La sinfonía inconclusa de las sobras.

Autor: 

Lisandra de la Paz
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02 Diciembre 2015
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Lisandra de la Paz

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En la radio sonaba un grupo de narcocorridos cuando doblamos la primera curva y una nube de polvo, levantada por un camión que iba en sentido contrario, impactó y abrazó al nuestro. Las partículas de arena pronto comenzaron a entrar por la ventanilla y por todas las ranuras del vehículo. El camionero se abalanzó rápidamente sobre la manija para levantar el cristal y dejó al descuido el timón unos segundos, tiempo suficiente para que el bache en el camino le jugara una mala pasada. El camión se desestabilizó de forma brusca y el falso contacto de la vieja reproductora que el camionero había logrado controlar, se liberó de remiendos y silenció la canción.

El hombre se puso histérico, en apariencia porque el camión se dañaba cada vez que él tenía que descargar en aquel lugar. Por suerte solo tenía que subir allí contadas ocasiones. Esta vez, su centro de trabajo, la Unión de Ferrocarriles de Cuba, lo enviaba con escombros de las obras de reparación de la propia empresa. Llevaba manejando el camión hacía ya casi siete años, y estaba como nuevo, “mientras que los de Comunales a los tres meses tienen que ser reemplazados, y a los dos años no sirven para nada. Esto aquí es muy agresivo: el camino está muy malo, hay que pasar sobre muchas cosas que a veces no se sabe lo que son, y el polvo acaba con las maquinarias internas. El trabajo duro deberían hacerlo grúas, como en el primer mundo”, dice irritado. Ahora, para colmo, no puede disfrutar de la música para aliviar los esfuerzos.

El polvo que allí flota no se iguala a ninguno que yo haya percibido antes. Compuesto por alguna sustancia que se adhiere al cuerpo como grasa, empaña el ambiente y lo enrarece con una densidad comparable con los más sofocantes días de calor y humedad.

La vía parece bordear la colina, enroscada por las curvas. La carretera, de asfalto hasta que se entra a la pila de basura, bien pudiera ser un camino de tierra por tanto polvo incrustado encima. Tiene el ancho de dos camiones. Uno de ida, otro de vuelta. El tráfico, poco profuso pero constante. Camiones transportadores de basura, desde la ciudad, desde abajo, suben y vuelven a bajar sin parar, día, noche y madrugada.

A los bordes del camino se levantan paredes de vegetación resistente, de yerba mala, y de basura descompuesta y amalgamada por la misma grasa extraña y el mismo polvo. Mientras se avanza, hay menos verde y más gris. La basura derretida me hace recordar los relojes blandos de Dalí. Paisaje cenizo y estéril. Con la mosca sobre el reloj, sobre la basura; las hormigas de Dalí, los insectos del vertedero. Los relojes, la memoria, la basura… Todo se ha ablandado por el paso del tiempo, y del olvido.

Tuberías que vomitan un hilo de extracto viscoso y negruzco se asoman desde las paredes al margen del camino y desahogan en unas zanjas que delimitan la ruta. Fue mi primer contacto con el lixiviado, el líquido que se forma por el agua de lluvia que penetra el depósito y otros compuestos de la degradación de los residuos. La esencia de la basura, que desde ahí corre cuatro kilómetros hasta terminar en una trampa. No desagua en un río, ni en el mar, pero son cuatro kilómetros de manto freático contaminado.

Los amortiguadores del camión hacen saltar la cabina. El camionero, de tez oscura y brazos cortos, se las arregla entre rebotes para conducir con una mano e intentar reparar la reproductora con la otra. Pero el camino se hace breve para tal hazaña. Tomamos una última curva y aparece ante nosotros el llano de la cima. Un cuadro aún más desolador en el que nos detendríamos unos pocos minutos para luego regresar por el mismo camino.

Abro la puerta. Me deslizo con dificultad por la escalerilla de la cabina. Toco suelo y me volteo de espaldas al camión. Respiro. Y recibo sin esperarlo un bofetón.

***

Había llegado al pie de la loma por mis propios medios. Loma innatural al fin, rústicamente cercada, solo tiene una entrada legal –porque la gente rompe los palos y el alambre, y penetra, y hace entradas ilegales–.El acceso legal anterior –antes de que el proyecto del puerto en el Mariel necesitara esa zona para construir la larga vía ferroviaria que rodea parte de la loma, y abriera un nuevo acceso por la CUJAE[1]– era por 100 y Boyeros. Por eso, a la loma, se le conoce como el Vertedero de la calle100.

