SURTUR SUPRIME

Autor: 

Diego Abel Nieves
|
26 Diciembre 2017
| |
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Crédito de fotografía: 

Yury Díaz Caballero

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Las nubes se deshacen en llamaradas huracanadas mientras perforas el cielo nocturno en tu caída, el fuego te envuelve por completo, es inevitable por lo violento que resulta el roce entre tu cuerpo y el aire que desplaza a su paso, es inevitable ya que eres demasiado grande y caes demasiado rápido. Pero no te importa, el calentamiento aerodinámico que experimentas no es problema alguno para tus escu­dos térmicos, están diseñados para soportar mucho más; es ese creciente calor que surge en torno a la inminencia de tu aterrizaje al que verdaderamente consideras preocupante, de hecho, tus sensores ya comienzan a percibirlo con nitidez.

A la par que las millas hacia el suelo van desapare­ciendo una tras otra, también van apareciendo miles de nueva señales entrantes que veloces se elevan a tu encuentro desde cada dirección posible: la gran mayoría son proyectiles de artillería antiaérea de los más diversos calibres, acompañados de cerca por coordinados enjambres de misiles antiaéreos; tam­bién hay otros muchos objetos más que al sesgo de tus radares se revelan como aeronaves de combate, escuadrones enteros de ellas, todas en plena trepa­da para interceptarte y prestas para vaciar sobre ti cuanta carga bélica hayan podido traerse.

Los primeros impactos no tardan en sucederse y pronto te ves bañado por un aluvión de estos, pero tu velocidad y la vorágine ardiente que te rodea lo­gran aminorar y disipar buena parte de sus efectos. El resto lo hacen tus escudos electromagnéticos, aunque aun sin ellos eres consciente de que tus vein­te capas de blindaje cerámico se bastan para mante­ner a raya semejante castigo. De igual manera serías capaz de devolverles el fuego con total soltura, pero también te abstienes de hacerlo. En otras ocasiones hubiese sido un error aceptar tantos golpes con tan­ta pasividad, pero esta vez vas a permitírtelo porque estás apostando por el dramatismo, ese dramatismo traumático que suele ser imprescindible en cualquier operación represiva.

Mientras caes hacia a ella con celeridad de meteo­ro, la zona de aterrizaje comienza a perfilarse ante ti con cegadora rapidez. Es una ciudad entera que segundo a segundo se levanta a tu encuentro. La modesta capital de una nación autoproclamada en lo que otrora fuera una colonia más del montón, la atrevida capital de un mundo sensacionalista que decidió renegar de la unión en su búsqueda de un futuro mejor para sí, la ingenua capital de una re­pública rebelde que con tal de mantener su libertad tomó la desesperada decisión de aliarse con el ene­migo. Ese sí que fue el crimen imperdonable, esa fue la osadía que los condenó, y tú eres el ejecutor enviado para hacer valer esa condena. Eres el as de picas de la flota federal enviada a asumir el levanta­miento y sus directivas son muy concisas y conse­cuentes con tal papel. Acorralar al gobierno inde­pendista y forzarlo a su rendición incondicional es el objetivo final, para lograrlo tu mera presencia es una postura de fuerza más que suficiente, no en bal­de los medios estiman ya a minutos de distancia la proclama efectiva de una capitulación inmediata, al fin y al cabo los rebeldes nadan pueden en tu contra y lo saben, lo han sabido siempre. Lo que ignoran en cambio es que los estrategas que te comandan buscan hacer de esta una advertencia ejemplar para todos sobre las nefastas consecuencias que entra­ñan la secesión y aún más el tomar partida por el odiado enemigo. De ahí que tu despliegue tenga como prioridad la aniquilación de todas las fuerzas armadas rebeles con el máximo prejuicio posible, sin restricción alguna en las armas a utilizar o los daños colaterales a ocasionar. Es por eso que esta ciudad ha sido designada como tu zona de aterrizaje te­niendo marcados dentro de ella a tantos objetivos militares a destruir, con muchos sin serlo en sentido estricto. Antes de que el conflicto concluya los altos mandos desean castigar este díscolo mundo convir­tiendo a su capital en un cenicero. Para encubrirlo han planeado culparte a ti, quedando todo como la catastrófica malinterpretación que una inteligen­cia artificial militar defectuosa hizo de sus directivas operacionales. No te importa en absoluto seguirles el juego, a lo sumo te harán pasar por una restau­ración a fondo para corregir los nefastos errores de código presentes en tus rutinas lógicas, errores que serán descubiertos por diagnósticos debidamente alsificados. Afrontarla no te supone ningún pro­blema por lo que cualquier otra consideración adi­cional te es innecesaria. Lo único primordial es ga­rantizar el desarrollo exitoso de tu misión, cumplirla con la eficiencia que tus comandantes requieren lo es todo para ti, es el axioma rector de tu existencia.

