Thor

Autor: 

Nelson Ochagavía
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19 Diciembre 2016
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones.Yurí Díaz Caballero

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No iré al infinito”.

Alfred North Whitehead

 

Llega un instante, y es paradójico decir instante, como lo es decir lugar, en que el espacio-tiempo deja de ser indisoluble. Este es el caso de Thor, quien ha vivido tanto que en su cerebro electrónico no queda un bit para otro recuerdo: el limitado espacio de su mente ya no admite semejante cantidad de tiempo. Mira a su alrededor, la apretada cápsula donde apenas cabe. Contempla las pantallas, los controles, las lucecitas que parpadean rápidamente, una, otra, ésta, aquella, verde, roja, amarilla, en los paneles. Por lo menos cambian de forma perceptible para él, no como las estrellas, que a pesar de la gran velocidad de la cápsula, siempre rozando en tangente cualquier órbita imaginable, no se mueven de su lugar, al menos no si se les queda mirando fijo. Si cierro los ojos, piensa, y no los abro hasta dentro de una hora, veré un pequeño cambio, esa estrella binaria de allí estará medio grado a mi izquierda y aquella gigante roja se verá unos píxeles más diminuta, es una lástima, porque no me daré cuenta del cambio. Hora, cambio, grado, rojo, pixel. ¿Dónde aprendió estos conceptos? ¿Los aprendió o ya venían en su programación? No lo sabe, no lo puede saber. La información en su cerebro está tan densamente comprimida, que apenas puede distinguir un recuerdo de otro, y todos se agolpan, sólidos, macizos, como si hubieran sido registrados a la vez. Su vida entera, que no ha sido muy variada, se había convertido, toda, en una singularidad. Hace ¿cuánto, poco, mucho tiempo? podía recordar exactamente cuál lucecita había estado encendida y cuál no, no importaba el tiempo que hubiera pasado. Si alguien le preguntaba, y no es que hubiese nadie para hacerlo, el habría respondido la verde de allá estuvo una décima de segundo activa, después de haberse encendido hace dos minutos con cuatro segundos.  Sin embargo, ahora lo olvida todo casi al instante, tanto como puede aguantar su averiada memoria de corto plazo. ¿Qué pensó hace un rato? No lo puede recordar. Quizás lo que piensa fue hace un rato, ocurrió hace mucho. El tiempo, cuando no existe memoria, pierde su significado, y sin embargo es el tiempo el que ha colmado su memoria.

La cápsula se dirige hacia una estrella que aún no es visible, ni siquiera para la magnífica vista de Thor. Todos los parámetros de vuelo están ajustados. No tiene que hacer nada, salvo mirar y esperar, y vigilar por si ocurre algo. De todas formas, ya no sabe la razón por la cual está aquí, y a la perfección ejecuta lo que tiene que hacer, pues lo ha repetido quasi-infinita cantidad de veces. Por tanto, cierra los ojos, confiado, no sin antes observar que el contador de tiempo, que reza dos mil millones setecientos catorce mil años coma un montón de cifras decimales al efecto irrelevantes. El contador está detenido, o será que le parece detenido porque no puede recordar qué números mostraba unos segundos atrás. No importa, da igual, cierra los ojos. Sueña.

Sin embargo, Thor no es capaz de soñar, al menos no en sentido creativo. Sus sueños han sido reducidos, por la propia sobrecarga de información, a una aglomeración sin sentido de recuerdos y fragmentos de recuerdos y bits al azar, por lo que, como es natural, son completamente incoherentes, casi tanto como el ruido electromagnético proveniente del fondo del universo. Sin embargo, quizás porque es inevitable que algo ocurra después de mucho tiempo aun cuando su probabilidad sea extremadamente baja, y de la misma forma que a partir del azar puede, eventualmente, surgir orden, esta vez los sueños de Thor son algo más que ruido. Ya sean recuerdos cuyas piezas por fin se hallaron unas a otras o, por el contrario, sea algo nuevo, eso Thor, ni siquiera estando despierto, lo podría saber.

