Sentado a la sombra de mi coloso

Autor: 

Alberto Lissabet
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25 Junio 2019
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: René Alejandro Díaz.

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La nube se extendió como flujo piroclástico, devastadora y opresiva, por toda la nación. Cubrió el continente, se extendió a todo el planeta.

Vivimos inmersos en una sustancia cada vez más espesa. Es difícil moverse. ¿Qué pasará cuando esta niebla sea compacta como el hielo y quedemos aislados en nichos individuales?

Dicen que vino del espacio. Que los extraterrestres la enviaron para conquistar la Tierra. Pero hasta ahora no ha aparecido ningún Alien, ni la humanidad ha sido exterminada. Es alarmante que, al aumentar su densidad, el modo vida actual de los humanos, tal como lo conocemos, se está haciendo imposible.

Comenzó en el Atlántico, después del impacto de un objeto que orbitó la Tierra durante varias horas. El tsunami provocado devastó las costas de Europa y Norteamérica. Horas más tarde,sobre la superficie del mar apareció la nube, fue creciendo hacia arriba, hasta alcanzar decenas de metros de altura. Luego avanzó hacia los lados, aumentando su velocidad de expansión a medida que se hacía mayor. En unos días, cubrió todo el planeta.

Ahora sabemos que pronto alcanzará el estado sólido, y no tendremos forma de salir de ella. Ahí tienen el tan cacareado ataque extraterrestre. Nada de bombas, naves gigantes atestadas de alienígenas con armas exóticas, superláseres o todo lo inventado por el cerebro humano para que imaginarios enemigos del cosmos conquistasen la Tierra. Solo una niebla.

Supongo que luego se dedicarán a colonizar el planeta. Los invasores llegarán en sus naves, convencidos de que no habrá peligro. Caminarán sobre nosotros, construirán sobre nosotros, desplegarán su vida sobre nosotros.

No encuentro conformidad con esta situación. Desesperado, me desplazo con torpeza. Uso las manos para separar la materia gris que me rodea, y así puedo avanzar. Busco un lugar libre de esta crema. Solo debo encontrarlo. Alguien penetra en mi mente y me asevera que existe.

Salir de la niebla fue trabajoso. Primero saqué la cabeza, luego el tronco y por último las piernas. Logré desprender de mi cuerpo los jirones grises que se adherían con saña a la piel y la ropa. Aun así, muchos fragmentos quedaron en ellas, convertidos en manchas oscuras una vez que se secaron.

Había salido a un amplio espacio verde, casi circular, donde brillaba el sol. Un espacio demarcado por paredes brumosas, libre de la opresiva sustancia dentro de la cual se debatían los hombres.

El centro del oasis lo ocupaba un árbol de grueso tronco, ramas curvadas hacia arriba y considerable altura. A su alrededor se alternaban zonas de vegetación tupida con áreas cubiertas de hierba y arbustos dispersos.

Una estrecha corriente de agua, cercana a la pared, cruzaba el terreno y luego de fluir durante varios metros bajo el sol, volvía a ocultarse.

Hubo un instante en que creí ver, allá en lo alto, donde la niebla parecía fundirse con el cielo, un objeto oscuro y alargado, pero al momento desapareció. Más tarde, al acercarme a la base del árbol, sorprendido descubrí varios recipientes con alimentos, agua y alguna ropa.

La nube se había solidificado. El oasis verde quedó aislado por elevados muros de superficie irregular y color gris. El árbol del centro creció, alcanzó el borde superior de los acantilados, y se elevó muy por encima de estos, como si quisiera beber agua de las nubes.

Al nuevo prodigio se sumó un súbito impulso de escalar que se apoderó de mí. Subí saltando de rama en rama, apoyándome en grietas y salientes; subí alto, hasta la cima del coloso y miré al mundo. Debajo estaba mi oasis, en el fondo de un tazón ovalado y profundo. La planicie se extendía en todas direcciones.

