla
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Fernando conoce cada palmo de su recién “nacida” finca y como padre orgulloso no cesa de proferirle elogios. Acostumbrado al asfalto de la capital, la multiplicidad de olores y colores que en aquella encuentra ha calado hondo en la mente de este joven ingeniero agrónomo, que ahora se estrena como agricultor.
Atrás quedó la comodidad de una oficina y el trabajo sedentario. Picos, guatacas y machetes constituyen sus principales aliados en el desarrollo de un nuevo modelo de vida.
Tildado de “loco” por amigos y colegas ante la decisión de embarcarse en esta singular aventura, Fernando confiesa que era lo que le faltaba para consolidar veinte años de ininterrumpidos estudios sobre agricultura ecológica.
La tarea fue casi un escarmiento. Cinco meses de intensa lucha contra el marabú, el aroma y las piedras, dejaron al descubierto un terreno apto para el cultivo y aplacó parte de la incertidumbre.
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El trabajo inicial fue duro, extraer las piedras del suelo y combinar la tierra con materia orgánica, permitió la siembra de más de veinte tipos de hortalizas, tales como la escarola. |
“El reto de alistar una finca es solo comparable con los deportes extremos. Limpiar la tierra, hacer los cercados y diseñar un sistema agroecológico es un trabajo realmente duro”, admite Fernando, quien en los primeros meses bajó cerca de 30 libras de peso corporal.
“Generalmente, cuando yo doy las conferencias sobre agricultura ecológica insisto mucho en el tema del diseño y de lo importante que es aprovechar los recursos de manera eficiente, pero no sabía que cuando lo pusiera en práctica iba a tener tantas dudas”.
Sin embargo, las ocho hectáreas obtenidas mediante el Decreto Ley 259* del Ministerio de la Agricultura (MINAG), ya muestran los primeros resultados. Diversas hortalizas, un platanal, siembras de forraje para el ganado y café, constituyen algunos de sus cultivos; además de 25 colmenas de donde se extraen distintos tipos de mieles.
Las lomas secantes de Caimito
Un sinuoso camino lleva al visitante hasta la finca, aún sin nombrar, de Fernando Funes. Pero incluso sin señalizaciones que la identifiquen, resulta difícil perderse; a pesar del poco tiempo que lleva allí, sus vecinos ya conocen al “profe”.
Con ellos comparte vivencias, orientaciones y algún que otro consejo nacido de sus muchos estudios en el tema agroecológico. Experiencia que espera llevar a todos los interesados en el municipio y posteriormente al resto de la provincia de Artemisa.
Según el novel campesino, el conocimiento del sistema agrícola es el mayor patrimonio que puede tener un agricultor y en ocasiones no es tenido en cuenta por los científicos que tienden a reducir el número de factores a observar.
De ahí que la agroecología, estilo que emplea en su finca, revalorice el conocimiento tradicional de las comunidades indígenas y se nutra en su concepción de esos saberes, basados en la observación y la vivencia práctica y eficiente de aprovechar los recursos naturales de manera armónica.
Por eso piensa que el 2014 será un año importante en la inclusión de los agricultores de la región en este modelo productivo. Explicarles lo hecho, cuánto le ha costado y cuáles de las tecnologías aplicadas servirán para impactar de manera favorable a campesinos y directivos.
“La agricultura ecológica a pequeña escala no cuenta con grandes volúmenes de producción para mantener la demanda de la ciudadanía. Entonces, el reto es lograr hacer un sistema diversificado que sea productivo y eficiente en cuanto a la mano de obra, recursos financieros, agua disponible, nutrientes y variedad de cultivos”, asegura.
El valor de la tierra
La visión de Fernando sobre la agricultura se ha enriquecido. Dos años de experiencia como agricultor han revelado facetas desconocidas para él sobre la labor que realiza. El manifiesto interés de las personas por cultivar la tierra es una de ellas. Sin embargo, como bien aclara, la retribución que reciben por el trabajo realizado, duro en extremo, aún es insuficiente.
Incluso, para los que obtienen terrenos por el Decreto Ley 300 del MINAG, la situación resulta difícil si no cuentan con los recursos financieros para implementar un modelo agrícola: convencional o ecológico. Lo que causa que algunos pierdan la motivación inicial y desistan.
“Necesitamos llevar a las personas al campo, estimularlas y crear juntos una cultura de la sustentabilidad. Sabemos que la agricultura cubana está cambiando y que la gente busca nuevas formas de hacerla. Y eso es lo que debemos lograr, sistemas más heterogéneos y soberanos, que seamos nosotros los que cultivemos nuestro suelo y vivamos de él”, señala Fernando.
Refiere también que la cuestión no es solo generar comida sino que esta llegue a los consumidores. Según estudios realizados por este investigador en los últimos veinte años, las cifras arrojan que se pierde, desde la escala de finca hasta el municipio (grandes sistemas), alrededor del 50 por ciento de los alimentos que se producen.
Entre las principales causas se encuentran los precarios sistemas de cultivo, la infertilidad de los suelos, la calidad de las semillas o la ausencia de ellas, así como las pérdidas post-cosechas en las que influyen la transportación de los productos, el almacenamiento y la deficiente comercialización y venta.