Por esas razones, durante las maniobras finales de aproximación poco haces para frenar tu velocidad, te limitas a desatar por unos momentos la máxima potencia de tus retropropulsores iónicos una vez que la altura se reduce a la mínima posible. Es una desaceleración brusca y brutal, tan mortífera para cualquier persona como irrelevante para tus inexis­tentes tripulantes. Es el frenado mínimo que necesi­tas para llegar al suelo sin sufrir daños estructurales pero conservando la energía suficiente para poder hacer uso del potencial destructivo que tu masa de medio millón de toneladas te acarrea. Así, con el momento de tu aterrizaje logras nivelar un distrito entero, el distrito especial que momentos antes ejer­cía como sede del gobierno rebelde, ahora es solo un erial arrasado a tus pies cuyas ruinas incendia­das desdibujan tu silueta a la par con las coloridas detonaciones de esos rezagados misiles que aún si­guen alcanzándote por docenas solo para impactar en balde sobre tus escudos. Indiferente ante ellos, te levantas pesadamente sobre el infernal cráter en toda la extensión de tus ochocientos pies de esta­tura, como un sombrío monte mecánico erizado de armas. El viento ceniciento no se tarda en llevar has­ta tus módulos sensoriales la percepción aumentada de cinco millones de personas radiando y gritando en total pánico, civiles y militares por igual, muchos han comprendido de inmediato lo que les espera y tú a su vez no buscas hacerles esperar.

Reyes, reyes de reyes, así es como siempre se han referido a los de tu clase, las máquinas de guerra superficial más masivas y destructivas jamás conce­bidas, de ahí surge el que todas las unidades cons­truidas siempre sean bautizadas en honor a algu­no de los dioses o demonios guerreros existentes en las viejas mitologías de la moribunda Tierra. De ahí también el que Surtur sea tu nombre, el nombre del llameante rey gigante que desencadena el fin del mundo según los ancestrales pueblos nórdicos. El personal técnico que te supervisa siempre se ha mostrado muy orgulloso de que lleves ese nombre, piensan que define muy bien lo que eres: un gigante oscuro capaz de quemar mundos. Tú también lo en­cuentras apropiado y razonas de forma concluyente que para los aterrados habitantes de esta ciudad la impresión debe ser la misma, o más chocante aún si cabe. Eso es positivo para tu misión, es la clase de impacto psicológico que los generales buscan plasmar en la red, solo te queda seguir mantenien­do ese tempo.

Con los medios observando desde lo alto y el tiempo transcurriendo decides darte prisa. Así, sec­tor a sector, sistema a sistema, tus estaciones de armas comienzan a entrar en línea una tras otra, los sistemas expertos que las controlan se activan desde el primer instante saturados por multitud de objetivos por seguir y abatir, un torrente inagotable de ellos continúa llegándote en tiempo real desde las naves en órbita, que se afanan en escanear se­lectivamente la superficie para así ahorrarte tiempo. Tus baterías pectorales son las primeras en entrar en acción, los tañidos simultáneos de diez cañones de riel rasgan el aire anunciando tu primera andanada y sendos proyectiles cinéticos de racimos se adelantan al ensordecedor estallido que lo persigue cuarenta veces más despacio. En un instante, el noroeste de la ciudad desaparece en un torrente de devastación, es un comienzo óptimo. El resto de tus sistemas de armas también comienzan a disparar, con la máxi­ma cadencia que les permite la corrección de sus soluciones de fuego al cambiar de un objetivo a otro. Poco a poco, la capital rebelde va dejando de existir, devorada a mordiscos por los kilotones que metódicamente vas liberando encima de ella, con sus otrora hermosos horizontes ardiendo, arrasados a conciencia desde cada punto cardinal.

