Rogue One: una tostada de pan integral con mermelada de Star Wars

Autor: 

O Almora
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21 Diciembre 2016
| |
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Este fin de semana (16-18 de Diciembre de 2016) la fiesta del nuevo cine latinoamericano decía adiós en La Habana, mientras la taquilla mundial volvía a sentir las vibraciones de “la fuerza” desde una galaxia muy, muy lejana. Disney recién estrenó Rogue One: A Star Wars Story (2016) y ya es el segundo mejor estreno para diciembre de todos los tiempos, según The Hollywood reporter, solo superada por Star Wars: The Force Awakens (2015). Tales resultados, debidos a factores como la calidad de la cinta, el impulso de El despertar de la Fuerza y el posible oportunismo en carteleras, parecen augurar un buen porvenir para el negocio de las batallas entre Jedi y Sith.

Para los menos familiarizados con el fenómeno cultural de Star Wars (o La Guerra de las Galaxias en español), sería bueno ponerlos un poco al tanto. Se trata de siete episodios de aventuras galácticas llenas de naves espaciales, intrigas políticas, romances, criaturas alienígenas, pistolas y sables láseres y el elemento fantástico de “la fuerza”.

La película Rogue One es un “spin off” ubicado entre los episodios tres y cuatro. En el tercer episodio, Star Wars: The Revenge of the Sith (2005),  “los malos” lograron instaurar un imperio galáctico y en el 4to., Star Wars: A New Hope (1977), “los buenos” están organizados en una “Alianza Rebelde” que logra destruir el arma más poderosa del imperio hasta el momento: la “Estrella de la Muerte”. Así las cosas, esta película de Gareth Edwards cuenta en 133 minutos cómo la “Alianza Rebelde” se hizo con los planos de esta arma, la primera “Estrella de la Muerte”, para destruirla.

Pero en esencia Rogue One es un “comando” dinámico y entretenido, donde los estudios no se emplearon a fondo. Con una trama simple y directa, el guion de Chris Weitz y Tony Gilroy no pierde tiempo en auscultar demasiado a Jyn Erso y Cassian Andor, los protagonistas encarnados por Felicity Jones y el mexicano Diego Luna, respectivamente.  Así mismo, aparecen un subutilizado Forest Whitaker en una versión medio ridícula del “Ojoloco Moody” de Harry Potter y un Mads Mikkelsen desbordando una dulzura que cuesta creer cuando viene de uno de los mejores rostros de Aníbal Lecter. Quizás lo mejor de entre “los buenos” resultaron el androide K-2SO y el guerrero ciego de Donnie Yen, quienes repartieron los momentos más entrañables de la cinta, entre divertidos y tristes.  

El villano es interpretado por un Ben Mendelsohn que, sin estar mal, simplemente le toca mirar un poco desde la banca cómo los cameos estelares se roban el show. Porque Rogue One, y era de esperarse, es solo un paréntesis sin implicaciones argumentales para la saga que parece estar estructurada casi exclusivamente sobre la base de estos cameos.  El bombardeo de constantes referencias a la trama principal de Star Wars es a la vez un caramelo para los deseosos y desesperados fanáticos y un anclaje narrativo para intentar recordarte que es una peli de Star Wars, no Star Trek, ni Guardianes de la Galaxia, ni  nada parecido que francamente pueda crear confusión.

Realmente se dejan notar la ausencia camuflada de la música de John Williams,  el sabor a refrito de la mayoría de los efectos especiales y la latente carencia de complejidad  mitológica a la que nos tenía acostumbrados George Lucas. En otras palabras, Rogue One ha sido meramente la tostada de pan integral con mermelada de Star Wars que nos ha vendido Disney en tanto esperamos el episodio VIII.  

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