“Si nosotros concentramos los esfuerzos en producir y en lograr que lo cultivado llegue a los consumidores, podríamos satisfacer las necesidades de la población, sin recurrir a sistemas convencionales costosos y de alto impacto ambiental”, apunta Fernando.
Tal es el caso de la transgénesis en plantas, sobre la que tiene criterios firmes e invariables.
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Soluciones como esta, que sirven para secar plantas aromáticas, son fáciles de hacer y no ocupan espacio. |
“Los transgénicos refuerzan el monocultivo y son una amenaza a la agricultura campesina, porque niegan la posibilidad de los agricultores de tener un dominio de sus formas de vida”.
Asimismo señala que este conjunto de técnicas afecta, en su esencia, el equilibrio natural y amenaza el desarrollo de la agroecología en Cuba.
“En nuestras condiciones no tiene sentido recurrir a una tecnología tan riesgosa, poco manejable por los agricultores y que no ha demostrado un incremento en la productividad ni ser una solución para la alimentación del pueblo”.
Por eso Fernando apuesta por el fomento de sistemas agroecológicos, donde los agricultores puedan tomar decisiones importantes, como qué procedimientos utilizar.
De casta le viene…
Hijo de padres icónicos en la investigación ganadera (Fernando Funes y Marta Monzote), Funes recuerda haber recorrido junto a ellos casi todas las estaciones de pastos del país. Fue en esas visitas dónde nació su amor por la ciencia, y la mano de su madre la que lo guió por tan difícil camino.
“Mi mamá es el pilar fundamental de mi motivación hacia la agricultura ecológica. Fuimos colegas en el diseño e implementación de sistemas integrados de ganadería y agricultura por casi diez años, y me preparó técnica y espiritualmente.
“De ella aprendí la importancia de unir teoría y práctica como un método eficaz para comprender en su totalidad el trabajo en el campo, además del compromiso social que conlleva la profesión escogida, a la que nunca voy a renunciar”, afirma. Estudiar el campo desde adentro para entenderlo en toda su extensión es su nueva máxima.
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Para Fernando, su familia resulta vital en la confirmación de proyectos como el que defiende, y por ello va sumando miembros. Llegados de distintos lugares de la Isla, sus trabajadores comparten sus ideas y junto a él laboran mañana y tarde. Sin embargo, es Machadito el alma de la finca. Su ejemplo y dedicación al trabajo lo hacen imprescindible para Fernando, quien bebe de su experiencia y sabiduría como productor. |
Sin embargo, comprende que no será tan fácil como pensó, pues hasta ahora, los retos técnicos a los que se ha enfrentado han sido enormes. Un suelo pedregoso y un ambiente aún muy agreste conspiran, en ocasiones, contra la paciencia de Fernando.
“En estos momentos tenemos un problema con la siembra de la lechuga porque las hormigas se llevan las semillas, así sucede con los alacranes y los grillos. En la finca tratamos de combinar la agricultura ecológica con el medio, pero es un trabajo de nunca acabar”, apunta.
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Su profundidad alcanza los trece metros y medio y según Fernando, uno de sus hacedores, es símbolo de lo que puede conseguirse cuando hay interés y tesón. |
No obstante, se siente satisfecho profesionalmente. Llevar a la práctica lo aprendido por años y poder compartirlo después con otras personas es por lo que ha trabajado sin descanso.
Por el bienestar humano
En constante movimiento, Fernando Funes debe dividir su tiempo entre la docencia, la investigación y producción agrícola, más sus responsabilidades como vicepresidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología.
“En julio de 2013 estuve en Roma, Italia, en una consultoría sobre sistemas integrados de alimento y energía que convocó la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Ellos están explorando cuál es la vía más eficaz para solucionar la desnutrición y el hambre en el mundo, situación en la que se encuentran más de 800 millones de personas”, manifiesta.
Paradójicamente, ese escenario se refleja más en el campo que en las grandes ciudades, y los más afectados son los habitantes de África y Asia, aunque en América Latina existen casi 47 millones en estas condiciones.
“De ahí que el relator de esa organización haya declarado que es la agroecología el único camino para que, al menos dentro de diez años, ese problema pueda solucionarse, porque se enfoca en la capacidad que tienen los pequeños agricultores de obtener soberanía alimentaria, de solucionar sus problemas de sustento y de tener una vida digna”, destaca Funes.
En ese sentido, Cuba ha tenido avances. El desarrollo de estos sistemas en las ciudades a través de la agricultura urbana ha sido un método efectivo para la producción de alimentos. Además, da empleos, sanea las ciudades y ayuda a garantizar diversidad en la oferta.
“Regresar al campo no es la simple desconexión de alguien que vivía en la ciudad; significa interactuar de manera armónica y dinámica entre los dos lugares. Siento que aún resta mucho por hacer para que las personas vean el trabajo agrícola como fuente de ingresos y aseguramiento financiero para sus familias.
“Igualmente, creo que se deben tomar decisiones políticas más amplias para desarrollar la agroecología como una concepción de futuro y que la gente viva en armonía con la naturaleza”.
*El Decreto Ley 300 sobre la entrega de tierras en usufructo entró en vigor con el objetivo de asegurar la sostenibilidad de las áreas dedicadas a la producción de alimentos. Esta legislación y sus resoluciones complementarias derogaron el Decreto Ley 259, vigente desde el 2008.









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