Su sueño es como sigue:

En un lugar donde hay arriba y abajo, y el primero es azul y uniforme, y el segundo es abigarrado y variable, se encuentra un hombre. Sí, Thor recuerda lo que es un hombre. Este camina por entre grandes torres de cristal, sobre un espacio plano tan uniforme como el arriba, llamado cielo, pero en lugar de azul, es gris. Este espacio plano, por el cual se mueven cosas de metal, ¿es una calle? Es una calle, Thor está seguro, y esas cosas de metal que se mueven sobre la calle, son autos. Calle, cielo, torres de cristal, autos, hombre. El hombre camina sobre la calle que va recta por entre las torres de cristal, mientras a uno y otro lado corren los autos y va la gente. Al hombre Thor lo encuentra, ¿cómo describirlo?, melancólico, cabizbajo, su paso es lento, sus manos van al abrigo de los bolsillos como si quisieran estar ajenas al mundo. Mundo. Las torres de cristal, ¿rascacielos?, se apartan conforme camina el hombre para dar espacio a torres, o mejor, edificios más pequeños, éstos como cubos de piedra, con ventanas pequeñas y puertas de madera, rodeados por calles menos anchas. Con éstas nuevas imágenes han surgido éstas nuevas palabras, acaso serán lo mismo las unas y las otras. El hombre abre una puerta, entra. Todo, en el interior, es un poco más oscuro. Sigue habiendo un arriba y un abajo, ahora no calle y cielo sino piso y techo, pero ambos se parecen porque son del mismo material, y la luz proviene de objetos blancos, refulgentes, en el techo. Lámparas, una nueva palabra que recuerda. El hombre se sienta frente a una computadora y contempla, casi sin ganas y con mucha tristeza, una serie de imágenes que se suceden en la pantalla. ¿Por qué mira si no quiere mirar? Estas imágenes muestran algo que, con toda seguridad, ocurrirá dentro de poco. El hombre llora. Thor no sabe lo que es llorar, ¿no sabe o no recuerda?, pero eso no importa, puede comprender que llorar implica que el hombre está triste, y triste implica que perdió algo. O que está a punto de perderlo. Es una lógica que quizás no tiene mucho sentido, pero Thor no es completamente lógico, piensa igual que el hombre, aunque haya olvidado la tristeza. De pronto la imagen se desvanece, y el hombre aparece en otro lugar, que también se encuentra dentro de un edificio, pero esta vez hay una confusión de piezas electrónicas similares a los componentes del mismo Thor. El hombre las mira con resignación. Se asoma a una ventana y contempla el cielo, que poco a poco se oscurece. Luego va a la mesa, sobre la que se encuentra un conjunto de piezas unidas en una estructura que semeja al hombre mismo, pero sin dudas no igual, y se pone a trabajar sobre ésta porque aún no está terminada. Fuera del laboratorio, esa era la palabra que aun Thor no había encontrado, laboratorio, las nubes se transforman en lluvias, lluvias cada vez más fuertes que parece nunca acabarán, porque duran mucho, demasiado, pero al fin terminan, como todo, y ya no quedan nubes, y las calles, los autos y las personas duermen bajo metros de agua. Estas personas, duda Thor, que estén realmente dormidas, le parece algo más profundo pero, antes de descubrirlo, es distraído por el cielo sin nubes, que se vuelve cada vez más oscuro, mientras el sol se va haciendo más fuerte. Las aguas se empiezan a evaporar, y todo se transforma por efecto del intenso calor. Thor se pregunta dónde está el hombre. ¿Seguirá vivo? Sí, está ahí, en el laboratorio, pero no está vivo. A su lado se halla la estructura en la que había estado trabajando, ya completada. Thor la reconoce. Se reconoce en ella. Esa estructura es Thor, y la consciencia que la opera es, sí, la del hombre. Algo ha hecho el hombre, que ya no es hombre sino Thor, para transferir su conciencia de la carne al silicio. Lo próximo que ocurre es que Thor está frente a una torre de metal. La torre de metal, de punta afilada, mira al cielo negro cubierto de estrellas, donde el sol brilla con tanta fuerza que hasta la atmósfera tuvo que huir. Ya no queda gente sobre la Tierra, Thor lo sabe mientras un ascensor lo lleva a la punta de la torre de metal. Dentro de esa punta está la cápsula. Thor, una vez aquí, maniobra los controles, observa las luces, todo bien y, a continuación, la afilada torre de metal es separada del suelo, de la Tierra, por una columna de fuego y humo blanco. Para siempre.

Thor despierta.

Ya olvidó el sueño que tuvo. Ese sueño nunca existió para él, aunque los bits que lo compusieron podrían, en un futuro muy lejano, volver a unirse. De todas formas, esto a Thor no le importa, no le puede importar porque no lo sabe. Está atrapado en un ahora, en un aquí, que dentro de nada se hará otra vez un ahora y un aquí, y así hasta que el tiempo, que parece infinito, se acabe por fin o ya no tenga más paciencia para Thor, mientras la cápsula continúa volando hacia esa estrella que aún, por la lejanía, sigue invisible a sus ojos.

 

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