En las afueras del capitalino municipio Marianao, y entre el abundante tráfico de la avenida, el vertedero se camufla con el resto del paisaje. Desde la calle parece ser una elevación cualquiera. No se sabe nunca exactamente dónde está. La gente pasa, o “coge botella” en frente, o va a la universidad, o al aeropuerto, y sigue permaneciendo ajeno.

Nadie imagina que es a esa loma donde va a parar la jabita de basura que el día anterior echamos al contenedor de la esquina; o los restos de la restauración de la casa del vecino contiguo; o los trastos viejos que ya no deseamos conservar; o los pomos, las latas, las botellas de lo que bebimos en la fiesta de cumpleaños. Y los desechos del policlínico de al doblar. Y las ramas del árbol que podaron la pasada semana. Y los recipientes de comida vencida de la tienda dos cuadras más arriba. Toda la basura de la ciudad de La Habana  va a parar al Vertedero de la calle 100, El Bote, como le llaman los que viven cerca y saben dónde está; o como le dice la gente que rompe los palos y el alambre, y entra. El Bote, donde no paramos de botar desperdicios incluso el día de votar en elecciones.

Buscando erróneamente acceder por la antigua entrada, un sendero estrecho me condujo. Ya había pasado por un barrio de casas nuevas y otras en construcción, ypor el taller de reparaciones de la Mercedes Benz. Algunos vecinos, y una señora que cuidaba la puerta del taller me habían indicado con algo de inseguridad. No con cara de desconfianza, sino de desconocimiento y extrañeza. Como si incluso viviendo o trabajando a su lado quisieran ignorar que el vertedero está allí. Como si fuera indecoroso, porque algo tan feo y sucio le quita belleza al barrio de casas nuevas y al taller de una marca importante. Esas personas que no habían sabido indicar con precisión la entrada del vertedero, ignoran, como yo en aquel momento, que el gas metano ronda la zona, y que penetra en las viviendas.

Me topé, al final del camino, con unas oficinas. Un hombre extravagante, de pelo largo y canoso, con gafas oscuras, audífonos, ropa ancha, y pulsos de cuero, dejaba correr el tiempo sentado en la acera. Después supimos que es amante del rock, y que ese sábado, luego de terminada la jornada, iría al Maxim, donde hay peña para frikis todos los fines de semana.

Dije ser estudiante de biología, para mezclarme, para conocer las verdades de algunas cosas… El hombre de mediana edad se quitó los audífonos, dejó inconclusa la canción y se dispuso a atenderme. Resultó ser uno de los jefes de Servicios Comunales encargados del sitio, aunque al principio no se identificó como tal. Receloso, primero me remitió a las llamadas “casitas blancas” que hoy se ocupan de manera oficial del Vertedero de la calle 100. Pero logré ganarme su confianza. Y entonces comenzó a hablar. Las notas quedaron sobre el pentagrama.

El Vertedero de la Calle 100 es el más grande de La Habana, y, como la mayoría de los vertederos del tercer mundo que entran más acertadamente dentro de la clasificación de rellenos sanitarios, funciona, básicamente, como un horno de carbón. Para fabricar hornos de carbón se abre un hueco, se echa el carbón y se enciende, y se tapa con tierra. Parece apagado, pero siempre está encendido.

El Vertedero de la calle 100 es un hueco en el que se echa la basura, se barre y se tapa con tierra, para evitar que el gas metano suba a la atmósfera y contamine el ambiente, o provoque una ignición si hace reacción con el oxígeno, “y un vertedero cuando se incendia a lo mejor se pasa un mes encendido, porque se apaga con tierra, y no con agua. El agua no es efectiva con el gas metano –subraya el hombre–. Aparte, la profundidad que tiene eso… recuerden que eso es basura sobre basura, ahí no hay tierra firme”.

El Vertedero de la calle 100 es también, ahora, una loma que debía ser un hueco tapado con tierra. Pero por su crecimiento se ha vuelto incontrolable. Desde canteras de préstamo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el Cotorro, llega la tierra con que se tapa la basura. No todos los días, cada dos o tres. A veces hay problemas. “Se tapa en un plato, o sea, en un área de tierra, y al día siguiente se empieza a botar en otro. Cuando mañana se llena ese plato, se vuelve a tapar con tierra, y así va creciendo. Debería estar al nivel de esa línea de tren, pero dentro de poco alcanza los dos kilómetros de altura”, indica el hombre que se ha quitado las gafas y señala el carril. “Ubíquense que aquí se vierten 12o 13mil metros cúbicos de basura diariamente, porque son alrededor de cinco metros cúbicos por cada mil habitantes. Eso es un estimado, porque para calcular se lleva de metro a peso, pero los camiones son cerrados y nunca se sabe a ciencia cierta si esa es la cantidad real de basura que tiene dentro… Ahora aquí hicieron una inversión grandísima: un vial de dos kilómetros y pico con un punto de control que tiene una báscula para empezar a pesar la basura como debe ser”.

