Suelos y Agua: el binomio invisible en la producción de alimentos en Cuba

Autor: 

José Antonio Díaz Duque
|
30 Octubre 2020
| |
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Crédito de fotografía: 

tomada de teveo.cu

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Por todos es conocido que la producción de alimentos en Cuba resulta. insuficiente para cubrir las necesidades de toda la población. Prácticamente la mayor parte de lo que se consume proviene de las importaciones, cuya factura anual resulta ya inalcanzable para las disponibilidades financieras del país. Una y otra vez se repite el justo llamado a hacer producir la tierra y depender menos de los abastecimientos procedentes del exterior.

Son muchos los factores de los cuales depende la solución de ese problema; sin embargo, hay dos de ellos que muy poco se mencionan, y consecuentemente se consideran menos, por eso serán abordados más adelante.

La producción de alimentos, esencialmente la agropecuaria, es un asunto de múltiples aristas; por tanto, su solución requiere de un enfoque multidimensional y transdicisplinario: económico, jurídico, productivo, tecnológico, social, ambiental, institucional... Hasta ahora, el énfasis se ha colocado en aspectos instrumentales, organizacionales, estructurales y económicos, que no dejan de ser importantes, pero que por sí solos no resuelven el problema.

Cuando se repasa el arsenal de acciones y medidas implementadas se aprecia una variedad increíble: formas organizativas de la producción desde las granjas hasta las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), pasando por entrega de tierras en usufructo; estructuras diversas para la gestión agraria: delegaciones territoriales, municipales, cooperativas fortalecidas; instrumentos jurídicos como los contratos para la comercialización de los productos por parte de los cooperativistas o productores individuales; nuevas formas de acopio con diversas manifestaciones de pago, incluida aquella del dinero en mano del funcionario y pago inmediato al campesino; el incremento de los precios de los productos que se adquieren a los productores. En fin, sería interminable la lista.

Por otra parte, es evidente que una gran potencialidad en Cuba para la producción agropecuaria radica en el conocimiento científico y tecnológico acumulado. Tal vez sea este el país con más centros y áreas de investigación dedicados a la rama agropecuaria en relación con su superficie y población.

 

Foto: Vladimir Molina/tomada de Juventud Rebelde

Existen institutos dedicados exclusivamente a este propósito, que han trabajado durante décadas, con soluciones acumuladas que causan admiración en muchos otros países. A tono con ello, se realizaron inversiones cuantiosas para la implementación de algunos resultados promisorios, como fue el de la reproducción in vitro del plátano. Así, se llegó a instalar una capacidad para obtener cientos de millones de vitroplantas por año, biofábricas en casi todas las provincias, con una tecnología adicional para la adaptación, y con personal calificado para su gestión y extensión. De forma similar se trabajaron otros productos, como caña, piña, papa, malanga.

Pero, a fin de cuentas, las biofábricas eran de vitroplantas no de plantas y mucho menos de productos finales; restaba un trecho grande que recorrer para llegar a ellos, y luego a las placitas y mercados hasta la mesa de los cubanos. Uno de los eslabones era fuerte, pero el resto de la cadena (sistemas de producción y comercialización) habían quedado intactos, y el proceso falló.

Durante años se ha trabajado en función de integrar esos eslabones, sobre todo dentro de la esfera académica, con el acompañamiento del gobierno. Basta recordar la experiencia de los Polos Científico-Productivos. Más de una vez se alcanzaron resultados importantes que removieron los cimientos de la producción agropecuaria en provincias como Villa Clara, Camagüey, Ciego de Ávila, Guantánamo o Pinar del Río. O sea, que la integración no es nueva, ya se conocía desde la creación del Polo Científico del Oeste y el resto de los Polos, incluido el Industrial, que por cierto ya ni se menciona, cuando tanta falta hace.

Hay que revisar y retomar todas las experiencias integradoras pasadas, actualizarlas, renovarlas e implementarlas creadoramente, porque los desafíos son los mismos que ya se habían presentado en la década de los años 90 del pasado siglo, tal vez ahora con algo más de adornos y maquillaje, pero en esencia, los mismos.

