Si la montaña no va a Mahoma...
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Pone los pelos de punta pensar que la ciencia en Cuba precisa de un muro para los lamentos. Es que el destino del archipiélago, sabemos, se cimienta sobre briquetas de inventiva y conocimientos, y solo así sería más productivo el esfuerzo que la sociedad emprende con denuedo.
De un lado, un manojo de logros científicos cristaliza aquella premonición de codearnos hoy como un país de hombres y mujeres de ciencia; en el otro bando, los indicadores domésticos del pedigrí, en el mapamundi de la actividad científica, se están descolorando.
Sabe a paradoja, a sinsentido por lo obvio, pero hay explicaciones más allá de la menguada libreta de banco. Meses atrás, Elba Rosa Pérez expuso a los diputados que, entre otros males, la actividad del sistema de ciencia, tecnología e innovación que ella representa como ministra, se diagnostica como débil al no contarse con parques tecnológicos o incubadoras de empresas capaces de propiciar ambientes innovadores y de respaldar una rápida asimilación de tecnologías.
Como serpiente que se muerde la cola, los limitados recursos disponibles –y también el poco acceso a la información– no permiten aupar estas modernas formas organizativas que, dicho sea de paso, le invitamos a conocer mejor en la edición No. 391 de JT.
Dos sucesos recientes, sin embargo, merecen ser atendidos micra a micra, a fin de encontrar sus convergencias con esas fórmulas internacionales que se han convertido en el velamen que bien soplado impulsa la investigación y el conocimiento y, por ende, la economía global, promovido no pocas veces por estrategias gubernamentales.
Hablamos, en primer lugar, de la reanimación de los polos científico-productivos, apuesta que debe contribuir al desarrollo socio-económico del país. Ya era hora. Surgidos en la década de 1980 y languidecidos no necesariamente por la crisis de los 90, hoy deben ser adaptados al contexto actual para consolidar el milagro cíclico de diseño-producción y comercialización de productos y servicios.
El otro hecho crucial es la inserción del grupo BioCubaFarma en la Zona Especial de Desarrollo (ZED) Mariel, apetecible en lo comercial, tributario, jurídico y arancelario. En el ruedo, gracias a las facilidades de Mariel, potenciales inversionistas podrían cortejar a los científicos con un proyecto en la mano y la chequera en la otra, con un know-how en la espalda y un mercado en el frente. Si la montaña no va a Mahoma…
Vale recordar que la ZED tiene, entre sus priorizados intereses, al menos tres sectores muy directamente vinculados con la ciencia y la tecnología: Biotecnología, desarrollo y producción de medicamentos; Energías renovables, y Telecomunicaciones e informática.
¿No es acaso tentador para los polos que se reactivan y para nuestros centros de investigación y universidades, constituirse en núcleos de conocimientos que aprovecharían tales facilidades? Es cierto que aún falta la plata, pero, seamos justos, también los proyectos.
Mientras, pasan cosas. Sin ruidos, caminando en puntillas de pie, una institución del país ha logrado convertirse en, si se quiere, el primer parque tecnológico criollo: la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Sería ingenuo creer que las potencialidades para ello no existen.
Todo empezó cuando un día, cansado de esperar lo contrario, Mahoma –perdón, la UCI– decidió ir hacia la montaña. De tal suerte, tras un riguroso proceso de evaluación en 2015, obtuvo la certificación internacional Integración de Modelos de Madurez de Capacidades para todos sus procesos productivos, un don que extienden a organizaciones que hayan demostrado buenas prácticas fuera de sus fronteras en el desarrollo y uso del software. Lo demás… estemos atentos.





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