Teclas contra barredoras de nieve

Autor: 

Redación de JT
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09 Julio 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: René Alejandro Díaz

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Como mismo toda la sociedad, durante los últimos años, la prensa del país se ha enfrascado en profundas autorrevisiones (y hasta en revisionismos provenientes de intrusos) sobre sus funciones y objetivos, carencias y dotes, obsolescencias y vanguardismos, simas y cimas.

Y como para que no le sepa a miel este ejercicio ya eterno, que es saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, los engranajes del reloj apresuran o retardan la marcha al vérselas los periodistas ante urgentes cambios
de concepciones, cuando no nuevas variantes tecnológicas del oficio de las teclas.

Con teclas se escriben palabras, se ponchan imágenes y se graban sonidos; con teclas se enmarañan los medios y se emiten mensajes en las redes con múltiples planas, justo en esa terra nova que es Internet, donde cualquiera puede usurpar la primicia e imponer la alternativa, pero sin asumir tácitamente su responsabilidad por errores o dudosas calidades, lujo que afortunadamente está vetado a un profesional de la prensa.

Con teclas, recordemos, se llama a un funcionario para concertar una entrevista que espantará las dudas sobre un tema, precisará lo que no puede un rumor, o avalará a ese cuadro por su plausible, o
cuestionable, gestión. Y con teclas frecuentemente se obtiene –sobran ejemplos– una negación a informar, en unos casos, y en otros, un desplante, un "salió corriendo a otra cosa más urgente". Bien visto,
el silencio no castiga al medio: atenta contra un derecho de la ciudadanía. Y si no, ¿por qué se le llamaría funcionario público?

Un ejecutivo –no de poca monta, por cierto– sonríe al decir que "quiere a la prensa, pero la quiere lejos". Otros usan frases menos cordiales. Algunos, más pillos, se alían a quienes están dispuestos a
brindarles una efímera publicidad a sus superfciales éxitos. Felizmente existe una raza de directivos que sabe encontrar en el trabajo mancomunado con los medios, no la fama, sino el
perfeccionamiento de sus objetivos. Y saca entonces provecho de críticas y análisis. Y promueve grados de libertad y de participación de las personas en la conformación de aquellos planes para los que fue
nombrado jefe, sencillamente por su consagración e inteligencia.

Dígase jefe, pues, y no dueño. Nadie, al menos teóricamente, produciría lo que no va aceptar después esa masa sin rostro que llaman consumidores, clientes, usuarios o públicos. El voluntarismo y las
metas sin sentido, probado está, no obtienen la aceptación de los verdaderos dueños –el pueblo, si se prefere ese término, en ocasiones más impreciso–, de esos que emanan las riquezas, no solo para generar
bienes y servicios, sino para sostenerles a los dirigentes desde su formación universitaria hasta los respetuosos buroes.

El sector científico, sea de laboratorios o de claustros de nivel superior, también abanica, desde luego, todas esas aspas. Solo que en este, como mismo es grandemente admirado un logro, más evidente es un
fracaso, y más difícil de enderezar es el retorcimiento provocado en consecuencia.

Por suerte, quizás más que cualquier otro segmento de la sociedad, ese mundillo tiene un ordenamiento muy hermético, regido por normas tecnológicas y ceñudos organismos supervisores.

Con la ciencia no se juega, dice cualquier hijo de vecino, y culpa en primer lugar a los medios por un fracaso, si antes de darse luz verde a una costosa investigación, estos no hicieron públicas sus posibles
amenazas. Las bondades, se sabe, se anuncian solas.
Aun así, hay quien convoca al gremio de las teclas solo para hacer notar lo magno que cocina y el desafío histórico que lanza, sin siquiera preguntarse si semejante novedad es de primordial interés
para las multitudes. En su egocentrismo supino, incluso selecciona a su amable interlocutor, mientras evita escuchar de sus pares una voz disonante. Da igual comprar barredoras de nieve para el trópico: ya
servirán –seguramente cavila– para piezas de repuesto en magullados tractores.

En su evolución –una entre las ya citadas y las que se sienten respirar en nuestras nucas–, el más moderno periodismo de temas científcos hace mucho empezó a desapegarse de su funcionalismo divulgador, suerte de polea de transmisión vertical de información entre los poderes y las masas, para intentar hacer más horizontal el esquema de comunicación, analizando, de una invención, sus orbitales
repercusiones económicas, políticas, sociales y hasta espirituales.

De acertar, puede afirmarse que la sociedad toda tendrá un día mayor sapiencia y, por tanto, mejor voz, gracias también a los funcionarios
públicos que a golpe de teclas dirán: "Yo quiero a la prensa conmigo".

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