Como si esto no fuera suficiente, tenemos los componentes suelo y agua, prácticamente ausentes en toda discusión sobre la producción agropecuaria.

Cuba dispone de unas seis millones de hectáreas de suelo agrícola, más que suficientes para cubrir las demandas nutricionales de sus habitantes. Pero, ¿cuál es su calidad? Según datos oficiales, más de un 70 por ciento de ellos son poco y muy poco agroproductivos. ¿Cómo se traduce esto? En una variedad agrícola con un rendimiento dado en un suelo productivo, este se reduce hasta en un 40 por ciento cuando se planta y cosecha en un suelo poco o muy poco productivo.

Es decir, la calidad de la tierra que se cultiva es un factor esencial para el rendimiento agrícola. Los suelos cubanos están muy afectados y las inversiones anuales para su transformación son muy bajas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Cada año el suelo se desgasta, pierde sus cualidades y potencialidades; por tanto, hay que mejorarlo y reponerlo. En décadas, el daño es extraordinario. Una buena parte de los suelos, sobre todo la capa vegetal, ha ido a parar a los embalses, disminuyendo incluso su capacidad de almacenamiento.

En tiempos de sequía severa, cuando las aguas bajan de forma extraordinaria, dan la posibilidad de recuperarlos y devolverlos a las áreas de cultivo, al tiempo que se logra revertir la disminución del volumen de agua a embalsar. Además, hay que trabajar por su protección y mantenimiento permanente, el suelo es una riqueza natural que se debe defender con voluntad y pasión. Hoy es el recurso natural más afectado en el país.

Los procesos erosivos afectan a 2,5 millones de hectáreas, el alto grado de acidez alcanza alrededor de 3,4 millones, la elevada salinidad y sodicidad influencia cercade un millón, la compactación incide sobre 2,5 millones de hectáreas; en resumen, el 60 por ciento de la superficie del país se encuentra afectada por estos y otros factores, incluso por más de uno a la vez. Y, repito, la cifra de superficie de suelos beneficiados anualmente resulta insuficiente para enfrentar la degradación y la tendencia a los procesos de desertificación.

 

El otro factor es el agua, que en la actualidad resulta ser el recurso natural más amenazado. Más allá de la discusión sobre la disponibilidad real del agua en el país para todos los usos (1 220 m3/habitante/año), lo cual debe también ser motivo de preocupación en materia de sostenibilidad, lo cierto es que el área de regadío para la producción agrícola es baja y se conoce que un cultivo puede multiplicar por cinco o seis su rendimiento si está bajo riego. Por supuesto, este riego no puede ser irracional, a expensas de un derroche de un recurso hídrico que resulta insuficiente; tiene que estar sujeto a una gestión sostenible, empleando tecnologías eficientes e inteligentes.

Los recursos hídricos disponibles per cápita anuales están heterogéneamente distribuidos en el país, siendo las provincias orientales las menos favorecidas, con excepción de Granma. La media nacional de 1220 m3 por persona al año sitúa a Cuba en un nivel de estrés hídrico moderado, considerando los indicadores internacionales.

Es importante tener en cuenta que es la naturaleza la que nos brinda el agua y por tanto debemos mantener el equilibrio del ciclo hidrológico; así, se impone la necesidad de realizar los estudios de caudales ambientales en cada una de las cuencas hidrográficas del país.

La agricultura, como sistema, tiene que identificar el agua necesaria para la producción de una unidad de producto determinada (agua virtual), y compararla con los estándares internacionales para comprobar su eficiencia. Estudios realizados en la pasada década identificaron que se incrementó el consumo de agua y al mismo tiempo disminuyó el volumen de producción agrícola en el período 2004–2008; como resultado, el consumo de agua por tonelada producida en la producción agrícola se triplicó en esa etapa.

El problema de la producción de alimentos tiene numerosas causas, hay que atenderlas todas como sistema, pero hay que empezar por lo básico, el suelo y el agua, sin las cuales, el resto es solo andamiaje.

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