Y entonces los vi, innumerables bajo el cielo. Allí uno. Otro más allá. Un poco más lejos también habían varios. Así aparecían los gigantescos árboles, empotrados en el fondo de tazones idénticos al que me abrigaba, cada uno con su inquilino en lo alto, mirando asombrado al mundo. Un planeta convertido en planicie rebosante de oquedades con arbóreas protuberancias en su centro.

Era imposible cualquier tipo de comunicación. Cada cual se hallaba aislado en su refugio.Cada cual sentía seguridad en su presidio. Sin dudas, alguien cuidaba de nosotros. Alguien que no mostraba su rostro. Alguien que de alguna forma nos necesitaba.

Un día, cansado de la soledad, escalé los muros y llegué a la cima. A lo lejos, hacia el sur, se divisaba el árbol más próximo. Otros elevaban su tronco en el horizonte. Avancé por la llanura triste, alejándome con temor de mi oasis, pero resuelto a encontrar compañía. Al rato sentí que mi andar se hacía pesado. Mis pies se hundían en un fango gris lechoso que me absorbía con fuerza. Retrocedí y logré salir al firme, bordeé el terreno blando, de tonalidad diferente, hasta encontrar una zona compacta.

Caminaba por un pasillo sinuoso, bordeado a ambos lados por aquella pasta semilíquida. Dejé atrás esa especie de pantano y avancé más rápido hasta alcanzar la meta. Parado en el borde, vi en lo profundo un lugar acogedor luego de tanta desolación. En el centro, junto al árbol, se erguía desafiante su morador. En sus manos blandía un instrumento alargado y peligroso.

El espacio comprendido entre el árbol y la pared opuesta, estaba ocupado por extrañas construcciones entre las que se movían seres que no eran de este mundo. Toda la pared, desde su base hasta la cima y alrededor, se encontraba cubierta de puntiagudas estacas, muy unidas y bien empotradas en el sólido. El mensaje estaba claro.

Regresé a mi mundo y, decepcionado, me acosté bajo el árbol.

Dediqué varios días a construir una vía más segura de escalar paredes. En el próximo intento me dirigí hacia el norte. Se interpuso en mi camino un área amplia de suelo semilíquido, traslúcido en muchos sitios, que rodeaba por completo al más cercano oasis en esa dirección. En ocasiones me pareció vislumbrar, inmersas en las profundidades, lo que parecían siluetas humanas moviéndose con torpeza.

Parado al borde del espeso lago, vi aparecer un hombre en dirección al árbol objeto de mi viaje. Mientras se acercaba hacía señas incomprensibles. Se detuvo al percatarse que no podía avanzar más. Le grité un saludo, pero no escuchó. Me gritó algo, pero el sonido no llegaba. Estábamos demasiado lejos.

Luego de un rato de infructuosos intentos de comunicarnos, con fastidio se marchó. Lo llamé a gritos, agité los brazos, pero fue inútil. Antes de llegar a su refugio, algo lo asustó, pues dio media vuelta y corrió de nuevo hacia mí.

El aire reverberó sobre su árbol, materializó por segundos una estructura alargada y oscura. Luego, hombre y estructura desaparecieron.

Me sentí vencido, impotente ante las fuerzas naturales y extrañas que impedían nuestro encuentro.

Dos intentos fallidos, y en ambos aparecieron los extraños. No sentía temor. Para el tercero decidí explorar hacia el poniente. De nuevo se interpuso en mi camino la acostumbrada barrera. Busqué y encontré un paso seguro.La transparencia de algunos sitios confirmó una idea que me inquietaba desde el viaje anterior. Siluetas oscuras, poco definidas y de aspecto humano, se movían con dificultad allá en lo profundo, donde debería estar el suelo verdadero.

Alcancé la meta, descendí, y me encontré con el dueño del lugar. Intercambiamos saludos e informaciones de lo ocurrido. El anfitrión me mostró el lugar. Sentados junto al gigantesco árbol charlamos y nos conocimos mejor.

