El trozo de Cuba en Nueva York

Autor: 

Lisandra de la Paz
|
27 Enero 2017
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De la autora

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Unas puertas de cristal son el umbral hacia el trozo de Cuba de 740  que han colocado en el American Museum of Natural History (Museo Americano de Historia Natural; AMHN) de Nueva York. Por primera vez, con la muestra ¡Cuba! −producida entre el Museo Nacional de Historia Natural en La Habana y el AMHN− la Isla del Caribe se volvió protagonista en uno de los centros más grandes y famosos del mundo en su tipo. Así, el chipojo cubano (Anolis porcatus), en el que la diseñadora cubana Michele Miyares se inspiró para crear la identidad de la exposición, mira sobre su hombro a sus ancestros milenarios, los dinosaurios, símbolos del AMNH. 

Al cruzar ese umbral se deja atrás el resto casi interminable del museo y se entra al mundo de luces−sombras de ¡Cuba! Tambores yorubas dan el recibimiento. Silencian la mente. Ponen los pelos de punta. Y los sentidos se enfocan hacia todo lo que pudiera aprenderse o comprobarse del “hogar de lo inesperado”, como reza en un muro en los idiomas inglés y español. Por primera vez el Museo Americano de Historia Natural realiza una muestra bilingüe.

En 2016 la documentalista canadiense Lawrence Mathieu viajó a Cuba y entrevistó a varios cubanos para compartir sus historias y sus perspectivas de la vida en la Isla. Con sus fotos y palabras abre la exposición, porque eso “era muy importante, que empezáramos a hablar de Cuba y la describiéramos en las voces de los cubanos −reflexiona la bióloga Ana Luz Porzecanski, directora del Centro para la Biodiversidad y Conservación del AMNH en entrevista para el portal digital uruguayo En Perspectiva−. También es una forma de mostrar que hay diferentes visiones y puntos de vista sobre Cuba, incluso en Cuba, y queremos que la gente entienda que Cuba no es un monolito, que tiene muchas dimensiones y que cada uno tiene que entrar y aprender y formar su propia conclusión. También entrevistamos a algunos cubanos que se han ido de Cuba y que viven por ejemplo en Nueva York. La exhibición, por cierto, cierra con el mismo concepto, con los cubanos mismos hablando del futuro”. 

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Nancy está leyendo la entrevista a una cubana, Rebeca Glinsky Behar, que salió de Cuba hace más de cincuenta y cinco años. Frente a la fotografía tamaño real, Nancy deja escapar un par de lágrimas. Esa es quizás la historia con la que más se identifica. “Lloré mucho la noche antes de irnos, cuando cerramos la puerta de nuestro apartamento con todas nuestras pertenencias. Junto con nuestros dos hijos nos fuimos de Cuba a Nueva York sin dinero, sin idiomas, y con un corazón roto y sangriento”, dijo Rebeca al AMNH.

Tímidamente me acerco a Nancy, me atrevo a interrumpir sus recuerdos, sus pensamientos. Cuando hablo, su esposo y su hija salen también a mi encuentro, un poco alarmados. Pero yo necesito saber qué siente Nancy, qué siente al pisar suelo cubano a unos metros del Parque Central de Nueva York. “Es una emoción enorme”, me revela. “Me fui de mi Puerto Padre natal en el año 1957, la Cuba de Batista, que fue dura y horrible en muchos sentidos. Nunca antes que yo recuerde se había hecho una exposición de Cuba en Nueva York, y esta, por lo que he visto, es bastante representativa con la realidad que se vive hoy allá. Nosotros fuimos hace algún tiempo, pero entrar aquí, ver cubanos emocionados como yo, orgullosos de eso, escuchar la música, oler el tabaco… es una alegría inmensa”.

Entre mapas, infografías y un video introductorio de diez minutos, se va explicando, como background, la historia, la economía, la sociedad y la política cubana, y no deja de mencionarse el vínculo con los Estados Unidos y el restablecimiento de las relaciones bilaterales entre los dos países. Este acontecimiento ha sido, sin lugar a dudas, un imán para el mundo, en especial para el pueblo estadounidense, y ha puesto a Cuba en la mira. A consecuencia de ello, la exposición, que en diciembre de 2014 se encontraba en sus etapas iniciales, tomó otro impulso, y también el trabajo colateral entre los científicos de La Habana y Nueva York se facilitó.

Al ser esta una muestra temporaria era necesario que se abordaran temas contemporáneos y actuales, por lo que uno de los objetivos fue darle al público, ávido de información sobre la Isla, una visión más profunda. “Cuando me invitaron a ser cocuradora de la exhibición eso para nosotros fue desde el principio realmente una prioridad −cuenta Porzecanski−. Que la gente, quizás como punto de entrada, se encontrara con la Cuba que ellos esperan o con los clichés que han visto, especialmente en este país: la política, los coches antiguos, la música, la arquitectura. Pero más allá de eso, ¿qué hay? Si quieren entender por ejemplo quiénes son los cubanos, ¿podemos ayudarlos? Si quieren entender cómo Cuba es biológicamente tan única y tan importante, ¿cómo podemos trasmitir esa información?”.

