Sueños de un hombre despierto

Autor: 

Daymaris Martínez Rubio
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02 Octubre 2014
| |
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Crédito de fotografía: 

Luis Pérez y cortesía del entrevistado

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Verano de 1996. Por más que las brazadas del mítico nadador Popov muden el Olimpo de los griegos a Atlanta, ciertos sucesos de la Universidad Lomonósov no dejan lugar a las dudas: el oro está en Moscú.

Plazas, parques, monumentos, avenidas..., la vigesimoctava Olimpiada Internacional de Química colma cada espacio citadino. Y en solo dos semanas, unos doscientos participantes de todas partes del mundo prometen cambiar en jolgorio el ritmo solemne de la gran ciudad. 

Son los días álgidos del conflicto ruso-checheno. Pero, a menos que amenace un petardo, argentinos, mexicanos, brasileños, españoles, y un cubano, no paran de robarse el show de las discotecas cercanas al céntrico Hotel Plaza Roja.

Daniel García, la joven promesa cubana desde el fuerte torneo de Mendoza, Argentina, en 1995, cambia “nervios” por “pasillos” en la pista, antes que la glotis apriete como un nudo de corbata suicida. 

 El examen resultó ser un “chícharo”. Y justo en la primera pregunta los “cables” se enredaron y no pudo pensar. Decidió comenzar por la segunda. Al cabo de las cuatro horas y 30 páginas, había terminado el último ejercicio.

En uno de los laboratorios de la Universidad Lomonósov, durante el examen práctico de la XXVIII Olimpiada Internacional de Química. Moscú, 1996

 

“Pero soy un ser afortunado. En esa misma Olimpiada, el día antes del concurso práctico, tenía dudas en un ejercicio que resultó ir a examen. Fue Andrés Zelcer, un estudiante argentino, quien puso en orden todo aquel enredo”. 

 Por fin llegó la ceremonia de los premios. El consenso era La medalla de bronce en la Olimpiada de Moscú y la amistad llegada de todas partes del mundo: entre lo mejor de sus memoriasaplaudir al estilo deportivo, tal vez para calmar la zozobra. Así pasaron los primeros medallistas, incluso el ganador con nota perfecta. 

“Fue cuando anunciaron el bronce de Cuba. ¡¿Cuba?!!! Una larga ovación hizo al teatro saltar de sus asientos. Entonces comprendí que, siendo aquellos los tiempos difíciles de la crisis, aplaudían no a este ser desconcertado y mudo; sino al sobreviviente, al admirable y querido pueblo cubano”.

La medalla de bronce en la Olimpiada de Moscú y la amistad llegada de todas partes del mundo: entre lo mejor de sus memorias
 

 

 “Aprendí de mis maestros”
Muchos domingos, por la época en que retorna al Centro Nacional de Entrenamiento, el “viejo” Rolando Alonso le toca a la puerta con la humildad de los abrazos. Y entre risas, papas fritas y ajenjo, conversan de mil temas, con ese dejo campante de los buenos villaclareños.

 “Soy fruto de la consagración de mucha gente. Pero, Rolando es un ser especial. No solo fue mi entrenador desde que comencé a concursar en el año 1994, en Villa Clara, sino también ese segundo padre, al que debo mucho de lo mejor de mi carácter.

“Cuando ingresé en el IPVCE Ernesto Guevara, era un estudiante normal: sacaba buenas notas. Pero creo que nadie habría apostado por mi futuro en la ciencia. En grado once, el azar me abrió las puertas a un grupo de alto rendimiento de Química. Eran quizá los mejores tiempos de aquellos planes especiales para la formación de alumnos talento”.

A mediados de curso, el estilo de competencia fraternal acuñado por Alonso, se había erigido en la pista natural para aquel “corredor de fondo”, cuya brillantez innata y acierto para lidiar con los misterios de la Química, le hicieron surgir de la nada entre el pelotón de avanzada de la preselección  nacional.