–¿Y no se realiza un proceso de selección de la basura, para el reciclaje?– indago. 

–Eso lo hacen los “buzos” –sentencia haciéndolo parecer un chiste, pero luego aclara la voz y dice casi sorprendido: Allá arriba hay 400 “buzos”–que es como se les llama a los recogedores ambulantes de basura, que luego venden o usan para beneficio propio–.Eso es ilegal, pero allá arriba cogen a uno con un saco de latas y le ponen una multa por propagación de epidemias, pero no por estar recogiendo la lata. Entonces seguirá la situación.

“Nosotros tenemos una brigada de materia prima, pero no está trabajando porque por una tonelada de cartón el Estado nos da catorce pesos cubanos, mientras que a los ‘buzos’ se les paga ochocientos. ¿Qué hacen los míos? Recogen el cartón y se lo venden a los ‘buzos’ a mitad de precio… Aquí había una planta de reciclaje, que era la entrada de dinero de Comunales, pero va a pasar ahora a Materias Primas. Y así funciona todo”. 

Un pequeño montón de tierra se acumula del lado de acá de la línea del tren. Pregunto. Es compost. Se obtiene de la descomposición de la materia orgánica, y sirve de abono para la tierra. Después de logrado, el compost se cierne y queda limpio de cartones y otros restos de basura orgánica, y se traslada a organopónicos y huertos. Frente a las oficinas, cruzando la avenida, hay una base de compost y otra de biogás, pero es muy poca la producción debido al escaso presupuesto. Comparo en mi mente el tamaño de los dos montículos: el del compost y el de la basura. Cualquier cálculo matemático se hace innecesario para percatarse de la diferencia.

Apunta a una planta de gasificación que queda justo detrás del riel y dice: “Es para liberar los gases del vertedero. Aquella chimenea está conectada a ciento ocho pozos en red alrededor del vertedero para que el gas se queme y no llegue a la atmósfera. Pero en estos momentos no se está quemando. Hubo un incendio que acabó con una pila de tubos y ya no funciona. Esto está para cerrarlo desde hace diez años, pero no hay otra microlocalización para otro vertedero. Por todos lados hay casas.

“Lo peor de esa sobrepoblación con respecto a la basura, es que la infraestructura sigue siendo la misma”, agrega. “Crece la ciudad, pero el alcantarillado es el mismo, los mismos contenedores de basura… Un tanque para cuatro edificios y ya se formó un microvertedero. Además, el sistema de recogida está mal diseñado. Como no hay iluminación, y se recoge de noche, a ciegas. Vacían el tanque, pero alrededor lo dejan todo… Y otra cosa, los dirigentes tampoco saben nada de la basura…”.

– Hablando de sobrepoblación… ¿no hay gente viviendo aquí?

– Se han sacado… La semana pasada la policía sacó veintisiete viviendas. Ahora no hay nadie, ¡pero para sacarlos eso fue…! No vivían dentro de la misma basura; era en una parte del vertedero donde ya no se bota. Las casas estaban metidas dentro de un montecito, como ese de ahí –y muestra una zona arbolada cerca. A esa gente, como estaba ilegal, la deportaron para sus provincias, pero ya verás que en un mes vuelve otra vez la misma situación.

“Muchacha, si tenían electricidad y todo. Se la robaban de 114. Y todo estaba muy antihigiénico, sin baño. Peligrosísimo porque había niños, hasta uno de dos años había nacido allí.

“Vivían de lo mismo que recogían. Eso ya es un modo de vida, porque ya te digo, lo que he visto yo en nueve años que llevo trabajando aquí no lo ha visto nadie. Y no me vas a creer si te digo que me he encontrado hasta alumnos de la CUJAE‘buceando’”.

–Yo quisiera subir al vertedero… ¿por dónde es?

