Sine qua no

Autor: 

Redacción JT
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28 Enero 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilutración Roberto Javier Quintero Gutiérrez

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En el torbellino de cambios tecnológicos que de lado a lado vive el mundo, la sucesión de lo nuevo por lo “viejo” es frenética, a veces desconcertante, pero siempre con poder de seducción: Internet de las cosas (y con todas sus cosas), impresión 3D, ro­bótica, nanotecnología, drones (no almendrones), inteligencia artificial, nuevas fuentes de energía, biomateriales, revoluciones de la genética y biotec­nología, autos híbridos y autónomos…

Así, entre asombros y asombros, Cuba también intenta correr la carrera –no sin sofocaciones y ca­lambres- procurando que el pelotón de vanguardia no se le pierda de vista, porque sabe que tiene sufi­ciente entrenamiento intelectual para no separarse demasiado y soportar sin desmayos hasta los persis­tentes tironazos de los punteros.

Sin embargo, en toda verdadera carrera tiene que haber estrategia y tácticas, que suelen decidir la competición. En pocas palabras: si nuestro capital mayor está en nuestras neuronas -donde se ha po­dido invertir más- y donde desde hace algunos años se comenzaron a cosechar frutos sostenibles, que son los que determinan el avance real, la estrategia entonces es potenciar esa fortaleza.

En la persecución por el mejor desarrollo científico y tecnológico, se combinan también la audacia, -el valor de un liderazgo bien asesorado y, por ende, bien informado, para emprender (que en término deportivo sería atacar)-, con la sabiduría práctica del contexto y el momento (presente y futuro).

Estas condiciones se conjugaron cuando el em­prendimiento biotecnológico y biofarmacéutico, con toda su derivación de centros científicos, que impulsaron el andar, a pesar de muros financieros y comerciales de todos los tamaños.

Es tiempo ahora de seguir alargando el paso, al menos en algunos frentes, y reducir distancias. Por un lado, está el campo de la ingeniería informática y computacional, sumando la electrónica, las nano­ciencias y hasta la robótica…; por el otro, estamos abocados a acelerar el desalinizar el agua, tal vez con plantas en casi todas las ciudades costeras del país y funcionando estas con energía fotovoltaica o eólica, imprescindibles ambas para la Isla, aun apa­reciendo el necesario buen petróleo.

Es alentador, por ejemplo, que la Universidad de La Habana tenga desde el 2014 más de 30 proyectos conjuntos de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) con Biocubafarma, entidad productora de medicamentos; que también despliega los laborato­rios conjuntos como apuesta concreta para la trans­ferencia de tecnologías y conocimientos, dos de ellos activos, uno con el Ministerio de Energía y Minas, dedicado a la fuente energética fotovoltaica y el otro asociado al Centro de Inmunología Molecular (CIM).

Estas son tácticas que, adecuadas al contexto de cada provincia o región del país, deben prevalecer en nuestras universidades, a pesar de obstáculos de toda índole: falta de financiamiento, recursos, infraestructura; falta de espíritu emprendedor, ac­titudes pasivas (falta de gestión) y hasta trabas e incomprensiones burocráticas y tecnocráticas, sobre todo en instituciones y empresas.

Hay que saber aprovechar el apetito natural de los jóvenes por las tecnologías de avanzada y ena­morarlos para que piensen, investiguen, resuelvan, aporten y vean su esfuerzo, conjugando con sapien­cia las áreas priorizadas por el estado con las voca­ciones e intereses individuales. Pero hay que abrirles espacio profesional.

Dicho sea de paso, el estado con su presupuesto es y ha de ser el principal motor financiero. Lo que tanto se invierte en educación tiene que recogerse en desarrollo. No debemos seguir corriendo el ries­go de que el capital humano formado durante años se quede por debajo de sus capacidades. Eso es ineficiencia clarísima.

En la que fue quizás la última entrevista pública a Fidel, le preguntaron qué carrera escogería si ingre­sara hoy a la universidad, y como si ya llevara años con la decisión tomada, respondió: una de ciencia. Podemos inferir que, si su abogacía lo llevó al Asalto del 26, en una carrera científica asaltaría la ciencia y las tecnologías más avanzadas con una estrate­gia de innovación nacional calculada y que resultara sustentable a todo plazo, rompiendo barreras y ha­ciendo alianzas con entidades productivas y de ser­vicios para completar el ciclo que trae prosperidad.

Porque para el desarrollo de Cuba ello resulta con­dición indispensable o como diría un filósofo: sine qua non.


 

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