“Llegué a la Lenin en el año 94 y allí concluí el duodécimo grado con la medalla de bronce en la Olimpiada Internacional de Moscú, en el verano del 96. La preparación siempre fue intensa. Y, ahora que lo pienso, sí, era raro encontrarme aferrado a los libros, quizá porque en otras circunstancias el placer de estudiar me habría parecido lejano”. 

Para entonces había descubierto una pasión enorme por la Química, esa ciencia de horizontes inmensos, que el azar transformó en razón de su existencia.

Arelys Rivera, su mamá, sospecha que aquel vínculo se volvió cofradía, y después un instinto. “Porque a poco de entrar a la universidad, cuando la facultad de Química creó un plan especial para alumnos en condiciones de convalidar varias asignaturas del currículo, Daniel ya estaba montado en ese carro”. 

En tercer año tenía casi listos los resultados experimentales para la defensa de su tesis de diploma, y para el curso siguiente, había concluido todas las asignaturas de su plan de la maestría, que defendió semanas antes de recibir el título de licenciado.
 “Quizá porque mi facultad me dio todas las facilidades para desarrollarme, comprendo el valor crucial de ese sistema de superación que apuesta por las potencialidades del alumno”. A veces se pregunta, cómo puede subestimarse el alcance de una inteligencia,  cómo hay quien se atreve a ponerle trabas a una mente en expansión.

“Me gusta trabajar con los jóvenes, ayudarlos en la búsqueda constante de sus sueños, verlos crecer y superarse a sí mismos. Aprendí de mis maestros. Por eso llega a dolerme que el futuro de la ciencia pueda comprometerse si, entre otras cosas, continúa decreciendo el capital humano en formación.

 “Aquí ha tomado fuerza una tendencia al estudio de carreras fáciles, con una salida monetaria rápida. Y aunque el fenómeno tiene dimensiones mundiales, en Cuba es altamente peligroso: porque un país que pretende vivir de la ciencia, de la economía del conocimiento, de vender en los próximos dos años unos mil millones de dólares en productos biotecnológicos, necesita de un respaldo en la formación de profesionales”.

Habla con el tono de un patriarca, como si a sus escasos 31 años tuviera la experiencia vital de las canas… O será que el ingenio lo ha vuelto precoz.  

 Elegido de la suerte

 

Manuel García, ex integrante de la preselección nacional de Química, tras los pasos seguros del profesor

Daniel rehúsa el mito, nunca fabula, no habla de sí mismo; vuelve difícil escribir esta entrevista. “A veces creo que soy el resultado de mi suerte. Que hay cosas que no busco, que tal vez no merezco, y las encuentro”. 

Pero no es del todo cierto.

Una carrera de intensidad sostenida no es cosa de la suerte, sino del talento. Un promedio académico de 6,32 puntos, y la condición de mejor graduado integral y en la esfera de investigaciones durante la promoción 2001-2002, solo fueron la antesala de una carrera en ascenso para el Premio de la Academia de Ciencias de Cuba y mejor investigador de la Universidad de La Habana (UH) por sus  resultados en el 2008.

Con menos de 27 años, habría sido uno de los doctores más jóvenes de su tiempo, pero el llamado a impartir clases a estudiantes latinoamericanos le tomó un “curso sabático en la ciencia”. “Siento el compromiso de cooperar en lo que pueda. Es mi deber. Al menos es la filosofía con la que dirijo el Comité de la Unión de Jóvenes Comunistas en la Universidad. 

“Nunca figuró en mis planes. No creo que tenga vocación para la carrera política. Mi pasión es investigar. Yo me siento un científico nato.  