Minutos después te detienes en tu ofensiva al re­cibir la orden pertinente, al parecer tus comandan­tes al fin han quedado satisfechos. Con la operación siendo un éxito solo les queda esperar que su en­mascaramiento haga otro ante las inminentes in­vestigaciones. De improviso a medio kilómetro a tus espaladas captas dos señales termales, dos contac­tos biológicos vivos, las señales electromagnéticas inequívocas de dos corazones humanos que laten desbocados, inundados en adrenalina. Que haya su­pervivientes tan cerca de ti es increíble, tanto que decides examinarlos por mera curiosidad estadística. Rastreas sus señales reorientando hacia ellas a varios de tus módulos sensoriales periféricos y a uno de los proyectores laser de tu batería antimisil lumbar, segundos después por fin obtienes una primera y multiespectral visual de ambos.

A la filtrada luz de tus optrónicas aparecen las tiz­nadas figuras de un hombre y una mujer, vistiendo los harapos chamuscados de lo que en su momento habían sido trajes de etiqueta y agazapados a duras penas en la garganta combada y retorcida de lo que minutos atrás había sido la estancia antibombas de alguna dependencia gubernamental. La mujer, a quien tus subrutinas de búsqueda y análisis identifi­can como la ministra de energía, yace inconsciente con una escoria de metal atravesando de parte a par­te su pierna derecha, el hombre, uno de sus guar­daespaldas, lucha desesperadamente por contener el profuso sangrado, intentando en vano cerrar un torniquete sobre su muslo.

A pesar de todo los dos han tenido una suerte asombrosa, en especial ella: fue la numero ocho del ya extinto gobierno secesionista y aún mantiene si­milar posición en las listas negras de la inteligencia militar. Podrías hacerles un servicio fortuito al rema­tarlos, pero en su lugar los vas a dejar sobrevivirte, no lo harás por un desliz de esa piedad inútil que eres incapaz de sentir, sino porque hacerlo ya es algo que no recae en ti. Tal vez ambos sean discre­tamente ejecutados a la llegada de las fuerzas de ocupación, o tal vez mueran cuando la destrozada carcasa que los sostiene finalmente se colapse al va­cío, cualquiera que sea el caso, tu misión ha termi­nado y con ella, esta guerra también termina para ti, de ahora en adelante sus vidas o sus muertes no importan ya... ya nada más importa…

con una escoria de metal atravesando de parte a par­te su pierna derecha, el hombre, uno de sus guar­daespaldas, lucha desesperadamente por contener el profuso sangrado, intentando en vano cerrar un torniquete sobre su muslo.

A pesar de todo los dos han tenido una suerte asombrosa, en especial ella: fue la numero ocho del ya extinto gobierno secesionista y aún mantiene si­milar posición en las listas negras de la inteligencia militar. Podrías hacerles un servicio fortuito al rema­tarlos, pero en su lugar los vas a dejar sobrevivirte, no lo harás por un desliz de esa piedad inútil que eres incapaz de sentir, sino porque hacerlo ya es algo que no recae en ti. Tal vez ambos sean discre­tamente ejecutados a la llegada de las fuerzas de ocupación, o tal vez mueran cuando la destrozada carcasa que los sostiene finalmente se colapse al va­cío, cualquiera que sea el caso, tu misión ha termi­nado y con ella, esta guerra también termina para ti, de ahora en adelante sus vidas o sus muertes no importan ya... ya nada más importa…

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