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El plano de la exhibición se abre después de la oleada de información inicial. El Chevrolet Bel Air a dos tonos del 1955 recibe de sopetón a los visitantes y causa gran impacto. Detrás, una gigantografía del malecón habanero y los edificios antiguos de Centro Habana. Marleen, americana natural residente en Yonkers, Nueva York, los mira con detenimiento y me dice: “Estaba muy emocionada por venir aquí. Me gustaría ir a Cuba en algún momento, y ahora con las nuevas políticas me parece que será posible. Amo la música, creo que me gustaría la comida…, y las personas definitivamente. La arquitectura, la vieja arquitectura colonial, la encuentro muy interesante. Creo que es genial que ese lugar ahora esté abierto a nosotros, y espero volar allí algún día”.

Aunque los temas políticos no son competencia del museo, resulta imposible mencionar a Cuba sin relacionarla con la política. En ese aspecto los especialistas en política internacional del Departamento de Antropología desempeñaron un papel fundamental, pues los científicos cubanos se limitaron a colaborar en temas de biodiversidad, que en realidad viene siendo lo principal de la exhibición. Eso sí, una delegación de Cuba, donde se encontraba la doctora Maritza García García, presidenta de la Agencia de Medio Ambiente, valoraron los contenidos culturales y políticos y quedaron satisfechos con lo que la muestra exponía.

Un bulevar que recrea la vida urbana funciona como camino conector entre los distintos departamentos. A mano derecha está el de la economía, donde pueden olerse las hojas del tabaco; el de la religión, específicamente la de los Orichas; y el de obras y carteles de artistas cubanos. El lado izquierdo se destinó a la biodiversidad de la flora y fauna. En el bulevar se encuentran objetos y artefactos únicos de nuestra cultura. Un bicitaxi, un punto de ventas de vegetales y viandas, un radio antiguo similar al de Ernesto Hemingway cuando vivió en Cuba, una bicicleta, una Virgen de la Caridad… Al final de la calle, varias mesas simulando una terraza, donde no podía faltar un dominó y platos típicos de la comida cubana: el arroz con frijoles, el ajiaco, las frituritas de malanga y el dulce de guayaba con queso.

Muchos visitantes asisten a ¡Cuba! por conocer de manera general la Isla. Otros quieren solo apreciar y aprender de temas específicos. Entre la multitud se encuentra Arancha, española residente en Nueva York por cuestiones de trabajo. Ha venido a la exposición porque era su única forma de conocer un poco el punto de vista de los cubanos sobre lo que sucede en estos momentos en temas de política. “Con esta muestra he podido aprender sobre la historia de Cuba, sobre la Revolución, y me ha parecido súper interesante. Creo que lo que más me ha llamado la atención es lo que piensa la gente joven, porque he podido leer algo sobre sus perspectivas en los nuevos contextos y creo que su mentalidad está cambiando”, considera. Arancha siente que la exposición la ha acercado a Cuba y su gente, y que le ha dado una visión muy realista de lo que es Cuba. “No tengo un conocimiento excesivo sobre sobre Cuba y su historia, pero me he sentido casi en Cuba. En un área ellos pudieron fundir las cosas más importantes y lo hicieron muy bien. No llegaba a comprender lo cercanos que se hallan la Florida, en Estados Unidos, y Cuba, y la repercusión que tiene eso para ambos países con dos sistemas políticos totalmente distintos”.

Estados Unidos y Cuba comparten ecosistema por su cercanía geográfica. Comparten también, aseguró Porzecanski, preocupaciones ambientales. Por lo que en los últimos meses se han firmado varios acuerdos para la colaboración en este sentido.

Esta exhibición pudiera ser el paso inicial de esas relaciones en favor del medio ambiente, el camino para una mejor conservación y cuidado de la flora y la fauna y la colaboración entre los dos países, en aras de hacer avances científicos en el campo de la biología y la ciencia en sentido general; aunque ya desde antes la Isla era un foco de atención científica por sus valores naturales.

Cuba es un archipiélago de más de cuatro mil islas, y la principal domina el Caribe por su gran tamaño. “Ha estado aislada durante millones de años y al mismo tiempo no está suficientemente lejos como para que las cosas no puedan llegar −informa la directora del Centro de Conservación y Biodiversidad del AMNH−. Las especies sí han logrado llegar a Cuba, y cuando lo hacen sí están aisladas y la evolución a partir de ese momento puede tomar caminos impredecibles o inusuales”.