 “Creo en la ciencia que se hace en este rincón pequeñito que es el Centro de Productos Naturales de la UH. El nuestro es un grupo universitario que no ha logrado tener un resultado de impacto económico trascendental y ese sería nuestro gran reto.
“Mi esperanza es crear una escuela de síntesis de productos naturales. Convertirla en una línea de investigación para el grupo que dirijo. Pero tengo un cargo político de gran responsabilidad que me consume la mitad del tiempo. Y es curioso que, después de un día repleto de reuniones, sienta la necesidad de volver al laboratorio, de tomarle el pulso a las cosas. Solo entonces mi día está completo”. 

La ventaja está en la mente

Después de la hazaña de lograr un procedimiento para síntesis de compuestos antibióticos y antitumorales, que le ganara las palmas del mundo académico cubano, tal vez no ande tan lejos el día en que tome por asalto las páginas de Science.

 “Ves, eso sí es un sueño. No el Nobel. Aspiro a cosas posibles: tener un resultado nuevo, nacional, en tiempos en que es tan difícil no copiar a otros. Ahora que la autenticidad se ha vuelto casi una utopía, yo me he vuelto obsesivo con la excelencia.
“Nosotros, los cubanos, somos muy críticos con casi todo lo que hacemos. Pero quizá subestimamos el nivel de nuestros profesionales. El mundo desarrollado nos supera en recursos, pero para mí cualquier ventaja estaría en la mente. 

“No en vano el combustible natural de las economías desarrolladas es el robo de talentos. Hace poco tuve en mis manos la agenda de las universidades norteamericanas para el actual presidente (presentadas incluso antes de las elecciones de noviembre). Uno de los puntos a tratar era la captación de talento foráneo: eso dicho sin rodeos, explícitamente.

 

Un día de trabajo, en el Instituto de Bioquímica de las Plantas, en Halle, Alemania, donde realizó el doctorado

“Uno llega a pensar que es paranoia política, que el acoso no llega a ser tan descarnado. Pero mientras me especializaba en compuestos con actividad anticancerígena en el Instituto de Bioquímica de las Plantas, en Halle, Alemania, recibí un correo muy extraño de un grupo al servicio de compañías de investigación con sede en Gran Bretaña, Suiza y Estados Unidos. Los remitentes decían conocer mi trayectoria con detalles, desde mi adolescencia. Entonces me proponían una entrevista en Londres, Zurich, Nueva York o el lugar que eligiera, con todos los gastos pagados y “sin compromiso alguno”, solo para conversar sobre mi futuro en una exitosa empresa biomédica.  

“Me desconcertó chocar con esa otra cara de la sociedad capitalista. El robo de cerebros es un fenómeno tan frecuente que, cuando recurrí  alarmado a mi tutor, un científico admirable como Ludger Wessjohann, me respondió con naturalidad: ‘Daniel, ¿de qué te asombras? Ellos saben lo que ganarían. Es normal que lo intenten’”. 

Pero hay sentimientos que no pasan de moda. “Ser cubano me devuelve siempre aquí, a mi país, a mis raíces, a mi ciencia. Es mi condición natural y quiero serle agradecido”.  
 
Le encanta esta ciudad, los espacios abiertos, las calles repletas de gente y la música de Ismael Serrano. Es un poeta, dice, mientras sugiere que escuche “Sueños de un hombre despierto”. A veces también extraña Santa Clara.

Sube la escalinata, y para aliviar las tiesuras de unos pies con varios años, recuerda a Faulkner en medio del silencio: El objetivo de la sabiduría es soñar lo suficientemente alto,  como para extraviar el sueño en su búsqueda. “Lo escribí en una esquina de mi tesis de grado”.

- Por eso, estoy seguro: esta noche gana Villa Clara. 

- Disculpa que me dé risa el zumo de naranja, le respondí en una chanza. Pero después del nocaut recibido en el Guillermón Moncada, Martín y sus muchachos están de ambulancia.

- No hay que apresurarse. En la ciencia, como en la vida, el error tiene su eficacia. 
Y ya estoy en deudas con su suerte: contra todo pronóstico, ganaron “los naranjas”.

 

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