–Bueno, ahora la entrada es por la CUJAE, pero para que te sea más fácil, cruza la línea del tren, y por donde está ese camión hay un hueco en la cerca. Entra y camina hasta la báscula. Y allí te montas en un camión–  diciendo esto llama por el walkietalkie a la encargada de la báscula y deja claras las instrucciones.

La báscula cuenta con dos planchas metálicas tan grandes como un camión y una casilla intermedia. De las planchas salen cables eléctricos que deben conectarse a computadoras para saber el peso real de la basura, restando el peso del vehículo. Este mecanismo aún no se utiliza, se implementó hace muy poco tiempo. Los camiones no se suben a la balanza, sino que la bordean.

La encargada de la báscula es una señora pequeña y gritona que se lleva bien con todos los camioneros. La vestimenta de blanco indica que se está “haciendo santo”. Debe ser complicado ir vestida de blanco todos los días a la entrada de un basurero. Ella organiza el tránsito de los camiones hacia el vertedero. Los camiones se acumulan en la entrada, encendidos pero estáticos. Hay un ruido excesivo. Resulta imposible hablar a decibeles normales. Ella elige un carro para mí, “para que no te ensucies tanto”. Le chilla al chofer de un camión blanco y bastante nuevo; le tira un beso, y le ordena que me suba.

***

Después del golpe, mis sentidos quedan bloqueados. En blanco total, casi como el camión o como las “ropas de santo” de la encargada de la báscula, excepto el olfato. En el interior de la nariz, los receptores olfativos perciben las moléculas de un olor dulzón y repugnante, que pronto se fijan a las paredes de los agujeros nasales. Aquello me vuelca el estómago.

El viento continúa pegándome en el rostro, sin parar. En las alturas de esa cima el viento no deja de azotar. Y con el viento, el olor de la basura descompuesta. Y con el viento, el polvo del que antes me amparaba el cristal de la cabina del camión. Pero ahora estoy completamente expuesta, presa del vertedero.

La nariz sigue descifrando qué clase de olor es aquel. Hurga en el cerebro, en la memoria, buscando dónde he olido yo algo como eso. Entonces viene a mi mente el olor de los contenedores de basura abiertos, cuando se levanta la tapa para echar la jabita; y el olor del camión al pasar recogiendo los desechos. Sin embargo, se multiplica: tantas veces como camiones han descargado allí por años. Con ese olor se mezcla el de polvo concentrado. La garganta, al respirar, se vuelve carrasposa, y cuesta tragar la saliva que, sé, también se ha contaminado con las partículas que entran por la nariz.

Lo primero que veo cuando abro los ojos y miro hacia abajo es el cuerpo medio descompuesto de un ave, aún ensangrentado. Quizás la usaron para un trabajo de santería, o tal vez son los restos de alguna de las auras tiñosas que sobrevuelan constantemente el vertedero. El suelo es negro, y blando; y lo mismo puede encontrarse una naranja podrida que la carcasa de un televisor soviético. Lo que más se repite, sin embargo, son bolsas plásticas, que a veces el mismo viento hace volar lejos, alto, arrastrándolas hasta cualquier punto de la ciudad, que desde allá arriba puede divisarse toda. Hace poco evaluaron la altura del vertedero por la parte de la CUJAE y mide 87 metros. Alguien después me dijo, bromeando, que construir un mirador en aquellas alturas no estaría nada mal.

Camino unos pasos. Solicito al jefe de turno entre la gente. Hay más de sesenta personas. Camiones tirando la basura y buldóceres aplanándola. Bultos de desperdicios se amontonan en el terreno, y a su alrededor bultos de personas remueven la basura. Con una mano revuelven y con la otra sostienen el saco, donde echan lo que les parece útil. Las personas pueden a veces confundirse con la basura, que es de distintos colores, como las ropas y las pieles.

El jefe de turno, un joven negro de pocas palabras, me mira de arriba abajo, y me dice defensivamente: “Aquí se bota, se barre y se echa tierra. En el turno de día y en el de noche. Es lo único que se hace constantemente”. Como si en realidad se hiciera algo más. Custodiado por otro chico joven, también negro, más alto, con cadenas de oro falso, y una mocha en la mano, añade que su trabajo es guiar a los camiones para que el camino no se obstruya con más basura.

- Y… ¿cuántos trabajadores de Comunales hay?

- Somos cinco, más los buldoceros.    

Hay solo tres buldóceres; por  tanto, tres operadores de buldóceres. Digamos, ocho trabajadores de Servicios Comunales. Y sesenta personas en total.



[1] Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría.

 

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