A consecuencia de esto pueden desarrollarse especies que no se ven en otro sitio, ya sean de la flora o de la fauna; o que tienden al gigantismo o a la miniaturización, como el búho más grande del mundo, ya extinto, o el zunzuncito, el ave más pequeña del planeta. “En cuanto a los anfibios es aún más impresionante, el 95 por ciento de las especies de ranas que viven en Cuba solo existen allí. Es casi como el Madagascar del Caribe. Y nos parecía que eso no se conocía”, concluye Porzecanski.

El recinto de biodiversidad −que toma toda el ala izquierda−, comienza con un espacio dedicado a Cuba en la prehistoria. Allí se exponen modelos realistas de especies ya extintas, como el búho gigante antes mencionado. A continuación, un espacio dedicado al Parque Nacional Alejandro de Humboldt, eje central de la parte de destinada a la naturaleza; y en la habitación inmediata, dioramas y réplicas exactas que sitúan al espectador en un fondo marino cubano y en un humedal de la Ciénaga de Zapata. 

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Antonio Cádiz y Yoamel Milán son jóvenes biólogos cubanos que participaron en la realización de la muestra y aún están asociados al Museo Americano de Historia Natural.

Cádiz, tras ganar una beca del American Society for Bioquimestry and Molecular Biology (Sociedad Americana de Bioquímica y Biología Molecular), investiga en los laboratorios del AMNH a favor de la conservación de anfibios.

“En este momento la colaboración entre el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y el Museo Nacional de Historia Natural de La Habana está bien activa. Eso se manifiesta en esta exposición y en una serie de colaboraciones científicas. Como parte de esas cooperaciones, y como hasta recientemente yo era profesor en la Universidad de La Habana, estoy vinculado a las actividades de conservación que realiza este museo, sobre todo en el trabajo que tiene que ver con ranas cubanas”, expone Cádiz.   

El recinto del Parque Nacional Alejandro de Humboldt recibe al visitante con la reproducción de la Jutía cubana, y a mano derecha, una iguana. Una fila de peceras que contienen animales vivos inunda el lugar. “La mayoría de las especies que se presentan son modelos, pero en la sala también pueden apreciarse especímenes reales que son de la colección del museo. Algunas plantas, los caracoles polimitas, o anfibios como la llamada rana platanera, también el majá de Santamaría, y el chipojo cubano, son especies vivas que se exponen como parte de la flora y fauna típicos del Parque”, aclara Antonio Cádiz. Asimismo, un carpintero real colectado hace más de cien años en Estados Unidos, que se preservó vía taxidermia, se exhibe junto a otros modelos de aves.

Por su parte, Milán, profesor auxiliar de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, trabaja en colaboración con el Centro de Genómica Aplicada del AMNH, específicamente con el Proyecto de Genómica Aplicada para la conservación de cocodrilos. Este funciona a partir de la generación de información genética que puede ser utilizada para establecer planes de manejo y conservación de las especies de cocodrilos en Cuba. “Estoy aquí en una estancia de investigación estudiando y caracterizando desde el punto de vista genético poblaciones de cocodrilos cubanos. Con respecto a la exhibición, asesoré la parte que tiene que ver con cocodrilos como tal −esclarece el joven científico, y añade− Lo que procurábamos era que se reprodujera con fidelidad conductas del medio natural en el cual se manifiestan estos animales. Esa fue mi pequeña contribución. Pero la exposición en general se preparó de la misma manera en colaboración con la contraparte cubana, buscando precisamente la representación lo más real posible de cada una de las partes y stands”.  

En efecto, el cocodrilo cubano que sale del agua intentando cazar una garza, en medio del humedal, parece un instante de la vida real, un pedazo de tiempo detenido del transcurrir diario en la Ciénaga de Zapata. “Sí −sonríe entre dientes Yoamel Milán−, es impresionante ver a un cocodrilo cubano en su medio natural. Y con estos modelos eso se logró muy bien”.

Llegar a tal nivel de detalle y perfección tomó a científicos de ambos países seis meses solo en pensar en cómo iba ser la exposición. Según Milán, “a principios de 2015 vinieron varios colegas del museo de Cuba, para reunirse con los científicos de aquí y con los demás participantes, desde diseñadores hasta escritores, y de esa forma decidir cuáles eran los temas fundamentales en cuanto a diversidad que no podían faltar”.

Esta muestra temporaria no morirá después de cumplir su misión en el Museo Americano de Historia Natural hasta agosto de 2017. Se planea trasladarla de forma itinerante a varios puntos de Estados Unidos e incluso fuera del país en los próximos diez años. Además, de acuerdo con la doctora Ana Luz Porzecanski, “tenemos el sueño de poder replicar algunos de los dioramas que se construyeron de la parte de biodiversidad para instalación permanente en el museo de La Habana. Es un sueño que compartimos con nuestros colegas cubanos, estamos aún buscando el financiamiento para hacerlo realidad”. 

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