El otro no dejó de hablar de sí mismo, de lo que poseía, del valor de sus creaciones. Yo, el visitante, tenía que verlas y disfrutarlas. Según él me serían de mucha utilidad. En ningún momento se detuvo a escucharme. Insistía en que no podía abandonarlo, tenía que quedarme allí para gozar de sus creaciones.

Por la noche, mientras dormía junto al fuego, voces susurrantes me despertaron. El hombre había empotrado una gruesa cadena a la madera del árbol. El extremo libre terminaba en un grillete que intentaba cerrar alrededor de mi pie derecho. De una patada me libré de él y emprendí la huida.

Una vez en la cima, miré hacia abajo. El hombre casi me alcanzaba, y descubrí aterrado que una silueta traslucida lo seguía de cerca. Reanudé la escapada, sin voltearme, con la sensación de que en cualquier momento me agarrarían por detrás. Cuando llegué al borde de mi oasis vigilé durante algunas horas, pero nadie apareció.

De nuevo los extraños. ¿Para qué nos quieren? ¿Qué hacen con nosotros? Comenzaba a sentir temor, pero lo intentaría por cuarta vez. De los oasis más cercanos, quedaba el del este. Los otros se hallaban casi en el horizonte y necesitaría días de camino para alcanzarlos. Algunos de los más alejados habían comenzado a rodearse de una aureola oscura.

Partí al amanecer, con el sol naciente de guía. En esta zona la barrera movediza era más estrecha. Gané el borde del oasis casi al mediodía. Allá, en el fondo, estaba el propietario y me hacía señas para que descendiera por una escala que había preparado.

Al llegar abajo, me abrazó con fuerzas, me dio la mano, me palmeó en el hombro, me llamó amigo y me invitó a una cena de bienvenida. Pidió que le contara sobre mi mundo verde, con seguridad mejor que el suyo, y no dejó de servirme y adularme durante todo el día. Descansé bien esa noche.

A la mañana siguiente el anfitrión me recibió como si yo hubiera acabado de llegar, me abrazó con fuerzas, me volvió a dar la mano, me palmeó en el hombro, insistió en llamarme amigo y me invitó a desayunar; un desayuno de bienvenida. Pidió que le contara y describiera todo nuevamente,para terminar duplicando su asombro. Me sirvió y aduló por el resto del día. Esa noche tuve un excelente descanso.

Por la mañana, como de costumbre, el hombre me abrazó con fuerzas, me dio la mano, me palmeó en el hombro llamándome amigo y me agasajó, ¡de nuevo!, con un desayuno de bienvenida…

¡No esperé más! Corrí con todas mis fuerzas, escalé más rápido que nunca. Casi tropiezo con un enorme cilindro, erizado de espinas, que a ras de suelo descendía en el lugar recién visitado. Esquivé a los extraños, crucé la zona peligrosa sin ningún cuidado, a punto de caer estuve y ser tragado por la niebla varias veces, pero no descansé hasta llegar a mi hogar.

Hoy, sentado a la sombra de mi coloso, he decidido no volver a intentarlo.

Las construcciones ascienden como vegetales de crecimiento acelerado. En unos días han ocupado un cuarto del espacio que antes consideraba mío.Los discos y cilindros descienden con mayor frecuencia y planean entre las estructuras, haciendo vaya usted a saber qué.

Aún no se han mostrado los extraños, pero deben estar al llegar, pues presiento que el trabajo está casi concluido.

Los demás han caído. Sospecho que solo falto yo.

Nada me preocupa, pues el mundo ya no es mi mundo. Y lo que parece serlo está deteriorado.

He comenzado a poner en duda la propia realidad, aquí, en mi oasis verde.

Ahora me ocupo en cortar ramas para convertirlas en estacas puntiagudas de un metro de largo. Es un impulso irresistible.

 

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